6
Elena
El eco de sus labios aún latía en los míos, como las brasas de un fuego que se niega a apagarse incluso cuando este parece haber terminado.
Di un paso atrás, sintiendo el borde frío de la pared contra mi espalda, recorriéndome como un impulso.
Contuve el aliento, tratando de encontrar la firmeza en mis piernas, ya que no habían dejado de cimbrear desde el instante en el que mi captor había entrado en la sala.
Pero era inútil. El beso seguía allí, vibrando en el aire que nos rodeaba, como una promesa de algo más oscuro y visceral.
Apreté la boca, probando a borrar la sensación que me carcomía, e intentando ignorar el temblor en mis manos.
Mientras él, inmóvil frente a mí, aún me observaba con delirio, como si en su mente ya hubiera ganado algo mucho más grande.
Esa mirada profunda y fría que me recorría con una intensidad que empezaba a hacer que mi rabia y anhelo se entremezclaran, dejándome atrapada en una contradicción que no deseaba aceptar.
—¿Te das cuenta ahora, Elena? —musitó, calculando cada una de sus palabras—. Eres mía, y por mucho que luches, eso no cambiará.
Esa simple frase se me antojó como una sentencia, y cada letra cayó sobre mí como una jodida losa que no me permitía el movimiento.
Quise responder, arremeter contra él con el odio que bullía en mi interior, pero en su lugar, lo único que logré fue mantener mi postura, respirando de manera forzada, y sintiendo el sabor del desafío en mis labios.
—Eres un idiota si piensas que el beso lo cambia todo —repliqué, esta vez con la voz más firme. Me armé de un valor que no sabía que tenía, para no apartar la mirada y dejarle claro que no iba a rendirme.
Este esbozó una sonrisa de medio lado, un gesto apenas perceptible que parecía burlarse de mi resistencia.
—No —respondió con tanta calma que mi sangre empezó a hervir—. Pero es el principio. Cada paso que des en mi contra, te llevará, tarde o temprano, al mismo punto.
El corazón me latía con tanta fuerza en el pecho que era ensordecedor, haciendo que fuese casi imposible escucharme a mí misma.
Pero no estaba dispuesta a dejar que su control se expandiera ni un centímetro más.
Él podía jugar con mi encierro, con sus palabras, con sus reglas, pero lo único que jamás lograría era mi sumisión.
—Nunca voy a ser tuya —afirmé, recalcando cada una de las palabras, sin apartar la vista de él, sintiendo como mi rabia se abría paso—. Puedes encerrarme aquí todo el tiempo que quieras, pero jamás me tendrás.
Su sonrisa se amplió sobremanera y la expresión en su rostro se volvió casi placentera. Parecía deleitarse con cada desafío, como si esta resistencia mía no fuese más que un juego que él mismo orquestaba.
—Veremos —susurró, dando un paso hacia mí, sin apartar la vista—. Porque tengo todo el tiempo del mundo, Elena —añadió al mismo tiempo que pasaba una de sus manos por mi cabello—. Tú, en cambio, no tienes nada —comentó con un pesar fingido—. No tienes salida, ni aliados… Solo a mí.
El aire se volvió denso, la atmósfera estaba cargada de una tensión en la que él se encontraba como pez en el agua.
Mi respiración cada vez era más agitada, los pensamientos se arremolinaban en mi cabeza, siendo un batiburrillo de rabia y algo que me negaba a nombrar.
No quería reconocer cómo su proximidad lograba aturdirme, cómo cada palabra y cada gesto de su parte se colaban bajo mi piel.
—¿Eso es lo que quieres que crea? —inquirí, con la convicción de que saldría de allí tarde o temprano—. ¿Que estoy completamente sola?
Él no respondió de manera inmediata, solo me miró, y en sus ojos vi algo que era más que control, más que un simple deseo.
Era una intensidad casi enfermiza, una devoción que, aunque me asustaba, también parecía adentrarse en lo más profundo de mi ser sin que pudiese hacer nada por remediarlo.
En realidad, sentía que todo iba más allá de un simple encierro, que había preguntas que no había formulado de manera correcta, algo que no me estaba explicando y que era crucial en mi situación allí.
No sabía nada de aquel hombre, ni siquiera su nombre, pero por alguna extraña razón todo mi ser se alteraba al sentirle cerca, y eso me cabreaba.
Finalmente, me aparté hacia un lado, con la cabeza en alto y los puños cerrados, sabiendo que la batalla apenas había comenzado.
Sabía que cada día a su lado sería una prueba de fuerza, de resistencia, y que, de una manera u otra, no podía rendirme.
Nikolai
La observé mientras se alejaba de mi lado, como si cada paso en mi dirección fuese una derrota que se negaba a admitir.
En esos ojos ardía una llama que, en lugar de apagarse, no hacía más que avivar algo mucho más profundo en mí.
Un instinto sobrenatural que se deslizaba por mis pensamientos, transformándola en algo que no podía solo poseer y dejar ir.
Sabía que su desafío no era un simple acto de rebeldía. No, en su resistencia había una fuerza que rozaba la obstinación, una terquedad que la hacía diferente, casi fascinante. Y aunque mi intención inicial había sido otra, ella estaba logrando cambiar las reglas de mi propio juego.
Di un paso hacia ella, cruzando el espacio entre nosotros, con la certeza de que ya no había más dudas que resolver. Cuando su espalda tocó la pared, mis manos buscaron el borde de su rostro, percibiendo la tensión en su mandíbula y cada músculo, resistiéndose al contacto.
—Sigues pensando que puedes jugar conmigo —murmuré en voz baja, afinando cada una de mis palabras—. Pero cada día que pase, cada instante, no hará más que acercarte a mí, y eso es lo que tú no entiendes, Elena.
Su mirada se tornó en un desafío, como si mis palabras solo fueran otra oportunidad para que ella demostrase que aún podía resistir. Pero algo en sus ojos delataba la lucha interna, una contradicción que ni siquiera ella lograba comprender.
Acaricié con delirio su rostro, manteniendo su mirada fija en la mía, porque sabía que esa conexión entre ambos era tan peligrosa como adictiva.
Joder, estaba a punto de volverme loco, porque todo su cuerpo clamaba mi nombre, igual que lo hacía el mío con el suyo.
Quería contarle la verdad, decirle el porqué de su situación, pero una parte de mí deseaba jugar con ella, desquiciarla hasta que no pudiese más.
Llevé mi dedo pulgar a su boca, recorriendo sus labios con fervor, deseoso de volver a besarlos, a devorarla entera hasta que no tuviese más opción que aceptar cada una de mis normas.
Sus ojos verdes destellaron con una nueva contradicción, podía percibir el latir de su corazón en su cuello, cómo su respiración se aceleraba, sus labios se entreabrieron, y fue entonces cuando supe que ya era mía.
—Nunca vas a vencerme, Elena —aseguré—, no importa cuánto lo intentes.
El silencio se expandió, y nuestras respiraciones se acompasaron en aquel jodido caos que nos arrollaba, como si el mundo más allá de la habitación no existiese. Mientras, sentía como la tensión entre ambos se volvía más poderosa.
—Ya lo veremos —musitó.
Por ahora, le permitiría pensar que aún tenía una salida, aunque no fuese más que una jodida ilusión.