4
Nikolai
El silencio reinaba en la habitación, y apenas se rompía salvo por el sonido de su agitada respiración, esa que trataba de disimular.
Elena permanecía al borde de la cama, y la determinación en sus ojos no dejaba espacio para la sumisión.
No estaba quebrada, al menos no todavía. Pero sabía que no sería sencillo.
Caminé hacia ella, acortando la distancia con pasos que resonaron entre las cuatro paredes, uno a uno, casi al compás de mi propia paciencia.
El desafío en sus ojos me atraía tanto que me exasperaba.
Había algo en su manera de sostenerme la mirada que me instaba a quebrantar esa fuerza suya, a demostrarle que el control de la situación era solo mío.
Elena no se apartó ni un milímetro cuando llegué a su lado, aunque vi cómo sus manos se tensaban en forma de puños. Esa resistencia que reflejaba su rostro era precisamente lo que me mantenía al borde del abismo, consiguiendo que estuviese deseoso de saltar al vacío.
La tomé por el brazo con firmeza y obligándola a ponerse en pie, asegurándome de que cada centímetro de su espacio personal fuese mío. Su expresión no cambió; de hecho, parecía retarme a que diese un paso más.
—Te advertí de lo que sucedería si desafiabas mis reglas —dije, sintiendo el calor de la rabia mezclado con un deseo que ni siquiera ella sospechaba que despertaba en mí.
Elena sonrió de manera sutil, provocándome, intuyendo que aquello me sacaba de mis casillas.
—No he hecho nada —contestó. Su voz sonó tranquila y calculada, cada palabra que salía de su boca me invitaba a entrar en su juego, ese que empezaba a ser tan suyo como mío.
—¿Nada? —inquirí, estrechando el agarre de su brazo—.
Tocaste la puerta hace un momento, ¿te crees que soy estúpido?
—rebatí—. Te pedí algo tan jodidamente simple como lo es acatar mis reglas —apreté la mandíbula con fuerza, tanta que creí que mis muelas saldrían por los aires en cualquier momento—, y aún crees que puedes jugar con mi paciencia.
Ella dejó ir una leve carcajada, un sonido bajo que se mezcló con el aire espeso de la habitación.
—Si crees que te voy a temer solo porque cierras una puerta con llave, entonces no sabes nada de mí.
Su desafío fue un golpe directo a mis nervios.
Algo en mi interior, oscuro y visceral, respondió a sus palabras, haciendo que nuestros cuerpos estuviesen cada vez más próximos.
No tenía ni idea de lo que ponía en riesgo al hablarme de esa manera, y lo cierto era que no hacía más que darme excusas para llevar a cabo mis antojos.
Tomé su barbilla con una mano, obligándola a que me mirase, notando como su respiración se volvía agitada por mucho que intentase contenerla, porque aunque intentase fingir, sabía que mi proximidad le afectaba.
—Conocerás cada límite de mi paciencia si sigues jugando conmigo —añadí, recalcando cada una de las palabras—. Porque si crees que esto es una tontería, querida, entonces aún no has visto nada.
Sus ojos no se apartaron de los míos y, por un segundo, algo en ellos brilló.
¿Curiosidad? ¿Reto? Tal vez fuese una mezcla de ambos, tan adictiva que creí que perdería la cabeza de un momento a otro.
La solté con brusquedad, provocando que ella cayese ligeramente hacia atrás, pero se irguió de nuevo, manteniendo la compostura, alzando el mentón como si ese pequeño instante no hubiese significado nada.
Me pasé una mano por el rostro, notando como mi miembro se endurecía solo de pensar en las cientos de maneras en las que deseaba hacerme con ella. Mi respiración era agitada, como la de un toro a punto de rebufar, y es que no sabía qué demonios tenía pero Elena estaba convirtiéndome en un demente.
—¿Eso es todo? —dijo, cruzándose los brazos sobre el pecho, como si esperase a que me marchase.
Sus intenciones estaban más que claras: aparentar que no me temía, que cada palabra y cada gesto no significaban nada.
