13
Elena
El silencio en la mansión era incluso opresivo.
Estaba tumbada en la cama, mirando el techo, mientras intentaba darle sentido a todo lo que ocurría.
Después de nuestro encuentro en el jardín, había pasado las últimas horas encerrada en la habitación, una vez más.
Nikolai continuaba siendo un enigma que me consumía, y su presencia llenaba cada rincón de mi mente, aunque no estuviese conmigo.
El sonido de la puerta abriéndose me sacó de mis pensamientos, por lo que no pude evitar levantarme sobresaltada.
Nikolai entró con esa calma implacable que lo caracterizaba, cerrando la puerta tras de sí, con un clic que resonó en la habitación.
Sus ojos grises me atravesaron y, por un instante, sentí que me faltaba el aire.
—¿Por qué vuelves? —inquirí, poniéndome en pie como si un resorte me hubiese impulsado.
No soportaba esa mirada suya, la manera en la que parecía diseccionarme sin decir una sola palabra.
Él no respondió de inmediato. En lugar de eso, avanzó hacia mí, felino, dando pasos controlados y firmes. Todo en él era una contradicción: una amenaza constante envuelta en una calma glacial.
—Uno de mis hombres mencionó que intentaste hablar con él esta mañana —comentó, deteniéndose a solo un paso de mí.
—¿Qué? —parpadeé, confundida. Apenas me había permitido hablar, ¿cómo iba a comunicarme con él? La intensidad de su mirada provocó que mis piernas cimbreasen y el corazón se desbocase en mi pecho.
—No juegues conmigo, Elena —murmuró, acortando la distancia que quedaba entre ambos de tal manera que pude sentir el calor de su respiración contra la mía.
El corazón me latía con fuerza, podía percibir la adrenalina correr por mis venas, y aunque una parte de mí continuaba luchando por salir de allí, sabía que sus anteriores amenazas no estaban vacías de peligro.
—No pretendo escapar, Nikolai —me excusé, obligándome a mantenerle la mirada—. No sé qué es lo que te han dicho tus hombres, pero…
—Oh, querida… Ni se te ocurra intentarlo de nuevo —aseguró al mismo tiempo que paseaba uno de sus dedos por mi mejilla, apartando el mechón rebelde que caía por mi rostro—, deja de mentir. Ya te advertí en el jardín, pero parece que te gusta demasiado desobedecerme.
Mi sangre se heló con cada una de sus palabras. Una de mis manos se fue hacia atrás, agarrándose con fuerza a la estructura de la cama, como si fuese lo único capaz de mantenerme en pie.
—¿Y qué vas a hacer ahora, Nikolai? —repliqué, percibiendo como el retumbar en mi pecho era aún mayor.
Él no respondió de inmediato, sino que se acercó un poco más para invadir mi espacio personal, hasta que pude sentir el calor de su cuerpo.
Mi respiración se tornó descontrolada, pero no me atreví siquiera a apartarme.
No quería darle la satisfacción de saber cuánto me afectaba su proximidad.
Por un instante me permití el lujo de observarle, deleitándome con el hombre que tenía frente a mí.
Porque sí, no iba negarlo, Nikolai era tan atractivo que dolía, tanto que parecía haber sido creado por los dioses.
Mis ojos se fijaron en los suyos, grises como el acero, enmarcados con largas pestañas que resaltaban aún más la claridad de esos.
Parte de su rostro estaba cubierto con una fina barba, que no tenía cuando llegué, por lo que podía recordar la manera en la que su mandíbula se marcaba cada vez que algo le molestaba.
Joder, era guapo a rabiar. Algo en mí deseó enredar mis dedos en su tupé tan bien peinado, en ese cabello oscuro como la noche, y como, probablemente, su maldita alma.
De repente, sus manos se posaron en mi cintura, sus dedos largos y fuertes me agarraban con una firmeza que no dejaba lugar a dudas sobre quién tenía el control.
Mi piel ardió bajo su toque, y una oleada de confusión me recorrió de pies a cabeza.
Un impulso eléctrico se deslizó hasta la parte baja de mi vientre y provocó que todo mi ser se prendiese en llamas. ¿Qué demonios me estaba ocurriendo?
—Has demostrado que necesitas recordar quién está al mando —murmuró en voz tan baja que apenas fue un susurro.
Antes de que pudiese procesar sus palabras, me agarró, para colocarme sobre la cama con una brusquedad que no supe si era movida por la rabia o por el más puro deseo.
Sus ojos brillaron lujuriosos, y fue entonces cuando supe que Nikolai sentía lo mismo que yo, una contradicción incesante.
El calor de su cuerpo me aprisionó mientras sus manos envolvían mis muñecas, sujetándolas por encima de mi cabeza.
Forcejeé tanto como pude, pero lo único para lo que me sirvió fue para ver que su agarre era implacable.
