9
Nikolai
La luz se filtraba de manera débil a través de las gruesas cortinas del despacho, el cual estaba anexo a la habitación en la que había dejado a Elena el día anterior.
Apenas había ruido, excepto el sonido de mis dedos tamborileando el borde del escritorio, al mismo tiempo que mi mente repasaba la información que Igor, mi mano derecha, acababa de entregarme.
Los Orlov estaban haciendo movimientos en la sombra, reorganizando sus contactos y, peor aún, movilizando sus recursos en lo que parecía un intento desesperado por enfrentarse a nosotros.
—Malditos sean… —murmuré, perdiendo la paciencia por segundos.
Le di un largo trago a mi whisky. Estaba acostumbrado a las amenazas externas, a los movimientos de enemigos que buscaban ganar terreno a costa de lo que mi familia había construido, y es que desde la muerte de nuestro padre todo se había vuelto un caos que no había dejado de reconstruir con el paso de los meses.
Pero esta vez era diferente. Había algo mucho más importante en juego, una pieza clave que no podía permitir que tomasen, algo que no podía arriesgar: Elena.
Volví a centrar la mirada en la hoja de papel que había dejado Igor sobre el escritorio.
Las informaciones eran claras, las rutas de distribución estaban siendo alteradas, y varios de nuestros negocios empezaban a presentar problemas que nunca antes habían tenido.
Debíamos tomar parte en el asunto, por lo que ordené a Igor que movilizase a nuestros hombres.
Debíamos cubrirnos las espaldas. Los Orlov no solo nos desafiaban; estaban jugando una partida de alto riesgo, como si tuvieran algo o alguien que pudiese debilitarnos.
Con un suspiro contenido, apreté los puños.
La imagen de Elena atrapada en esta lucha sin siquiera imaginar su magnitud flotó en mi mente.
Estaba metida en una guerra que no le correspondía, una a la que se le había atribuido un premio tan grande que nadie lograría comprender.
¿Qué tan lejos estaba dispuesto a ir para asegurarme de que ella permaneciera a salvo?
La respuesta era tan clara como perturbadora.
Tenía la decisión tomada desde hacía demasiado tiempo, y eso me inquietaba sobremanera: llegaría al final, y quemaría el mundo entero si fuese necesario.
Alguien golpeó la puerta dos veces. a lo que respondí con un simple «adelante» que resonó en la habitación.
La puerta se abrió con lentitud, y Viktor entró en silencio.
Su expresión era seria, tenía el rostro avinagrado y su ceño se fruncía con tanta fuerza que creí que en cualquier momento se convertiría en nuestro padre.
Sus brazos se cruzaban sobre su pecho, estaba molesto porque todo lo que concernía a nuestra familia era importante.
—¿Has visto lo de esos hijos de puta? —escupió sin rodeos.
Durante años, la guerra entre los Romanov y los Orlov había sido implacable y despiadada.
Los enfrentamientos no se limitaban a golpes directos, sino que se libraban en las sombras, en cada negocio, alianza y traición.
Mi familia siempre había prevalecido, perdiendo a decenas de hombres por el camino, emergiendo como vencedores a pesar de las tácticas sucias de esos malnacidos.
La historia de ambos clanes estaba manchada de sangre y rivalidad, pero hasta ahora, ningún intento de los Orlov había logrado quebrar la estructura de poder de mi familia, salvo por la muerte de mi padre Vasily.
Era una jodida batalla constante, una danza peligrosa, y aunque siempre nos manteníamos en pie, esta vez, el peligro que se cernía sobre nosotros era distinto, complejo y despiadado.
—Lo he visto —aseguré, sin apartar la vista del documento—. Los Orlov están cerca, intentan arrastrarnos hacia una guerra, y… —Hice una pausa. Dudaba si decir lo que rondaba mi mente— creo que sospechan que tengo a Elena.
Viktor dejó ir un profundo bufido, un sonido seco y brusco, al mismo tiempo que se dejaba caer sobre el butacón que había frente a mi escritorio, y sacaba un cigarro de la cajita de madera que había sobre este.
