El legado de los Romanov 8
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Elena

Mi mirada se deslizó de él a la ropa: un vestido negro, sencillo, el cual parecía haber sido elegido sin demasiado esmero.

No hice ningún movimiento, solo le observé desafiante, esperando que diera alguna explicación o pista sobre sus intenciones.

Pero no lo hizo, mantuvo el duelo entre ambos, con la vista fija en la mía, paciente, como si tuviese todo el tiempo del mundo a su favor.

—¿Por qué debería hacerlo? —cuestioné, cruzándome de brazos. A pesar de que la rabia hervía en mi interior, la posibilidad de poder salir del sótano en el que me tenían encerrada era tentadora, aunque sabía que no me daría la libertad tan fácilmente.

—Hoy saldrás de aquí —sonó indiferente, como si todo lo que estábamos viviendo le importase un comino, pero aun así, sus palabras estaban cargadas de certeza, una que provocó que un escalofrío recorriese mi espalda. No era una opción, era una jodida orden.

Permanecí en silencio, sopesando mis opciones, aunque sabía que no tenía demasiadas, era aceptar y salir, o permanecer a saber cuánto tiempo más allí metida.

Tomé el vestido entre mis manos y, con la vista baja, me dirigí hacia el bajo sin siquiera mirarle.

Cuando cerré la puerta detrás de mí, dejé ir un suspiro cargado de frustración.

El espejo reflejaba mi desmejorado rostro, pálido y serio.

Unas enormes ojeras se extendían bajo mis ojos, tiñendo mi piel de morado.

Apenas dormía, no comía, y lo único que me mantenía en vilo era esperar a que mi captor volviese a por mí.

No me tomó mucho tiempo vestirme, y cuando regresé a la habitación, él ya estaba junto a la puerta, aguardando con esa paciencia imperturbable que tanto me irritaba.

El ambiente se tensó cuando percibí como un impulso eléctrico me recorría en el instante en el que nuestras miradas se cruzaron, y aunque quería romper el silencio con cualquier provocación, algo me dijo que ese no era el momento adecuado para retarlo.

—Vamos —me instó, al mismo tiempo que abría la puerta.

Contuve el aliento cuando di el primer paso para salir de la habitación.

¡Estaba fuera! Recorrimos un largo pasillo que nos llevó a unas oscuras escaleras únicamente alumbradas por pequeñas luces en los laterales.

Por un instante, dudé si aquella había sido la mejor decisión, ni siquiera sabía lo que me deparaba el destino en el instante en el que saliese de aquel lugar.

La mansión que había podido intuir desde la pequeña ventana iba cobrando forma mientras él me guiaba por los pasillos largos, iluminados con una luz tenue.

Cada rincón parecía exudar el mismo control asfixiante que él imponía.

Había silencio, una calma pesada que solo se rompía con el eco de nuestros pasos.

A pesar de la opulencia que nos rodeaba, me sentía atrapada, como si cada muro susurrara la certeza de que jamás volvería a salir de allí.

Él se detuvo frente a una puerta de madera oscura, tan grande como imponente, y sin siquiera mirarme, la abrió.

Con un ligero movimiento de cabeza me instó a que entrase, una parte de mí dudó si hacerlo, pero sabía que no ganaría nada quedándome allí, así que di el primer paso, con la espalda tensa y la cabeza bien alta.

Lo que no esperaba era que cuando pasé junto a él, mi captor posó una de sus grandes manos en la parte baja de mi cintura, acompañando mi movimiento.

Todo mi cuerpo se revolucionó sobremanera, tanto que el latir de mi corazón se volvió ensordecedor.

Mi respiración era agitada, por lo que me obligué a acompasarla para que no se diese cuenta.

—¿Cómo te llamas? —Quise saber.

No respondió, por lo que me limité a caminar hacia el interior de la habitación.

Era amplia, estaba decorada con grandes estanterías repletas de libros, butacones para la lectura y una enorme cama la cual se me antojó de lo más mullida.

Pero lo que de verdad capturó mi atención fueron las vistas de las que se podían disfrutar desde allí.

Dos grandes ventanales se abrían al exterior, dejando ver un paisaje amplio y lejano, una extensión de jardines y árboles que parecía rodear la mansión, como un recordatorio de mi aislamiento.

La libertad parecía estar al alcance de mi mano y, al mismo tiempo, tan lejos como siempre.

—Disfruta de la vista —apuntó él, aproximándose hasta quedar tan cerca de mi espalda que pude percibir el calor de su cuerpo cerca del mío. Su presencia era como una sombra, firme e inamovible, tan dura que sabía que cualquier posibilidad de escapar era nula.

—¿Esta es tu manera de mostrarme que sigo siendo tu prisionera?

—inquirí de manera ruda, más de lo que había planeado.

Ni siquiera me volteé parar mirarlo, me limité a fijar mi vista en el paisaje, tratando de ignorar la atracción inexplicable que lograba despertar en mí, incluso en medio de mi rabia.

—Es mi manera de recordarte que ahora soy tu puto mundo. —Su respuesta llegó en un susurro apenas audible, tan cerca de mi oreja que pude percibir como todo mi ser se veía sacudido por un escalofrío.

Di un paso hacia el gran ventanal, apoyando una mano en el cristal frío. Sabía que esa libertad que tanto anhelaba estaba fuera de mi alcance, al menos por el momento, pero no podía dejar que él pensara que me había ganado.

—Eso jamás ocurrirá —bisbiseé, esta vez girando sobre mis talones para observarle. Sus ojos se clavaron en los míos, como si pudiese ver más allá de mis palabras, como si cada emoción que trataba de ocultar se viese expuesta ante él.

Avanzó hasta que la distancia entre nosotros desapareció por completo, quedando tan cerca que pude percibir el leve aroma de su perfume, amaderado y dulce, tan envolvente que sentí como me embriagaba.

—Eso, Elena, es lo que lo hace tan interesante. —Alzó su mano y rozó un mechón de mi cabello, apartándolo de mi rostro con un gesto tan suave que no coincidía con la intensidad de su mirada—. Porque, al final, no es cuestión de si en algún momento te quebrarás, sino de cuándo.

Su proximidad me perturbaba, tanto que quise apartarme de él, pero mi cuerpo no respondió, atrapado en esa cercanía que había llegado a conocer tan bien.

Podía sentir la promesa de cada una de sus palabras, el desafío latente en cada movimiento, y sin saber por qué, una parte de mí se negaba a retroceder.

—Sigue esperando entonces —sentencié, dejando que mi voz sonase tan firme como me permitieron mis fuerzas.

Él me observó para, segundos después, esbozar una sonrisa ladina que acompañaba a la perversión que emanaba de sus ojos.

—No sabes cuánto me gustan los retos —juró, como si aquello le divirtiese cada vez más.

Dio un paso atrás, dejando que la distancia entre ambos se instaurase de nuevo. Percibí como el aire volvía a llenar mis pulmones, como si, sin su cercanía, pudiese recuperar un poco el control de mí misma.

—Mi nombre es Nikolai Romanov.

Antes de que pudiese decir nada más, salió por la enorme puerta por la que habíamos entrado, dejándome completamente sola.

«Nikolai», repetí para mis adentros. Me llevé una mano al pecho, percibiendo como mi corazón se relajaba y, aunque me sentí bien, sabía que esto solo era el principio de algo que ni siquiera llegaba a comprender.