10
Elena
Varios días más tarde.
No sabía cuánto tiempo llevaba en la mansión, ni siquiera desde cuándo no veía a ese tal Nikolai que se suponía que era mi captor, si es que ese era su verdadero nombre.
Los días pasaban con una lentitud aplastante, como si al reloj le pesase cada segundo en el que tenía que mover la manecilla.
Cada mañana a la misma hora me venía a buscar el servicio, el mismo que me traía la comida al mediodía y la cena cada noche.
Se limitaban a hacer su trabajo, ni siquiera me miraban a los ojos, cosa que en cierto modo, agradecí.
Al principio me frustraba desear pedirles ayuda y ver que lo único que recibía era silencio.
Por suerte, o por desgracia, desde bien pequeña había amado la lectura, por lo que pasaba el tiempo enfrascada en las novelas antiguas que se extendían por las grandes estanterías de la habitación que regentaba, o más bien, en la que me encerraban cada mañana.
La puerta de la habitación se abrió con el crujido metálico habitual.
Uno de los guardias me indicó, con una inclinación de cabeza, que podía salir.
No dijo nada más, pero la orden estaba clara.
Mi «libertad» seguía siendo condicional y aunque el jardín estaba a unos pocos pasos, la sensación de poder estirar las piernas en un lugar abierto me parecía un lujo que jamás creí que tendría cuando llegué a la casona.
Caminé por el largo pasillo que nos conducía a las escaleras principales.
Por un instante me permití observar todo lo que me rodeaba.
El sonido de mis pasos resonaba en el mármol pulido mientras descendía por las escaleras, sintiendo la fría barandilla bajo mis dedos.
Cada escalón parecía arrastrar una parte de mi espíritu y, por un momento, me detuve, contemplando el entorno con una pizca de resignación y asombro.
Las paredes a mi alrededor se erguían cubiertas por un elegante papel tapiz en tonos oscuros y dorados, proyectando una sensación de opulencia sofocante, como si el mismo espacio conspirara para recordarme que este lugar era tanto un palacio como una prisión.
Cuadros antiguos, con marcos de oro gastado, adornaban los muros, mostrando escenas de caza y paisajes olvidados, que en otro contexto, podrían haberme fascinado.
Aquí, sin embargo, parecían mirarme con la misma indiferencia que los guardias que siempre vigilaban mis movimientos.
Las lámparas de cristal colgaban de los altos techos, desprendiendo una luz tenue que apenas lograba atravesar la penumbra que envolvía los pasillos.
Era como si la mansión entera estuviese diseñada para envolver a sus habitantes en sombras.
Antes de salir, giré sobre mí misma, encontrándome de cara con el guardia.
—Me preguntaba si podría… —empecé a decir.
El hombre alzó la mano, instándome a que guardase silencio, y una parte de mí quiso gritar a los cuatro vientos que odiaba estar en aquel maldito lugar. Rebufé cabreada, no tenía otro remedio que acatar las órdenes que Nikolai había impuesto para mí sin que pudiese hacer nada por evitarlo.
Respiré hondo en cuanto crucé el umbral y sentí el aire fresco en mi piel.
El jardín, en contraste con el resto de la mansión, era un espacio de paz.
Los altos setos y las flores estaban cortadas y dispuestas con sumo cuidado, al mismo tiempo que le daba un toque de vida y belleza a un mundo que, para mí, no era más que oscuridad y putrefacción.
El guardia se quedó atrás, y es que a pesar de que ninguno emitía palabra alguna, siempre estaban observando, como cámaras de vigilancia.
No supe si el peligro era yo, que me escapase, o que alguien pudiese querer entrar en la mansión para hacerme daño.
Si Nikolai me estaba encerrando en un lugar como aquel, tan cerca de él, debía ser por alguna razón.
Me negaba a pesar que fuese un mero capricho.
Lo que no llegaba a comprender era qué demonios tenía yo para que él estuviese interesado en mí.
Una parte de mí deseaba confrontarse, gritarle a los cuatro vientos que fuese racional, que me dejase marchar, o al menos que me dijese la verdad para comprender el porqué de toda la situación.
