6.El orden del caos #2
Sabía sólo una cosa: quien escribió aquel libro lo hizo para continuar algo que Balbina había empezado. Y, por alguna razón que aún no entendía, Laura también se veía implicada en esa cadena.
Alzó su mirada, y vio como fuera el sol ya se estaba apagando. Recogió todo con cuidado, cada papel, y los guardó en su bandolera, doblando algunos con precisión casi ritual. No podía dejar nada atrás.
Aquel lugar abandonado y lleno de ecos le había dado respuestas, pero también más preguntas.
Antes de levantarse, miró alrededor una última vez.
—Quince años —susurró—. Quince años para que llegara a escribirse el gran libro.
Luego, con paso silencioso, bajó las escaleras de madera y salió procurando que nadie la viera. Sabía que debía moverse con cautela. No quería que la señora Chantal descubriera dónde vivía ni lo que había encontrado.
Cerró la puerta sin hacer ruido.
La noche la envolvió mientras se alejaba, con la bandolera, que pesaba más que antes, apretada contra el pecho y la certeza de que, desde ese momento, ya no volvería a ser igual.
Mientras caminaba por las calles casi desiertas, las imágenes del incunable y del manuscrito se entrelazaban en la cabeza.
En ese momento, volvió a pensar en Antón.
Era la única persona a la que podía recurrir.
Tenía esa mirada capaz de ver más allá de lo evidente, de encontrar belleza en lo roto o abandonado; encontraba significados en lo oculto.
Escultor, fotógrafo y con un alma profundamente espiritual, vivía entre mármoles antiguos, y cámaras fotográficas, rodeado de fragmentos de madera, rescatada del mar y del bosque, que él mismo devolvía a la vida.
Laura siempre había sentido que él comprendía el lenguaje de las cosas mudas, el lenguaje que ahora ella necesitaba descifrar.
Decidió que al día siguiente lo llamaría.
Mientras avanzaba, se ajustó la bufanda al cuello y se prometió no comentar nada con nadie más.
Cuando llegó a su edificio, miró hacia atrás: las luces de la calle apenas alumbraban las fachadas y, durante un instante, le pareció ver una sombra moverse entre los portales.
Apretó el paso.
Abrió la puerta y subió sin mirar atrás.
Ascendió por las escaleras con paso rápido pero silencioso.
Al llegar a su puerta, la cerró sin hacer ruido y miró a través de la mirilla para saber si alguien la había seguido.
Al mirar, vio que no era nadie más que un simple vecino del tercer piso, un hombre mayor que solía pasear a su perro a aquellas horas de la noche.
La tensión se desvaneció de golpe.
Laura sonrió para sí misma, aliviada y satisfecha. Chantal no sabía dónde vivía. Había conseguido mantener su secreto a salvo. Por primera vez en días, se permitió sentir que estaba en control. El cansancio desapareció un poco al sentir la seguridad del hogar.
Se despojó lentamente de las ropas húmedas y pesadas como quien se libera de un cansancio antiguo. Dejó que el agua caliente cayera sobre su piel y arrastrara con ella todo rastro de ruido y de mundo.
Después, se enfundó en una ropa suave, unos calcetines de andar por casa y el silencio reconfortante de su hogar. Se sirvió una copa de vino, se dejó caer en el sofá y apoyó los pies sobre la mesa del salón.
En ese refugio de calma, con su propio horror convertido en quietud, decidió abrir el viejo diario de Balbina, dispuesta a dejarse llevar por las voces que aguardaban en sus páginas.
Sabía que, de un modo u otro, aquellas palabras la alcanzarían de lleno, pero esta vez se sentía preparada. Había en ella una fuerza nueva, una serenidad que nacía desde el agradecimiento.
Sentía que era una de las pocas afortunadas en tener entre sus manos aquel tesoro, para ser comprendido solo por quienes estaban dispuestas a mirar más allá de las heridas.
Sus dedos finos recorrieron las páginas antiguas del diario, dejando que el roce del papel le contara su propia historia.
Las primeras hojas estaban cubiertas de anotaciones escritas con trazo tembloroso, donde se adivinaba la voz de una mujer marcada por la violencia física por parte de un poderoso hombre influyente de su tiempo. Una vida truncada, arrebatada sin clemencia.
Balbina hablaba desde un lugar entre la muerte y la vida; se sentía muerta en vida, como si respirara solo por costumbre. Su alma había quedado herida, y el rechazo de su comunidad la hundió más en el silencio del dolor.
En las páginas siguientes, la voz de Balbina se volvía más sombría. Hablaba de una niña no deseada, fruto de aquel ultraje que la había condenado al desprecio y al silencio.
Confesaba el resentimiento que le despertaba su propia hija, un rechazo que la atormentaba, pues sabía que aquella criatura no tenía culpa alguna. Sin embargo, decía que no podía mirarla sin que el recuerdo volviera a desgarrarla por dentro.
Había en sus palabras una mezcla de culpa y de impotencia; el eco de una madre de quince años que deseaba amar, pero a la que el horror no le había dejado espacio para hacerlo.
