La caída del sol #2
Lyra lanzó el agua hacia arriba. Pero no como un chorro. Como una espiral. Un torbellino ascendente que se llenaba de mi calor, que bebía del fuego azul que envolvía mi cuerpo. El agua empezó a brillar, primero blanco, luego dorado, luego azul intenso, al borde de convertirse en vapor.
Torik, desde abajo, golpeó una vez más. Una última columna de roca emergió bajo mis pies, catapultándome hacia el techo.
Subí envuelto en vapor ardiente. El dragón, demasiado lento por el efecto de Mira, giró la cabeza tratando de seguirme. Su aliento salió tarde, desviándose apenas de su objetivo, congelando un costado de la sala.
Yo ya estaba encima.
El centro del techo brillaba: un punto de hielo denso, comprimido, donde todas las venas blancas de la Torre se reunían. El corazón del dragón. El ancla del invierno.
— Serenne —susurró, sin saber por qué.
El fuego azul explotó.
No fue como antes. No fue una llamarada descontrolada ni una columna de furia. Fue… una forma. Por primera vez, sentí que el fuego me obedecía por completo. Que no éramos dos cosas separadas, sino una sola decisión encendida.
Un dragón de fuego azul surgió de mi pecho, hecho de llama viva, con alas que parecían constelaciones ardiendo. Se lanzó hacia el techo al mismo tiempo que yo, fundiéndose conmigo, a través de mí.
El vapor de Lyra lo envolvió, haciéndolo más denso, más pesado, más real.
Las rocas de Torik, lanzadas desde abajo, se incendiaron al contacto con mi fuego, convirtiéndose en meteoros que golpearon el centro helado.
Las sombras de Mira se enroscaron alrededor de la luz, obligándola a concentrarse en un punto, en un único impacto, en un único instante.
Golpeamos.
El techo no se resquebrajó. Se descompuso.
Una grieta de luz azul y blanca se abrió como un relámpago invertido, descendiendo desde el techo hacia el dragón. El corazón helado se pulverizó, y con él, la estructura que conectaba a la criatura con la Torre.
El dragón lanzó un rugido, por primera vez. Fue un sonido antiguo, como si todas las montañas del norte lloraran al mismo tiempo. Su cuerpo empezó a desmoronarse en fragmentos de hielo que caían como estrellas muertas.
Yo caí con ellos.
— ¡DEKAR! —escuché la voz de Lyra, lejana.
Algo me atrapó antes de que golpeara el suelo. No eran brazos. Era agua.
Lyra me sostuvo dentro de una esfera líquida, que amortiguó el impacto. Torik reforzó el suelo bajo nosotros, suavizándolo. Mira contuvo las sombras que querían tragarme con los restos del dragón.
Cuando la luz se apagó, el dragón ya no estaba. Sólo quedaban cristales flotando en el aire, que se disolvían lentamente, como ceniza blanca.
La Torre vibró. No de rabia. De advertencia.
Habíamos roto algo importante. Y al mismo tiempo, habíamos abierto el camino.
Frente a nosotros, una puerta doble de hielo apareció en la pared del fondo, tallada con runas que no necesitaban ser leídas para ser entendidas.
— El trono —dije, con la voz ronca.
Lyra me tomó la mano. No la soltó.
— Vamos.
La confrontación con Kael
La sala del trono no era una sala. Era un mundo aparte.
El primer paso dentro fue como cruzar un espejo. El aire cambió de textura: dejó de ser frío para ser… vacío. No había temperatura. No había olor. No había sonido.
El trono estaba al fondo, elevado sobre una serie de escalones de hielo perfectamente tallados. No era un asiento pesado ni adornado. Era una simple silla, casi delicada, hecha de líneas rectas y ángulos agudos, como si la hubieran dibujado con una regla en el aire y luego rellenado de cristal.
Detrás del trono, no había pared. Había… nada.
Un vacío blanco, sin horizonte. Como si la sala se abriera a un lugar donde el mundo aún no había sido dibujado.
Kael estaba sentado ahí.
No llevaba corona. No llevaba armadura.
Vestía una túnica blanca, sin adornos, que caía a su alrededor como una cascada inmóvil.
Su cabello, del mismo blanco apagado que la nieve vieja, le caía sobre la frente.
Sus ojos… Sus ojos no eran azules ni grises.
Eran el color de un cielo antes de la tormenta: un blanco con sombras que no se decidían a ser otra cosa.
Cuando nos vio, sonrió. No una sonrisa de burla. Una sonrisa triste. Cansada.
— Llegaste —dijo, mirándome a mí, como si los demás no estuvieran—. Sabía que lo harías.
No contesté. No podía. Todo en mí gritaba. El fuego azul, el recuerdo de Serenne, la marca en mi brazo, los sueños que no habían sido míos.
Lyra dio un paso adelante. El agua tembló en su mano.
— Kael Arkhan —dijo, con la voz firme—. En nombre del Consejo Elemental, del Equilibrio y de todos los que congelaste en el norte…
— No —la interrumpió él, suavemente—. No digas “en nombre de”. No sabes lo que hacen “los nombres” aquí.
