1
Elena
Un zumbido sordo retumbaba en mi cabeza, como un eco en la distancia, persistente pero lento.
Intenté abrir los ojos, pero el peso de mis párpados era como una losa imposible de levantar.
La cabeza me daba vueltas, y un dolor punzante me latía en las sienes con tanta fuerza que creí que vomitaría allí mismo.
¿Dónde estaba? El pensamiento surgió en mi mente, tan difuso y lento como si tuviese que abrirse paso entre toda la neblina que había en ella.
Un frío intenso rozaba mi piel, y cada fibra de mi cuerpo parecía entumecida, como si estuviese atrapada en un estado de rigidez que no lograba comprender.
Intenté mover las manos, pero al tirar de las muñecas, algo gélido y metálico las mantuvo en su lugar.
Las esposas se me clavaban, tiré de ellas, probando a zafarme del agarre, pero de nada sirvió.
Recordándome la gravedad de la situación: estaba sola y atrapada.
Achiqué los ojos, intentando enfocar a mi alrededor, pero la penumbra lo cubría todo, haciendo que apenas pudiese ver nada más allá que sombras profundas que parecían tragarse cualquier resquicio de claridad.
Mi respiración se volvió rápida, el aire llenaba mis pulmones a trompicones mientras el pánico empezaba a apoderarse de mí.
¿Cómo había llegado a estar en esa situación?
Una fuerte punzada me atravesó la mente, provocando que los recuerdos se me escapasen como arena entre los dedos.
El silencio era inquietante, pesado, y me daba la sensación de que incluso mi respiración se escuchaba sobremanera.
Un hormigueo empezó a recorrer mi cuerpo, como si se anticipase a algo que estaba a punto de ocurrir, algo tan inevitable que no podría controlar.
Probé a concentrarme en mi entorno, escuchar más allá de mi propio aliento, y fue entonces cuando un sonido sutil rompió la calma, un simple roce apenas audible, como el susurro de una bestia al acecho.
Era el eco de una mueca, una sonrisa ladina, desafiante, brutal.
Mis ojos todavía estaban acostumbrándose a la oscuridad cuando comenzaron a enfocar una figura en las sombras, alta y firme, que se acercaba sin prisa, como si supiera que nada en el mundo podría pararle.
Este se detuvo al borde de la penumbra y, al poco tiempo, sus ojos se encontraron con los míos, oscuros y fríos como el hielo, me observaban como si solo él pudiese ver más allá de mi alma.
Su presencia llenó el espacio, envolviendo el aire a mi alrededor con una intensidad que me dejó sin aliento.
Había algo hipnótico en aquellos ojos, algo que me atraía y me repelía al mismo tiempo.
¿Tal vez era aquella sensación de peligro que me invadía?
No dijo nada, permaneció en silencio, estudiándome con una precisión casi perfecta.
Provocando que a cada segundo que pasaba mi incomodidad fuese creciendo, al mismo tiempo que despertaba una chispa dentro de mí.
Una sonrisa ladina se esbozó en sus labios, tan lenta como peligrosa, logrando que mi corazón se retorciese.
No sabía quién era, pero algo en mi interior me decía que no era de esas personas a quien debes subestimar.
Apreté los labios, probando a mantener el control, aunque por dentro sentía cómo mi corazón latía con tanta fuerza en mi pecho que parecía que estuviese a punto de escaparse.
—Oh, vaya, ¿a quién tenemos aquí? —musitó sarcástico, con una voz profunda y baja que erizó cada vello de mi piel.
Era como si cada una de las palabras se deslizasen hacia mí como un dulce veneno que no podía ni quería ignorar. Ese tono, tan seguro y descaradamente confiado, provocó en mí una mezcla de temor y enfado. ¿Quién se creía que era para hablarme así?
Pero mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, y la tensión en mis músculos traicionó cualquier intento de demostrar valentía. Mi respiración se hizo más pesada mientras él continuaba acercándose con pasos lentos y calculados, como si disfrutase de cada centímetro que acortaba.
El silencio volvió a caer entre nosotros, lo que hizo que el vacío entre ambos se llenase de una energía extraña. El tiempo se alargaba mientras él permanecía ahí, tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.
Su presencia lo consumía todo a su alrededor.
