2
Nikolai
La habitación estaba en silencio cuando entré de nuevo, la penumbra envolvía cada rincón y la poca luz que había entrado hacía apenas unas horas ya se había desvanecido por completo.
Era como si aquel lugar guardase los secretos de lo que allí sucedía.
Ella estaba sentada en la cama, con la espalda recta, los hombros tensos y los ojos fijos en mí, intentando parecer desafiante, aunque sabía que por dentro estaba muerta de miedo.
Aprecié ese destello de rebeldía en su mirada; me encantaba ver cómo probaba a no perder el control.
Cerré la puerta a mi espalda y avancé hacia ella, sintiendo como cada paso resonaba en el silencio.
La veía estudiarme, sin saber qué esperar, aguardando con una tranquilidad tensa, esa que se había instaurado entre ambos.
Quería imponerle las reglas del juego en el que acabábamos de entrar, asegurarme de que supiera que, a partir de ahora, su mundo giraría en torno a mí.
Sin embargo, su forma de mirarme despertaba en mí una mezcla de irritación y deseo, una necesidad ferviente de aceptar su reto. No era como cualquier otra mujer, no se doblegaría tan fácilmente, y eso, más que una molestia, era una invitación.
Me detuve a un par de metros de donde se encontraba, permitiéndole un último momento de «control» antes de empezar a establecer las normas de su nueva vida.
Observé cómo su mandíbula se tensaba en el instante en el que mis ojos se posaron en ella.
En cierto modo, esa chispa de lucha que ardía en su mirada me resultaba cautivadora.
Durante unos segundos, me permití el lujo de escrutarla con detalle.
Su estatura era media, al menos llegaría al metro sesenta y cinco, era esbelta y con curvas bien definidas.
Sus ojos eran los más verdes que hubiese visto jamás y, por alguna extraña razón, transmitían más de lo que creí que encontraría en ellos.
Sonreí de medio lado, deseoso de ver más allá de la fachada de chica dura que quería aparentar.
—A partir de ahora, tendrás que seguir algunas reglas —anuncié con voz firme.
Noté como sus ojos se entrecerraban y sus labios se comprimían en una fina línea. Incluso su aparente calma gritaba rebeldía.
No respondió, pero en su silencio percibí una clara protesta. Supe en ese preciso instante que, para domarla, tendría que forzarla a aceptar que su vida ahora estaba bajo mi control, y que cualquier intento de fuga o resistencia sería un error.
—Primero, no saldrás de esta habitación a menos que yo te lo permita —le expliqué, dejando que cada palabra se deslizase con precisión, como el filo de una hoja que corta en silencio.
Ella parpadeó, sus labios se separaron en un gesto involuntario y pude notar como la tensión en sus hombros aumentaba. Era consciente de que cada regla que imponía era un golpe directo a su libertad y un eslabón más en la cadena que la mantenía bajo mi poder.
—Segundo, no tendrás contacto con nadie que no sea yo —añadí, cruzando los brazos en mi pecho y sin apartar la mirada.
La incomodidad se coló en su postura, dejando a la vista un nerviosismo que no me había permitido ver antes; aun así, no apartó su mirada de la mía, probando a mantener la apariencia de alguien que no piensa rendirse.
—¿Y si no cumplo tus reglas? —inquirió mediante un murmullo, pero con la fuerza de quien no teme enfrentarse a una tormenta.
Di dos pasos más hacia ella, eliminando cualquier distancia.
Me incliné hacia adelante, lo suficiente como para que pudiese sentir mi proximidad, para que el peso de mi presencia se convirtiera en su única realidad.
Sus ojos se agrandaron un poco más, pero no retrocedió, provocando en mí una jodida oleada de orgullo.
Admiré esa resistencia, única en alguien que acababa de ser capturada.
—Si no cumples mis reglas, querida —bisbiseé contra su oído—, entonces descubrirás qué ocurre cuando alguien desafía mi voluntad.
Mi voz apenas fue un susurro, pero lo suficientemente claro como para que pudiese notar como todo su ser se contraía.
Vi como tragaba saliva y sus ojos permanecían inmóviles, observándome de soslayo, sopesando sus opciones.
Pude ver la duda y el temor luchar en su mente, y en algún rincón, también percibí una chispa de curiosidad.
—¿Por qué? —Quiso saber, con la voz estrangulada pero en un tono que me sorprendió—. ¿Por qué yo?
Me sorprendió su pregunta, aunque supe de inmediato que no podía responderle con sinceridad. Era un jodido daño colateral, un cabo suelto.
Mi interés en ella era algo que ni siquiera yo lograba descifrar, porque a pesar de que no la conocía, una fuerza sobrenatural me atraía a su lado, como si fuese una mezcla entre obsesión y necesidad, cosa que me superaba.
No era alguien a quien pudiese dejar marchar, pero tampoco alguien a quien pudiera llevar sin más.
