15.El abeto #2
—-Con los ojos cerrados.
Laura dobló el mapa, se terminó el café de un trago —él había terminado ya el suyo—, y dejó la taza sobre la barra, junto con unas monedas.
—Vamos —dijo ella.
Salieron a la calle. No había rastro alguno de las siluetas.
La lluvia había parado, y la ciudad se había cubierto de un dorado especial.
Caminaron deprisa, pero sin correr, con ese ritmo tenso de quien necesita llegar, pero que no puede permitirse llamar la atención.
Laura iba delante: conocía el camino. Antón la seguía, moviendo los ojos constantemente de un lado a otro, controlando la situación, vigilando. Pero Florencia hacía lo que siempre hacía con ella: la atrapaba.
Aunque tuviera el labio hinchado y la mano vendada, y con dos hombres enormes buscándola por toda la ciudad, los ojos se le iban solos a los detalles que había en cada rincón: La luz de la tarde caía sobre una fachada ocre convirtiéndola en oro; un balcón con geranios rojos que goteaban después de la lluvia; el reflejo del río al fondo de la calle, verde, quieto y eterno.
Dos años viviendo allí y todavía aquella ciudad le cortaba la respiración.
—Laura —la llamó Antón en voz baja.
—Estoy mirando los edificios y los dos lados. Puedo hacer las dos cosas a la vez —le dijo ella.
Él suspiró resignado y no dijo nada más.
Veinte minutos de camino en que los pies de Laura la llevaron solos, sin dudar, girando aquí, cruzando allá, hasta que al doblar una esquina familiar, la plaza apareció ante ellos. Y allí estaba.
Ella se detuvo. Lo había visto cientos de veces, cientos. Y cada vez que pasaba por delante de él, se detenía a mirarlo de verdad, fascinada por los secretos de una obra que siempre había estado ahí.
Era inmenso. Mucho más grande que los otros tres. Una de las estatuas de león más grandes que había visto hasta entonces: imponente sobre su pedestal de piedra, con una presencia que llenaba toda la plaza de poder, y hacía que el aire a su alrededor fuera pesado.
A Laura siempre le había encantado aquel león. De hecho, hacía justo un año que lo había estudiado a fondo, fascinada por los secretos que escondían sus formas.
—¿Y qué sabes tú de este león? —le preguntó él, intrigado por su reacción—. ¿Antes me comentaste que lo habías estudiado?
Ella sonrió levemente sin apartar los ojos de la escultura y empezó a explicarle con entusiasmo todo lo que había descubierto.
Le contó que detrás de una mole así estaba el trabajo de los maestros canteros de la ciudad, los verdaderos artesanos que daban forma a la Florencia de piedra.
El oficio se heredaba de padres a hijos, y los aprendices entraban a los talleres cuando eran casi unos niños; pasaban años barriendo el polvo y cuidando las herramientas antes de que el maestro les confiara un bloque importante.
Para estas grandes figuras de la ciudad, solían usar la “pietra serena”, esa arenisca gris tan florentina que traían de las canteras cercanas de Fiesole, de donde era Balbina, o bloques macizos de mármol que tardaban meses en moldear.
Tallar un león era una de las pruebas de fuego de los talleres: se necesitaban herramientas de hierro templado, muy específicas, y una paciencia infinita para ir vaciando la piedra golpe a golpe, midiendo el relieve con precisión para que la musculatura del pecho y las garras tuvieran la tensión exacta.
Eran hombres incansables que pasaban toda la vida respirando polvo de piedra, pero tenían la finura de un cirujano para lograr que un bloque tosco terminara imponiendo el respeto de un animal vivo.
—Dios mío, qué belleza —dijo Laura.
Antón no dijo nada. Se limitó a mirarlo con esa expresión suya de escultor que reconoce la grandeza sin necesitar palabras.
Se acercaron despacio, casi como con una reverencia.
Ella recorrió el león con la mirada de arriba abajo, buscando señales: la melena, el lomo, las patas, el pecho.
Y entonces lo encontró. En la garganta. La marca estaba en la parte inferior de la garganta del león, justo donde el cuello se unía al pecho.
Una serie de rayas y líneas finas, deliberadas, que parecían decir algo. Como si quisiera hablar. Como si Beatrice hubiera elegido ese lugar exactamente por eso, para que la verdad saliera de su garganta.
—Aquí —dijo Laura en voz baja.
Antón se agachó y sacó la silicona. Trabajó con precisión y rapidez, aplicando el material sobre cada línea, cada curva, cada ángulo de la marca. Mientras esperaban a que la silicona hiciera su trabajo, ella abrió su cuaderno.
—El primer león —dijo—. No fuimos a recoger el molde.
—Él levantó la vista.
—Lo sé. Nos falta esa pieza.
—No sé si nos falta —ella le mostró el cuaderno—. Lo medí todo. Cada línea, cada ángulo, cada milímetro. Lo tengo aquí. ¿Te basta con esto?
Antón cogió el cuaderno y lo estudió un momento. Sus ojos de escultor recorrieron cada anotación, cada medida, cada detalle. Asintió despacio.
—Me basta.
Despegó el molde de la garganta del león con cuidado y lo envolvió en el paño. Luego sacó los otros dos moldes de la mochila y los colocó todos juntos con las anotaciones de Laura del primer león. Y se quedó quieto.
