El legado de los leones 14.La bicicleta
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14.La bicicleta

A ntón llamó a la puerta a las ocho de la mañana.

Laura tardó en abrir. Cuando lo hizo, él no dijo nada durante unos segundos.

No hacía falta. Tenía delante a una mujer que, claramente, no había dormido nada durante toda la noche: los ojos hinchados y rojos, el pelo sin recoger, y esa expresión de quien ha estado llorando sola durante demasiadas horas.

—¿Has desayunado? —le preguntó él.

—No tengo hambre.

—Eso no es lo que te he preguntado.

Ella se apartó para dejarle pasar. Violetta saludó a Antón con la cola, pero incluso ella parecía más quieta de lo habitual, como si hubiera absorbido el peso del ambiente.

Él fue directamente a la cocina y buscó en los armarios hasta encontrar café. Laura se sentó en el sofá con las rodillas contra el pecho.

—No —le dijo ella desde el sofá, sin moverse.

Se giró hacia ella.

—La cafetera... —hizo un gesto vago con la mano hacia la Bialetti que había sobre el fuego—. El café expreso. Lo necesito fuerte.

Antón miró el paquete que tenía en la mano, lo colocó sobre la encimera, cogió la cafetera, y empezó a prepararla. Sonrió levemente, de espaldas a ella. Incluso así, destrozada y sin dormir, Laura sabía exactamente lo que necesitaba.

Cuando el café estuvo listo, llenó las dos tazas y volvió al salón. Laura cogió la suya con las dos manos y dio su primer sorbo, despacio, con los ojos cerrados, como si necesitara ese momento antes de seguir.

—Está en manos de Chantal —dijo, casi para sí misma.

—Lo sé.

—Beatrice. Balbina. Todo lo que guardaba ese libro...

—Lo sé Laura.

—Y encima... —se le quebró la voz por un momento—, encima lo del señor Barrio. Sé que lo hice bien, sé que era lo correcto, pero duele igual. Duele muchísimo.

Antón se sentó a su lado.

—Claro que duele. Elegirse a una misma es lo más valiente y lo más duro que existe. Y tú lo estás haciendo todo a la vez, Laura. El incunable, el señor Barrio, los leones, todo. Todo a la vez.

Laura miró la taza entres sus manos.

—No sé si puedo más.

—Sí puedes. —La miró—. Y lo sabes.

Se quedaron en silencio un momento, los dos con el café, mientras afuera empezaba a despertar la ciudad: el sonido de las palomas en los tejados, una moto pasando a lo lejos… La ciudad, que no esperaba a nadie.

Antón se levantó.

—Venga, ponte los zapatos.

Ella le miró.

—El Ponte Vecchio nos espera —dijo él, tendiéndole una mano.

Salieron a la calle con el frío de la mañana en la cara, y caminaron hacia el Arno. Laura, con las manos en los bolsillos, los ojos aún hinchados, pero la mandíbula apretada con esa determinación suya que el dolor no había conseguido apagar del todo.

Antón, a su lado, con la mochila al hombro, sin hablar, porque a veces acompañar era exactamente eso: estar sin necesitar llenar el silencio.

El Ponte Vechhio apareció entre los edificios con toda su presencia. El puente más antiguo de Florencia, con sus joyerías apiñadas a ambos lados y el Arno fluyendo lentamente debajo.

A esa hora de la mañana, todavía no había demasiados turistas, y la luz caía sobre el agua con esa claridad particular.

Empezaron a preguntar. A un vendedor de postales que llevaba años en el mismo rincón; a una mujer que barría la entrada de su tienda; a un grupo de jubilados que tomaban los primeros rayos de sol en un banco…

A todos les describieron lo mismo: un violinista joven, media melena, con gafas, delgado, que tocaba por las calles. Nadie le había visto.

Laura apretaba el paso cada vez más, con los ojos en cada rincón, sin sus gafas de sol, en cada figura que se pareciera remotamente a un músico.

Antón seguía sin decir nada. Hasta que Laura se paró.

Al otro lado del puente, cerca de la orilla, había una mujer de unos cincuenta años con una sonrisa enorme y, a su lado, un niño de unos diez, con gafas y una pelota bajo el brazo.

La mujer reía de algo que el niño acababa de decir, con esa risa franca y abierta de quien está completamente en el momento presente.

Ella los miró un segundo. Aquella imagen le dio una ternura inesperada que le apretó el pecho de una manera distinta al dolor de las últimas horas. Algo cálido, simple, real.

Se acercó.

—Perdona —dijo, dirigiéndose a la mujer—, sé que es una pregunta rara, pero ¿has escuchado tocar hoy a algún violinista por aquí?

La mujer se quedó extrañada, pero con gesto amable.

—Lo siento muchísimo, me encantaría ayudarte, pero no; no he escuchado ninguno hoy.

—Yo sí —dijo el niño. Laura bajó la mirada. El pequeño la estaba mirando con ojos grandes y serios detrás de las gafas, con la pelota apretada contra el pecho.

—¿Tú le has escuchado? —preguntó Laura, arrodillándose ligeramente para estar a su altura.

—Sí. —Él la miraba fijamente, sin apartar la mirada—. Estás triste, ¿verdad? ¿Por eso quieres escuchar música?

Laura parpadeó.

—Sí —dijo, después de un momento—. Sí, lo estoy.

