El legado de los Romanov 11
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Nikolai

Había pasado los dos últimos días encerrado en mi despacho, intentando sofocar la tormenta que Elena había desatado en mí.

La forma en que me desafiaba, la fuerza con la que intentaba resistirse…

era un fuego que, en lugar de extinguirse, solo lograba avivarse más con cada intención, por lo que había decidido mantenerme alejado de ella.

Sabía que estaba perdiendo este juego, que la obsesión que sentía por Elena era mucho más profunda que cualquier estrategia de venganza.

Pero, maldita sea, no podía apartarla de mi mente.

Di una larga calada al cigarrillo que sostenía entre mis dedos, permitiendo que el humo llenara mis pulmones antes de exhalar con lentitud.

Fuera, el sol comenzaba a descender, sumiendo los jardines en una penumbra dorada.

Había permitido que Elena saliese a tomar el aire esa tarde, por lo que la podía ver sentada en la pequeña mesa de jardín, con la espalda erguida y la cabeza alta, como si su simple presencia pudiera desafiar todo aquel que osara acercarse.

Era momento de confrontarla, de hacerle entender que su pequeño gran acto de rebeldía, el golpe que me propinó, no iba a quedarse sin consecuencias.

Apagué el cigarrillo en el cenicero y me dirigí hacia la puerta con pasos firmes.

Mis hombres se apartaron en cuanto me vieron salir del despacho.

Estaba malhumorado, y eso podía percibirlo cualquiera, incluso ellos, por lo que no osaron detenerme en ese estado.

Bajé las escaleras con rapidez, cruzando el gran salón con determinación.

No tardé en llegar al jardín, donde Elena permanecía sentada, observando la puesta de sol, aparentemente ajena a mi presencia.

Elena

Sabía que me observaba desde el instante en el que había puesto un pie en el jardín.

Había sentido su presencia durante todo el día, como una sombra constante dispuesta a engullirme.

Aunque no podía verlo, sabía que estaba ahí.

Era como si su mirada tuviera el poder de recorrerme la piel, como un escalofrío, despertando una inquietud que no lograba sofocar.

El sonido de las piedrecitas bajo sus pies me alertaron.

Podía escucharle acercarse, rompiendo el breve respiro de tranquilidad en el que estaba sumida.

Alcé la vista y allí estaba él, acercándose con ese andar seguro y controlado que tanto detestaba.

Nikolai se detuvo justo frente a mí, bloqueando la última luz del sol con su imponente figura.

Por un instante, solo deseé que se diese la vuelta y se marchase por donde había venido, pero sabía que eso no ocurriría.

—¿Disfrutando de la libertad, Elena? —preguntó con la voz baja y controlada, sin permitirme entrever ninguna emoción.

No respondí de inmediato. En cambio, me forcé a mantener la mirada fija en mi taza de té, negándome a ceder ante aquello que él tanto quería.

Su cercanía era imposible de ignorar, pero al ver que ni siquiera le prestaba atención, se acercó más, reduciendo la distancia entre nosotros hasta que su sombra cubrió la mesa.

—¿Ahora vienes a vigilarme en persona? —inquirí—. ¿No es suficiente con tus guardias, tus cámaras y que no dejes de observarme desde la ventana? —repliqué, enrabietada, pidiéndole explicaciones de algo que sabía que a él no le importaba.

Sin mediar palabra, tomó asiento frente a mí, fijando sus ojos grises en los míos con tanta intensidad que se me antojó que podría desentrañar cada pensamiento que cruzaba mi mente.

—Quiero asegurarme de que entiendes que esto no es un juego —murmuró al final—. Tu bienestar es mi prioridad, aunque tú no lo comprendas.

Esa última frase me hizo estallar, provocando que me levantase como un resorte de la silla, haciendo que esta rechinase contra el suelo, golpeando la mesa. La frustración que había reprimido durante días se desbordaba.

—¡No entiendes nada, Nikolai! —Alcé la voz, incapaz de contenerme más—.

