8.El silencio antes del golpe
L a mañana amaneció limpia y clara, con ese brillo dorado que solo Florencia sabe derramar sobre sus calles.
Laura avanzó a paso lento por Vía dei Calzaiouli, sintiendo el frescor que aún se sentía.
Había dejado a Violetta en casa —demasiados sobresaltos para ella— y ahora caminaba sola, con el manuscrito y el gran libro cuidadosamente guardados en su bolso, pegado al cuerpo como si fuera una parte de ella.
Las tiendas levantaban sus persianas con un chirrido metálico; un repartidor cruzaba la calle cargado de cajas.
Un grupo de estudiantes pasaba riendo, sin darse cuenta de nada. El mundo parecía normal, casi amable, sereno.
Cuando llegó a la cafetería, Antón ya estaba sentado junto a la ventana, apoyado en el respaldo, con una infusión ya casi fría, con ese gesto atento que siempre tenía cuando la estaba esperando.
—Buenos días, Laura —dijo, levantándose para recibirla.
—Buenos días —dijo, dejando escapar un suspiro inesperado.
Se sentaron.
El camarero se acercó. Le pidieron dos cafés y un plato de biscotti.
Cuando les sirvieron, comenzaron a hablar despacio, con calma, repasando los puntos del libro, las deducciones del día anterior, la conexión con Pedro de Médici y también los pasos siguientes que tenían que dar. Todo parecía fluir. Laura sintió tranquilidad.
Antón le pidió que sacara el libro para comenzar a descifrarlo. Estaban ya en su cuarto día y el tiempo se les echaba encima. Lo deslizó hacia el centro de la mesa, con ese cuidado reverencial que siempre mostraba cuando lo tenía entre sus manos.
El murmullo de la cafetería parecía apagarse por un momento, como si todo esperara a que él lo abriera.
—Aquí está —dijo en voz baja, mirando a Laura unos segundos, antes de separar las páginas envejecidas. El libro se abrió con un susurro áspero. La tinta oscura, resaltaba sobre el papel amarillento.
Antón señaló una línea escrita en latín antiguo, justo al comienzo de un nuevo capítulo.
—Mira esto —susurró mientras acercaba el texto a la luz.
Leyó en voz alta, pronunciando las palabras con una precisión que impresionó a Laura:
— Caudae leonum custodiunt quod oculis mortalium latet .
Laura parpadeó, sintiendo cómo un pequeño calor le recorría el cuerpo.
Antón tragó saliva antes de traducir:
—«Las colas de los leones guardan lo que los ojos de los mortales no pueden ver».
Se hizo el silencio entre ellos.
Afuera, la luz del mediodía, que entraba a través del ventanal y les iluminaba las manos.
—Entonces... —susurró Laura—, la clave está en las colas.
—Exacto; antes de cualquier otra pista, el autor quiso dejar esto claro. Las colas, sus formas, sus direcciones... Todo podría ser un código —confirmó Antón, pasando suavemente el dedo índice por el texto—. Y si el libro lo pone como lo primero, es porque por ahí tenemos que empezar.
Laura se inclinó hacia él, respirando un poco más rápido.
—Tenemos que ir al primer león, mirar su cola y compararla con lo que dice aquí —dijo ella.
Antón asintió, ya cerrando el libro con determinación.
—Ahora mismo, si quieres.
Salieron de la cafetería con pasos decididos, llevando consigo la foto de la pata del primer león y la carpeta con todas las anotaciones.
Mientras caminaban, la ciudad parecía más viva que nunca. Cada sonido, cada movimiento, los hacía más conscientes de su entorno. Avanzaban por calles estrechas y serpenteantes. Laura no podía evitar mirar cada portal, cada estatua, cada ventana decorada, estaba enamorada de esa ciudad.
Finalmente, después de varias vueltas y desviaciones, llegaron a la plaza donde se erguía el primer león.
—Tenemos que estudiarlo perfectamente —dijo Laura, con voz firme y con entusiasmo—. Cada detalle cuenta.
Se acercaron a él.
Ella le mostró la imagen a Antón: la marca en la pata trasera, la posición exacta de la cola.
—Fíjate —dijo ella—. La cola indica una dirección, y esta marca en la pata no es casual. Si las unimos podrían tener un significado.
Antón la miró pensativo.
—Sí. Se me ocurre algo —dijo él.
Se alejó unos pasos, como cogiendo perspectiva y visualizando la ciudad.
—Cada vez que encontremos un león —prosiguió Antón—, podemos marcarlo en un mapa de Florencia. Señalamos su posición, la dirección de la cola, y la marca que tenga. Así, cuando tengamos varios, podremos ver el patrón completo.
Laura abrió los ojos, fascinada.
—Solo tenemos este primer león por ahora. Pero entiendo. Cuando encontremos el siguiente, lo colocamos también, y así sucesivamente.
—Exactamente —asintió Antón—. Poco a poco, Florencia nos mostrará a dónde nos quiere llevar cada león. —Sonrió, con esa mezcla de entusiasmo y concentración que siempre lo hacía contagioso—. Es como seguir un rastro.
Laura lo acompañó en la sonrisa.
—Entonces vamos a hacerlo bien, aquí tengo el mapa de la ciudad.
Lo pusieron sobre un banco y marcaron cuidadosamente la ubicación del primer león, anotando la dirección de la cola y la marca de la pata.
