El legado de los leones 6.El orden del caos #3
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6.El orden del caos #3

Con paciencia y oración, velaron mi descanso.

Durante aquel día permanecí bajo sus cuidados, sintiendo cómo mis temores se calmaban.

Entre rezos y susurros devotos, aguardé la llegada de la criatura, confiando en que su alumbramiento fuera sano y salvo, e que la gracia de Dios me acompañase en aquel trance de dolor, gritos y esperanza.

A la media noche, vino al mundo la criatura: Era una hembra, menuda y de bajo peso. Y de inmediato advertí en su semblante la semejanza del padre: piel morena, ojos color de la tierra mojada y cabellos oscuros cual noche sin luna.

Un extraño torbellino me recorrió el pecho: por un lado, sentí ternura, un amor que nacía a despecho de todo; mas por otro, un repudio que non podía contener, pues en ella veía el recuerdo de aquel varón que me había infligido tanto daño.

La repudiaba con el alma y, con todo, no podía apartar mi mirada, pues en aquel ser frágil y cálido se mezclaban la vida y mi dolor más hondo.

Fue entonces cuando oí pasos acercándose.

Cuando le vi, entendí que era hombre bueno.

Fray Bernardo era ya de edad, con la barba entrecana y los ojos mansos, de los que escuchan más que hablan.

Su hábito viejo caía flojo sobre su talle delgado, e sus manos, curtidas por el trabajo, mostraban que sabía aliviar sin preguntar.

Apareció a la entrada de mi aposento, con mucho recato.

Inclinó la cabeza y díjome en voz baja: «Perdonad, señora, vuestros clamores llegáronme aun desde mi celda. Quise ver si vos y la criatura estabais bien».

Sentí que debía abrirle mi alma.

Contéle lo sucedido, el nombre del hombre poderoso que me tomó por fuerza, y también la confusión que en mí encendía mirar a mi propia hija, no sentir amor por ella: la despreciaba y rechazaba. Eso de no poder amarla me retorcía el alma, pero veía en ella la cara de su padre.

“No carguéis con tanta culpa, doña Balbina.

Lo que sentís es llaga abierta. No sois vos enemiga de la niña.

Yo os ayudaré a buscarle un destino digno, donde pueda crecer sin sombra de este mal.

Hallaréisme siempre con las puertas abiertas.

También os digo algo, la niña lleva la marca del padre debajo del pecho y la señal del brazo, eso le confirma la estirpe de la pequeña.

Cambiaré el registro para salvar la vida de la niña, ocultando el apellido bajo un nombre humilde, anotaré en secreto en el libro de bautismos, estará a salvo en mi celda ese registro, no os preocupéis”.

Y así, en aquella noche amarga, hallé en Fray Bernardo no sólo consuelo, mas también una promesa para el porvenir de mi criatura.

Al otro día, amanecí desfallecida, mas en paz, pues la niña dormía en mi regazo.

Había de partir presto hacia la casa de los señores, y llevaba conmigo a ese ser apenas nacido, aun cuando en mi pecho nacía un hondo rechazo, ningún cariño nacíame aún hacia ella, más tampoco un desprecio que me moviese a desampararla.

Llevábala conmigo porque era mía, aunque su origen fuese sombra que me hería el pecho y el alma.

Fray Bernardo, sabedor de mi pena, díjome antes de mi partida: “Deja reposar tu espíritu, hija. Yo buscaré en secreto familia que a la niña reciba con honra y buen amparo. Ninguno en la casa sabrá nada. Confiad en mí”.

Dejé el monasterio y regresé al Palacio de los señores, un lugar de belleza que oculta monstruos.

Las paredes rebosantes de frescos de ángeles, los mármoles del suelo que tanto fregué arrodillada, no es morada de hombres, sino un lugar donde se han tragado mi honra, alcobas con olor a vino agrio y sudor de cacerías, lugar donde las antorchas no dan luz sino claridad para ver mi tormento.

Durmiendo él rodeado de tapices de oro y figuras de santos que parecen apartar la mirada allí, hacia ese lugar tenía que volver con mi pobre hija recién parida.

Con premura la oculté en mis aposentos, apartada de oídos y miradas, para que nadie escuchase su llanto ni sospechara de su nacimiento.

Mas el infortunio me alcanzó al llegar el señor.

Tenía la edad en que los muchachos aún no saben lo que son, pero ya eligen lo que serán.

Con carne más joven y dura que la mía, un bloque que sólo conoce la fuerza y la violencia, alto, más que otro hombre de la ciudad, con la espalda tan ancha que roban el aire al pasar.

Con sus cabellos oscuros y malolientes, sudados de la cacería, y de cabalgar sin descanso, con la frente alta y pensamientos que parecen tropezados antes de nacer.

Ojos almendrados de un castaño turbio como su persona, que no miran a las personas, sino que las tasan como ganado o piezas de caza, con ropaje con una obtención que ofende.

Sus manos, rudas, nudosas y grandes, llenas de anillos de oro que se clavan en mi piel cuando me golpea, oliendo a caballo, cuero rancio y vino fuerte que le encienden las mejillas y le nublan el juicio.