El niño asintió despacio, como si aquello confirmara algo que ya sabía.

—Yo también me pongo triste a veces —dijo—. A veces no meto goles, o le doy pelotazos a mis amigos, y lloran, o cuando no ganamos un partido. Y me pongo triste, pero me gusta ayudar a los niños cuando están mal. ¿Te puedo ayudar?

La mujer, que resultó llamarse Victoria, hizo un gesto de disculpa con la cara.

—Diego, igual tienen prisa; no les molestes...

—No molesta —dijo Laura, con una sonrisa que le salió sola: la primera sonrisa genuina en muchas horas—. Para nada.

Diego se acercó un paso y le tendió la mano con una naturalidad absoluta, como si llevar a una desconocida hacia donde necesitaba ir fuera la cosa más normal del mundo.

—Ven. Yo sé dónde estaba tocando.

Laura miró aquella mano diminuta y sintió algo que no esperaba.

Siempre había creído que los niños percibían el mundo de una manera que los adultos habían olvidado.

Que sus oídos captaban frecuencias que los años van apagando, que sus ojos veían sin los filtros que la vida nos va poniendo: Diego había escuchado un violín donde nadie más lo había escuchado.

Y había visto su tristeza cuando ni ella misma se había mirado al espejo esa mañana.

Eso no era casualidad. Era ese don particular de la infancia, que el mundo adulto va perdiendo sin darse cuenta, y que, a veces, en los momentos justos, aparece para recordarte que hay otra manera de ver las cosas. Y le dio la mano.

Los cuatro, Laura, Antón, Victoria y Diego con su pelota bajo el brazo, cruzaron hacia el otro lado del puente siguiendo los pasos seguros y convencidos de un niño de diez años que sabía exactamente a dónde iba.

No tardaron mucho. El niño los guio por un callejón estrecho que salía del puente hacia la orilla del Arno, uno de esos rincones que los turistas no suelen encontrar porque no aparecen en los mapas.

Las piedras del suelo estaban mojadas, y el río se escuchaba cerca, con ese murmullo constante que a Laura siempre le había dado la sensación de que Florencia respiraba. Y entonces lo escucharon.

Primero fue casi imperceptible, una nota larga y limpia que se colaba entre los edificios como si buscara oídos cómplices.

Luego otra. Y otra. Hasta que la melodía se fue construyendo sola, con esa manera particular que tiene el violín de llenar espacio sin invadirlo, de estar en todas partes y en ninguna a la vez.

Diego se paró y señaló hacia delante con su pelota.

—Ahí está.

Al fondo del callejón, apoyado contra la pared con los ojos cerrados y el violín pegado al cuello, había un hombre joven, alto, delgado, con el pelo revuelto y la melena a los hombros. Tenía una manera de tocar que hacía pensar que no estaba interpretando una melodía, sino contándole algo al aire.

Laura se quedó paralizada un momento. Era él.

El mismo que semanas atrás se había acercado a su oído entre la multitud y le había susurrado que estuviera atenta a los leones, y que en ese momento le había parecido algo extraño y que ahora, de repente cobraba sentido.

«Sigue a los leones. Ellos saben el camino...

El músico abrió los ojos, como si hubiera sentido que alguien le observaba. Miró hacia el grupo. Y cuando sus ojos encontraron los de Laura, algo en su expresión cambió.

No fue sorpresa. Fue más bien reconocimiento, como el de alguien que lleva tiempo esperando que llegue el momento justo.

Bajó el violín despacio.

Laura soltó la mano de Diego, dio un paso adelante, y le dijo al violinista:

—Necesito hablar contigo.

El músico movió la cabeza dando a entender que estaba listo para escuchar.

Ella se giró hacia el niño y se agachó hasta su altura. Le cogió las dos manos un momento y le miró a los ojos con esa seriedad que merecen los momentos importantes.

—Gracias, Diego. De verdad. No sé cómo lo has hecho, pero me has encontrado lo que más necesitaba hoy.

El pequeño sonrió con esa sonrisa grande y franca de quien no necesita que le expliquen por qué las cosas importan. Simplemente lo saben.

—¿Ya no estás triste? —le preguntó.

Laura dudó un segundo. Luego sonrió.

—Un poco menos.

Él asintió, satisfecho, y recogió su pelota después de abrazar a Laura.

Ella se levantó y miró a Victoria.

—Gracias a ti también —dijo—. Por dejarle ayudarme.

Victoria le dio un apretón de manos, fuerte y breve, de esos que no necesitan explicación.

—Suerte —le dijo al oído.

Laura la miró un momento más con gratitud. Vio cómo Victoria cogía a Diego de la mano, y los dos se alejaban por el viejo puente perdiéndose entre la multitud.

Entonces se giró hacia el violinista y le dijo:

—Como te decía, necesito hablar contigo.

—Lo sé —dijo simplemente—-. Pero primero quiero presentarme. Me llamo Gianni.

—Oh, perdona, yo soy Laura. Y él es Antón —dijo—. Mi mejor amigo, y como un hermano para mí.

—Antón —dijo presentándose y tendiéndole la mano, con una sencilla sonrisa. Gianni se la estrechó y le miró un momento con esa manera suya de ver a las personas, directa y sin prisas.

—Gianni —dijo. Y con eso bastó.

Entre ciertos tipos de personas, las presentaciones no necesitan más.

Laura respiró hondo.