3
Elena
El silencio en la habitación me ahogaba, era como si cada pared estuviese cubierta por un manto invisible que amortiguaba hasta mis pensamientos.
Permanecí quieta, observando el entorno durante horas, tanto que los detalles empezaban a grabarse en mi memoria como las marcas de la guerra en la piel de un soldado.
Un sillón de cuero oscuro, una mesa baja de madera y una lámpara de pie que únicamente se encendía en las horas más oscuras.
Todo estaba colocado a la perfección, tanto que parecía irreal.
Levanté la vista hacia la puerta. Estaba cerrada, claro, pero no era lo bastante resistente como para impedirme intentar algo, lo que fuera. Necesitaba salir de allí, o acabaría por volverme loca, si es que mi secuestrador no conseguía que lo hiciese antes de tiempo.
Di unos pasos, sintiendo como cada centímetro de mi cuerpo me gritaba que estaba atrapada, que no era más que una prisionera en su fortaleza.
Apreté los puños, percibiendo como la rabia empezaba a recorrerme por dentro, haciendo que la sangre bajo mi piel hirviese.
¿Quién demonios se creía ese hombre como para controlarme de esa manera?
Bufé indignada, ¿y las malditas reglas? ¿Se pensaba que era un muñeco recién comprado con instrucciones que seguir?
La indignación crecía en mí a pasos agigantados, trayendo al presente una Elena que no conocía, una que apenas relucía en mi vida diaria.
Lo peor de todo era que al mismo tiempo una parte de mí sentía curiosidad por descubrir hasta dónde estaba dispuesto a llegar con tal de mantenerme encerrada.
Me acerqué a la puerta, estudiando la cerradura con el ceño fruncido. ¿Cuántas veces más iba a quedarme ahí, sin moverme, mientras él decidía cuándo podía respirar y cuándo no? Toqué el pomo, apenas rozándolo, mientras un impulso eléctrico me recorría el cuerpo.
Entonces, escuché algo: el eco de sus pasos en el pasillo, firmes y seguros, avanzando hacia mí.
Sabía a ciencia cierta que se trataba de él, tanto que mi corazón empezó a latir frenético, y sin saber por qué, retrocedí, apartándome hasta llegar a la pared más alejada de la entrada.
Una mezcla de odio y de algo más me golpeó el pecho, era una emoción que ni siquiera deseaba admitir, porque me confundía hasta dejarme atontada por completo.
Él estaba allí, acercándose, y una vez más, consiguiendo que el aire a mi alrededor se volviese denso y lleno de tensión.
Cogí una bocanada de aire, ahogando un grito, cuando la puerta se abrió con un sonido seco. Allí estaba, con esa mirada que parecía devorar cada rincón de mi alma. No dije nada, pero tampoco le aparté la vista. No iba a darle el placer de verme intimidada.
—¿Intentando salir? —cuestionó juguetón, con un tono que era todo menos inocente.
Una sonrisa oscura curvó sus labios, esa maldita sonrisa. Quise borrarla de su rostro, hacerle entender que no tenía derecho alguno a mirarme de aquella manera, como si supiese algo de mí que ni yo misma conocía.
—¿Qué quieres? —inquirí, cruzándome de brazos, tratando de mantener la compostura mientras él avanzaba hacia donde me encontraba y acortaba la distancia entre ambos, como si cada paso fuese un desafío.
—Quiero que entiendas las reglas, Elena —Su voz era baja, apenas un susurro, pero sentí cada una de sus palabras como un latido—, y quiero que obedezcas.
Estaba tan cerca que podía oler su perfume, amaderado, dulce y al mismo tiempo intenso, tanto que parecía extenderse como una niebla a muestro alrededor.
Mis músculos se tensaron, y una parte de mí, esa parte traicionera que odiaba reconocer, sintió un escalofrío que no fue provocado por el miedo, sino por algo más primitivo.
Era algo mucho peor, algo que no podía, ni debía, permitirme sentir.
