15.El abeto
A ntón llegó puntual. Se quedó esperando en el portal de la casa de su amiga, con las manos en los bolsillos y la mochila colgando del hombro, mirando la calle, todavía mojada por la lluvia de la noche anterior.
Florencia olía de nuevo a humedad y, siempre, a ese café matutino recién hecho que escapaba de algún lugar cercano.
Escuchó pasos en las escaleras.
Laura salió con la bandolera de siempre, las gafas de sol enormes, y el labio superior hinchado y morado: casi no parecía el suyo.
Los arañazos en la mejilla habían tomado un color entre rojo y amarillento que no auguraba nada bueno. La venda en el dorso de la mano asomaba por debajo de la manga de la chaqueta.
La miró un momento sin decir nada.
—¿Qué? —le preguntó ella.
—Nada.
—Di lo que estás pensando.
—Que las gafas de sol no tapan nada, Laura.
—Tapan lo suficiente.
—No tapan absolutamente nada.
Laura se las ajustó con dignidad y echó a andar.
—Vamos. Día doce. Nos quedan dos leones y tres días.
Antón la siguió, sacudiendo la cabeza con una sonrisa que intentaba esconder.
—¿Cómo está el labio?
—Bien.
—¿Duele?
—Solo cuando hablo. Así que deja de hacerme preguntas.
Él se rio. Ella, a pesar de todo, también.
La ciudad los recibió con esa luz mañanera que tiene después de una lluvia limpia y casi transparente, como si se hubiera lavado la cara durante la noche.
Caminaron deprisa, con el mapa en el bolsillo.
La cola del segundo león marcaba el camino hacia el tercero. Dos leones. Tres días. El tiempo no esperaba.
Sacaron el mapa y estudiaron la dirección.
Laura señaló hacia el norte.
—El tercer león está por aquí.
Empezaron a preguntar.
Un hombre que abría su tienda, no sabía.
Fue entonces cuando las vio. En una esquina de la plaza, un grupo de chicas de diferentes edades y nacionalidades llenaba el espacio de risas y voces.
En medio de todo ese caos alegre, una de ellas había levantado la mano y estaba pasando lista en voz alta, con una seriedad que no le duraba ni dos segundos.
Todas respondían “presente” en su idioma. Cada una, en su lengua, aportaba una nota vibrante al conjunto.
Lo que más le gustaba a Laura era esa mezcla de culturas que se respiraba en Florencia, y las chicas, con sus distintas lenguas, eran un reflejo perfecto de la diversidad que se vivía en esa ciudad.
—¿Birgitt?
—¡Anwesend!
—¿Judith?
—Jelen vagyok!
—¿Andrea?
—Hier!
—¿Yolanda?
— Oui, je suis ici!
—¿Elena?
—¡Yessssss, here I am!
—¿Marianna?
—Itt vagyok veletek!
—¿Ana María?
—Ich bin da!
—¿Csilla?
—¡Yepaaaa!
—¿Szilvia?
—¡Itt vagyok, ne veszits el!
—¿Sandra?
—Szia, szia itt vagyok!
Se oían risas; muchas risas.
Laura las observó un momento desde lejos sonriendo. Y pensó que, ya que estaban tan entretenidas recorriendo la ciudad, igual habían visto algo.
Se acercó a ellas.
—Oigan, chicas, perdonad que os interrumpa. Ya que veo que estáis recorriendo la ciudad..., ¿habéis visto por aquí alguna estatua de león?
Se giraron todas a la vez. Hubo un silencio de exactamente medio segundo. Y entonces ocurrió algo que Laura no había previsto.
—¡Sí, sí! —dijo una, señalando la dirección completamente opuesta.
—Que es por allá. Yo lo vi esta mañana. O algo parecido. Era grande y de piedra —dijo otra chica.
—¿Un león o una fuente? —preguntó una tercera, con el ceño fruncido, intentando resolver el misterio.
Otras empezaron a dar información:
—Era... algo... con base.
—Todas las estatuas tienen base.
—Pues esta tenía más base que las otras.
Mientras tanto, otra había sacado el móvil y tecleaba con furia.
—Espera, espera, que lo busco yo.
—¿Tienes cobertura?
—No, pero lo estoy buscando igual.
Laura sonrió.
Otra chica, que hasta aquel momento había permanecido en silencio con cara pensativa, levantó el dedo como quien va a decir algo importante.
—Yo sí he visto un león.
Todas se giraron hacia ella. Laura también.
Guardaron silencio.
—En Venecia —concluyó, muy satisfecha.
—Esto es Florencia —dijo alguien.
—No os preocupéis, chicas, es normal la confusión: demasiado arte; a veces, no sabes ni dónde estás —les dijo Laura.
Las miró una a una. Diez mujeres maravillosas que no tenían ni la más remota idea de dónde estaba el león, pero que lo estaban intentando con todo su corazón y en varios idiomas a la vez.
—Muchas gracias, chicas —les dijo Laura, con una sonrisa que no pudo evitar.
—¡De nada! —respondieron todas casi al unísono.
Laura siguió tan perdida como antes. Pero con el ánimo bastante más arriba. Algunas personas tienen ese don, el de alegrártelo sin proponérselo.
Poco después, vio a un camarero que colocaba sillas en una terraza. Negó con la cabeza. Ella apretaba el mapa sin darse cuenta.
Fue un hombre mayor, sentado en un banco con un periódico doblado en la mano, el que levantó la vista cuando le preguntó.
—¿Una plaza con leones? —preguntó pensativo—. Sí. Todo recto; luego giras a la izquierda en la segunda bocacalle. Hay dos leones en la entrada, en los pilares de la verja. Llevan ahí toda la vida.