Pero yo sabía la maldita verdad, la tensión en sus hombros cada vez que me veía, revelando la batalla que se libraba en su interior, y como la rapidez de su respiración la traicionaba.
Aunque aún no lo aceptase, ella empezaba sentir el peso de la situación.
Sonreí de medio lado, percibiendo como un fuerte calor comenzaba a subir por todo mi cuerpo, prendiéndolo en llamas.
Adoraba verla de aquella manera, esforzándose por parecer más desafiante de lo que de verdad lo era.
Cerré los ojos y, por un segundo, la imaginé frente a mí, en aquella cama sencilla, arrodillada frente a mí, con la camiseta hecha girones y mis dedos enterrados en su cabello, con esa mirada que me había atormentado durante las noches en las que no había tenido más remedio que masturbarme solo de pensar en ella.
En un acto reflejo, subí mi mano derecha, recorriendo su cuerpo, percibiendo cada una de sus curvas y cómo todo su ser se tensaba ante mi contacto.
—No quieras sacar al demonio, preciosa —bisbiseé, acercándome a su oído, llevándome conmigo los restos del perfume afrutado que una vez adornó su piel.
Cuando llegué a su cuello, tiré del nacimiento de su cabello, provocando que un gemido se escapase de entre sus labios, los cuales ya estaban entreabiertos.
Joder. Gruñí, apretando la mandíbula, conteniendo al loco que llevaba dentro, porque la imaginé devorando mi miembro, engullendo deseosa cada centímetro dispuesta a llevarse consigo mi mayor regalo.
—¿Y qué pasa si eso es lo que quiero? —masculló en un acto de valentía.
Incliné la cabeza, observándola unos segundos más antes de responder.
—Ya veremos si sigues tan confiada después de pasar un par de días aquí sola, y sin saber cuándo volveré.
Sus labios se entreabrieron, en una reacción instintiva, y por primera vez noté una pequeña grieta en su fachada. Quería decir algo, responder de la misma manera desafiante, pero el silencio se quedó entre ambos, como una prueba de quién tenía realmente el poder en esa habitación.
Elena
En aquel momento me odié, lo hice con toda mi alma, porque mi captor había podido percibir lo mucho que reaccionaba mi cuerpo ante él. El maldito control que empezaba a tener en mí y cada una de mis flaquezas.
Lo observé en silencio, inmóvil, mientras él seguía allí, de pie frente a mí con esa mirada fría que no hacía más que escrutarme, como si pudiese leer cada pensamiento que cruzaba mi mente.
Todo mi cuerpo aún sentía el peso de su mano en mi brazo, el modo en que su agarre me había mantenido pegada a él, obligándome a mirarlo.
Su proximidad y control absoluto me llenaban de una rabia que crecía con cada segundo que pasaba en esa habitación, atrapada bajo su dominio.
El hombre hizo un amago de darse la vuelta, como si todo estuviese dicho, como si ya no tuviese voz ni decisión en lo que estaba ocurriendo.
Cada fibra de mi cuerpo se tensó y mis ojos se deslizaron hacia la mesilla que había en la esquina más cercana a la puerta.
Allí estaba: la lámpara de pie, pequeña pero lo suficientemente sólida como para ser mi única oportunidad de hacerle entender que no iba a rendirme.
Sin pensarlo dos veces, estiré la mano y la agarré, sintiendo el peso frío de la cerámica en mi palma, mi única arma en medio de toda esa locura en la que me había visto envuelta.
Mi respiración se aceleró, el pulso me retumbaba en las sienes y en el pecho, mientras él movía su rostro hacia mí, observándome de soslayo ya girado por completo, dispuesto a marcharse, sin sospechar lo que estaba a punto de suceder.
¿De verdad iba a hacerlo? A situaciones desesperadas, decisiones desesperadas. Las piernas me cimbrearon y por un instante creí que me desmayaría allí mismo de la fuerte tensión que reinaba en mi cuerpo.
Antes de que pudiera reaccionar, levanté la lámpara con toda la fuerza que me quedaba y, sin meditarlo ni una sola vez más, le golpeé con tanto ímpetu como pude. El impacto resonó en la habitación, llenándola por completo.
—Qué… coj…