13.El día que todo se rompió
L aura salió de casa más temprano de lo necesario.
No fue una decisión consciente. Sus pies simplemente la llevaron antes, como si el cuerpo supiera que aquel día necesitaba más tiempo que otros.
Se ajustó el bolso con el incunable dentro, comprobó que estaba bien cerrado, y echó a andar por las calles.
La mañana era tranquila y fresca. Los adoquines brillaban por el rocío de la noche anterior, y las palomas se disputaban las migas bajo las sombrillas de las terrazas.
Todo era normal, todo estaba como siempre.
A mitad del camino, frenó el paso sin saber por qué. Se quedó un momento parada en mitad de una callejuela, escuchando.
No había nada concreto. Ningún ruido fuera de lo normal, ninguna figura sospechosa. Solo era una sensación, difusa, pero persistente. Como cuando entras en una habitación y sabes que alguien acaba de salir de ella.
Giró la cabeza despacio. La calle estaba casi vacía: una mujer mayor con una bolsa de la compra y un hombre joven con auriculares. Nadie más.
Siguió caminando. Pero la sensación seguía ahí. Se hacía mayor a medida que se acercaba a la plaza, como una presión sutil en la nuca que no llegaba a doler, pero tampoco a irse.
Sin darse cuenta, apretó la bandolera contra su cuerpo y aceleró el paso. Cuando llegó a la plaza, Antón ya estaba allí. Lo vio de lejos, de espaldas, con su mochila de cuero al hombro, estudiando el león con esa concentración suya que lo hacía parecer parte del paisaje.
Respiró. La presencia de Antón siempre tenía ese efecto, el de devolver el suelo bajo los pies. Se acercó rápido.
—¿Estás bien? —le preguntó nada más verla.
—Sí —dijo ella—. Muy bien.
Antón la miró un segundo más, para comprobar su respuesta. No insistió más.
Él abrió su mochila y empezó a sacar, metódicamente, sus materiales: sabía exactamente lo que iba a hacer. Laura se colocó de manera que pudiera ver tanto al león como la entrada de la plaza. Por si acaso.
—Vamos —le dijo ella—. No tenemos tiempo que perder.
Antón asintió y se acercó al león.
Fue entonces cuando Laura la vio. O creyó verla. Al otro lado de la plaza, entre las sombras de un portal, una figura: una mujer, con cabello voluminoso, dorado y castaño; elegante, inmóvil. Mirando en su dirección.
Parpadeó. Cuando volvió a mirar, no había nadie. Apretó la bandolera con fuerza y se volvió hacia Antón.
—Date prisa —murmuró.
Él ya estaba sacando los materiales cuando ella llegó a su lado. Sin perder tiempo, se enfundó los guantes de látex de un tirón mientras Laura buscaba la señal en el león, con los ojos clavados en la melena, pasando las notas del cuaderno con dedos rápidos.
—Aquí —le dijo en voz baja—. Es aquí, en la melena. La que vimos la última vez.
Antón no necesitó más. Se inclinó, echó un vistazo rápido con la lupa y cargó la pistola de silicona. Sus manos se movían con la experiencia de años de oficio, pero con la velocidad que la situación exigía.
Aplicó el material con un pulso firme, cubriendo cada ángulo de la hendidura de la marca.
—Dos minutos —le dijo él.
Laura esperaba, mientras ojeaba el entorno. Cuando la silicona estuvo lista, Antón la despegó, la envolvió rápido y la metió en la mochila.
—Tenemos el molde —le dijo él.
—Bien. Vámonos —apuró ella, ya mirando la cola del león y situándola en el mapa—. El siguiente está por allí. Y, Antón, quedan cinco días para entregar el incunable.
Él cerró la mochila de golpe y se la echó al hombro.
—Entonces, démonos prisa.
Llevaban apenas unos minutos caminando cuando ella los vio. Eran dos hombres, altos, enormes —de esos tipos que ocupan demasiado espacio donde quiera que estén—, rubios, con ojos claros, y fríos como el hielo, vestidos de manera exageradamente discreta para sus cuerpos, demasiado evidentes.
No eran de Florencia. No eran de Italia. Tenían esa rigidez del norte, esa manera de moverse que no es caminar, sino avanzar; como si el mundo fuera un obstáculo que apartar con brutalidad.
Y, para sorpresa de Laura, caminaban junto a Chantal.
La reconoció de inmediato: cabello castaño claro, elegante, con una sonrisa forzada, y custodiada por dos hombres como si fueran su sombra particular. Caminaban los tres hacia su dirección con una determinación que asustaba.
—Antón —llamó la atención de su amigo casi sin mover los labios.
—Ya los veo —le dijo él en voz baja.
No dio tiempo a nada. Chantal se adelantó con una sonrisa forzada y unos dientes perfectamente alineados, y se plantó delante de Laura.
—Qué casualidad encontrarte aquí —dijo, con una voz suave que parecía tener algo de veneno—. Y con eso tan valioso en esa bandolera.
—No sé de qué hablas —dijo Laura, dando un paso atrás.
—Creo que sí lo sabes.
Chantal bajó la mirada hacia la bandolera.
—Y creo que sabes también que ese libro no te pertenece. Me pertenece más a mí que a ti.
Chantal sonrió maliciosamente.
—Quién dice que no me pertenece, ¿tú? Aparta.
Chantal hizo un gesto con la cabeza casi imperceptible. Los dos hombres se movieron. Antón intentó interponerse, pero fue inútil.