Laura miró a Antón con una sonrisa, preguntándose a sí misma, “¿y qué no lleva aquí toda la vida?”
—Gracias, señor —le dijo ella.
Echaron a caminar sin perder un segundo.
La plaza se abrió de repente, amplia y muy luminosa, con una verja de hierro forjado en la entrada y dos pilares de piedra a cada lado. Encima de cada pilar, un león.
—Son dos —dijo Laura.
—Ya veo.
—Tenemos que averiguar cuál es el correcto.
Empezaron a caminar hacia la verja. Y fue entonces cuando Antón la agarró del brazo.
—Laura, no te muevas.
Al otro extremo de la plaza, estaban las dos siluetas, altas, enormes, moviéndose despacio entre la gente, mirando a cada lado, buscando.
—¿Nos han visto?
—Todavía no. Muévete despacio, natural.
Se mezclaron entre la gente que cruzaba la plaza, moviéndose sin llamar la atención, hasta llegar al pilar de la derecha.
Laura se colocó de manera que el pilar quedara entre ella y los dos hombres.
—Examina el león —le susurró ella—. Yo vigilo.
Antón se acercó al león con naturalidad, como un turista cualquiera, y empezó a recorrerlo con los dedos, buscando.
Laura miraba de reojo a las siluetas. Se estaban acercando.
—¿Algo? —preguntó ella en baja voz.
—Nada —le respondió Antón—. No está en éste. Estará en el otro.
Ella cerró los ojos un segundo. El otro león. Al otro lado de la verja. Sin el pilar como escudo. Más expuestos.
—Bien —dijo ella, respirando hondo—. Vamos.
Miró a su alrededor buscando una solución. Y la encontró.
Junto a la entrada de la plaza, había una señora mayor con un paraguas enorme, de esos antiguos con el mango de madera curvo; caminaba despacio mirando los edificios. Estaba chispeando. No mucho, pero lo suficiente. Laura se acercó con una sonrisa.
—Perdone, señora. Nos está cayendo algo de agua y no llevamos paraguas, ¿le importaría que nos cobijáramos con usted un momento?
La señora los miró con esa amabilidad serena de las personas mayores que ya no necesitan razones para ser generosas.
—Por supuesto, hija. Venid.
—Muchísimas gracias. ¿Le importaría acompañarnos hasta aquel león? Es que nos gustaría verlo de cerca y no queremos mojarnos más.
La señora miró el pilar y asintió con una sonrisa.
—Faltaría más.
Caminaron los tres juntos bajo el paraguas enorme, despacio y con naturalidad.
Laura mantenía la cabeza ligeramente agachada. Antón caminaba a su lado, completamente camuflado. Al otro lado de la plaza, las dos siluetas seguían buscando en la dirección equivocada.
Al llegar al pilar de la izquierda, Antón, con los guantes ya puestos, empezó a recorrer el león con los dedos mientras la señora miraba la escultura con admiración.
—Es precioso, ¿verdad? —les dijo—. Llevo toda la vida en Florencia y todavía no me canso de verlo... Precioso.
—Lo es —dijo Laura, mientras Antón encontraba la marca entre el pecho y la pata delantera, y empezaba a aplicar la silicona con precisión milimétrica.
—¿Llevan mucho tiempo en Florencia? —preguntó la señora.
—Dos años —le respondió Laura.
—Es una ciudad increíble. La más bella del mundo —dijo la señora con convicción.
Antón trabajaba sin parar. Laura hablaba. El paraguas los cubría a los tres. Y al otro lado de la plaza, las dos siluetas seguían buscando en la dirección contraria.
—Listo —murmuró él.
Laura respiró aliviada.
—Muchísimas gracias, señora. Ha sido usted muy amable.
La mujer los miró un momento con esa mirada que ve más de lo que dice.
—Cuídate el labio, hija —dijo. Y siguió su camino bajo la lluvia con su gran paraguas negro y su paso tranquilo, sin saber que acababa de salvar el legado de los leones.
Laura y Antón se miraron. Al otro extremo de la plaza, las dos siluetas los miraban directamente.
—Corre —le dijo Laura.
Echaron a correr entre la gente, doblando esquinas, esquivando turistas, metiéndose por las calles laterales, hasta que ella vio un pequeño bar con la puerta entreabierta y el vapor escapando hacia la calle.
—Ahí —dijo ella.
Entraron de golpe. El local era muy pequeño y cálido. El dueño los miró desde detrás de la barra con una ceja levantada. Ellos se pegaron a la pared junto a la ventana, fuera de la línea de visión desde la calle, posición perfecta para observar y no ser vistos.
Las dos siluetas pasaron por delante de la ventana sin parar. Desaparecieron. Laura soltó un sonoro suspiro de alivio.
—¿Les pongo algo? —les dijo el dueño, con esa calma italiana de quien ha visto de todo.
—Dos cafés, por favor —dijo Antón.
Mientras esperaban, Laura sacó el mapa y lo desplegó sobre la barra. El dueño se quedó mirando, pensando que eran unos turistas perdidos. Estudiaron la dirección que marcaba al tercer león en completo silencio. Ella levantó la vista con una expresión que Antón no había visto nunca antes.
—La conozco —dijo ella.
—¿La plaza?
—La plaza y el león —respondió.
Negó con la cabeza despacio, casi sin poder creerlo.
—Llevo dos años viviendo aquí, Antón, dos años. Pasando por delante de ese león sin saber lo que era, y lo he estudiado a fondo —dijo ella, y se quedó pensando un momento—. Florencia me lo estaba mostrando todo este tiempo y ni lo sabía.
Él la miró.
—¿Sabes llegar?