Me mataba elucubrar en cientos de teorías erróneas que lo único que hacían era alimentar mi rencor hacia él.
Me sentía confusa porque, a pesar de todo, algo en mi interior reaccionaba ante Nikolai.
Era como una pequeña chispa, un destello tan ardiente como el infierno y, aunque sabía que debía poner distancia para no quemarme, una voz me rogaba que me prendiese en llamas, dejándome llevar por esa sensación de peligro constante tan adictiva que rodeaba a Nikolai.
Porque, joder, le deseaba y odiaba con todo mi corazón cada sensación que provocaba en mi cuerpo, la manera en la que reaccionaba tan solo a su maldita presencia, o el retumbar ensordecedor en mi pecho cuando sentía su mirada fija en la mía.
Un par de pasos más y llegué a una mesa pequeña con una bandeja de desayuno preparada: té, frutas y un par de tostadas.
Me dejé caer, intentando mantener la compostura mientras percibía la vigilancia constante de los guardias que me rodeaban, cada uno de ellos listo para intervenir ante cualquier movimiento que pudiera considerar sospechoso.
No podía verlo, pero sabía que Nikolai también estaba allí.
No en el jardín, claro, pero su presencia se sentía en el aire, tan pesada como si fuera una sombra proyectándose sobre mí desde su despacho.
Una extraña punzada de ira me recorrió. Odiaba percatarme de que estaba allí, sentir su mirada en mí y el control que ejercía sin que nadie pudiese hacer nada por evitarlo.
Tomé una tazada de té y, con el gesto más calmado que pude, bebí un sorbo, permitiendo que el calor entrase en mi cuerpo.
Siempre me había gustado el té por encima del café, aunque sabía que era mucho menos común, por lo que me sorprendió el hecho de que en la bandeja hubiesen preparado todas las mañanas la infusión que tanto me gustaba.
Observé en la lejanía cómo en el horizonte el cielo y los árboles se fundían para crear una estampa preciosa que destacaba sobre el infierno que estaba viviendo.
Mientras, mi mente continuaba con sus divagaciones.
Mis pensamientos estaban atrapados en el recuerdo de la última vez que lo vi, la intensidad de su mirada y el extraño control que parecía ejercer sobre cada poro de mi piel.
Me gustara no, él estaba en cada rincón de ese lugar, en cada aliento de «libertad» que se me permitía.
Lo que no comprendía era cómo podía hablarme con tanta frialdad, pero después me llevaba a una de las mejores habitaciones de la casa, permitiéndome salir al jardín y disfrutar de comida deliciosa.
Eso no hacía más que recordarme que, a pesar de estar al aire libre, seguía atrapada en su red.
Nikolai
Desde la ventana de mi despacho observaba cada uno de sus movimientos.
Elena estaba sentada con la cabeza erguida, pero podía ver en la rigidez de sus hombros que no se sentía tan libre como pretendía mostrar.
Me preguntaba qué pasaba por su mente, si pensaba en escapar, en deshacerse de mis guardias, en desafiarme una vez más.
La idea de su resistencia me arrancó una sonrisa, pero solo por un instante.
Era como un enigma, uno que no lograba descifrar del todo.
La había estudiado, observado en su vida cotidiana antes de traerla, pero nada de eso parecía suficiente ahora.
Había algo en ella, algo que superaba la información que tenía y que ni siquiera mi vigilancia constante parecía poder desentrañar.
Su desafío, su orgullo… Cada uno de esos rasgos que deberían irritarme, en realidad me fascinaban.
Vigilé como un furtivo cómo tomaba el té, la forma en la que controlaba cada uno de sus gestos mientras se comía las piezas de fruta, sabiéndose observada.
Elena era distinta a todas las mujeres que hubiese conocido jamás, y ese era el mayor de mis problemas, ya que de ser alguien común, pasaba a ser alguien extraordinario, alguien por quien perder la cabeza.
Mientras me fijaba en ella, sentí esa chispa de necesidad arder en mí de nuevo, de protegerla y asegurarme que nadie la tocara, que ningún peligro llegase a alcanzarla… Incluso si ese peligro era yo mismo.