El legado de los leones 16.Aire
91%

16.Aire

L aura llegó primero. Se quedó plantada ante la puerta de la cerrajería, sintiendo el aire frío de la mañana en la cara.

El labio, aunque menos amoratado, conservaba una hinchazón que le recordaba el precio de los días anteriores.

La venda en su mano, castigada por el roce y el dolor, empezaba a deshilacharse por los bordes.

Antón apareció por la esquina dos minutos después, con la mochila al hombro y los ojos despejados, como quien ha dormido lo justo.

Se miraron.

—¿Lista?

—Desde ayer.

Empujaron la puerta a la vez. Dentro, al aroma a metal frío y aceite los recibió como un viejo conocido. El cerrajero los esperaba en silencio. Sin mediar palabra, abrió el cajón de su mesa y extrajo un bulto envuelto en un paño de pana oscuro.

Lo desenvolvió despacio, con el cuidado de quien entrega algo que sabe que importa.

Ahí estaba. La llave era pequeña, de un hierro denso y oscuro, casi mate. Su diseño era algo difícil de imaginar. Las cuatro marcas de los leones se fundían en una sola pieza asimétrica, compleja y única.

Laura la cogió con las dos manos. Pesaba más de lo que sugería su tamaño, un peso con historia, sólido. La observó durante un tiempo sin pronunciar palabra.

—¿Cuánto le debemos? —preguntó Antón, rompiendo el hechizo.

El cerrajero los miró, luego se fijó en la llave —que Laura tenía ya en las manos—, y nombró una cifra. Ella asintió sin regatear. Sacó el sobre que había preparado la noche anterior y lo dejó sobre el mostrador.

El cerrajero lo cogió, vio el fajo de billetes y los miró, extrañado.

—Es demasiado —dijo.

—Es lo que vale —respondió ella.

El cerrajero no dijo nada más.

Guardó el sobre en silencio y miró a Laura con esa expresión seria y tranquila que había tenido desde que entraron, y dijo:

—Suerte con esa llave. Espero que encuentren lo que andan buscando. De verdad.

Laura le sostuvo la mirada un instante.

—Gracias señor.

Salieron a la calle sin mapas ni brújulas: ya sabían a dónde ir.

Caminaron hacia la zona del cuarto león, casi sin decir ni una sola palabra.

Ella, por primera vez, conocía el camino sin preguntar.

Cuando llegaron a la plaza, el abeto centenario se alzó ante ellos, soberbio, recortando el cielo por encima de los tejados, enorme, con esa presencia serena y quieta de las cosas que llevan mucho tiempo esperando.

A su pie, casi escondida entre la hierba alta, se veía la pequeña barraca. De piedra, casi derruida por el paso de los años, el tejado caído, derrumbado, y las paredes llenas de musgos por la humedad. Cerrada y silenciosa. Se acercaron despacio, sin hablar.

Aquella construcción era el reflejo de las viviendas más humildes de los años mil cuatrocientos y mil quinientos.

En esa época, este tipo de barracas se levantaban con lo mínimo: piedras grandes y pesadas unidas con barro, vigas de madera vieja y techos bajos cubiertos de paja o cañas para intentar frenar el frío del invierno.

No tenían ventanas, solo algún pequeño hueco en la piedra para que entrara algo de claridad sin perder el calor del interior. El suelo, que ahora estaría cubierto de escombros, era de simple tierra batida.

Aunque el tiempo lo hubiera destrozado casi todo, todavía se notaba un refugio cerrado y protegido, un lugar donde el humo del hogar se quedaba pegado a las paredes, y donde la vida de la gente pobre era dura y sin quejas.

Laura se acercó a la puerta y la tocó con la punta de sus dedos, como si pudiera sentir lo mismo que Balbina al dejar a su niña allí.

—Aquí —dijo, con apenas un hilo de voz—. Aquí fue donde dejaron la cesta. En esta puerta pequeña.

Siguió caminado.

—Mira —dijo, señalando hacia un lado—. El patio. Donde jugaban los niños. Ahí creció Beatrice hasta los seis años.

Más al fondo, las paredes de piedra irregular, el tejado donde colgaban la leche para que cuajara y luego hacer quesos. El gallinero aún estaba en pie. Se veía una construcción humilde pero sólida, hecha para durar, no para impresionar.

Laura recorrió la fachada con los ojos, despacio, fijándose en cada detalle, que le hacía recordar todo lo que había leído.

—Seis inviernos vivió aquí —dijo—. Seis inviernos entre animales, naturaleza y una familia que la acogió y le dio lo que su madre no pudo en aquel momento.

Levantó la vista hacia el abeto. Se quedó impresionada: era mucho más grande de lo que había imaginado leyendo. Mucho más. Un árbol centenario. “Lo que habrán visto pasar esas ramas, con esa presencia poderosa”, pensó.

—Éste es —dijo—. Beatrice lo describía como el más alto y más grande que se veía desde todos los rincones de la barraca. Al que los niños intentaban trepar y nunca podían porque era demasiado alto.

Laura se acercó despacio, con pasos lentos, y lo abrazó con fuerza.

Pegó el pecho al tronco gigante y cerró los ojos.

En ese mismo instante, una oleada de paz indescriptible se apoderó de ella.

Era como si el árbol, con sus raíces clavadas en el tiempo, absorbiera toda su tristeza y la llenara a cambio de una energía pura, relajante, reconfortante.

