El legado de los leones 6.El orden del caos #4
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6.El orden del caos #4

Cada noche, cuando las velas de la casa se apagaban y los criados se retiraban a sus aposentos, yo planeaba mis escapadas.

Me movía sigilosa, como sombra entre sombras, evitando miradas y oídos ajenos.

Cada paso debía ser mesurado, cada respiro contenido.

Sabía que el menor descuido podía arruinarlo todo, que un gesto indebido bastaría para que la niña quedase desprotegida.

Y así, mientras la casa dormía, organizaba mi ruta, memorizaba los caminos y los lugares donde nadie podía hallarme, con la esperanza de entregar a mi hija en manos seguras, donde al menos recibiría amor y protección.

Laura seguía con atención cada detalle de la narración de Balbina: se había quedado atrapada. Prosiguió:

Llegó el día que Fray Bernardo me había indicado y había aguardado con tanto desvelo y, aunque aún clareaba el día y el sol me seguía con su luz, me envolví en mi capa más oscura, temblando por la mezcla de pavor y esperanza y tomé la cesta cuidadosamente preparada.

La criatura dormitaba, ajena a mis desvelos y temores, y sentí un nudo en la garganta al mirarla por última vez antes de partir.

Avancé entre callejuelas silenciosas, evitando a los vigilantes e los perros de la ciudad. Cada sombra parecía alargarse para atraparme, cada crujido de madera me hacía notar mi decisión.

Al llegar a la barraca antigua, deposité la cesta junto a la gran puerta de madera oscura y envejecida: tenía grietas que denotaban el paso de los años y se podía observar desde los orificios niños correteando, gallinas sueltas en los corrales, jaulas llenas de pájaros, quesos colgados de los techos, pieles curtidas de cabra, un señor sentado en un tronco que non parecía recién cortado, sino se percibía que era su lugar de trabajo, e una señora anciana, metida en carnes, e con un aspecto angelical cosiendo ropa para los niños.

Toqué con fuerzas la puerta y me alejé corriendo, escondida detrás de un arbusto, observé desde la penumbra cómo abrían la puerta y cómo sacaban a la criatura de la cesta.

Vi aún más: el aspecto dulce de la señora anciana que cogía a mi fija entre sus manos con ternura y mi corazón se quebró en aquel instante, pero supe que el dolor que sentía se había transformado en amor.

Era un gesto de amor dejarla en mejores manos que las mías. Amor e dolor se entrelazaban, inseparables, e era ese filo lo que me daba fuerzas para alejarme y seguir viviendo, aun en medio de la desventura.

Laura cerró el diario y soltó un suspiro, incapaz de seguir leyendo. Cada palabra de Balbina removía algo que creía enterrado.

Nunca conoció a su padre. Su madre jamás pronunció su nombre, ni le explicó de dónde venía. Como si ella hubiera llegado al mundo sin origen. Como si no tuviera derecho a preguntar.

Su madre era valiente. Eso lo sabía. Fuerte, luchadora, capaz de pelearlo todo. Pero el cariño era otra cosa. Y Laura lo había buscado durante años en lugares lejos de casa.

Decidió partir. Viajar. Buscar en otros lugares latidos fuertes que la impulsaran a vivir con alegría. Y vaya si los encontró.

Aquellos viajes no fueron una huída, sino el descubrimiento de una vida que vibraba fuera de las paredes de su casa.

Conoció personas que se convirtieron en familia, ciudades que la abrazaron y culturas que le abrieron la mente de par en par. Aprendió, creció y, sobre todo, disfrutó de cada segundo.

Se fue formando a sí misma, sin que nadie se lo pidiera y sin que nadie se lo enseñara, descubriendo que era capaz de generar su propia luz.

Poco a poco, se sintió completa. Aunque el hueco seguía ahí, mucho más pequeño, pero ahí.

Entonces volvieron las palabras de Balbina: Non est desiderata, sed nata est (“No eres deseada, pero has nacido”). Las sintió resonar dentro de ella como algo antiguo y propio a la vez.

Cerró los ojos y sintió que no estaba sola: en aquella niña del diario y en ese reconocimiento, algo se asentó.

Una corriente cálida recorrió su pecho: comprendió que había un lazo invisible entre ellas, un puente que atravesaba el tiempo y el dolor.

Y al reconocerse en aquel reflejo, supo que ella también, aunque no hubiera sido deseada, había nacido. Y eso era suficiente.

Pensó que ya había leído bastante por aquel día. Apoyó el libro con cuidado en la estantería.

Se quedó un momento mirando el lomo del diario, sintiendo una decepción que le pesaba en el alma. Durante años había idolatrado la idea de un pasado noble, pero ahora la realidad de los Médici se le revelaba con una crueldad insoportable.

Se preguntaba con rabia cómo era posible que, en aquella Florencia de arte y humanismo, un hombre pudiera usar su poder y apellido para destruir a una joven de quince años.

Le dolía pensar en el trato que recibían las mujeres, usadas y desechadas como objetos por hombres que se creían dueños de todo.

Aquel linaje que ella tanto había buscado no era más que una marca de dolor que Balbina tuvo que cargar en silencio.

Se quedó unos minutos así, en silencio, con la mirada perdida en la estantería y el corazón encogido por todo lo que acababa de descubrir.

Necesitaba soltar ese peso, cambiar el aire de la habitación, que se había cargado demasiado.

Buscando un refugio donde descansar tanta amargura, caminó hacia el equipo de música. Puso algo de Donald Jang, su jazz preferido, y mientras los acordes resonaban en el salón, terminó su copa de vino, que había dejado a medias.

Se recostó en su sofá, dejando que la melodía y el calor del momento la envolvieran, respirando hondo y desconectando de todo.

“Es suficiente por hoy, mañana habrá tiempo para seguir”, se dijo a sí misma. Solo quería relajarse y dormir, dejando que el mundo y los pensamientos reposaran junto a ella.

Una lágrima cayó sobre sus mejillas... Aquella lágrima era necesaria.