3.El señor Barrio
E l Ponte Vecchio brillaba bajo la luz dorada de la tarde.
El murmullo del rio Arno se mezclaba con el eco de las voces de los turistas, pero para Laura todo sonaba lejano.
Caminaba lentamente sobre las piedras desgastadas por los pasos de la muchedumbre, esta vez sin Violetta a su lado —le apetecía disfrutar de un encuentro a solas con el señor Barrio—, intentando ordenar las emociones que la agotaban desde hacía tiempo: su relación con el Señor Barrio.
Ella sabía que su bienestar no estaba en sus manos, parecía que dependía de su pareja, siempre atado al afecto que él elegía darle o negarle, y eso la mantenía en un estado de tensión y tristeza perpetua. Se marchitaba en silencio, pero sin fuerzas para dejarlo.
Paseó sin prisa, absorbiendo los olores a madera y cuero de los puestos del Ponte Vecchio, disfrutando de los escaparates. El aire traía fragancias de pan recién horneado que escapaban de las pequeñas tiendas y, muy a lo lejos, se escuchaba el eco de un violín.
Laura se detuvo un segundo a mirar el agua del Arno. Había leído que este puente era un milagro: el único que sobrevivió a las bombas de la guerra cuando todo lo demás se caía a pedazos.
Pensó que el puente, al igual que ella, había tenido que cambiar su piel para sobrevivir.
Donde ahora olía a cuero caro y se veía el brillo del oro, hace siglos corría la sangre de los restos que los carniceros tiraban al río, hasta que un duque decidió que aquel olor no era digno de la nobleza y los echó a todos.
Sintió que el aire que respiraba estaba cargado de esas capas de tiempo, de cosas que se ocultaban para que la superficie pareciera elegante. Como su propia relación, donde todo parecía calmado por fuera mientras por dentro ella se consumía.
De repente, Laura alzó su mirada y allí estaba él.
El señor Barrio tenía esa presencia magnética que siempre destacaba: ojos verdes, grandes, que parecían leer más allá de lo que mostraban en la superficie; gestos elegantes, con clase, y calmado, aunque sus diablos rondaban por su alma; cercano, con una naturalidad que lo hacía encantador; su pelo plateado oscuro, donde resaltaban las canas que el paso del tiempo ya se había encargado de acariciar.
—Mon amour —susurró él, fundiendo sus palabras francesas en un abrazo fuerte y cálido que parecía envolverlos a ambos en un instante de cercanía y ternura.
—Ven, caminemos un poco— le dijo, apoyando su mano sobre el hombro de Laura. Ella se dejó llevar, aunque por dentro sentía un peso invisible.
Lo conocía demasiado bien: era fascinante, interesante y la hacía sentir especial, pero no podía evitar notar que, aun amándola, había otras prioridades en su vida. Una reunión, un plan improvisado, un partido con los amigos... Siempre algo que no la incluía en sus planes.
—Esta tarde no me puedo quedar mucho, he quedado con mis amigos —dijo con voz despreocupada mientras caminaban —. Hoy hay un partido importantísimo y no me lo puedo perder, ¿sabes?
Laura asintió en silencio, forzando una sonrisa.
—No te preocupes — respondió.
Aunque una parte de ella sabía que nunca podría acompañarle del todo. No era que él no quisiera incluirla: era que siempre había algo en él que quedaba a medio camino, un límite invisible que la mantenía enganchada sin ofrecerle nunca lo que realmente necesitaba.
Mientras paseaban, Laura notaba cada detalle de él: cómo movía las manos al hablar, cómo sus palabras eran cuidadas y exactas, nunca demasiado comprometidas. Y aun así, ella se sentía atrapada, colgada de cada gesto suyo, de sus manos, de su voz, cada pequeña señal de afecto que le ofrecía.
Intentó disimular el vacío que sentía, pero era imposible. Lo notaba en el silencio de las frases, en los momentos en que él reía sin mirarla del todo, en la manera en que su atención parecía dividida.
Había momentos en que Laura se sentía el centro del mundo del señor Barrio: su risa, su manera de tocar su brazo al pasar, la forma en que sus ojos la buscaban mientras hablaba.
Pero, otras veces, algo cambiaba: un destello fugaz de interés en otras mujeres que por allí pasaban, un gesto que él hacía para que ella no lo notara, y hacía que la duda se colara en su pecho, volviéndose cada vez más intensa.
Laura se sentía atrapada entre la fascinación que él le provocaba y la sospecha silenciosa de que su atención nunca sería completa.
Y aun así, seguía ahí, con una fuerza que la asustaba, una dependencia que no sabía cómo romper.
Cada paso que daban juntos reforzaba ese lazo invisible, aunque ella empezaba a percibir, dolorosamente, que él nunca se entregaría completamente…
Sabía que era un capitán solitario y estar a su lado era tremendamente doloroso y triste.
Lo miró, y juntos continuaron su paseo por el Ponte Vecchio, caminando abrazados y con complicidad silenciosa, aunque bajo esa cercanía se escondía el gran vacío que llevaba dentro...
Finalmente, sonaron las campanas del Duomo y él suspiró:
—Mon amour, ya te llamaré. Tengo que irme, los chicos me esperan para el partido.
Laura contestó con una mezcla de calma y cariño:
—Sí, claro; diviértete y, sobre todo, no bebas demasiado.
El señor Barrio esbozó una pequeña sonrisa, la abrazó con fuerzas y depositó un beso suave en sus labios antes de alejarse, mezclándose con la muchedumbre hasta que desapareció de su vista.
Laura quedó allí, con la sensación de ser un pequeño adorno en su vida, pensativa y vacía.