14.La bicicleta #3
Aún no entiendo cómo puedes venir de una familia tan destacada, tan increíble…
Lo sé todo de ti: Una niña apartada desde sus primeros años; que creció sin saber si merecía ser querida; que ha pasado años eligiendo mal a sus parejas; amando desde la carencia, el miedo, aguantando lo que nadie aguantaría...
Laura no respondió.
—Eres demasiado… —continuó Chantal, con esa voz de bisturí, incisiva, calculadora—.
Demasiado profunda, demasiado sentimental, demasiado intensa.
Sin estilo, sin elegancia, demasiado casual para que nadie te tome en serio.
Los hombres huyen de las mujeres como tú porque sois agotadoras. Porque lo sentís todo demasiado.
Dio un paso hacia ella.
—Eres una perdedora, una niña rota que sigue buscando a alguien que la quiera. Y nadie va a quererte nunca, Laura.
Laura pensaba que estaba hablando de ella misma sin darse cuenta.
Y le daba pena. Pero seguía manteniendo la calma.
Las palabras le llegaron. No lo pudo evitar.
Le llegaron exactamente donde sabía que dolerían, en ese lugar viejo y oscuro donde vivía todo el dolor acumulado de una vida entera sintiéndose menos.
Pero algo dentro de ella ya había cambiado. Ya no era la misma.
Sentía cómo sus frentes se iban cerrando, cómo cada vez todo le dolía menos, cómo era más consciente de la vida y de lo que la rodeaba.
Porque había leído a Balbina, a Beatrice, había soltado al señor Barrio, y sentía que estaba siendo dueña de su vida, y toda esa nueva experiencia le estaba cambiando la vida desde dentro.
Estaba encontrando la serenidad que tanto añoraba. Había aprendido, despacio y con dolor, a elegirse. Y esos cuchillos afilados que salían de la boca de Chantal ya no la herían.
Chantal se acercó al incunable.
—Lo único que me interesa de este maldito libro —continuó, sin darse cuenta de lo que estaba revelando— son los documentos a los que lleva. El poder, la herencia. Lo demás, toda esa basura sentimental, no me importa absolutamente nada.
—Lo sé —le dijo Laura en voz baja.
Chantal quedó dudosa ante sus palabras.
—¡¿Perdona?!
—Que lo sé. Por eso nunca podrás leerlo de verdad.
Dame el libro —le exigió mirándola directamente a los ojos.
Se lanzó hacia él.
Chantal reaccionó rápido. Lo apartó con un movimiento brusco y con la mano libre, con esas uñas afiladas, le cruzó la cara a Laura. Le atravesaron el labio superior hasta la nariz, un corte profundo que empezó a arder y a sangrar de inmediato.
Laura retrocedió un paso por el impacto, pero no soltó el libro.
Chantal la empujó con fuerza.
Ella cayó al suelo, golpeándose la rodilla contra el mármol frío.
La señora se abalanzó sobre ella para arrebatarle el incunable. Pero ella lo apretó con las dos manos.
Forcejearon en el suelo, Chantal tirando con toda su rabia, Laura resistiendo con algo más profundo que la fuerza física.
Las uñas de Chantal encontraron el dorso de su mano y le abrieron una herida larga y profunda.
La sangre caliente salía sin pausa, esta vez caían gotas al suelo.
Laura sentía dolor. Pero en ese momento las sintió a ellas: a Balbina, que amó sin poder quedarse, pero que luchó con lo que tenía; a Beatrice, que nació de la violencia y convirtió el dolor en legado, y a todas las mujeres que habían cargado cadenas sin saber que podían romperlas.
Y una fuerza que no sabía que tenía, le subió desde el centro del pecho hacia las manos.
Se incorporó con un movimiento brusco, con Chantal todavía aferrada al libro.
—Esa fuerza que tú no tienes —le dijo Laura, mirándola directamente a los ojos, con una voz que no reconoció como suya, porque era más grande que ella—, la fuerza interior, esa que viene de conocerse y de elegirse, y de haber pasado por el fuego y seguir de pie...
, eso es lo que tengo yo. Y tú jamás la vas a tener porque para tenerla hay que tener alma.
Y tú eres la primera superviviente de una donación de corazón que conozco. Porque el tuyo no está.
Chantal abrió la boca para decir algo y Laura aprovechó ese momento para tirar con todas sus fuerzas y le arrebató el incunable con un movimiento rápido, definitivo.
Lo apretó más fuerte que nunca contra su pecho, y con la otra mano, sangrando, agarró la bandolera, que permanecía en el suelo, y salió corriendo.
Chantal, enfurecida, llamaba a gritos a sus hombres para que fueran tras ella.
Los dos hombres estaban allí en pocos segundos. Habían vuelto del jardín y la vieron salir. Al instante calcularon la situación y echaron a correr tras ella.
Laura corría con el labio sangrando, la mano ardiendo y el corazón latiéndole en los oídos.
Las callejuelas de la ciudad pasaban a su lado como flases.
Escuchaba los pasos detrás, pesados y rápidos, ganando terreno.
Dobló la esquina pactada.
Antón estaba ahí.
La vio llegar; vio la sangre; vio a los dos hombres detrás de ella y no preguntó nada.
—¡Corre! —gritó Laura sin detener su carrera.
Y corrieron los dos, ella delante, él, a su lado.
