2.El libro, sus primeras letras
L a tarde era tranquila en la casa de Laura. El salón, con su luz tenue y acogedora. El peso del día caía sobre ella como un manto pesado; cada pensamiento parecía girar en círculos en su cabeza...
Se interrogaba en silencio: ¿por qué ella?, ¿para qué?...
Preguntas sin dueño que no venían respondidas.
Al final, decidió no perseguirlas más. Sin saber muy bien qué buscaba, se inclinó hacia la estantería donde había dejado el libro.
Lo tomó entre sus manos, sintió el tacto áspero del papel, amarillento por los años.
Olía a historia, a misterio… Le transmitió una extraña calma.
No tenía ni idea de qué clase de libro era aquel. Se puso a buscar información… y se quedó de piedra.
Descubrió que lo que sostenía en sus manos tenía un valor enorme. Supo que, en la época en la que fue escrito, el papel era un lujo, hecho de restos de lino y algodón, y que las letras se ponían una a una con trozos de metal caliente.
Pero lo que más le sorprendió fue leer que, aunque casi nadie lo sabía, hubo mujeres que estuvieron allí, trabajando en la sombra, cuando sus maridos faltaban, metiendo mano en las imprentas y sacando adelante libros como aquel.
Cerró el ordenador de dónde sacaba información, pensando en que ese libro no era tan solo viejo, sino que era un superviviente.
Le había dado vueltas a un nombre que leyó de pasada: Estevania de Paredes o Anna de Alencon. Mujeres que, hace cinco siglos, ya sabían lo que era trabajar el doble para que las vieran la mitad.
Se imaginó a una de ellas en un taller oscuro de Florencia, manchada de tinta hasta los codos, corrigiendo esos textos sobre el amor y la fragilidad humana mientras el resto del mundo pensaba que las mujeres no tenían nada que decir.
De alguna forma, saber que esas manos invisibles habían cuidado el libro que ella ahora tenía en su mesa, le daba una fuerza que no sabía explicar.
Comenzó a leer, y las palabras, aunque antiguas, perecían conocerla, tocarla en lo profundo. Hablaban de la fragilidad humana: de cómo el amor se daba con facilidad, pero pocas veces se recibía; de cómo las personas podían entregarse por completo a los demás, solo para quedarse vacías.
Cada línea parecía reflejar su propia vida: los afectos que ofrecía sin medida, los abrazos, la atención, la lealtad, y la sensación de recibir siempre tan poco a cambio.
Sus amigas, su entorno, a veces le daban compañía y comprensión, pero nunca esa reciprocidad completa, ese calor que tanto anhelaba. Y entonces, en la primera página, una frase escrita el latín llamó su atención:
Amor purus et plenus datur, sed raro accipitur (“El amor puro y completo se da, pero rara vez se recibe”)
Al leerla, una imagen se le vino a la mente con fuerza: el señor Barrio; su sonrisa, su voz, los momentos en que ella se hizo pequeña para sostenerlo, para que él brillara, mientras sus propias necesidades quedaban relegadas al olvido.
La frase del libro parecía hablarle directamente, señalando la herida que él le había abierto, pero también mostrándole algo más: que ella podía reconocerse, entender su dolor y empezar a liberarse de él.
Cerró los ojos un instante, dejando que las palabras resonaran en su pecho.
El libro no solo contaba historias antiguas. Estaba empezando a enseñarle sobre su propia vida, y sobre cómo ese conocimiento podría guiarla hacia algo más grande, hacia una aventura que aún no comprendía del todo.
Volvió a abrir el manuscrito y su mirada se fijó en otra línea, esta vez más compleja, rodeada de símbolos que no comprendía del todo:
Veritas saepe occultatur in tenebris (“La verdad a menudo se oculta en las sombras”)
Esa frase le recordó los secretos que el señor Barrio parecía guardar, las conversaciones a medias, las decisiones que ella nunca entendió. Cada sombra que él proyectaba sobre su vida se reflejaba en esas palabras.
Pasó la página y apareció un símbolo extraño, como un lazo entrelazado, acompañado de otra frase:
Cor datur sine conditione; recipiendum est prudenter (“El corazón se da sin condición; debe ser recibido con prudencia”)
Entendió que todo encajaba. El amor que siempre había dado sin medida, las decepciones, la sensación de haberse hecho pequeña para que otros brillaran.
