7.Bob Dylan, los leones de Florencia #2
El incunable se convirtió en un testimonio de esa dualidad y de la verdadera naturaleza de Pedro.
Laura cerró la carpeta con un golpe suave, como si sellara la verdad que acababan de descubrir.
—Entonces, está claro —dijo, respirando hondo—. Fue Pedro. No hay duda.
Antón movió la cabeza afirmativamente, dándole la razón.
—Y no era un hombre cuando empezó —dijo Laura en voz baja, casi para sí misma—. Era un muchacho. Pero eso no lo detuvo. Ni entonces, ni después.
Antón la miró sin decir nada.
—Lo peor no es lo que hizo siendo joven —continuó ella—. Lo peor es que siguió. Que creció y siguió.
Bien. Ya han pasado tres días valiosos repasando la historia, no tenemos más tiempo que perder. Debemos centrarnos en lo que tenemos que hacer con los leones.
Tomó en las manos algunas notas y enseñó a Antón el dibujo que había hecho de la pata del león y su foto. Para ver si a él esa imagen le decía algo.
—Mira —dijo, acercándoselo a Antón—. Esto lo hice mientras examinaba la estatua. Y también hice una foto, por si ayuda a verlo con más claridad.
Antón tomó el papel primero, luego el teléfono, y se inclinó sobre ellos, estudiando cada línea del dibujo y cada detalle de la fotografía. Sus ojos recorrían la pata del animal, los relieves, las marcas y las sombras, buscando cualquier pista que pudiera pasar desapercibida a simple vista.
—Bien. Hay algo aquí que me parece intencional, como si alguien quisiera que lo notáramos.
Laura se puso un poco nerviosa deseando escuchar lo que su amigo estaba a punto de revelar.
Antón colocó la foto que Laura había imprimido en papel a contraluz del ventanal.
Ella se acercó observando cómo él recorría con la mirada cada línea, cada surco de la pata del león.
—Fíjate en esto —dijo señalando una pequeña marca en el dibujo—. No es natural, parece hecho a propósito.
Laura acercó el dedo, comparándolo con su fotografía del teléfono.
—Sí... Y aquí —añadió—, en la base de la pata, hay un relieve que parece formar un patrón. Tal vez alguien quiso dejar un mensaje o un indicio.
Antón se quedó pensativo.
—Podría ser una clave, un símbolo o un molde. Mira la dirección de las marcas..., parecen una pieza de un puzle.
Laura se tocó la barbilla, concentrada.
—Entonces, debemos considerar que todo lo que vi y dibujé no es casualidad. Cada línea, cada detalle, puede tener sentido.
Ambos permanecieron un momento en silencio, pensativos. La tensión crecía y la emoción también. Estaban cada vez más cerca de la verdad que debía salir a la luz y, lo más importante, que llevaba siglos oculta.
Repasaban cada nota, cada dibujo, y leyeron una parte del manuscrito donde se hablaba de las colas de los leones.
—Espera un momento, Laura. Mira la cola del león. Tampoco es casual. Actúa como una flecha.
Laura frunció el ceño, examinando la imagen con atención.
—¿Una flecha? —preguntó, intrigada.
—Sí —respondió él—. La dirección de la cola apunta hacia algo. Si seguimos la línea que marca, podríamos encontrar el próximo león. No es el azar; alguien colocó a estos animales para guiar a quien supiera leer las pistas.
Antón estudió la foto y los dibujos juntos.
—Entonces, no solo hay que fijarse en las marcas, también en las colas y las direcciones que éstas marquen. Serán señales que nos conduzcan al siguiente punto. Esto tiene sentido: los leones no sólo son esculturas, son guías.
Laura extendió el dibujo y la foto sobre la mesa, mientras Antón se inclinaba a su lado.
—Bien. Primero vamos a marcar en un mapa el primer león que he visto hasta ahora. Mira la cola —dijo Laura señalando la fotografía—, parece realmente una flecha que nos indica hacia dónde ir.
Antón estudió la imagen con atención, siguiendo la línea imaginaria que marcaba la cola.
—Entonces, si entendemos bien la dirección —dijo él—, esto debería señalarnos dónde está el siguiente león.
Tocó la espalda de su amigo con una sonrisa.
—Exacto. Tenemos que avanzar paso a paso, observar cada detalle y no perder ni un instante. Este primer león es nuestra pista inicial; la cola nos guiará a la siguiente.
Ella recogió algunos papeles, pero su gesto se volvió tenso, distraído. Antón lo notó al instante.
—¿Qué pasa? —preguntó en voz baja.
Ella dudó un segundo, como si estuviera decidiendo por dónde empezar.
—Hay cosas que necesito contarte antes que llegue Carla —dijo finalmente—. Cosas que no entiendo y que llevan días rondándome en la cabeza.
Antón se inclinó hacia ella, atento.
—Primero está lo de... la señora Sanna —comenzó Laura—. Aquella mujer de la biblioteca. Se me acercó de repente, sin conocerme de nada, solo porque me vio unas marcas en la mano izquierda.
Extendió la mano para mostrárselas a Antón.
—Me dijo que tenía otra marca debajo de mi pecho. Y tenía razón, Antón. ¿Cómo podía saberlo? ¿Por qué me habló así, tan segura, tan... como si me hubiera estado esperando?
Antón no dijo nada, pero su expresión se volvió seria. Laura continuó:
—Luego esa señora... Chantal. Esa mujer sí que me asustó. No fue curiosidad, fue... agresividad. Intentó arrancarme el manuscrito de las manos, Antón.
