El legado de los Romanov 12
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NIKOLAI

El despacho olía a humo, cuero y whisky caro. Años atrás ese olor me habría resultado agradable, incluso familiar. Era el aroma de las madrugadas interminables junto a mi padre, de reuniones que se alargaban más de la cuenta y de decisiones capaces de cambiar el destino de familias enteras.

Sin embargo, aquella noche todo me estaba tocando soberanamente los cojones.

Había pasado dos días encerrado allí dentro.

Dos malditos días.

Me había convencido a mí mismo que necesitaba tiempo para reorganizar ciertas operaciones y asuntos relacionados con los Orlov.

Había llenado mi agenda hasta límites absurdos encadenando llamadas, reuniones y documentos con una precisión enfermiza, como si mantenerme ocupado fuese a solucionar algo.

Como si el problema no siguiera esperándome al otro lado de la puerta.

O mejor dicho…

Al otro lado del pasillo.

Apreté la mandíbula con fuerza mientras daba una larga calada al cigarrillo que mantenía entre mis labios y desvié la vista haca la pantalla del portátil.

Delante de mí seguían abiertos los informes sobre varios almacenes sospechosos, rutas marítimas y movimientos de dinero vinculados a los Orlov. Había fotografías, nombre y localizaciones marcadas en rojo que normalmente habría memorizado en cuestión de minutos.

Aquella noche llevaba casi media hora mirando la misma página.

Media hora en la que no me había enterado de nada.

Mis ojos descendieron poco a poco por una línea de texto: movimiento detectado al noreste…

Elena odiaba el café demasiado cargado.

Parpadeé, frunciendo el ceño y volví a leer.

Posibles vínculos con…

Elena arrugaba la nariz cada vez que algo no le gustaba.

Cerré el portátil de golpe.

El sonido resonó por todo el despacho y durante unos segundos el silencio posterior fue tan denso que me resultó irritante.

¿Qué cojones me estaba esperando?

Me incorporé con lentitud y rodeé el escritorio mientras me aflojaba un poco el cuello de la camisa.

Necesitaba moverme porque algo empezaba a tensarse dentro de mí.

Lo notaba en la presión de las sienes, en la mandíbula y en ese malestar incómodo que se había instaurado bajo mi piel desde hacía dos días.

Porque aquello no era normal.

Nunca había sido un hombre incapaz de controlar sus propios impulsos. Jamás. Había construido un imperio entero manteniendo la cabeza fría cuando otros perdían el control. Había visto hombres derrumbarse por dinero, por poder, o por mujeres. Sobretodo por ellas.

Siempre me habían parecido unos imbéciles, porque el deseo era sencillo, aparecía, exigía atención y desaparecía.

Así funcionaba.

Siempre lo había hecho así.

Las mujeres iban y venían. Entraban en mi cama, salían de ella y el mundo seguía girando de la misma manera. Ninguna se quedaba el tiempo suficiente como para convertirse en un problema.

Hasta que llegó Elena.

Apoyé ambas manos sobre el escritorio y cerré los ojos durante un instante.

Error.

Grave error, porque apareció ella.

Su maldita cara.

La manera en la que levantaba la barbilla cuando discutía conmigo creyendo que aquello ocultaba el miedo que a veces alcanzaba a ver en sus ojos.

Su costumbre de sostenerme la mirada más tiempo del permitido, como si no terminara de comprender quién era yo o el peligro que suponía desafiarme de manera constante.

Pero lo peor era que nunca apartaba la vista.

Nunca.

Y me gustaba.

Abrí los ojos de inmediato y agarré el vaso de whisky que había sobre la mesa. Le di un trago demasiado largo mientras intentaba arrancarme esa imagen de la cabeza, aunque sabía que no iba a funcionar.

Llevaba dos días evitándola.

Dos en los que calculaba horarios absurdos para no cruzármela por los pasillos. Bajaba a desayunar antes o después. Cambiaba reuniones, alargaba conversaciones con mis hermanos y buscaba cualquier excusa para mantenerme encerrado allí.

Como un puto adolescente.

La sola idea me provocó una carcajada seca.

Patético.

Lo peor era que ni siquiera había servido, porque seguía preguntando por ella.

Quería saber si había dormido, si continuaba enfadada, si había comido, o si había vuelto a intentar tocarme los cojones.

Me había convencido a mí mismo que aquello era simple seguridad, control o incluso precaución.

Salí del despacho y el silencio de la mansión me golpeó de lleno. Durante las madrugadas aquella casa parecía distinta. Más vacía, más fría y más grande.

Escuché mis propios pasos avanzar por el pasillo mientras intentaba despejarme, concentrarme en cualquier cosa que no fuese ella.

Y entonces me detuve.

Frente a mí estaba su puerta.

Mi mandíbula se tensó de inmediato. Me quedé observándola varios segundos mientras una sensación extraña se instalaba en mi pecho.

Debía marcharme.

Dar media vuelta y regresar al despacho.

Eso era lo más inteligente, lo correcto… Pero mi mano se estiró hasta errarse alrededor del pomo.

Mierda.

¿De verdad iba a cagarla así?