El legado de los leones 7.Bob Dylan, los leones de Florencia #3
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7.Bob Dylan, los leones de Florencia #3

—Me va a sentar de maravilla. No sabéis cuánto necesitaba esto.

Laura se levantó con una energía nueva.

—Pues venga, manos a la obra. Tú —le dijo a Carla—, dúchate mientras yo preparo algo de comer y tú, Antón, ven conmigo. Voy a enseñarte paso a paso cómo se hace esta maravilla.

Antón se levantó encantado.

—Voy detrás. Pero esta vez quiero aprenderlo bien, ¿eh?

—Prometo portarme bien —contestó Laura, divertida.

Encendieron música suave, una playlist tranquila que llenó el ambiente con una calidez doméstica que les hacía falta a los tres.

Por un rato, las colas de los leones, los Médici, el manuscrito, el incunable, las marcas y las preguntas quedaron fuera de la cocina, suspendidas en el silencio.

Era el momento de respirar. Laura se puso el delantal mientras Antón se apoyaba en la encimera, observándola con esa mezcla de admiración y curiosidad que siempre mostraba cuando ella le enseñaba una nueva receta.

—Atento, ¿eh? —dijo Laura, alzando un dedo—. Esta salsa es sencilla, pero hay que hacerla bien.

Carla, desde la ducha, escuchaba las risas de Antón.

—Me está entrando un hambre solo de escucharos —gritó Carla desde el baño.

Laura encendió el fuego y puso una sartén amplia. Añadió un buen trozo de mantequilla salada, que empezó a derretirse con un olor cálido, que llenó la cocina al instante.

—Lo primero, mantequilla —le explicó—. Nada de aceite. La base de esta salsa es la mantequilla, que le da el sabor suave.

Antón asentía como si estuviera tomando apuntes invisibles. Cuando la mantequilla burbujeó, Laura le añadió un puñado de cebolla muy picada, casi diminuta.

—Esto es importante: cebolla bien picada, muy fina. Si no, estropea la textura.

Antón se inclinó para ver mejor.

—¿Así de pequeñita?

—Así exactamente —respondió Laura—. Difícil de ver, pero presente. La cebolla empezó a dorarse. Entonces Laura añadió las tiras del salmón ahumado, que chisporrotearon suavemente.

—El salmón ahumado va enseguida. No lo pases mucho, ¿vale?

Antón sonrió.

—Tomo nota, chef.

Laura vertió después la nata, despacio para que se mezclara con el jugo del salmón. El olor se volvió cremoso, envolvente.

—Ahora una pizca de sal y una cucharadita pequeña de mostaza francesa, solo un toque, no más.

Antón acercó la nariz.

—Huele increíble...

Sin avisar, Laura añadió un chorrito de brandy y mezcló todo con una cuchara de madera.

—Esto le da profundidad. Y no te preocupes —le explicó Laura—, el alcohol se evapora, pero el sabor se queda.

A su lado, en otra olla, hervía el agua con sal para la pasta.

—Hoy hacemos penne rigate —anunció Laura—. Tienen rayitas, y las rayitas absorben la salsa. Si usamos pasta lisa, no agarra igual, se desliza.

Antón levantó las cejas con convicción absoluta.

—Penne rigate. Aprendido.

Laura volcó la pasta en el agua estando atenta a los minutos.

—Cuando esté al dente, la mezclamos directamente con la salsa y listo.

Carla suspiró al salir del baño, ya vestida, y se dirigió a la cocina.

—¡Madre mía!, Esto es justo lo que necesitaba —exclamó entusiasmada.

—Pues a relajarse y a comer —dijo Laura.

Antón sonrió.

Carla abrió una botella de vino tinto con un gesto casi ritual, como si ese simple sonido de corcho anunciara que, por fin, podían dejar atrás todas las tensiones del día.

Sirvió tres copas generosas mientras Laura servía la pasta en los platos.

—Huele increíble —dijo Carla, dejando el vino sobre la mesa.

Se sentaron los tres alrededores de aquella mesa sencilla pero acogedora. La salsa, suave y cremosa, recubría la pasta con un perfume cálido de mantequilla y brandy.

A Antón le brillaron los ojos en cuanto dio el primer bocado.

—Laura, por Dios... —murmuró con la boca llena—. ¡No entiendo cómo puedes hacer algo tan bueno, tan rápido!

—¡Es magia florentina! —respondió ella, riendo—. Seguro que si lo intentas te saldrá igual.

Carla se relajó en cuanto probó la pasta, soltando un suspiro largo, como si se deshiciera por dentro.

—Esto es lo mejor que me ha pasado hoy. Bueno..., y veros a los dos juntos —dijo, brindando con su copa.

El vino empezó a aflojar las tensiones. La conversación se volvió ligera, llena de anécdotas del pasado. Hablaron, entre risas, de aquella excursión a caballo que siempre terminaba saliendo en cualquier reunión, porque era imposible olvidarla.