El señor Barrio, sus amigas, las expectativas que había cargado sobre sí misma... Todo parecía reflejado en el libro.
Pero entonces vio otra anotación casi imperceptible:
Tempus brevis est, occasio única (“El tiempo es breve, la oportunidad única”)
La frase la hizo respirar hondo. No solo hablaba de carencias humanas y dolor, sino que la invitaba a actuar, a no quedarse pasiva frente a su propia vida.
Era como si le dijera que ahora tenía una misión, que debía reconocer su propio valor, sus heridas y usar ese conocimiento para avanzar, para descubrir secretos que iban mucho más allá de ella misma.
Sintió que el libro vibraba entre sus manos.
Cada palabra, cada símbolo, era una señal, y aunque no entendía aún la magnitud de la aventura que comenzaba, sabía que la primera pieza del rompecabezas la había golpeado con fuerzas: el señor Barrio y sus sombras ya no eran solo recuerdos dolorosos, sino parte de algo que estaba a punto de cambiar su vida.
Continuó pasando páginas con cuidado, notando cómo cada línea parecía comunicarle algo. Entre símbolos y frases en latín, surgieron indicios más precisos: nombres apenas insinuados, referencias a lugares de la ciudad que jamás había visitado, y marcas que parecían señalar puntos concretos.
Signas observanda sunt; via revelabit secretum (“Las señales deben observarse; el camino revelará el secreto”)
Las palabras no eran abstractas, le hablaban directamente, como si la ciudad misma conspirara para guiarla.
Entendió que tendría que estar atenta: cada gesto, cada señal, cada objeto, cada conversación, podía ser una pista.
Otra anotación apareció con un tono de tinta aún más oscuro, como si quisieran resaltar algo entre tantas palabras:
Cura ut veritatem detegas; sed cave hostes occutos (“Ten cuidado de descubrir la verdad; pero teme a los enemigos ocultos”)
Su cuerpo estaba tenso. Sentía que algo más grande estaba en juego; no solo ella misma, sino que había personas en Florencia que preferían que ciertas verdades no salieran a la luz y permanecieran enterradas siglos y siglos: familias poderosas, redes de secretos que el manuscrito empezaba a desvelar poco a poco.
También, recordó con dolor y claridad al señor Barrio: cómo su vida había estado llena de sombras de otros, que se beneficiaban de su entrega, de su amor dado sin medida y recibiendo migajas.
Finalmente, una última frase del capítulo parecía marcar un límite:
Quindecim dies tantum; postea liber alii tradetur (“Sólo quince días; después el libro será entregado a otros”)
El corazón le dio un vuelco.
Tenía un tiempo limitado para comprender, actuar y descifrar lo que el libro le pedía.
La aventura que comenzaba no solo pondría a prueba su inteligencia y su intuición, sino también su capacidad de enfrentarse a lo que había callado y dejado atrás.
Cada señal era una llave, cada palabra una advertencia. Y, sobre todo, cada latido le recordaba que ahora solo dependía de ella decidir si aceptaba ese camino..., o si lo abandonaba para siempre.
Tras leer y releer las primeras páginas, sintió como el cansancio la vencía…, y se entregó al descanso que tanto necesitaba.
Se acomodó en el sofá, buscando que la soledad de la casa le ofreciera un respiro. Su brazo cayó a un lado, rozando el suave lomo de su perrita. Sus párpados cayeron con facilidad, la tranquilidad reinó en la casa.
De repente, el giro de unas llaves rompió el hechizo del silencio: era Carla; la compañera de piso de Laura.
Una chica con una belleza y un aura especial: sus ojos iluminaban todo lo que contemplaban, su sonrisa lo abarcaba todo y contagiaba alegría a quien estuviera cerca; siempre divertida y llena de vida, marcada con un estilo glamurosamente impecable que refleja su personalidad alegre y distendida.
Con ella, cualquier momento se llenaba de risas y buen humor.
Laura, al verla, se levantó del sofá y la envolvió en un abrazo: la alegría había llegado a casa.
