5
Nikolai
El dolor retumbaba en mi cabeza, como el eco de un grito desesperado.
La tenue luz del cuarto me llegó en fragmentos y una sensación de furia, cruda y fría, me atravesó mientras mi visión recuperaba el enfoque.
Parpadeé confuso, y el movimiento fue suficiente para sentir la herida que se había creado por el impacto.
Me llevé la mano a la zona, confuso, y al observarla me percaté de que se había teñido de rojo.
Un ardor empezó a crecer en mi pecho, avivándose a cada segundo que pasaba dentro de aquella jodida habitación.
Frente a mí, Elena retrocedía, respirando de manera entrecortada, aún con la lámpara en las manos.
Su rostro no mostraba ni una pizca de arrepentimiento, de hecho, en sus ojos pude ver algo que iba más allá de la simple resistencia.
Estaba disfrutando de saber hasta dónde podía llegar sin que le parase los pies.
Me obligué a tragar el malestar que me corroía y me incorporé con lentitud, apoyando una mano en la pared mientras mi mirada se clavaba en la suya.
Su respiración se aceleró sobremanera y sus dedos tensaron su agarre, consciente de que el control que había creído tener se escapaba entre sus manos con cada segundo que yo permanecía en pie.
—¿Así quieres jugar, Elena? —Mi voz apenas fue un susurro, pero pude percibir como ella lo sentía, como cada palabra se clavaba en ella, ya que sus labios se tensaron y en sus ojos pude ver un brillo que me retaba a continuar.
Di un paso hacia ella, lento, midiendo cada movimiento para que sintiera el peso de mi presencia.
Todo me daba vueltas, pero aun así me obligué a continuar, porque aquel agravio no podía quedarse sin respuesta, no si quería mantener mi autoridad.
La observé, percibiendo cómo su respiración se tornaba errática, las piernas le cimbreaban, pero su vista seguía fija en la mía.
Su expresión no cambió, de hecho, parecía retarme a que diese un paso más.
Sonreí de medio lado, la situación empezaba a gustarme más de lo que debería.
Le arrebaté la lámpara que aún sujetaba entre las manos de un tirón, dejándola indefensa, expuesta a lo que quisiese hacerle.
Se limitó a mirarme, retándome en silencio.
Mis dedos temblaron como si se hubiesen visto sacudidos por un impulso cargado de rabia, necesitaba hacerle comprender la magnitud de su error, y demostrarle que jugar con fuego tenía sus consecuencias.
—Te lo advertí —murmuré rabioso—. Te advertí qué ocurriría si desafiabas mis reglas.
Elena entreabrió los labios de esa forma tan sexy que solo ella tenía, como si fuese a decir algo, pero el silencio entre ambos era tan denso que parecía haberse tragado cada una de las palabras.
La observé, notando como su expresión luchaba por no delatar lo que sentía, mientras una pequeña duda comenzaba a destellear en su interior.
Podía sentir el temor en ella, en la manera en la que intentaba erguir esa coraza que creía que la salvaría, y eso, lejos de calmarme, avivaba algo más oscuro en mi interior.
Me encaminé hacia ella con paso firme, deseoso de que me diese una nueva excusa para tomarla, hacerme con ella y demostrarle quién era en realidad.
La sangre hervía bajo mi piel, provocando que todo mi ser se prendiese en llamas por la mujer que tenía frente a mí.
Apreté la mandíbula reteniendo la ira que me recorría de pies a cabeza, apartándola, porque en el momento en el que diese rienda suelta a mis deseos, Elena se arrepentiría de todo lo que había hecho.
Tomé su rostro con firmeza, permitiendo que mis dedos envolviesen su mandíbula mientras nuestras miradas se encontraban de nuevo.
La atracción entre ambos era innegable, era como si algo en el ambiente nos empujase a estar juntos mientras ella parecía reprimir ese sentimiento.
Sonreí al percibir como todo su cuerpo se tensaba bajo mi tacto, y aunque intentaba ocultarlo, había algo en su respiración, en la forma que me miraba, que me decía que no estaba tan lejos de caer.
—¿Creías que un simple golpe iba a librarte de mí? —inquirí mediante un susurro, permitiendo que cada una de mis palabras se deslizase en el silencio que inundaba la sala como una sentencia de muerte—. Eres más ingenua de lo que pensaba.
Un brillo de ira cruzó su rostro, y antes de que pudiera evitarlo, se apartó de un tirón, como si su ser se negase a aceptar cualquier sumisión.
Ese gesto, por pequeño fue fuera, encendió un fuego aún mayor en mi interior.
Me acerqué, encajonándola entre la pared y mi cuerpo, reduciendo a nada cualquier distancia entre ambos.
—No tienes ni idea de con quién estás tratando, Elena —murmuré, y en mi voz no hubo advertencia, sino la promesa de que ahora era yo quien impondría las reglas y los castigos.
No permitiría ni un solo agravio más. Ella respiró de manera profunda, tratando de calmarse, pero mi proximidad provocaba que todo fuese a más.
Mi mirada se deslizó por su rostro, delineando en mi mente cada curva, cada pequeño temblor en sus labios.
Sus ojos me desafiaban, pero había una vulnerabilidad, un reflejo de su propia guerra, y aunque quisiese negarlo, me sentía absorbido por esa mezcla de temor y atracción que persistía en su interior.
Como si en algún punto de la confrontación, ella también estuviese atrapada en ese sentimiento que empezaba a repiquetear en mi pecho.
—Si juegas a este juego, vas a perder —le advertí.
—¿Por qué? —inquirió.
—Porque no sabes las jodidas normas —continué, sintiendo como mis palabras salían cargadas del deseo de hacerle comprender que lo único de lo que nos serviría su desafío era para acercarnos aún más al punto sin retorno del que luchaba por escapar.
Mis dedos se deslizaron por su mejilla, mientras ella permanecía en silencio, atrapada entre mi roce y su propia voluntad por no mostrar nada.
Quería que me odiase, pero algo en su mirada parecía delatar una emoción mucho más profunda y visceral, algo que ni ella misma parecía poder comprender.
Y en ese instante, supe que cada acto de resistencia no haría más que acercarla a mí, aun cuando intentase lo contrario.
Ella bajó la vista, tan solo lo hizo un segundo, pensativa.
Su pecho subía y bajaba frenético, mientras sus labios permanecían entreabiertos, mostrando algo que ella no lograba poder controlar.
La atracción estaba ahí, tan tangible que el aire entre nosotros se volvió denso, un espacio en el que estábamos atrapados.
Mi mano se deslizó tras su cuello, y antes de que cualquiera de los dos pudiese detenerlo, mis labios encontraron los suyos.
Fue un beso sin preguntas ni disculpas, cargado de una furia que yo mismo no sabía que podía sentir.
Ella no se apartó, al contrario, su respuesta fue inmediata, intensa, como si toda la tensión acumulada encontrara salida en ese instante.
Nuestros labios se movieron con una urgencia feroz, y pude sentir el latido acelerado de su pulso bajo mis dedos, el mismo que parecía retumbar en mis sienes. Ese momento fue un punto de inflexión, uno en el que sabía que ya no habría vuelta atrás.