El legado de los leones 7.Bob Dylan, los leones de Florencia
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7.Bob Dylan, los leones de Florencia

E l despertador sonó con un pitido insistente. Laura abrió los ojos, todavía con la música de Donald Jang resonando en la cabeza. Se estiró, bostezó, y luego se levantó. Violetta aún dormía en su canasta.

Preparó un café. Inhaló el aroma intenso, que le devolvió un poco de energía.

Sintiendo el calor de la taza en sus manos, disfrutó de cada sorbo.

Aún no lo había acabado cuando oyó los discretos gemidos de llamada de su perra, que ya estaba junto a la puerta esperando por su correa.

Era su hora de salir. Se caló sobre los hombros la chaqueta y salieron a pasear.

La mañana estaba fresca y silenciosa. Violetta olisqueaba cada esquina, cada farola, cada secreto del pavimento. Ella la dejaba. Le gustaba verla así, tan dentro de su propio mundo.

Comenzó a organizar mentalmente los próximos pasos. Tres días habían pasado ya. El tiempo era valioso. Sacó el móvil y marcó el número de Antón.

—Hola Antón —dijo al escuchar su voz.

—¿Qué tal vas?

Del otro lado, sonó una risa cálida y contagiosa. Laura lo imaginó de inmediato: calvo, con esa sonrisa que nunca desaparecía, la nariz chiquita y esos ojos achinados que siempre parecían brillar por la curiosidad de su mirada.

Podía imaginarlo moviéndose como siempre: ese pequeño baile antes de saludar, las caderas con ese ritmo que lo hacía tan entrañable.

—¡Laura! —respondió él, con voz alegre—. Justo estaba escuchando a Bob Dylan: “Changing of the Guards”. A todo volumen, como siempre. Qué casualidad, ¿no?

—Nuestra canción, Antón.

Hubo un silencio breve, de los buenos. De los que no necesitan llenarse.

Laura sonrió y pensó: “Sí, Antón es perfecto para esto: escultor, fotógrafo premiado, con un ojo capaz de ver lo que otros no ven, no había nadie más a quien confiarle aquel misterio”.

—Antón, necesito hablarte de algo. He encontrado algo que no entiendo del todo, y tu mirada… creo que puede ayudarme a verlo.

—Cuenta conmigo. ¿Cuándo quieres que me pase?

—Ven cuando puedas, yo estaré en casa.

—Allí estaré.

Al colgar, Laura se quedó quieta un momento. Violetta la miró desde abajo. Algo estaba empezando a moverse.

Necesitaba aire.

La perra tiró suavemente de la correa. La mañana estaba clara y el aire fresco le rozó el rostro con una calma inesperada.

Decidió continuar paseando un poco más antes de volver a casa, para dejar que el movimiento la ayudara a ordenar lo que tenía que contar.

Caminaba despacio, mientras Violetta olfateaba el suelo con curiosidad. Tenía que regresar antes de que llegara Carla.Había quedado con Antón y quería que todo estuviera en su sitio, también dentro de sí.

Regresó a casa sin prisa, con esa sensación de haber dejado algo suspendido en el aire. Al entrar, el silencio la envolvió como una tregua.

Encendió una vela aromática de Acqua di Parma, con notas cítricas que evocaban la sensación de estar en el mediterráneo, y comenzó a desplegar sobre la mesa las anotaciones, el gran libro, hojas subrayadas, esquemas, fragmentos escritos a mano.

Quería tenerlo todo ante sus ojos, ordenado, limpio, como una guía que le permitiera contárselo todo a Antón sin dejar cabos sueltos.

Mientras el aroma del café recién hecho llenaba la estancia junto a la vela de Parma, repasaba mentalmente los puntos más importantes.

El sonido constante de la cafetera resultaba hipnótico, hasta que de pronto, una música lejana rompió la quietud. Subía el volumen poco a poco, acercándose.

Se asomó a la ventana: un coche híbrido blanco se detuvo frente a su casa. El motor aún encendido, la melodía inconfundible. Era Antón con la música de Bob Dylan retumbando en el aire, desbordando energía y luz. Ella, que aún sostenía su taza de café, sonrió sin poder evitarlo.

Antón bajó del coche con su estilo, inconfundible también, moviendo ligeramente las caderas al ritmo de la canción y alzando una mano como si saludara al propio mundo. En la otra, llevaba una bolsa de papel con croissants y dulces recién hechos.

—¡Para acompañar tu café! —gritó.

Laura salió a recibirlo.

Apenas se miraron, Antón con los croissants en mano, se abrazaron con fuerza. Fue un abrazo de alivio, de reencuentro y promesa.

Los aromas del café y los croissants se mezclaron en el aire y, por un instante, todo pareció sencillo.

Laura lo invitó a sentarse, mientras le servía una taza de café.

Entre risas y pequeños comentarios, se tomaron un momento para relajarse, disfrutando del desayuno antes de profundizar en la conversación que les esperaba, y deseosos de descifrar juntos viejos secretos, viejos enigmas.

Laura se levantó despacio, dejando que los olores se mezclaran con el aire fresco de la mañana. Antón la imitó en silencio, y ambos caminaron hacia la mesa grande, situada junto al ventanal del salón.

Sobre el mantel, había unas carpetas abiertas, hojas subrayadas, fotografías y un cuaderno lleno de anotaciones que Laura había acumulado en tres días.