Antón estudiaba las piezas en silencio, moviéndolas despacio, reordenándolas, comparando. Sus manos se movían con esa lentitud concentrada de quien está viendo algo que todavía no sabe nombrar, pero que ya reconoce. Hasta que paró.
—Laura —dijo, sin levantar la vista—, esto forma algo.
Ella se agachó a su lado.
—¿Qué forma?
Él tardó un poco en responder.
—Una llave. Las cuatro marcas forman el molde de una llave.
El silencio que siguió duró apenas unos segundos, pero pareció mucho más.
—¿Una llave de qué? —preguntó ella.
—Eso no lo sé todavía con certeza, pero podría ser del cofre que me hablaste de Beatrice, donde guarda todo, no lo sé. Pero necesitamos un cerrajero. Uno que trabaje llaves antiguas.
Ella afirmó con la cabeza.
Laura se levantó y fijó su mirada en la cola.
La cola del cuarto león no estaba apoyada en la piedra como los demás.
Estaba alzada, más alta, señalando en una dirección más concreta, con una claridad casi humana, casi señalando con un dedo; no dejaba lugar a dudas.
Siguió la dirección con los ojos. Y se quedó sin aliento.
Al fondo, entre los edificios, donde la ciudad dejaba paso a un lugar más antiguo y verde, había una construcción pequeña, de piedra, con tejado de baja altura y paredes cubiertas de musgos.
A su lado, un árbol enorme, tan alto que asomaba por encima de los tejados cercanos.
Era un abeto. Lo reconoció de inmediato.
—Antón —lo llamó con una voz que le temblaba por primera vez en todo el día.
Él levantó la vista y siguió su mirada.
— ¿Es...?
—Sí. Es ahí.
Se miraron. En ese momento, después de todo lo que habían pasado juntos, todo se redujo a ese punto al fondo de la plaza.
Antón miró el reloj: las ocho de la tarde.
—Necesitamos al cerrajero —dijo él—. Sin llave no podemos continuar. Pero todo estará cerrado a esta hora.
—Tiene que haber alguno todavía abierto —dijo ella—. Vamos.
Empezaron a caminar deprisa, preguntando por las calles, mirando los rótulos de los locales: una ferretería cerrada, una tienda de copias de llaves con la persiana a medio bajar…
Siguieron hasta que, al doblar una esquina, vieron la luz de un local pequeño, con el rótulo desgastado sobre la puerta y el interior iluminado por una sola bombilla amarilla. A través del cristal se veía a un hombre mayor recogiendo sus herramientas, preparándose para cerrar.
Empujaron la puerta. El hombre levantó la vista con expresión de pocos amigos.
—Estamos cerrando —dijo el señor.
—Lo sé —dijo Antón—. Por favor, necesitamos su ayuda. Es urgente. Muy urgente.
El cerrajero los miró. Miró el labio hinchado de Laura, la venda en la mano, la mochila de Antón.
—Mañana a las nueve abro.
—No podemos esperar hasta mañana, por favor.
Antón sacó los moldes de la mochila con cuidado y los desplegó sobre el mostrador.
—Necesitamos una llave hecha a partir de estos moldes y de estas anotaciones. Es una llave antigua, compleja. Sé que es mucho pedir a esta hora. Le pagaremos bien. Pero si mañana por la mañana no la tenemos, mi amiga habrá perdido algo que no se merece perder.
El cerrajero se acercó al mostrador y miró los moldes y las anotaciones. Sus ojos de experto los recorrieron despacio, con esa concentración de quien lleva toda la vida leyendo formas y texturas. Y, de repente, algo cambió en su expresión.
—¿De dónde han sacado esto? —les preguntó.
—Es una historia muy larga, señor.
El hombre miró a Laura. Luego miró los moldes de nuevo. Exhaló por la nariz, como quien toma una decisión que sabe que le va a costar una noche entera de sueño.
—Está bien. Vuelvan mañana sobre las diez; estará lista.
Laura casi se abalanza sobre él para darle un abrazo espontáneo, pero Antón le agarró del brazo.
—Laura, no lo conoces de nada —le dijo al oído.
—Gracias de verdad señor, gracias. No sé cómo agradecérselo —dijo ella dando saltos de alegría.
El cerrajero ya estaba inclinado sobre los moldes y, con sus herramientas en la mano, murmurando para sí mismo, con esa concentración de los artesanos que, cuando encuentran un reto interesante, olvidan que es tarde y se ponen a hablar solos, como hablándole a sus manos, diciéndole lo que tienen que hacer.
Laura y Antón salieron contentos del pequeño local. La noche ya había caído. Las farolas se habían encendido, las calles seguían mojadas y empezaba a refrescar.
Ella se paró un momento y miró hacia donde estaba el abeto, aunque desde allí no se veía. Pero lo sabía. Estaba allí.
—Mañana lo sabremos todo —dijo calmada—. Mañana iremos a verte. Mañana será nuestro día. Ya llegamos. Nos queda poco.
Antón la escuchó y la animó a seguir caminado.
Pasearon juntos, con el abeto en la mente, la llave, y el poco tiempo que les quedaba para descubrir todo ese legado que los leones le habían indicado.
—Mañana, Antón; mañana.