1.Florencia. La librería y el incunable #3
Cuando llegue el momento, y hayas reconocido a la persona adecuada, aquella que lleve en sí las mismas señales que tú, deberás entregárselo sin dudar.
Y entonces, cuando su camino haya concluido, el incunable deberá regresar aquí..., al lugar donde espera, en silencio, a ser encontrado de nuevo. Así ha sido siempre. Y así debe continuar.
El incunable no guarda secretos —añadió la señora Sanna en voz baja—, los rompe. Rompe cadenas..., incluso aquellas que ni siquiera sabíamos que llevábamos.
—¿Y si me equivoco? —preguntó Laura con un hilo de voz.
La señora tomó sus manos entre las suyas con suavidad, pero con firmeza, obligándola a sostenerle la mirada.
—Entonces la lección será para ti. Él te enseña con sus páginas, pero también a través de tus elecciones. Acuérdate de entregarlo con el corazón limpio, sin impurezas. Un corazón abierto cambiará vidas, si se entrega sin egoísmo. Y en caso de no encontrar a nadie digno, lo traerás de vuelta.
Laura se dispuso a salir de la librería con el libro bien sujeto entre las manos, como si temiera que pudiera escaparse. La señora Sanna, aún en el mostrador, le regaló una sutil sonrisa. Ella le correspondió con un gesto alegre antes de empujar la puerta de madera, que crujió al abrirse.
La calidez de la ciudad toscana la envolvió de golpe. Tenía quince días y no podía perder tiempo. Se detuvo frente al majestuoso león y observó el libro: era grueso, con tapas desproporcionadamente pesadas, recubiertas de cuero endurecido por el tiempo. Parecía más un cofre disfrazado de libro.
De repente, la advertencia de la señora volvió a resonar en su mente: “Ten cuidado. En Florencia hay mucha gente que no quiere que la verdad salga a la luz. Y este libro habla de cosas que han estado ocultas demasiado tiempo, de familias poderosas, que pueden cambiar la historia”.
El entrecejo de Laura se tensó. No sabía exactamente a qué podría referirse, aunque había percibido en su voz una gravedad que le heló la piel.
El aire de la calle le resultó más denso de lo normal, como si hubiese cambiado en un instante. Violetta tiró de la correa, buscando continuar el paseo. Pero Laura permaneció inmóvil durante unos segundos.
En silencio, giró la cabeza hacia la librería y, tras el cristal, pudo ver que la señora la miraba aún. Su silueta era firme y su rostro marcaba advertencia, pero también confianza. Como si le estuviera entregando un destino que no podía rechazar.
Se alejó perdiéndose en las callejuelas, con el incunable en la bandolera, tomando rumbo por los adoquines que la conducirían a su casa, en vía Martelli. Violetta caminaba a su lado, deteniéndose en cada esquina para olfatear y dejar sus señas perrunas.
A medida que se acercaba a su calle, el perfil del Duomo se asomaba imponente, dejando ver su majestuosa cúpula, obra de Filippo Brunelleschi, como una presencia familiar que siempre la había acompañado.
Desde su habitación, Laura solía escuchar las campanadas que marcaban las horas desde el Campanile de Giotto, y sobre todo el profundo sonido del Campanone, la gran campana de Santa María del Fiore, cinco mil trescientos ochenta y cinco quilos de bronce que, desde el siglo XV, convocaba a los florentinos en momentos solemnes.
A Laura le asombraba pensar que ese metal se fundió hace tanto tiempo y que, a pesar de las guerras y de todo lo que había cambiado el mundo, el sonido seguía siendo exactamente el mismo.
Es una de las pocas cosas de Florencia que no puedes ver con los ojos pero que te envuelve por completo.
Ese bronce tiene una mezcla de metales que le da un tono que no se puede imitar: es una voz que ha sobrevivido a inundaciones y a siglos de historia, manteniéndose firme mientras todo lo demás se transformaba.
Aquella tarde, resonaron siete campanadas graves que se expandieron por la ciudad como olas lentas del Mediterráneo. Laura se detuvo en medio de la calle y dejó que ese sonido la envolviera. Tan antiguo, tan firme, tan profundo.
Se fijó en cómo los turistas seguían a lo suyo, mirando los mapas y haciéndose fotos, sin darse cuenta de que ese sonido era el latido real de la ciudad.
Para ella, el Campanone era como un viejo sabio que no necesitaba decir palabras para que lo entendieras.
Sabía que esa campana se tocaba para anunciar que la ciudad estaba a salvo o para llorar a los que se iban, y de alguna forma, sentir esa vibración en el pecho la hacía sentirse menos sola.
Siempre le había dado la sensación de un refugio invisible.
No sabía quién había sido su padre. Ni siquiera tenía un recuerdo que sostener.
Ese vacío le había pesado toda la vida. Y, sin embargo, cada vibración grave del Campanone le hacía sentir como si una voz poderosa y protectora llenara ese hueco.
Como si las campanas suplieran la falta, ofreciéndole el cobijo paternal que nunca tuvo.
Acarició a Violetta en la cabeza y sonrió con melancolía.
Allí, entre el murmullo de la ciudad y el eco profundo de las campanas, Laura encontraba la única certeza de protección que había conocido.