—Porque quiero —sentencié al final, con un tono seco, sin darle explicación alguna. Era mía y punto.
El silencio se instauró de nuevo entre nosotros.
Podía sentir su resistencia, la manera en que cada fibra de su ser se oponía a someterse a mí, en cómo luchaba.
Esa misma fuerza era la que me atraía, la que hacía que en mi interior se despertase un sentimiento extraño y desease doblegarla hasta que aceptase, hasta que se rindiese por completo.
Mi mirada recorrió su dulce rostro. Sus ojos eran los más verdes que hubiese visto jamás, tan vivos como desafiantes.
Sus labios eran carnosos, con un ligero tono rosado que destacaba con delicadeza sobre su piel clara.
Parecían casi esculpidos, suaves y generosos, como si hubieran sido tintados.
Era una boca hecha para el pecado, de esas que susurran secretos que jamás deberían ser contados.
Alcé una de mis manos y la llevé a ellos, delineándolos con mi pulgar, sujetándola con delirio.
Ella los entreabrió, como si intentase controlar la reacción de su cuerpo ante mi proximidad.
Albergué mi dedo en su interior, deseando llevarla a un estado de excitación en el que no pudiese controlarse.
Aquel pensamiento provocó que mi miembro se endureciese ante aquel simple contacto.
Sonreí ladino, percibiendo la vulnerabilidad que había en ella, como intentaba ocultarlo tras esa mirada fría y calculada.
Era precisamente esa vulnerabilidad lo que me atraía, la manera en la que intentaba ser fuerte mientras su cuerpo la traicionaba, porque sabía que en lo más profundo de su ser deseaba que todo fuese a más.
—Y ahora, la última regla —continué, deslizando mi mano por su cuello, apartando los mechones que caían sobre su oreja izquierda para susurrarle al oído—, jamás se te ocurra desafiarme de nuevo.
Me aparté de ella lo suficiente como para poder observarla, como sus labios temblaban como si estuviese a punto de hablar.
Joder, cómo me gustaba verla luchar contra sus propias emociones.
Cogí una bocanada de aire, apretando los dientes con fuerza, sintiendo como mi control desaparecía por segundos, como si una cuenta atrás sonase en mi cabeza para advertirme de que el tiempo de calma estaba a punto de terminar.
Deslicé uno de mis dedos por el contorno de su mandíbula, un toque apenas perceptible, lo suficiente como para que percatase de que podía hacer lo que quisiese con un simple gesto.
Su cuerpo se estremeció cuando llegué a su cuello y enterré mi mano en el nacimiento de su cabello, provocando que sus mejillas se ruborizasen. Esa reacción involuntaria hizo que algo en mí ardiese con una intensidad que no esperaba.
—Cada una de estas reglas son inamovibles, y por tu bien —susurré, manteniendo el control—, la única manera en la que puedo protegerte.
Su respiración se aceleró y aunque sabía que la tensión era una mezcla de miedo y desafío, también noté algo más en su mirada, algo que ella misma intentaba reprimir. ¿Era odio? ¿Curiosidad? ¿O tal vez algo más oscuro y adictivo?
—¿Y qué pasa si quiero salir? —preguntó mediante un hilo de voz.
La pregunta me hizo sonreír. Estaba claro que no comprendía en la situación en la que nos encontrábamos. Quise reírme de su ingenuidad, de la manera en que creía que tenía alguna posibilidad de escapar de mi control, pero en lugar de reír, me limité a esbozar una mueca.
—No vas a salir, Elena —respondí en voz baja—. No mientras yo decida que debes quedarte.
Por un instante, el silencio volvió a adueñarse de la habitación.
Podía notar la tensión en el aire, esa energía invisible que parecía envolvernos y que convertía cada una de mis palabras en una promesa oscura.
Sabía que en su mente bullían preguntas, pero cada vez que sus labios se movían, ella misma se detenía, como si supiera que cualquier palabra podía ser una sentencia.
En un gesto casi imperceptible, coloqué la llave en las esposas, provocando que estas cayesen al suelo.
Si iba a pasar una temporada allí encerrada, debía de estar libre o acabaría por perder la razón.
Al final, me aparté, dándole un respiro, pero sin abandonar la habitación.
Elena me siguió con la vista, con los ojos fijos en los míos, desafiante y repleta de algo que ni siquiera ella lograba comprender.
Precisamente, eso fue lo que vi, la excusa que necesitaba para hacer de su resistencia mi mayor obsesión.
Al salir, cerré la puerta tras de mí, dejando que el eco de mis pasos se desvaneciese en el pasillo.
Sabía que esta era solo la primera prueba.
Elena pensaría en sus probabilidades de escapar, en cada palabra que le había dicho y en cada respuesta que no le había dado.
Lo sabía, porque ella también se había grabado en mi memoria, con esa mirada desafiante, y lo peor de todo era que no podía dejar de pensar en la ferviente necesidad de apagarla, o tal vez, hacerla arder aún más.