El legado de los Romanov
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Prólogo
Nikolai
—Oh, vaya, ¿a quién tenemos aquí? —musité, percibiendo un impulso eléctrico recorrer todo mi cuerpo.
Sonreí de medio lado, la cosa empezaba a ponerse divertida. Su perfume se adentró en todo mi sistema nervioso, revolucionándolo, hundiéndose en cada rincón de mis pensamientos. Era como una jodida droga, una a la que estaba dispuesto volverme adicto. Dios, cómo lo iba a disfrutar.
Apreté la mandíbula cuando sentí como mi miembro, enfurecido, se hinchaba en mi pantalón, clamando la atención que siempre recibía ante su presencia.
Me pasé la lengua por el colmillo derecho, mientras me acercaba a ella, con pasos firmes y calculados.
Mi hombre, atento, dio un paso hacia atrás, apartándose sin que tuviese que emitir ni una sola palabra.
Sabía que aquel instante era mío, solo mío.
Extendí una de mis manos y, con un movimiento lento, colé mis dedos bajo la tela que cubría su rostro.
La levanté lo suficiente como para dejar al descubierto una boca entreabierta, que parecía tan suave como desafiante.
Coloqué mi índice bajo su barbilla, y recorrí sus labios con el pulgar con delirio, despacio, saboreando la reacción que brotaba de ella, como su respiración se volvía entrecortada.
—Bienvenida al paraíso, querida —bisbiseé, sintiendo como mis dedos se entrelazaban con los mechones de cabello que caían libres bajo la tela.