Cuando dio el último paso hacia mí, rompiendo esa distancia que nos separaba, cada célula de mi cuerpo se tensó. Sentí cómo su mirada se deslizaba sobre mí, y un peso invisible me aplastaba sin necesidad de que me tocase.
—¿Quié-quién eres? —logré balbucear, aunque el temblor de mi voz traicionó mi intento por parecer fuerte.
El hombre sonrió de nuevo, con esa mueca peligrosa que parecía prometer algo oscuro y desconocido.
Se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio, y por un momento pude sentir el calor de su cuerpo.
Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, provocando que mi piel se estremeciese y mi respiración se volviese agónica.
Había algo en él, en esa mirada que no dejaba de taladrarme, haciéndome sentir pequeña y atrapada.
—Eso, querida —susurró, con su boca pegada a mi oído—, pronto lo descubrirás.
Mis manos se tensaron sobre las esposas, y percibí como la presión metálica se clavaba aún más en mi piel.
Estaba atrapada y jodida. Ese pensamiento se apoderó de mí con una fuerza arrolladora, consiguiendo que la adrenalina corriese por mis venas.
No había manera de escapar, no mientras él estuviera allí, observándome con esa mezcla de posesión y desprecio que me resultaba imposible ignorar.
—¿Qué quieres de mí? —inquirí en un acto de valentía, con un tono que apenas pude controlar.
Mi voz se quebró, y odié haber mostrado esa debilidad, pero era imposible reprimir el temor que me recorría.
Él se inclinó un poco más, y la distancia entre nosotros se redujo hasta el punto en que pude sentir su respiración, cada exhalación suya chocando contra la mía. Sus ojos recorrieron mi rostro, como si estuviese memorizando cada detalle, grabando cada curva y cada expresión en su mente.
—Lo único que necesitas saber es que —musitó, haciendo una pausa y alzando una mano hacia mi rostro— ahora estás bajo mi protección.
Su pulgar trazó una línea suave y deliberada sobre mi mejilla derecha, un toque que parecía más una amenaza que una caricia.
Mi piel ardió bajo su contacto, pero no pude apartarme.
Era como si una parte de mí estuviese paralizada, atrapada entre el miedo y…
algo más. Algo que no entendía y que me aterraba admitir.
La conexión que él creaba con cada movimiento y mirada, en cada palabra, era algo que jamás había experimentado y me mantenía absorta, centrada en él.
—Tu… ¿protección? —murmuré, tratando de entender, de descifrar la promesa oculta en sus palabras.
Su sonrisa se amplió y la oscuridad en sus ojos se volvió infinita, como si allí hubiera un secreto tan estremecedor que lo guardaba únicamente para sí mismo.
Al final, dejó que su mano cayera, y dio un paso hacia atrás, liberando la tensión en el aire que nos rodeaba, a pesar de que la sensación de control no disminuyó.
—Sí —respondió mediante un susurro, con la voz tan contenida que lo imaginé luchando contra sus propios demonios con tal de comportarse—, mi protección. Nadie va a tocarte, a menos que yo lo permita.
Cada palabra era una sentencia, un muro que se erguía entre el mundo que conocía y una nueva realidad que se me imponía.
Y aunque quería resistirme, una parte de mí sentía la fuerza de su control, provocando una curiosidad sobrenatural, de manera en la que mi voluntad se desmoronaba ante él sin que pudiese hacer nada por evitarlo.
Lo observé mientras se alejaba, escuchando el resonar de sus pasos en la penumbra, hasta que el silencio lo envolvió todo de nuevo.
En ese instante, la realidad me golpeó con una claridad devastadora, estaba a merced de un hombre que no conocía y que no dudaría en ejercer el control absoluto en mí si así lo deseaba.
Me dejé caer a los pies de la pared, abrazándome a mí misma, presa de la confusión, sin lograr comprender todo lo que acababa de ocurrir.
Contuve el aliento, porque estaba bien jodida.
Una mezcla de temor y curiosidad había tomado el control de mi interior, y es que había algo en él, en esa intensidad que irradiaba, que me atraía de una manera que no lograba comprender y que no podía rechazar.
Tal vez fuese el inicio de una guerra en mi interior, una batalla que no sabía si podría ganar. Estaba atrapada en la oscuridad, y él era la única luz que podría lograr eclipsarla.