Siguió leyendo, dejando que el silencio del salón se fundiera con la voz antigua de Balbina.
Entre los párrafos, algunas frases en latín destacaban como destellos en la penumbra. Laura las observó con curiosidad, intentando descifrar su sentido. Una de ellas, escrita con caligrafía más firme, la detuvo:
Non est desiderata, sed nata est (“No eres deseada, pero has nacido”)
La frase parecía brillar por sí sola, como si contuviera una verdad oculta. No entendía del todo su significado, pero algo en su interior se estremeció, como si esas palabras fueran un eco lejano dirigido a ella.
Laura seguía leyendo:
No sé qué será de esta criatura, ni a qué manos la entregará el destino; acaso crezca apartada de mí, en tierras donde mi sombra no pueda seguirla.
Y sé bien que me dolerá mirarla a los ojos sin quererlo; la repudio desde el primer aliento de su existencia incluso teniéndola dentro de mis adentros.
No es culpa suya, lo juro ante los cielos, más siempre habitará en mí el vacío que yo misma nunca pude colmar.
Laura sintió un extraño calor que le subió al pecho, un fuego contenido que no sabía cómo nombrar. Aquellas frases la atravesaban como flechas silenciosas, como si alguien, siglos atrás, hubiera conocido su vida con exactitud y hubiera escrito para ella.
La tinta, desvaída por el tiempo, se convirtió en un espejo donde su propio dolor y melancolía se reflejaban, y, por un instante, la historia que narraba Balbina y la suya propia como hija pareció entrelazarse en un mismo hilo invisible.
Perteneciendo yo a la servidumbre, cada día se me hacía más insoportable. Mis manos trabajaban hasta sangrar, y, aun así, el pan apenas alcazaba para mí; el techo sobre mi cabeza era frío, y el desprecio de los señores me pesaba como cadena invisible.
Y, sin embargo, él, hombre poderoso de aquella familia de renombre, de edad menor que la mía, me buscaba sin tregua, abusando de mí con la impunidad que le daba su linaje.
No podía soportar la idea de que mi criatura padeciese hambre y frío como yo, y al menos ese amor y esa seguridad quería darle; no la mía, que me faltaba, sino la que yo misma no recibí jamás. ¡Ay, cuánto dolor cabe en una sola vida!
Laura tragó saliva y prosiguió con la lectura:
Acompáñame el miedo en todo momento; no hay rincón donde mi cuerpo ni mi ánima hallen sosiego.
Bien sé que no puedo alzar la voz sin que el castigo caiga sobre mí, ni súplica alguna será oída, pues ninguno en esta casa muestra cuidado por la suerte de una criada...
Siéntome presa, cual ave encerrada en jaula sin esperanza de vuelo, y cada mirada de menosprecio, cada afrenta y cada toque de su mano, tráenme a la memoria que non tengo señorío alguno sobre mi vida ni sobre la de mi hija.
Con todo, he de sostenerla, aunque fuere con el menguado amor que aún mora en mi pecho, pues ese aliento escaso de amparo es cuánto me resta para non rendirme ente la desesperanza.
Tomó un respiro y continuó con la lectura:
In tenebris lucet veritas.
Se detuvo un instante, frunciendo el ceño. No entendía del todo lo que Balbina quería decir con aquella anotación: «En la oscuridad brilla la verdad», murmuró para sí, aunque su mente no lograba asimilar del todo el sentido de aquellas palabras.
Era como si Balbina escribiera de forma secreta, dejando entrever algo profundo y misterioso, algo que Laura debía descubrir por sí misma. No podía despegar sus ojos de aquel manuscrito. Sentía cada vez más curiosidad y siguió leyendo:
Día tras día, veía con temor cómo mi vientre se abultaba, señal inevitable de la criatura crecía dentro de mí.
Me vestía con fajas ceñidas y ropajes sueltos: temía las miradas de los señores y el murmullo de los criados, procurando que nadie notase el signo de mi estado que, de conocerse, podría traerme castigo y vergüenza.
Cada vez que ceñía la faja sobre mi cuerpo, sentía un dolor extraño, mezclado con alivio, pues aquel artificio me hacía pasar menos penas.
No podía ya encubrir lo que dentro de mí crecía, la criatura se formaba, y con ella mi temor: ella sería la hija de uno de los varones más poderoso de Florencia, más conveníame callar, pues tal verdad no debía ver la luz.
Pasaron los meses, e un día, sintiendo que el agua me había soltado, supe que la hora era llegada. Dolor sentí, que dobló mi cuerpo, y aun mayor fue el pesar de hallarme sola. Encamíneme a un monasterio no lejos de mis aposentos, sabía que allí moraban religiosas piadosas.
Con voz temblorosa y mirada suplicante, les rogué merced y que me acogieran aquella noche en su morada, alumbrada bajo sus ojos y amparada por su cuidado.
Las monjas de semblante piadoso y corazón compasivo me acogieron sin pregunta alguna, otorgándome abrigo entre sus muros, techo seguro y comida caliente.