Un caminar arrogante señalando que es el dueño de nuestras vidas.

Pero tras esa armadura de soberbia, veo su vacío: un hombre que rompe lo que es bello porque él es solo tiniebla.

Preguntóme dónde había parado, y al demorar mi respuesta, golpeóme tan fuerte que me supo a metal y vergüenza.

Me despojó de mis ropajes y desató su furia contra mi cuerpo aun sangriento. Sentí su peso, un molde de carne y maldad que me robaba el aliento, sus dedos se hincaban en mis hombros con la fuerza de un oso que despedaza su presa sin piedad.

En medio de tanta agonía, él hundía su rostro en mi cuello con un rugido de animal, mi mano derecha buscó algo a que aferrarse y mis dedos se tropezaron con el frío metal de su mano izquierda.

Era el anillo de oro, pesado como mi pena, con el sello de las seis bolas de su familia, grabado en la piedra de ónice.

Aprovechéme de su torpeza y de su embriaguez y, en un momento en que su guardia bajó ante el placer robado, y con mi odio más profundo, quitéle el anillo de su dedo.

Él, perdido en su bestialidad, ni sintió el rasguño que dejé en su piel. Cerré mi puño con tal fuerza que el sello se hundió en la palma de mi mano, mezclando su oro con mi propia sangre.

Era la prueba de su pecado.

Él se marchó dejando tras de sí el rastro de su soberbia.

La niña, oculta tras las paredes de mi aposento, permanecía ajena a mis dolores, mientras yo me sumía en la desesperanza, sintiendo cómo el sufrimiento y la impotencia se entrelazaban en cada instante.

Pasaron los días y las noches en que mi cuerpo se recobraba del ultraje, mientras que mi corazón non se hallaba en reposo. Cada instante que pasaba junto a la criatura me recordaba la urgencia de apartarla de aquel mal nacido.

Planeaba con cuidado cada movimiento, guardando en secreto absoluto su existencia, urdía sendas seguras y lugares donde nadie pudiera dar con ella.

Sabía que cada momento de descuido podía ser funesto, mas la visión de sus ojillos, ya abiertos a la vida, me llenaba de determinación.

Entre el temor y la esperanza, me disponía para el momento en que, bajo la sombra de alguna tarde, pudiera llevarla a un lugar y posarla donde hallase comida, techo y calor, lejos de mi desdichado destino y de la violencia de aquel joven varón.

Aunque mi corazón se dividía entre ternura y repudio, supe que debía procurar su seguridad. Día tras día urdía mi plan, buscando el modo de entregarla a manos confiables.

Quedó estupefacta al leer detalles del padre de la niña. Seguía atónita e intrigada. Permanecía sentada.

El diario seguía abierto sobre sus piernas, y no podía dar crédito a lo que leía. Cada palabra la atravesaba, la sobrecogía, y un nudo se le formaba en la garganta.

Tomó aire fresco de la ventana, tratando de calmarse, mas el temblor de sus manos y el calor que le subía al rostro le recordaban que estaba completamente en shock.

Se levantó, tambaleante, y fue al baño, deseando enjuagarse la cara y borrar, aunque fuera por un instante, la sensación abrumadora que le provocaban aquellas confesiones.

Mientras el agua fría le acariciaba el rostro, respiró hondo, intentando recomponerse, consciente de que cada página del diario la sumergía más en un mundo de dolor, valentía, coraje y secretos que habían sobrevivido a través de los siglos.

Regresó al sofá con el rostro aún húmedo por el agua fría, los dedos temblorosos al volver a abrir el diario. Se acomodó lo mejor que pudo, apoyando los pies en la mesa y tomando un sorbo de vino como si fuera un talismán contra el vértigo de sus emociones.

Aun así, no podía dejar de mirar las páginas: cada palabra de Balbina parecía resonar en su propia vida, en sus miedos, coraje, esperanzas.

Laura sentía que no sólo estaba leyendo un diario antiguo, sino que escuchaba una voz que atravesaba siglos y le hablaba a ella. Haciéndola ver, comprender, sentir y, quizás, aprender de aquel dolor y de aquel amor, entrelazados.

Aquella semana torné al monasterio, con el corazón encogido.

Fray Bernardo díjome que todo estaba preparado: una mujer humilde, de buen corazón, recibiría a mi criatura. Señalándome la casa, dióme las horas y el modo.

Solo debía tomar a la niña y aposentarla en una cesta delante de la puerta de la barraca. Asentí, mas al salir sentí que era lo mejor para ella, y, aun así, mi pecho ardía como si me la arrancasen viva.

Me ocupé en preparar todo con sumo cuidado, como quien trama un acto prohibido bajo la mirada de los dioses y de los hombres.

Por la casa, rebuscaba entre rincones y las sobras de los señores.

Hallé una cesta que, aunque pequeña, serviría para portar a la criatura; la forré con lino limpio y suave, tomando pertenencias que no eran mías.

Hurté la leche de los frascos que guardaban los señores, para que la niña tuviera sustento en el camino.