—¿Y qué cojones esperabas? —inquirió—. La mantienes aquí encerrada, como si fuera un tesoro que nadie más debe ver —continuó—. Esto, hermano, no es normal en ti. —Se acercó por encima de la mesa, y su mirada cargada de reproches me traspasó—. ¿Quién es ella para ti?
Mi mandíbula se tensó al escuchar la pregunta. Ni siquiera yo podía responder con claridad, pero la idea de dejarla desprotegida, de permitir que los Orlov pudieran siquiera acercarse a ella, me repugnaba.
Lo que nadie sabía y lo que no me atrevería a confesar jamás era que la había vigilado personalmente durante meses antes de ordenar su secuestro.
No era cuestión de estrategia; Elena se había convertido en una presencia constante en mi mente mucho antes de que cruzara las puertas de la mansión.
La había visto vivir rodeada de amistades que la querían, disfrutar de una noche bailando, de desayunar cruasanes recién hechos, o emocionarse con un ramo de flores.
Joder… Yo mismo había enviado esas putas flores.
Bufé. Elena me había atrapado con esa manera tan suya de ser, había conseguido que una parte de mí carente de emociones se volviese adicto a esa manera de vivir.
Cada movimiento suyo se había vuelto una obsesión de la que no lograba deshacerme.
Me decía a mí mismo que solo era precaución, una medida necesaria para controlar a los Orlov.
Pero en el fondo sabía que la verdad era otra.
Ella se había convertido en algo más, en una debilidad peligrosa, una que ni Viktor ni el resto del mundo lograrían comprender.
—Ya te lo dije —me limité a responder—. Es una pieza importante, Viktor. Lo sabes. Los Orlov nos la jugaron hace tiempo, Sergei era solo un peón; Elena está aquí para asegurarme de tener a esos hijos de puta cogidos por los huevos.
En cierto modo así era. Elena escondía un pasado que ni siquiera ella conocía, pero que yo me había encargado de averiguar hasta el último de los detalles.
—¿Eso es todo? —cuestionó—. ¿O acaso se trata de algo más?
No respondí de inmediato. Mi hermano conocía mis debilidades mejor que nadie, y sus palabras me desarmaron más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Él, en su brutal honestidad, me enfrentaba a la verdad que me negaba a ver: que cada día, cada segundo que Elena pasaba en mi vida, sentía como mi control y mis planes se desmoronaban un poco más.
—No tengo que justificarme —respondí todo lo serio que pude—. Lo que importa es que ella está segura aquí, bajo mi protección y lejos del alcance de los Orlov.
Viktor asintió con lentitud, aunque su expresión me dejó ver que no estaba del todo convencido.
—Tarde o temprano tendrás que decidir qué es más importante, hermanito —aseguró en voz baja—: La seguridad de Elena o la guerra contra los Orlov.
Su advertencia quedó flotando en el aire cuando salió de la habitación, dejándome solo con mis pensamientos.
Las palabras de mi hermano reverberaron en mi mente, una furia controlada empezó a arder en mi pecho.
No iba a permitir que los Orlov la tocaran, ni que el peligro se acercase a ella. Haría lo que fuese necesario.
Me levanté, caminando hacia la ventana que daba al jardín.
Desde allí podía ver la pequeña sala donde, en unos minutos, Elena desayunaría, una «libertad» vigilada que le otorgaba solo para mantenerla segura.
La idea de que alguien más pudiera amenazar ese pequeño espacio de paz que le había dado me irritaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Ella apareció, caminando con la cabeza en alto, acompañada del servicio, aunque sus movimientos mostraban una sutil rigidez, un recuerdo constante de que estaba atrapada en un juego que no comprendía.
Se sentó y comenzó a servirse el desayuno, con esa mezcla de desafío y resistencia que no dejaba de fascinarme.
Apreté las manos en forma de puños, sintiendo una punzada de rabia y una creciente necesidad de estar con ella que superaba cualquier otro impulso. Si los Orlov querían una guerra, la tendrían. Y esta vez, no dejaría ni un puto cabo suelto.