Y los dos hombres siguiéndolos por las callejuelas estrechas de la ciudad.
—Laura —le dijo Antón mientras corrían, mirándola de reojo—, tienes la boca llena de sangre y la mano...
—Corre —le repitió ella sin mirarle—. Da igual. No me duele. Sigue corriendo.
—Pero, Laura...
—¡Que corras, Antón!
Corrieron.
Corrieron hasta que Laura la vio: una bicicleta apoyada contra la pared.
Se paró en seco y se giró hacia Antón.
Le tendió la bandolera, la misma que Chantal le había arrebatado días atrás y que había recuperado antes de salir corriendo.
—Toma. Póntela.
Antón la cogió sin preguntar.
Se la cruzó por el cuello y la apretó contra el pecho.
Laura cogió la bicicleta del manillar de un tirón y se montó.
—Sube al sillín. ¡Rápido!
—Laura, esto es una locura...
—¡ANTÓN!
Se montó en el sillín y agarró la cintura de Laura con fuerzas para no caerse.
Ella se aferró el manillar.
La mano herida le ardía sobre el metal frío.
Empezó a pedalear con todas sus fuerzas.
Siempre había sido deportista. Años de bicicleta, de correr, de nadar, de moverse por el mundo con el cuerpo como primer idioma. Y en ese momento sus piernas lo recordaron todo, como si los músculos guardaran una memoria propia que no necesitaba que la mente les diera permiso.
La bicicleta salió disparada por la calle con una potencia que la sorprendió incluso a ella.
—¡Más rápido! —gritó Antón, mirando atrás.
—¡Estoy pedaleando lo que puedo!
—¡Siguen ahí!
Laura apretó los dientes y pedaleó más fuerte todavía.
Las callejuelas pasaban a su lado como una película a cámara rápida.
Los adoquines irregulares hacían vibrar la bicicleta entera.
Antón se aferraba a su cintura con una fuerza que iba a dejarle marca, y ella ni lo sentía. Solo sentía sus piernas, su pedal, y solo pensaba en ir hacia adelante.
Los dos hombres enormes corrían detrás, pero las calles se lo ponían difícil. Sus cuerpos del norte, diseñados para la fuerza, no estaban hechos para perseguir una bicicleta por el laberinto medieval de Florencia. El de Laura sí.
Poco a poco, aquellos fueron perdiendo terreno. Primero, despacio. Luego, de manera evidente.
Cuando ella vio una callejuela oscura y estrecha a su derecha, supo que era el momento.
—¡Ahora! —le dijo a Antón.
Frenó de golpe.
La bicicleta derrapó. Se bajaron de un salto. Ella la tiró contra la pared con un golpe seco, y se metieron corriendo en una de las calles, pegándose contra la piedra, hundiéndose en la oscuridad más completa.
Silencio.
Solo se oían sus respiraciones entrecortadas, intentando no hacer ruido.
Esperaron.
Diez segundos…
Veinte…
Treinta…
Y entonces los vieron pasar.
Las dos enormes siluetas, recortadas contra la luz de la calle, caminando despacio, mirando a ambos lados, buscando sin encontrar, pasaron justo por delante de la callejuela.
Laura contuvo la respiración. Antón apretó su brazo en la oscuridad.
Las siluetas siguieron de largo y desaparecieron.
Esperaron dos minutos más. Hasta que el silencio del lugar volvió a ser el de siempre, el que respira y no espera a nadie.
Entonces, ella exhaló. Se deslizó despacio por la pared hasta quedar sentada en el suelo de aquella callejuela oscura —las piernas ya no le respondían— con el corazón desbocado.
Antón se sentó a su lado.
—Una bicicleta… —dijo él al fin, con la voz entrecortada—. Nunca había pasado tanto miedo. No, miento: ¡el día del caballo fue peor!
Los dos se rieron. Rieron con esa risa que ya no se puede controlar, mezcla de alivio y cansancio por todo lo que habían vivido en la última hora.
Antón le cogió la mano con cuidado, mirando la herida, y luego, el corte en el labio.
—Hay que curarte esto.
—Estoy bien.
—Laura, estás sangrando...
—Estoy bien, me habrá cogido alguna venilla, nada sin importancia —le volvió a decir, sonriendo aun con el labio partido—. Estoy mejor que nunca.
Él la miró un momento más. Luego se fijó en la bandolera con el incunable que llevaba cruzada al pecho.
Volvió a mirarla a ella.
—¿Sabes? —le dijo él—. Tienes un aire a la momia de Tutankamón, con la cara ensangrentada, la mano con un trapo envuelto, el pelo revuelto, la ropa manchada...
Ella le miró. Y se rio. Una risa que le salió sola, entera, de esas que no piden permiso y se quedan contagiando al otro.
—¡Ay! —Se llevó la mano a la boca—. No me hagas reír, que se me abre la herida.
—Perdona, perdona —le dijo él, intentando no reírse, pero no lo conseguía.
—¡Que no me hagas reír, te digo!
—Que sí, que sí. Lo siento. Aunque tienes que admitir que el parecido es notable.
Ambos se rieron. Y esta vez Laura se tapó el labio con los dedos para que no le doliera tanto, y siguió riendo igual.
Cuando por fin de calmaron, se miraron. Y sin decir nada más. Empezaron a caminar.
Florencia los recibía con su luz de tarde, tranquila e indiferente, como si nada hubiera pasado.