14.La bicicleta #2
—Gianni, yo... —dudó un segundo, buscando las palabras—. Sé que estás trabajando y no quiero robarte mucho tiempo, de verdad que respeto mucho lo que haces, pero necesito pedirte ayuda—le dijo ella.
Gianni la miró con calma.
—El tiempo es lo de menos ahora mismo —dijo—. Habla; te escucho.
Ella se giró un momento hacia Antón, que había permanecido un paso atrás en silencio.
—Hace una semana, en el ponte Vecchio, entre la multitud, alguien se acercó a mí y me susurró algo al oído —le miró fijamente—. Fuiste tú. Me dijiste que siguiera a los leones.
Gianni no lo negó.
—Sí. Fui yo. —Hizo una pausa, como ordenado sus palabras—.
Aquel día, cuando tocaba en el puente, te vi meter dinero en mi funda de violín.
Y en ese momento vi dos cosas. La primera, el libro que llevabas en la bandolera; la segunda—bajó la mirada un instante hacia el brazo izquierdo de ella—, la marca.
Laura no dijo nada.
—La reconocí de inmediato —continuó Gianni—. Porque yo también la llevo. Y supe en ese momento quién eras. O más bien, a qué linaje pertenecías. ¿Tienes algún libro? —le preguntó, con una naturalidad que la desconcertó—. ¿Un libro muy antiguo?
Laura le miró fijamente y tragó saliva.
—¿Cómo sabes eso?
—La marca —le respondió, señalando con un gesto sutil su brazo izquierdo.
—Me lo han robado —dijo ella.
Gianni cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, había algo diferente en su expresión. No era sorpresa. Era una mezcla de pesar y de una gravedad que Laura no esperaba.
—¿Cuándo?
—Ayer. En plena calle. Una señora y dos hombres. Nos empujaron y se lo llevaron.
Él asintió despacio, como quien procesa información que le pesa.
—Ese incunable no es un libro normal —dijo en voz baja—.
Lo que lleva dentro puede cambiar muchas cosas.
Deja mensajes que llevan siglos esperando llegar a las personas adecuadas.
Personas como tú. Con esas marcas. —Hizo una pausa—.
Y hay gente que haría cualquier cosa para que esos mensajes nunca lleguen a su destino.
Gente que tiene miedo de lo que ese libro puede revelar.
—¿Una mujer llamada Chantal? —preguntó Laura.
Gianni se quedó completamente quieto. La miró un momento largo antes de responder.
—¿Cómo la describirías? —le preguntó.
—Cabello dorado y castaño claro, pelo rebelde, elegante con una sonrisa que no llega a los ojos —respondió ella—. Y dos hombres enormes, del norte de Europa, que hacían lo que ella ordenaba.
El violinista exhaló despacio.
—Sí; es ella —dijo.
Laura sintió un escalofrío.
—¿La conoces?
—La conozco muy bien —respondió él.
Gianni guardó el arco en la funda despacio.
—Yo también tuve el incunable. Soy un gran lector, siempre lo he sido. Un día entré por casualidad en una librería antigua de una vieja plaza, cerca del centro, y lo vi…
Conocí a la señora Sanna; pasé por el mismo proceso que tú: los quince días, las marcas, los leones…
Y también estaba Chantal. Estaba en la librería ese mismo día, observando desde un rincón. Como siempre hace.
—¿Como siempre? —preguntó intrigada Laura.
—Ese es su método: frecuenta librerías antiguas de Florencia, especialmente esa. Sabe que el incunable vuelve siempre a la señora Sanna, y espera… Espera a que alguien lo coja de nuevo para poder robárselo. Lleva años haciéndolo. A mí también intentó arrebatármelo.
—¿Y qué hiciste? —preguntó Antón, que había permanecido en silencio junto a ellos, sin participar en la conversación que mantenían.
—Intenté ayudarla. —Hizo una pausa larga—. Cuando el incunable te cambia, quieres que otros también lo hagan. Vi su vacío, vi su dolor detrás de toda esa codicia que la inunda, y pensé que quizás podría hacer algo.
Negó con la cabeza.
—Imposible —prosiguió—. Para que algo así funcione, la persona tiene que querer cambiar. Y Chantal no está dispuesta a eso. Cada puerta que yo abría, ella la cerraba con más fuerza.
—¿Por qué lo quiere tanto si no puede entenderlo? —le preguntó Laura.
—Porque sabe que al final del camino hay documentos.
Poder. Una herencia que puede cambiar muchas cosas en esta ciudad.
Eso es lo único que le interesa. La parte profunda del libro, los mensajes, la filosofía, las mujeres que rompieron cadenas...
—hizo un gesto con las manos—. Eso, para ella, no existe.
El callejón estaba en silencio. Solo el murmullo del Arno se escuchaba a lo lejos.
—Chantal es una mujer perdida —continuó Gianni, con un tono de voz que no expresaba rabia, sino compasión—. Vive completamente hacia afuera. Pendiente de lo que acumula, de lo que aparenta, de lo que pueda arrebatarles a otros...
Nunca ha mirado hacia su interior. Nunca se ha preguntado quién es realmente, qué necesita, qué le duele. Ese trabajo interior que todos tenemos pendiente, ella, simplemente, se lo salta.
Y ese vacío enorme que tiene dentro, lo llena con avaricia, con el control, con el poder.