Me mantienes encerrada como si fuera una prisionera, me controlas cada segundo, me llevas al borde del ataque de ansiedad, y luego me das pequeñas libertades como si fueran jodidas limosnas —añadí, sintiendo como poco a poco todo mi ser empezaba a romperse—.

¡No sé qué demonios estás haciendo conmigo!

Su expresión no cambió, ni siquiera parpadeó.

Nada. Permaneció allí, sentado, observándome con esos ojos que parecían vacíos y al mismo tiempo llenos.

Esa calma fría y distante me enfureció aún más.

Mi respiración se había vuelto agitada, más de lo que estaban siendo mis pensamientos, que iban para allá y para acá, sin que pudiese hacer nada por detenerlos.

Sin pensarlo ni un solo instante, y rebufando como un animal, alcé la mano y crucé su cara, provocando que el tortazo resonase en el jardín.

—Te cuido porque es necesario —respondió con una tranquilidad que me sacó de quicio aún más—. Pero no esperes que te deje ir, no mientras las amenazas sigan vigentes.

—¿Cuidarme? —Solté una carcajada amarga—. ¿Esto es tu idea de protección? —inquirí—. Encerrarme, manipularme, hacerme sentir como si no tuviera control sobre nada en mi vida… Me has arruinado la existencia, Nikolai —aseguré—, eso es lo que has hecho.

Con una tranquilidad que no creí que vería en él, se levantó, acortando la distancia entre nosotros con un solo paso. Su presencia era abrumadora. Nuestros cuerpos estaban tan cerca que podía sentir el calor irradiar, colándose en el mío. Pero sus ojos seguían tan fríos como el acero.

—Sí, Elena —susurró, inclinándose lo suficiente como para que solo yo pudiera escucharlo—. Porque es la única manera de mantenerte a salvo, y si eso significa que me odies, que nunca entiendas lo que hago… entonces lo aceptaré.

—No tienes ni puta idea —musité.

—No voy a dejar que nadie te toque, Elena. —Su voz fue apenas un murmullo, sus labios rozaron mi oído. Cada palabra era como una promesa oscura, una sentencia que no podía ignorar—. Aunque tenga que quemar el mundo entero para protegerte.

Me quedé en silencio, incapaz de responder, atrapada entre la furia y la confusión que tomaban el control de todo mi ser.

Sus palabras resonaron en mi mente, dejándome con una sensación de vacío que no podía llenar.

¿Por qué me importaba tanto lo que él sintiera?

¿Por qué no podía simplemente dejarme odiarlo?

Nikolai me observó un segundo más, su mirada era intensa y calculadora, pero antes de que pudiese dar un paso atrás, enterró sus dedos en el nacimiento de mi cabello, tirando de él lo suficiente como para que alzase el rostro.

—Ni se te ocurra volver a levantarme la voz o siquiera tocarme —siseó, provocando que esa amenaza se quedase grabada en mi cabeza.

El corazón me latía frenético, pero esta vez no fue por miedo.

Había algo en su voz, la manera en la que me sostenía, que despertaba algo que no deseaba admitir.

Fue entonces cuando todo mi ser se prendió en llamas, y no pude hacer nada más que boquear como un pez fuera del agua, sin saber siquiera qué decir.

Nikolai me confundía, era como si una parte de él de verdad fuese bondadosa, pero hubiese otra perversa, capaz de hacer cualquier cosa con tal de conseguir lo que tanto ansiaba.

Tal vez esa fuese la belleza de su naturaleza, el bien y el mal en un solo ser.

—Disfruta de mi jardín —murmuró tan cerca de mi oído que pude notar como cada una de sus palabras se deslizaba por mi interior, soltándome, dando un paso hacia atrás, rompiendo ese hechizo que existía cuando estábamos juntos—. Aprovecha la libertad mientras puedas.

Y con eso, se alejó, dejando un vacío insoportable a su paso.

Mi mente era un torbellino de emociones.

No comprendía a ese hombre, el porqué de esa obsesión, pero lo que era aún peor, no entendía por qué una parte de mí deseaba que no se alejara.

A pesar de que sentía su presencia clavada en mi piel como una herida que es imposible sanar.