Uno de ellos lo apartó con tanta fuerza que lo estampó contra la pared como si no pesara nada. El otro agarró a Laura del brazo con una fuerza que no admitía resistencia, le arrancó la bandolera de un tirón y la empujó hacia atrás.
Laura cayó de rodillas sobre los adoquines. Para cuando levantó la vista, los tres ya se alejaban rápido entre las callejuelas.
Chantal corría sin mirar atrás; los dos hombres le iban abriendo paso entre la gente con sus robustos cuerpos, y el incunable, desapareciendo con ellos.
—¡Laura!
Antón estaba a su lado en segundos, arrodillado junto a ella.
—¿Estás bien? ¿Te han hecho daño?
Ella no respondió. Tenía los ojos clavados en el punto donde habían desaparecido, con las manos temblorosas y las rodillas ensangrentadas. Las lágrimas le caían sin descanso.
El incunable, quince días, Beatrice, Balbina, todo lo que había cargado, todo lo que había descubierto, todo lo que había sufrido y llorado y entendido durante esos días se lo habían llevado.
—Laura —Antón le puso las manos en los hombros y la miró fijamente—, mírame y escucha.
Ella alzó la mirada. Tenía los ojos llenos de lágrimas y las rodillas raspadas por los adoquines.
—Vamos a encontrarlo —dijo él con una firmeza que no admitía ningún tipo de dudas—. No han ganado todavía. Hay que pensar. Tiene que haber alguna manera de llegar a ellos.
Laura movió la cabeza con negación sin decir nada. Se levantó despacio y dolorida, se limpió las lágrimas con el dorso de las manos y empezó a caminar con dificultad.
—Ahora que recuerdo, me viene a la mente el chico —dijo con la voz entrecortada—, el violinista. Toca por las calles de por aquí. El que me susurró al oído algo sobre los leones. No sé quién es, no sé su nombre, pero estoy segura de que él sabe algo.
Antón la miró.
—¿Y sabes dónde encontrarle?
— No, pero hay que intentarlo.
Empezaron a caminar. Recorrieron la ciudad durante horas.
Las callejuelas del centro, los puentes sobre el río Arno, las plazas más concurridas, los lugares donde los músicos callejeros solían tocar.
Por aquí, por allá, preguntando a la gente, escuchando si en algún rincón se colaba alguna nota de un violín.... Pero nada.
Florencia era enorme cuando no encontrabas lo que buscabas.
Laura caminaba sin cesar, cada vez más deprisa, con los ojos en cada esquina, cada portal, en cada figura que se le pareciera remotamente a un músico, observaba a los que bajaban de los autobuses con estuches musicales.
Antón la seguía en silencio, sabiendo que en ese momento las palabras no servían de nada. Pero el violinista no aparecía por ninguna parte de la ciudad.
La luz fue cambiando despacio, de dorada a gris y las sombras empezaron a alargarse sobre los adoquines indicando que la noche ya estaba ahí.
Antón se detuvo.
—Laura.
Ella seguía caminando.
—¡Laura! —La volvió a llamar, con más firmeza—. ¡Por favor!
Fue el tono lo que la paró. Ese tono que solo usan las personas que te quieren de verdad cuando saben que estás al límite. Se quedó quieta en la mitad de la calle, de espaldas a él, mirando la oscuridad que se tragaba las callejuelas.
—No puedo dejarlo ir —dijo, con la voz completamente rota.
—Lo sé.
—Quedan cuatro días, Antón. Cuatro.
—Lo sé —repitió él—. Pero esta noche no vas a encontrarle. Y mañana debes estar fresca, con la cabeza despejada. Ese chico existe, toca por estas calles, y aparecerá. Florencia no es tan grande como parece.
Espera. Piensa. Dónde fue la primera vez que lo viste.
Laura giró sus ojos, mirando a su izquierda intentando recordar.
—Estaba tocando en la calle..., cerca del río.
—¿En el Ponte Vecchio? —preguntó él.
Ella le miró y algo en su interior se asentó un poco.
—Sí —dijo, intentando recordar—. Creo que era cerca del Ponte Vecchio. O en el puente mismo. Había mucha gente y él tocaba... y se acercó a mí entre la multitud y me susurró eso al oído. Como si me hubiera estado esperando.
Antón la escuchaba con atención.
—Entonces mañana empezamos por ahí.
Laura miró el puente a lo lejos, con sus luces reflejándose en el Arno oscuro. En algún lugar de esta ciudad estaba el violinista, el incunable… y la respuesta a todo.
Él la acompañó hasta la puerta de su casa en silencio. Antes de despedirse la miró.
—Mañana vendré a buscarte. Temprano. Y desde aquí iremos directamente al Ponte Vecchio.
Laura afirmó con la cabeza, desconsolada. No tenía fuerzas para más palabras.
—Descansa —le dijo él.
Le dio un abrazo leve y firme, de esos que no necesitan durar mucho para decirlo todo. Luego se alejó por la calle oscura con las manos en los bolsillos y la mochila a la espalda.
Ella entró en casa, abrazó a Violetta y hundió la cara en su pelo ondulado y blanco. Se levantó, cerró la puerta, y se quedó de pie en el silencio de su casa.
En algún lugar de Florencia, el incunable estaba en manos equivocadas. Y en algún lugar del Ponte Vecchio, quizás, estaba la única persona que podía ayudarles a recuperarlo.