Hay personas así. Y esto es algo importante, Laura, hay personas que no pueden ser ayudadas; no porque no se lo merezcan, sino porque no lo permiten: su ego es más grande que su dolor.
Prefieren seguir en la oscuridad antes de admitir que necesitan luz.
Frente a esas personas, lo único que puedes hacer es protegerte. No puedes salvarlas. No es tu trabajo.
Laura pensó en familiares, gente cercana a ella. En todas las personas que, a lo largo de su vida, habían tomado ese camino.
—La dejé perder —dijo Gianni—. Sin rabia. Simplemente, entendí que había llegado al límite de lo que podía hacer. Pero ella no me olvidó. Y ahora ha vuelto. Solo que esta vez, va a por ti.
—¿Y sabes dónde vive? —le preguntó ella.
Gianni la miró.
—Sí.
—¿Nos podrías llevar hasta su casa?
—Por supuesto, sin ningún problema.
Los guio por las callejuelas en silencio hasta que se paró cerca de una villa de piedra antigua, con jardín y verja de hierro. Se paró en la esquina opuesta y los miró.
—Desde aquí, es tu camino —le dijo—. Confío en que sabrás lo que tienes que hacer.
Laura asintió con la cabeza.
Gianni cogió el violín, se lo colgó al hombro y se alejó sin mirar atrás. Como alguien que sabe cuándo su parte ha terminado, y sabiendo que a veces dejar de ayudar es la mejor manera de ayudar.
Ella y Antón se quedaron solos frente la casa.
—Los dos hombres están en el jardín —susurró ella—. Necesito que entres por el lateral y los distraigas. Solo diez minutos. Luego vete directamente a la Via dei Servi, y nos vemos allí.
—¿Y si algo sale mal?
—Si ves que no he llegado en veinte minutos, llama a la policía. —Le sostuvo la mirada un momento—. Pero voy a aparecer.
Antón apretó la mandíbula. No dijo nada. Y repitió mentalmente, «Via dei Servi. Veinte minutos».
Se separaron.
Ella esperó pegada a la pared hasta que vio cómo los dos hombres se alejaban hacia donde estaba él.
Respiró hondo.
Cruzó la calle.
La puerta principal estaba entornada. La empujó despacio y entró.
Lo primero que sintió fue el frío. No el frío del aire, sino otro tipo de frío. El de los espacios que no tienen alma. Era una casa grande, lujosa, llena de mármol blanco y muebles ostentosos que costaban dinerales, pero que no decían nada de quien vivía allí.
No había ni una foto, ni un libro abierto, ni una planta que cuidar. Las que había eran de plástico, perfectas e inmóviles, como todo lo demás.
Pensó en su propia casa, en cómo cada rincón lo había convertido en un hogar con sus plantas, sus libros, sus objetos con historias personales y sus viajes.
Siempre había tenido ese don, el de crear hogares y no casas, allá donde fuera, de llenar los espacios de vida y calor. Allí no había nada de eso. Aquello no era un hogar. Era una jaula bonita y vacía.
Chantal estaba de espaldas, mirando por la ventana, con el incunable entre las manos. La bandolera estaba tirada en el suelo. Pasaba las páginas con esa frustración de quien busca algo que no sabe leer.
Laura entró. Chantal se giró.
Durante un segundo ninguna de las dos dijo nada. Luego, la maléfica sonrisa de Chantal apareció, lenta y fría.
—Vaya —le dijo la señora—. Cuánto has tardado.
—¿Me estabas esperando?
—Más o menos.
Dejó el incunable sobre la mesa con una calma estudiada y con su tacón fino pisó la bandolera.
—Siempre llegan. Los que cogen este libro siempre llegan hasta aquí tarde o temprano.
Aunque reconozco que tú me has sorprendido un poco. Pensé que la sangre no te llegaría nunca a la cabeza..., y tus pies le tienen que pedir permiso uno al otro para caminar...; en fin, te veía incapaz, la verdad.
Pero me viene muy bien que estés aquí: así, con tu estúpida sensibilidad, me puedes resolver algunos enigmas de este maldito libro. Por cierto, si te niegas, tengo dos hombres fuera en mi jardín que te retendrán hasta que saques todo lo que sabes por esa boquita sucia, que seguro que ni lavas.
—Dame el libro —reclamó Laura.
Chantal ignoró la petición como si no la hubiera escuchado.
—¿Sabes lo que tienen en común todas las personas que han cogido este incunable?
—le preguntó, mientras paseaba por el enorme salón—.
Una herida antigua. Siempre. Sin excepción.
El abandono, la carencia, el no haberse elegido nunca.
Sois personas que llegasteis al mundo sin deseo, rechazados desde el primer respiro, y sintiéndose menos, y lleváis toda la vida buscando algo que llene ese hueco.
Se paró frente a Laura y la miró fijamente
—He hecho mis deberes contigo, Laura. Sé perfectamente quién eres.
¿Recuerdas la primera vez que te vi? Llevabas esa horrible bandolera y el incunable.
Al intentar quitártelo se cayó al suelo tu diario, con muchas anotaciones.
Y ahora las tengo yo en mi poder. Hay muchas cosas tuyas escritas, lo he leído todo.
Eres una mujer muy simple, demasiado diría yo.