—Vale —dijo Antón—, ahora toca seguir al siguiente. Pero debemos estar atentos.
Era solo el inicio, pero ambos sabían que ese primer punto podía ser clave para descubrir todo el misterio. Laura y Antón avanzaban por las calles de Florencia, con el mapa y la dirección de la cola del primer león bien marcada.
Mientras caminaban, observaban a la gente que transitaba las calles de la ciudad: mujeres con vestidos de seda o lino, ceñidos a la cintura, dejaban ver sus siluetas elegantes, algunas llevaban tacones que golpeaban los adoquines con un ritmo seguro y orgulloso, sus cabellos negros caían en ondas perfectas sobre los hombros, sus ojos perfectamente maquillados y grandes, brillaban bajo la luz, y un sutil perfume las rodeaba, una mezcla de jazmín y almizcle que se filtraba hasta la nariz de Laura y la hacía marear de placer; hombres bien vestidos, con gel en sus peinados, con chaquetas de corte impecable y zapatos relucientes, cruzaban las calles en grupos, hablando alto, muy alto, gesticulando intensamente con las manos; algunos conducían coches lujosos, italianos, brillantes, que rugían entre los callejones y las plazas, despertando el eco entre los edificios antiguos.
Laura no podía dejar de mirar. Cada plaza, cada pequeño puente, la gente, todo...
Los escaparates mostraban ropa cara, bolsos de diseño, zapatos italianos que invitaban a soñar; las cafeterías tenían terrazas repletas de clientes que tomaban cappuccino y aperitivos al sol, los músicos callejeros tocaban melodías que se mezclaban con el murmullo de las conversaciones y motores.
Era un caos armonioso y hermoso, un mundo vibrante que avanzaba mientras ellos también avanzaban, siguiendo la cola del león.
Preguntaban a los transeúntes si sabían algo de un león por esa dirección: las respuestas eran variadas, algunos fruncían el ceño, otros no tenían ni idea, otros no eran del lugar, algunos simplemente negaban con la cabeza, inmersos en su propio mundo de gestos y de modales.
Había quienes olían a colonia fuerte, quienes tenían el cabello recogido con cuidado, y quienes llevaban gafas enormes de sol que les ocultaban la expresión, dando a sus rostros un aire misterioso.
Laura sentía cada mirada, cada gesto, como si la ciudad misma le hablara, empujándoles hacia adelante.
Finalmente, al girar en una calle estrecha, apareció una mujer mayor, con un turbante azul en la cabeza.
Era una mujer muy elegante y exquisita en sus gestos, con ojos pequeños, llenos de curiosidad y amabilidad.
—Ah, sí, sí... —les dijo con voz dulce—. En la plaza que queda al final de esta calle hay un león majestuoso difícil de no ver, no tiene pérdida.
Laura y Antón intercambiaron una mirada. Laura, con una sonrisa, dijo:
—Yo me pierdo hasta en el salón de mi casa.
Rieron los tres.
Se despidieron de la señora elegante y, emocionados, se encaminaron hacia la plaza. La tensión se volvía casi palpable en el aire cálido de la tarde. El segundo león estaba cada vez más cerca.
La plaza se iba dibujando entre los edificios: adoquines gastados, balcones con flores, fachadas que contaban siglos de historia. Y allí, entre todo eso, el león les esperaba en silencio, impecable y enigmático.
Cuando lo vieron, se detuvieron.
Se quedaron unos segundos en silencio frente a la mole de piedra. Aquel no era un león cualquiera; era el guardián de la plaza.
Era imponente, una obra de arte que parecía viva. Su melena era enorme, abundante, rizada en ondas tan densas que casi le tapaban un ojo, creando sombras que jugaban con la luz de la plaza.
Cada mechón estaba tallado con precisión extraordinaria, mostrando fuerza y movimiento contenido.
Los colmillos sobresalían, afilados y relucientes en la piedra, mientras los músculos de su cuerpo estaban tensos, marcados con tal detalle que parecía que en cualquier momento pudiera levantarse y rugir.
La garra, clavada en la piedra, transmitía poder y firmeza; cada línea del relieve estaba pensada para impresionar y dominar.
Se acercaron despacio, con paso cauteloso. Laura recorrió con la mirada cada rincón del león, palpando mentalmente cada curva, cada sombra de la melena. Y entonces lo vio.
La señal estaba allí, escondida entre los mechones, apenas perceptible si uno no miraba con atención. Su corazón dio un vuelco.
—¡Aquí está! —susurró, señalando con el dedo—. Esta vez está en la melena.
Antón se inclinó y examinó la señal, comprendiendo de inmediato la importancia del hallazgo.
Laura sacó la cámara y fotografió el detalle, luego comenzó a dibujar la melena con precisión, copiando cada línea y cada sombra. Al colocar este nuevo dibujo junto al anterior, Antón sonrió.
—Laura…, esto es un molde. Solo nos faltan un par de piezas más y lo tenemos.
Laura lo miró fascinada.
—¿Un molde? —preguntó ella.
—Parece algo, como si fuera una pieza de un puzle o algo así —contestó él.
—Sé que tú ves lo que no ven mis ojos...
La ciudad de Florencia seguía su ritmo a su alrededor, pero para ellos, todo parecía concentrarse en aquella estatua y en el misterio que estaba cogiendo forma. El tiempo se les había parado.