7
Nikolai
La oficina estaba en penumbra, y el silencio era tan denso que podía cortarse con un cuchillo.
Viktor cruzó el umbral sin ser invitado y cerró la puerta de un golpe, una señal de que su paciencia estaba al límite.
Giré sobre mis talones, sin darle demasiada importancia.
No me gustaban sus putos modales, pero a su edad, poco iba a conseguir enzarzándome con él.
—¿Puedes explicarme qué demonios está pasando? —inquirió, directo y sin rodeos, con el rostro teñido de una mezcla de desconcierto y frustración que no supe descifrar.
Le observé sin responder de inmediato, frunciendo el ceño, percibiendo como su expresión se endurecía a cada segundo que permanecía callado.
Viktor siempre había sido directo, y ese rasgo suyo me había sido útil muchas veces, pero ahora, cuando sus preguntas apuntaban a una parte de mi vida que no quería desentrañar, lo sentía más como una amenaza que como una ayuda.
—¿A qué te refieres? —respondí, intentando ser tajante, que no le diese mayor importancia a lo que le rondaba la mente.
Viktor resopló mientras se encaminaba hacia mí, cruzándose de brazos y fulminándome con la mirada.
Achicó los ojos, como si esperase que confesara algo que ni yo mismo había llegado a aceptar, y es que la actitud de Elena empezaba a provocar algo en mí que comenzaba a interceder en mis planes.
Un instante después, negó con la cabeza y me lanzó una sonrisa cargada de incredulidad.
—¿De verdad vas a jugar a esto? —cuestionó cabreado—. Esa mujer, Nikolai —apuntó hacia las escaleras—, ¿por qué está aquí? —añadió—. Nosotros no hacemos esa puta mierda —aseguró—. ¿Por qué la tienes encerrada en la casa como si fuera una prisionera?
El silencio entre ambos era denso, casi tangible, igual que lo había sido con anterioridad.
Tomé una bocanada de aire mientras sacaba un cigarrillo de la cajetilla que guardaba en mi pantalón para, segundos después, llevármelo a la boca y darle una larga calada.
Busqué las palabras adecuadas, pero lo cierto era que no las tenía.
Ni para él, ni para mí. En lugar de responder de inmediato, volví la vista hacia la ventana, observando cómo el jardín se extendía más allá de los muros de la mansión.
Por un instante, la fina línea entre la protección y la jodida obsesión que estaba desarrollando se volvieron una sola al imaginar a Elena frente a mí.
Estaba atrapado en un conflicto de intereses que no lograba controlar.
Llevábamos años obsesionados con la venganza de nuestro padre, trabajando por mantenernos fuertes ante nuestros adversarios, y Elena había llegado para joderlo todo de manera involuntaria.
Según me habían llegado a informar, se trataba de alguien sumamente importante para los Orlov, más de lo que ella podría llegar a imaginarse.
Ni siquiera mi hermano lograría comprender todo lo que envolvía a Elena y la magnitud de su relevancia en toda la historia.
—No lo entenderías —musité al final, volviéndome para mirarle.
—¿Cómo que no? —me instó, molesto.
—Viktor, esto no es lo que piensas —le aseguré al mismo tiempo que negaba con la cabeza.
Mi hermano dejó ir una sonora carcajada que llenó la habitación, retumbando entre las cuatro paredes. Se dejó caer en el gran butacón que había frente a mí, como si estuviese dispuesto a quedarse hasta obtener una respuesta que le satisficiera.
—Haz el intento, hermano, porque, si te soy sincero, no logro comprenderlo —comentó sin ganas—. ¿Quién es esa mujer para ti? —cuestionó de manera calculadora, midiendo cada palabra—. ¿O es que acaso tiene algo que ver con los Orlov? Porque de ser así, deberías saberlo ya.
La mención de ese nombre hizo que mis músculos se tensaran. Cualquiera en mi lugar hubiera visto a Elena como un simple peón, una persona desechable que podía ser eliminada sin más. Pero la sola idea de hacerle daño era inconcebible.
—Es más que eso —respondí, sabiendo que estaba al borde de confesar algo que ninguno de mis hermanos conocía—.
Elena es un cabo suelto, un vínculo clave con los Orlov.
Sabe cosas que podrían —mi voz se apagó mientras pensaba en la magnitud de lo que significaba su presencia— poner en peligro todo por lo que hemos luchado.
Viktor me miró, y esta vez pude ver algo de comprensión en su mirada, cosa que no intentó esconder.
—Un cabo suelto —repitió en voz baja, como si sus propias palabras abrieran un nuevo ángulo—. Entonces, ¿qué haces reteniéndola aquí? —Quiso saber—. Cualquiera en tu lugar, incluso tú mismo en el pasado, la habría eliminado sin pensarlo dos veces, ¿por qué es diferente esta vez?
Me esforcé en encontrar una respuesta lógica, algo que pudiera convencerlo de que esta era la única opción.
Pero, en el fondo, sabía que esa no era la verdad completa.
Mi deseo por proteger a Elena iba más allá de los Orlov, de la traición o de los secretos que pudiera guardar.
Era una obsesión, una necesidad que no lograba controlar.
—Porque ella no es solo un riesgo, Viktor —Mi voz salió más tensa de lo que esperaba, por lo que mi hermano se extrañó—. También es… una pieza clave que nos podría ayudar a vengar a padre —añadí—. Pero mientras esté aquí, está bajo mi protección, y no pienso permitir que se marche.
Viktor exhaló con lentitud y me observó con detenimiento, como si intentase descifrar algo que se escapaba de su comprensión.
—Hermano, estás jugando con fuego —me advirtió al mismo tiempo que se ponía en pie—. Si ella es un cabo suelto, entonces, eres tú quien debe tener el control, y si no puedes manejarlo, lo mejor es que tomes una decisión. Una definitiva.
Sabía que tenía razón, y eso solo avivaba más mi frustración.
A pesar de todo era imposible siquiera considerar el alejar a Elena, deshacerme de ella o exponerla.
Porque aunque Viktor no lo comprendiera, ella era mucho más que una pieza clave, era el único fragmento con vida que justificaba mis actos, lo único que podría desestabilizar mi control, y eso era tan peligroso como innegable.
—Solo recuerda algo, Nikolai —empezó a decir, al mismo tiempo que agarraba mi rostro entre sus manos—. No puedes tener a alguien así en tu casa sin esperar que todo lo que has construido se tambalee. Si no controlas tú el juego, será ella quien termine jugando contigo.
Elena
El sonido de la cerradura me arrancó de mis pensamientos, un clic metálico que reverberó en el silencio de la habitación.
Levanté la vista justo a tiempo para verlo entrar.
Su figura continuaba siendo imponente mientras cruzaba el umbral, con esa seguridad fría y calculada que siempre llevaba consigo.
Pero esta vez había algo distinto en su expresión, un brillo en sus ojos que me puso en alerta.
—Vístete —ordenó, lanzándome una prenda sobre la cama sin dar más explicaciones—. Hazlo. Ahora.