Laura empezó a contarla, y ya solo con el inicio Antón ponía los ojos en blanco, resignado.

—¿Os acordáis...? —dijo ella, mordiéndose el labio para no reír antes de tiempo.

—No empieces, Laura —protestó Antón, pero ya estaba sonriendo.

—Es que fue buenísimo —dijo Laura.

Carla, curiosa, preguntó qué había pasado.

Laura se acomodó en la silla, disfrutando antes incluso de empezar a narrar, no podía hablar casi, le salían carcajadas sin parar hasta que cogió aire.

—A ver... —empezó—, fuimos los tres: Antón, Xisco, un amigo nuestro que montaba a caballo como si hubiera nacido encima de uno, y yo. Yo también me defendía, pero Antón..., bueno, Antón no había montado en su vida.

—Error número uno —murmuró él, levantando la copa.

—Y error numero dos —continuó Laura—: el señor que llevaba la excursión se equivocó de caballo: le dio a Antón el caballo más fuerte, casi una pura sangre, el que más energía tenía de todas las cuadras.

Y a nuestro amigo le dio casi un burrito, tendría catorce años ese caballo, era el más tranquilo de todos.

Total —siguió Laura—, en cuanto Antón subió al caballo, salió disparado como si alguien hubiese encendido un cohete bajo la silla.

¡Pero disparado! Y Antón, calvo como una bombilla, empezó a pasar por debajo de las ramas de los árboles, y cada rama le iba haciendo una raya en la cabeza. ¡Parecía un cuaderno pautado!

Carla ya lloraba de la risa.

—Yo gritaba: ¡PAREN ESTO, PAREN ESTOOOOO! —añadió Antón, gesticulando con dramatismo.

—¡Y el caballo brincando arroyuelos! ¡Saltaba todo lo que veía! ¡Saltaba hasta las sombras! —remató Laura, riéndose sin poder controlarse.

Y nosotros detrás, intentando alcanzar a Antón, pero como el casi burro de nuestro amigo, que iba comiendo todo lo que veía por el camino, y yo, en medio de los dos, ¡veíamos a Antón agarrarse del cuello del caballo y gritando que pararan aquello!

La mesa entera temblaba de la risa.

Carla se sujetaba el costado, Laura tenía las lágrimas bajándole por la cara y Antón ya no podía aguantar la seriedad.

—Cuando por fin, nuestro amigo y yo alcanzamos a Antón —continuó Laura, respirando hondo entre carcajadas—, el pobre tenía la cabeza que parecía que le habían puesto una corona de púas. Parecía un mapa.

—¡Me dejasteis con un caballo psicópata! —bromeó Antón.

Las risas inundaron el comedor llenándolo de un sonido cálido, limpio, casi infantil. Entre el aroma del salmón, el vino y aquella historia que siempre les unía, la tarde se volvió aún más luminosa, como si el tiempo quisiera detenerse un instante para ellos.

En medio de esa alegría tranquila, Antón miró a Laura. Había en su mirada un brillo sereno, de esos que solo aparecen cuando uno siente que está justo donde debe estar.

—Laura —dijo con suavidad, inclinándose un poco hacia ella para que solo ella lo oyera—, la tarde se nos ha echado encima sin que nos demos cuenta.

Ella giró ligeramente el rostro hacia él, aún con una sonrisa dibujada por la reciente risa.

—Es verdad… —susurró.

Antón asintió, con ese tono que mezclaba firmeza y ternura.

—Mejor relajarnos y dejarlo todo para mañana. Hoy hemos tenido un momento bonito, de esos que no hay que romper. Mañana seguiremos, con calma, desde primera hora.

Laura respiró hondo, sintiendo que las palabras le caían encima como un bálsamo cálido.

—Sí —respondió, mirando a Carla, que seguía riendo por la anécdota—. Mañana será mejor.

Y los tres se quedaron allí, con esa atmósfera suave que solo deja la complicidad verdadera, dejando que la noche llegara sin prisas y sin peso.

Cuando la noche se adentró, Antón se levantó, recogiendo las últimas notas que había dejado sobre una pequeña mesa del salón.

—Bueno, me voy que se está haciendo demasiado tarde—dijo con una sonrisa cansada—. Mañana, cuando salgas, te paso todo, Laura. Lo dejo preparado para que lo tengas a primera hora.

Laura miró agradecida a su amigo, con mezcla de alivio y vértigo a la vez.

—Gracias, Antón. Descansa.

Él hizo un gesto con la mano, como quitándole importancia, y se metió el abrigo bajo el brazo.

— Hasta mañana.

La puerta se cerró con suavidad detrás de él, dejando a Laura sola con Violetta, y Carla leyendo en su habitación, y con esa quietud que siempre cae cuando la casa se queda sin voces.