Su amiga llegó con el eco del hambre resonando en el vientre tras un largo viaje. Sin mediar palabra, sus manos buscaron una botella de vino, ansiosa por descorcharla y comenzar a saborear algo que la reconfortara; y así, Laura se dispuso a preparar comida casera con esmero.
La casa empezó a llenarse de aromas.
Carla la ayudó con los últimos detalles de cocina y entre risas y charlas, el ambiente se llenó de la magia que solo ellas sabían crear.
Mientras preparaban la mesa, Carla iba relatando sus recientes hallazgos en la cocina, transmitiendo con entusiasmo los consejos de su pareja, famoso chef local, desde cómo sazonar un guiso hasta la manera perfecta de emplatar un postre.
Laura la escuchaba. A veces, le hacía preguntas; otras, simplemente se dejaba envolver por la pasión con la que Carla hablaba de la cocina.
Cada gesto, cada explicación, parecía transformar la mesa en algo más que un lugar para comer: era un espacio lleno de aromas, de aprendizaje y de momentos compartidos, donde los secretos del buen hacer se mezclaban con risas y curiosidad.
Pasaba el tiempo entre ellas con conversaciones profundas que fluían de forma natural; hablaban de todo: de pequeños secretos, de recuerdos, de risas compartidas.
Cada historia que contaban parecía abrir otra puerta, y también otra botella. El tiempo se deslizaba sin que ninguna de las dos se diera cuenta.
Se entendían sin esfuerzo, disfrutaban de su compañía como siempre habían hecho: siempre cercanas.
Carla le contaba sus aventuras culinarias, y Laura le respondía con curiosidad y complicidad.
Entre plato y plato, palabra y palabra, el mundo exterior desaparecía: solo existían ellas, la mesa que preparaban juntas, y esa cálida sensación de estar exactamente donde querían estar.
Horas podían pasar sin que lo notaran; cada gesto, cada risa, reforzaba una amistad de casi tres décadas que se sentía profunda y sincera, una conexión que llenaba de calma y alegría cualquier rincón en el que se encontraran.
Laura se sentía realmente conectada con su amiga.
Justo cuando se disponían a sentarse a comer, el teléfono sonó. Era el señor Barrio. Al ver su nombre en la pantalla, no pudo contener la sonrisa, deseaba verle desde hacía días.
—¡Hola, Mon amour! ¿Cómo estás, bonita? —dijo con entusiasmo el señor Barrio—. Me encantaría verte hoy.
La invitó a recorrer el centro en aquel mismo instante, pero Laura tuvo que contenerse. Acababa de llegar Carla de su viaje, y no podía dejarla sola justo ahora.
—Ahora no, mejor mañana. ¿Qué te parece si nos encontramos en el Ponte Vecchio?
Él aceptó sin dudarlo.
Al terminar la pequeña conversación, Laura quedó pensativa.
Se dio cuenta de que, aunque él era una persona importante en su vida, la conexión entre ellos carecía de profundidad: lo sentía distante, como un eco lejano.
En el fondo, lo desconocía, y su presencia siempre se escurría entre sus dedos como si de él mismo quisiera escapar. Y, aun así, lo amaba.
La calidez de su amiga borraba esos vacíos y lo que realmente importaba para Laura era rodearse de personas que la valoraran de verdad y la hicieran sentir querida.
Esa sensación de autenticidad daba sentido a su vida. Se prometió a sí misma buscar más momentos así, de conexión genuina, con quienes realmente la apreciaban.
Después de cenar, Carla recogió los platos con su natural alegría, contando anécdotas de su viaje a Brasil.
Laura sonreía, pero su atención estaba atrapada por el libro que guardaba sobre la mesa del salón.
Cuando Carla se despidió con un “buenas noches” y cerró la puerta de su habitación, la casa quedó en un silencio distinto, denso, expectante.
Violetta se acurrucó junto al sillón, como si percibiera el agotamiento de su dueña.
Laura la acarició, sintiendo la calidez y la presencia constante de aquel ser que no se despegaba de ella ni por un momento: siempre estaba a su lado. Cerró los ojos un instante, respiró hondo y permitió que la tranquilidad la envolviera.
El libro quedó a su lado, abierto como una promesa silenciosa de todo lo que estaba por venir. Y mientras acariciaba a Violetta, Laura supo que, aunque el camino sería duro, quería recorrerlo.