—No voy a obedecer nada —respondí tajante, manteniendo la voz firme, aunque sentía que el suelo se tambaleaba bajo mis pies.
Él sonrió, como si hubiese esperado precisamente esa respuesta.
—Eso ya lo veremos, querida —murmuró, y antes de que pudiera siquiera procesar sus palabras, alzó una mano y la colocó sobre mi mejilla.
Fue un toque tan suave que por un instante deseé cerrar los ojos y permitir que acunase mi rostro, olvidándome de que estaba retenida contra mi voluntad por el hombre que tenía delante.
Su pulgar rozó mi piel, lo que provocó que cada vello de mi cuerpo reaccionase como si de una corriente eléctrica se tratase.
Mi primer impulso fue apartarme, sacudir su mano de un golpe. Pero no lo hice. Me quedé allí, atrapada, perdida en esa mirada que me desafiaba y atraía a partes iguales, en esos ojos que parecían prometerme una oscuridad que no podía comprender, pero que sentía que, de alguna manera, me pertenecía.
—¿Vas a desafiarme, malyshka[1]? —preguntó, tras inclinarse lo suficiente como para que nuestras respiraciones se entremezclaran.
Sus labios estaban tan cerca de los míos que el aire entre nosotros se volvió casi tangible.
Por un momento, me permití el lujo de observar a mi captor: era alto, al menos llegaría al metro noventa, de complexión robusta e imponente.
Su cabello era negro como el azabache, corto y peinado hacia atrás en forma de tupé, dándole un toque sofisticado que no creí que vería en alguien como él.
Mi vista se deslizó con delirio hacia su boca, de labios tan carnosos que una parte de mí deseó probarlos.
Con rapidez, aparté aquel pensamiento, intentando huir de esa necesidad que empezaba a sentir.
Sus ojos grises me taladraron en el instante en el que se encontraron con los míos.
Sentí que el corazón me martilleaba en el pecho, y mis manos temblaban al cerrarse en puños, en un intento desesperado por mantener el control.
—Eso parece —musité, en un acto de valor que no supe de dónde salió.
Sus ojos brillaron tintineantes, mientras una media sonrisa se dibujaba en su boca, aceptando el jodido reto que acababa de lanzarle.
Su pulgar trazó una línea lenta y deliberada sobre mi mandíbula, como si reclamase cada ápice de mi piel.
Me odié por no apartarme, por no resistirme, pero había algo en él que me atrapaba, que me decía que en ese juego, la tensión que existía entre nosotros no había hecho más que empezar.
—Entonces, prepárate —susurró, acercándose a mi oído como si su voz fuese una caricia—. Porque voy a asegurarme de que cada uno de tus agravios sea correspondido.
Y con eso, se apartó, dejando un vacío a su paso que casi hizo que me tambalease. Me sentí como si estuviese al borde de un precipicio, a tan solo dos pasos, y él acababa de empujarme uno más allá.
Cuando salió de la habitación, sentí mis piernas cimbrear, cediendo, por lo que me dejé caer en la silla, con el corazón bombeando frenético en mi pecho y las manos temblando como nunca antes lo habían hecho.
¿Qué acababa de ocurrir? ¿Cómo era posible que, en lugar de sentir odio, sintiese una chispa de curiosidad?
¿Y si era algo más que eso? ¿Y si en realidad era atracción?
Negué con la cabeza, golpeándome ligeramente las sienes, tratando de borrar esos pensamientos.
No podía permitirme sentir nada por él, ese hombre era un jodido monstruo, alguien que me mantenía encerrada, controlada, no conocía su pasado ni quién era y no había nada que pudiese justificar la atracción que sentía cada vez que me miraba.
Pero, aun así, allí estaba. Esa maldita chispa traicionera que se negaba a desaparecer.
Fue en ese momento en el que supe que, si seguía jugando a ese juego, no solo él iba a salir vencedor.