Se quedó allí refugiada por unos minutos, respirando el aroma a resina y a tierra mojada, sintiendo los latidos de la naturaleza.

Permaneció fundida en ese abrazo sagrado hasta que, al abrir los ojos, con el corazón más ligero, dio un paso atrás para observarlo mejor. Era alto, viejo, enorme.

Su corteza rugosa y oscura estaba llena de surcos y de cicatrices naturales que el tiempo había ido dejando. Fue notando sus huecos con suavidad, leyendo el tronco como si fuera un texto.

Y entonces lo encontró. Se paró. A la altura de su pecho, grabado en la corteza, casi confundido con las cicatrices de la savia, se podían distinguir dos pequeñas letras: “B”, “B”, desgastadas, pero aún legibles.

—¿Balbina, Beatrice? —preguntó ella.

Antón se acercó y lo miró.

—Y eso que hay más abajo parece una V. ¿Qué querrá decir? —dijo él.

—Pues no tengo ni idea. Es una V, o puede ser también un número. ¿Un número romano? —dijo ella.

—V, B, B… —pues no entiendo muy bien qué será.

—¡Espera un momento! ¿No podría ser que está indicando algo numéricamente, por ejemplo, cinco pasos? —dijo Laura.

—Probemos —propuso él.

Antón dio cinco pasos agigantados y dijo:

—¡Aquí! ¿Por qué no excavamos?

—Muy bien, me parece buena idea.

—¿Empezamos? —preguntó él.

Miraron a su alrededor. No tenían nada con qué excavar. Antón recorrió el suelo con los ojos de escultor y encontró un par de piedras grandes y planas. Las cogió y las sopesó en las manos.

—Servirán —añadió.

Se arrodillaron los dos en la hierba y empezaron a excavar.

La tierra se resistía: estaba compacta, seca, carente de vida, como si aquel suelo nunca hubiera sido removido por mano humana.

Pronto el esfuerzo comenzó a pasarles factura: el sudor caía por la frente, y los músculos empezaron a tensarse bajo el peso de una labor que se volvía cada vez más agotadora.

Después de un buen rato, no encontraron nada.

—Déjalo ya —dijo ella—. No hay nada aquí. Es inútil seguir excavando: llevamos más de veinte minutos y casi con este tamaño de agujero podemos enterrar a un muerto.

Antón se echó a reír y decidieron parar.

Se sentaron y se dejaron caer hacia atrás, en la hierba, mirando al cielo.

De repente, Laura dio un grito:

—¡Ah! Espera, Antón, ya lo tengo. No son pasos de hombre, son los pasos de una mujer, haré lo mismo que tú, pero con mis pasos a ver si tenemos más suerte, no se pierde nada por probar.

Se acercó al tronco, se colocó dando la espalda a las dos “B” y comenzó a contar:

—Uno, dos, tres, cuatro y cinco.

Se paró. Miró el suelo a sus pies: la hierba en ese punto era diferente. Más densa, más verde, como si la tierra guardara algo dentro que alimentaba desde abajo, desde hacía siglos.

Se agachó despacio y pasó la mano por la hierba mojada.

—Probemos aquí —dijo casi susurrando.

—¿Estás segura?

—No. Pero vamos a comprobarlo.

Los dos arrodillados, comenzaron a cavar.

Las piedras planas que usaban como palas removían con facilidad la tierra. Las manos se fueron manchando de negro, las uñas llenándose de tierra.

Laura se pasó el dorso de la mano por la cara en un momento de esfuerzo y se le quedó una mancha oscura en la mejilla que no se molestó en limpiar.

Antón sudaba. Ella también. Ninguno de los dos habló. Solo el sonido de las piedras contra la tierra y su propia respiración. Cinco centímetros, diez, veinte…, hasta que los dedos de Laura tocaron algo.

—¡Antón! —exclamó ansiosa.

Apartó la tierra con cuidado, despacio, con una delicadeza que contrastaba con la brusquedad de los últimos minutos y fue apareciendo algo.

Primero, una esquina. Luego, un lateral.

Luego, la superficie entera con unos grabados hechos a mano.

Era de madera. Reforzada con hierro. Con la cerradura en el centro, oxidada por el tiempo, pero intacta.

—¡El cofre de Fray Bernardo! —exclamó ella con admiración.

Los dos se miraron y se abrazaron de la alegría.

Ella se quitó la chaqueta y empezó a limpiar la superficie del cofre, quitando tierra con el cuidado de quien sabe que lo que tiene delante es irremplazable.

Antón la ayudó, limpiando los laterales, los bordes, la cerradura. Hasta que el cofre quedó limpio.

Laura se limpió las manos en la ropa y sacó la llave de su bolsillo, despacio.

Le temblaban las manos.

La introdujo en la cerradura con un poco de dificultad, ya que no entraba a la primera.

Finalmente, encajó como si hubiera sido hecha exactamente para ese momento, porque lo había sido.

La giró despacio.

Un clic seco resonó y el cofre se abrió.

Respiró unos segundos.

Dentro, envuelto en lino que el tiempo había vuelto amarillento, había varios documentos sellados de hombres sabios, un pergamino enrollado cuidadosamente, donde se podía leer la partida de nacimiento de Beatrice, y leyó el apellido que los dos estaban esperando leer: Médici.

Unos documentos con hilo encerado y un sello con la flor de lis, que tanto nombraba Beatrice en sus relatos.