—No quiero repetirme —dijo mientras se sentaban—, pero quiero que te quedes con los puntos claves.

Ella le explicó absolutamente todo hasta el más mínimo detalle, sin dejar nada atrás.

Antón se acomodó en la silla con la atención de quien ya conoce la historia, pero quiere comprender matices.

Laura abrió una de las carpetas, buscó una hoja marcada con un clip, guardó silencio unos segundos, como si necesitara ordenar lo que estaba a punto de decir.

—Todo en mi intuición me lleva a pensar que los Médici están detrás de todo esto —dijo en voz baja, pero firme, acariciando el borde de una de las hojas—. Aun así, necesito estar segura. No quiero precipitarme..., quiero pruebas, algo que me confirme lo que siento, o lo que sospecho.

Antón la observó sin decir nada, comprendiendo que aquella certeza que la perseguía no era solo una idea, sino una especie de llamado interior que aún no sabía descifrar.

Laura bajó la voz, casi como si temiera que la escuchasen a través de las paredes:

—Balbina hablaba de un hombre poderoso y cruel —dijo, sin apartar la vista del papel—.

No mencionaba su nombre porque decía que Florencia temblaría al escucharlo.

Lo describió diciendo que era menor que ella unos dos años, que era poderoso, de una familia de políticos, banqueros y, sobre todo, que era cruel con el pueblo... Pensé en esa familia.

No quiero dejarme llevar por la intuición, pero cuanto más leo sobre esa familia, más coincidencias encuentro. Hay fechas, lugares y símbolos que se repiten, y Balbina habla de leones, como un símbolo de esa familia.

También habla de él como si lo temiera.

Antón frunció el ceño; estaba atento a cada palabra que Laura decía. Ella se quedó mirando las notas y dijo:

—He pensado en Lorenzo de Médici —dijo al fin—. Todo apunta a él: su poder, su influencia, su ambición… Podría ser el hombre del que habla Balbina.

Antón alzó la mirada y negó suavemente con la cabeza.

—Lorenzo fue un mecenas, Laura —respondió con calma Antón—. Un hombre culto, amante de las artes y la filosofía. No era precisamente cruel.

Tampoco coinciden con las fechas, Lorenzo de Médici nació en mil cuatrocientos cuarenta y nueve, y murió en mil cuatrocientos noventa y dos, a los cuarenta y tres años.

Y me has comentado que Balbina había escrito que tenía quince años cuando quedó embarazada, y que dio a luz en mil cuatrocientos ochenta y cinco; por lo tanto, Balbina nació en mil cuatrocientos setenta.

Las fechas no cuadran, tiene que ser alguien más joven.

Si recuerdas lo que escribió Balbina, mencionaba que el hombre que la violó tenía dos años menos que ella. Eso no encaja con Lorenzo. Él ya era un adulto cuando Balbina vivía.

—Tienes razón, tiene que ser más joven y Lorenzo la supera en edad —dijo Laura.

—Exacto —confirmó Antón—. Tal vez un hijo suyo, un sobrino..., o alguien cercano al poder. Alguien con acceso a todo, pero con juventud.

Laura asintió con la cabeza, dejando que la idea se asentara.

—Eso cambiaría muchas cosas. Está más claro quién puede ser —dijo ella.

No perdieron tiempo. Se inclinaron sobre documentos y comenzaron a repasar nombres, fechas y genealogías de la familia de los Médici. Las páginas amarillentas y los apuntes se mezclaban con los registros digitales que Antón consultaba en su portátil.

—Aquí está —dijo él al cabo de unos minutos estudiando sobre la familia, señalando la pantalla—. Pedro II de Médici. Nació en mil cuatrocientos setenta y dos, y murió en mil quinientos tres, con treinta y un años.

Laura lo miró con el corazón encogido.

—Balbina nació en mil cuatrocientos setenta —dijo ella—. Eso significa que era dos años mayor que él; justo lo que ella escribió.

Antón asintió, y su expresión se endureció.

—Y escucha esto Laura —añadió—: Los cronistas lo describen como un hombre débil de carácter, impulsivo y cruel.

Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. Solo el leve golpeteo del viento contra el ventanal rompía el silencio en aquel salón.

Laura dejó escapar un suspiro mientras volvía a recorrer las notas y los documentos.

Sus ojos se detuvieron en la sección del incunable donde la caligrafía era distinta, evidente y meticulosamente colocada.

—Es él —dijo al fin, con voz firme— Pedro segundo de Médici. Todo encaja: la edad, la crueldad, la vanidad, sus frustraciones, la manera que Balbina lo describía…

Antón la miró, comprendiendo la magnitud del hallazgo.

—Y todo esto —continuó Laura, señalando el fragmento añadido al incunable— está escrito para que la gente del futuro supiera quién era realmente. No es solo un registro de hechos; es una advertencia.

Ella pasó los dedos sobre las páginas, como queriendo tocar el pasado que permanecía atrapado en la tinta.

—Pedro, agobiado por las malas decisiones políticas que marcaban el destino de Florencia, descargaba su frustración en quienes le rodeaban.

Su carácter se tornaba duro y, en su desesperación, trataba con severidad a la servidumbre y a las mujeres que le rodeaban.

Su crueldad, en parte, era reflejo de un tormento interno, una manera de desahogarse ante la presión y el caos que lo envolvían.