—Esto es un castigo, Elena —susurró con los labios tan cerca de mí que pude percibir el calor de su aliento recorrer mi cuello—. Pero no uno que te deje marcas en la piel —añadió, y pude ver como se deleitaba con mi expresión—. No, esta vez voy a dejarte una marca que no puedas olvidar.
Mi cuerpo me traicionó cuando sus labios rozaron mi piel. Apenas un toque fue suficiente para que mi respiración se volviese errática. Mi sexo ardió. Estaba tan terriblemente cerca y al mismo tiempo tan lejos que el simple roce de su cuerpo contra el mío era torturador.
—¿Eso es lo que quieres, Nikolai? —logré decir con la voz estrangulada. Intentaba mantener la firmeza, pero la forma en la que su cuerpo presionaba el mío hacía que mis pensamientos se volviesen confusos—. ¿Demostrarme que tienes el control?
Su respuesta fue una risa baja, oscura y peligrosa que se grabó en mi memoria. Sus labios se deslizaron con lentitud por mi mandíbula, sin llegar a besarme en ningún momento, pero lo suficientemente cerca como para que todo mi cuerpo se tensara.
—¿No es esto lo que te gusta? —murmuró contra mi piel, y se deslizó hasta llegar a mi boca—. Desafiarme solo para que te demuestre que no tienes escapatoria.
Sus palabras sonaron como un jodido veneno del que estaba dispuesta a beber.
No comprendía qué era lo que rodeaba a Nikolai, qué era lo que provocaba que todo mi cuerpo respondiese a su cercanía de una manera que me horrorizaba y confundía a partes iguales.
Había algo en él, un magnetismo que me instaba a desear algo mucho más grande de lo que tenía.
Traté de apartar la cabeza lo suficiente como para que sus labios se despegaran de mi piel, pero de nada sirvió, ya que él apretó sus manos alrededor de mis muñecas, provocando que apenas pudiese alejarme, sujetándome con una facilidad insultante.
—¿Sabes cuál es tu problema, Elena? —murmuró, y pude ver cómo sus ojos ardían con una intensidad que no había visto jamás en nadie—. No es que no me entiendas, sino que no quieres entender por qué no puedo dejarte ir.
Mis labios se entreabrieron, sintiendo como el aire apenas me llegaba, intentando decir algo que se atascó en mi garganta.
Antes de que pudiese siquiera articular palabra, Nikolai pasó su lengua sobre mis labios para, segundos después, besarme con una ferocidad devastadora, hambriento, suplicante.
Era como si quisiera consumir cada pensamiento que cruzaba mi mente para deshacerse de las dudas, reemplazándolos con la certeza de que jamás me ocurriría nada.
Mi primer instinto fue resistirme, a pesar de que una parte de mí deseaba dejarse llevar, pero la manera en la que sus labios se movían sobre los míos, la forma en la que su cuerpo me mantenía atrapada… Todo jugaba en mi contra.
Ahogué un gemido cuando percibí que su miembro se clavaba contra mi sexo, y por primera vez, le devolví el beso con un ansia sobrenatural, una que ni siquiera sabía que guardaba.
Nikolai sonrió contra mi boca de manera perversa, para apartarse de mí, respirando de manera agitada.
Sus ojos se habían tornado tan oscuros que pude sentir cómo me desnudaban con una fiereza sobrenatural, como si en su mente todo hubiese ido a más.
Su agarre en mis muñecas se relajó, pero no lo suficiente como para liberarme.
—Recuerda esto, querida —musitó amenazante—.
Podría hacerte suplicar si así lo quisiera —aseguró al mismo tiempo que una de sus manos se deslizaba hacia mi sexo—.
Mira cómo estás —gruñó al percibir mi humedad, apretando la mandíbula con tanta fuerza que creí que sus muelas saltarían de un momento a otro—.
Podría hacerte suplicar, pero prefiero que sigas luchando —repitió—, me pone más cuando me desafías, pero nunca olvides que cada vez que lo hagas seré yo quien gane.
Y con eso, me soltó con brusquedad, como si aquellos últimos segundos su piel hubiese ardido pegada a la mía.
Permanecí allí tumbada, notando el retumbar en mi pecho, mientras intentaba procesar lo que acababa de ocurrir.
Antes de que pudiese recuperar el aliento siquiera, escuché como la puerta se cerraba a su espalda, dejándome con la mente turbada y llena de dudas.
Estaba temblando, no solo por ira, sino por una emoción que no había vivido nunca antes.
Porque, a pesar de todo, la forma en la que sus labios habían reclamado los míos, la manera en la que me había sujetado como si fuese suya…
Había despertado algo en mí que no podía apagar.
Deseaba más, y aunque me odié por ello, supe en aquel preciso instante que ya no había marcha atrás.