Me siguió por la ciudad, literalmente me persiguió, como si yo llevara algo que ella necesitaba desesperadamente. ¿Por qué? ¿Qué sabía ella del manuscrito?
Negó con la cabeza, aún incrédula.
—No entiendo qué interés tenía en él. Ni por qué parecía reconocerlo sin siquiera abrirlo.
Respiró hondo antes de pasar al último punto.
—Y después… el violinista. Ese hombre apareció y me susurró al oído algo de los leones. Seguro que no estaba tocando allí, cerca de mí, por casualidad, Antón.
Se me acercó, como si supiera que yo estaba siguiendo un hilo. Como si supiera que llevaba el libro, no sé, todo es muy extraño, estoy un poco asustada.
Lo miró fijamente, buscando respuesta en su rostro.
—¿Cómo podía saberlo? Ni siquiera llevaba el libro a la vista, estaba en mi bandolera. ¿De dónde sacó esa información? ¿Quién se lo ha dicho? ¿Por qué se acercó a mí, Antón?
El silencio entre ellos se volvió denso.
—Son demasiadas coincidencias y enigmas —concluyó Laura—. Estas tres personas no se conocen entre sí, pero las tres se han acercado a mí; todas por los motivos relacionados con el manuscrito... o conmigo. Y todavía no entiendo el porqué.
Miró de reojo el reloj.
—Carla está a punto de llegar. No quiero que se preocupe. Tenía que contártelo antes, Antón.
Él se enderezó en la silla, con un brillo nuevo en los ojos, mezcla de inquietud y determinación.
—Has hecho bien en contármelo, Laura. Todo esto también forma parte del secreto que estamos intentando descifrar. Lo estudiaremos juntos, no te agobies.
Antón se levantó despacio y colocó con suavidad una mano en el antebrazo de Laura, obligándola a mirarlo. Su voz salió baja, pero firme, con esa serenidad que siempre conseguía devolverle el aire.
—Laura, tranquila —le dijo—. Has pasado por muchas cosas en muy poco tiempo. Es normal que estés inquieta, que te hagas preguntas. Pero no estás sola en esto..., estoy contigo.
Ella apretó los labios, sintiendo cómo la tensión se aflojaba apenas un poco.
—Mira —continuó Antón, con una ligera sonrisa—, tenemos ya muchísima información. Más de la que teníamos ayer, y desde luego más de la que teníamos hace tres días. Vamos avanzando, paso a paso. Y todavía nos queda tiempo por delante. No tenemos que resolverlo todo hoy.
Laura bajó la mirada a los papeles, como si aún se debatiese entre la ansiedad y el alivio.
—Vamos a hacer una cosa —le propuso Antón—: esperamos a Carla, comemos juntos, nos relajamos un poco.
Y, si quieres, por la tarde, con calma, lo retomamos todo y lo revisamos: lo de la señora Sanna, la señora Chantal, el violinista, tus marcas, el manuscrito, a los Médici, al león, lo que haga falta... ¿De acuerdo?
Hizo un gesto con las manos hacia la mesa grande donde estaba el papeleo.
—Todo esto no se va a mover de aquí. Nosotros sí podemos tomarnos un respiro.
Laura dejó escapar un suspiro largo, casi rendido.
—Tienes razón, Antón… Estoy saturada.
—Normal —dijo él—. Pero vamos bien. Lo importante es que no te agobies. Lo haremos juntos y con cabeza.
Justo en ese momento se oyó la puerta del edificio. Pasos subiendo escaleras. Carla estaba llegando.
Antón le guiñó un ojo.
—Venga. Respiremos. Comemos. Y después seguimos.
Laura asintió, esta vez con una calma real que empezaba a asentarse dentro de ella.
La cerradura sonó y, un segundo después, la puerta de la casa se abrió.
—¡¿Hola?! —llamó Carla, arrastrando la voz de puro cansancio.
Laura y Antón se giraron al mismo tiempo.
Cuando Carla vio a Antón, se quedó congelada en el umbral.
—Pero ¡¿qué haces tú aquí?! —exclamó, y de un salto cruzó la habitación para darle un caluroso abrazo —. ¡Madre mía, cuánto tiempo!
Antón sonrío, sorprendido por la energía de Carla.
—Carla, cómo has crecido —bromeó, estrujándola contra su pecho.
—¿Crecer? ¡Pero si casi no tengo fuerzas ni para hablar! —dijo ella soltando la mochila en el suelo—. No me esperaba verte, de verdad... ¡Qué alegría!
Laura sonrió contagiada por la alegría que se respiraba.
—Acaba de llegar Antón esta mañana —le explicó Laura—. Y has llegado tú justo a tiempo.
Carla se dejó caer en la silla agotada de su largo viaje de senderista.
—Vengo agotada, la caminata ha sido mortal.
Su voz tenía ese tono mezcla de cansancio por el senderismo y de alivio por estar, por fin, en casa.
—Entonces está decidido —anunció Laura con una palmada suave—: Hoy toca almuerzo bueno, casero y relajado.
Carla levantó las cejas.
—¿Qué vas a preparar?
—Pasta al salmón —respondió Laura.
Antón sonrió como un niño al que acaban de invitar a su comida favorita.
—¿Pasta al salmón? Y vas a enseñarme la receta, ¿verdad? —dijo Antón.
Laura soltó una carcajada.
—¡Claro que sí! Como la tortilla. ¿O acaso ya la dominas?
Antón hizo un gesto teatral con la mano.
—Digamos que... estoy en proceso de perfeccionamiento.
Los tres rieron, rompiendo el peso de la investigación y de todos los misterios que flotaban silenciosamente entre Laura y Antón.
Carla, ajena a todo, se estiró en la silla.