Sus ojos se clavaron en mí otra vez.
— Dekar Ignis —pronunció.
El fuego en mi pecho respondió como un perro al ser nombrado. Un tirón. Un intento de salir sin mi permiso.
Lyra me apretó la mano con fuerza. Eso bastó para que el fuego se quedara donde estaba.
— Tú y yo —continuó Kael— somos puertas. El mundo se abre o se cierra a través de nosotros. Nunca nos preguntaron si queríamos ese papel. Sólo… nos dieron un fragmento.
Abrió la palma de su mano derecha.
En el centro, flotando sobre su piel, había un trozo de algo que no era hielo, ni piedra, ni luz. Era… ausencia. Una pequeña cuña de realidad incompleta.
El fragmento.
Lo había visto antes, en sueños, en las historias de los profesores. Pero nunca tan cerca. Nunca tan nítido.
— Con esto, mi padre quiso sujetar al mundo —dijo Kael—. Yo quise callarlo. Silenciarlo. Que dejara de gritar, de moverse, de cambiar. El ruido del tiempo es agotador, Dekar. Tú lo sabes. Escuchas cosas que no son tuyas. Ves lo que no deberías. Sientes… lo que no pediste sentir.
Se levantó del trono. La nada blanca detrás de él pareció inclinarse.
— Pero no funcionó —admitió—. El mundo es insistente. Siempre encuentra formas de romper incluso el hielo más perfecto.
Cerró la mano. El fragmento desapareció.
— Así que cambié el plan. En vez de cerrar todas las puertas… decidí abrir una sola. La última. La que está detrás de este trono.
Nos señaló.
— Para eso te necesito. Tu nombre, tu llama, tu vínculo con el Blanco. Yo no puedo abrirla solo. Estoy… incompleto.
Mira habló, por primera vez desde que entramos.
— No estás incompleto —dijo, mirando no a Kael, sino a su sombra, que se alargaba extrañamente, como si no estuviera del todo pegada a sus pies—. Estás… dividido. Parte de ti siguió a tu padre. Parte de ti quiso otra cosa. Y parte de ti… no tiene claro qué quiere.
Kael sonrió, esta vez con un destello de diversión genuina.
— Por eso me agradas, niña de sombra —dijo—. Ves demasiado. Es peligroso. Para ti… y para lo que viene después.
Sus ojos se ensombrecieron un instante al decir “lo que viene después”. No era amenaza. Era… promesa.
Torik dio un paso adelante. Las manos le temblaban, pero no por miedo. Por rabia contenida.
— No importa lo que quieras abrir —dijo—. No vamos a dejar que lo hagas. Ni que nos uses.
Kael lo miró con curiosidad.
— Torik Varden —dijo—. El que sostiene. Te dieron la carga de la tierra, de los derrumbes, de los pesos que otros no pueden soportar. ¿Cuánto falta para que empieces a quebrarte?
Torik apretó los dientes. La piedra de su collar vibró con fuerza, como queriendo saltar y golpear a Kael por su cuenta.
Yo ya no podía seguir escuchando. Cada palabra que Kael decía era una daga y, al mismo tiempo, una caricia. Sabía exactamente dónde cortar… y dónde consolar.
— Deja de hablar —dije.
Él me miró.
— Eso he intentado hacer con el mundo entero —respondió—. Hacer que deje de hablar. Pero ustedes…
Levantó las manos. El aire se volvió blanco.
— Ustedes se niegan a callarse.
El primer ataque no fue un rayo ni una lanzada de hielo. Fue un cambio de realidad.
Durante un segundo, el suelo desapareció. No cayó. Simplemente dejó de existir bajo nuestros pies.
Lyra reaccionó primero, invocando una ola de agua que nos sostuvo en medio de la nada. Torik creó columnas de piedra que se clavaron en el hielo inexistente, obligándolo a “recordar” que era suelo. Mira ancló nuestra sombra a la del trono, evitándonos ser tragados por el vacío blanco.
Yo… ardi.
El fuego azul surgió sin pedir permiso, envolviéndonos en una cúpula. No para atacar, sino para delimitar un espacio donde las reglas del mundo aún valían algo.
— Bien —dijo Kael—. Jugaremos con tus condiciones, entonces.
El suelo reapareció. El combate empezó.
Kael no se movía como un mago ni como un guerrero.
Se movía como una idea. Un gesto suyo era suficiente para cambiar el estado de las cosas: un dedo levantado, y el agua de Lyra se convertía en agujas de hielo que intentaban apuñalarla desde atrás; un giro de muñeca, y la roca de Torik se volvía cristal quebradizo; una mirada, y las sombras de Mira se quedaban sin dueño por un instante.
Yo trataba de seguirlo. Cada vez que lanzaba fuego, el Blanco dentro de él respondía, absorbiendo parte de mi llama, deformándola, devolviéndola contra mí como cuchillas de escarcha.
El combate se volvió un caos controlado.
Lyra dividía el campo, levantando paredes de agua que se transformaban en vapor con mi fuego, creando cortinas que nos escondían por milésimas de segundo.
Torik levantaba y hundía plataformas, obligando a Kael a reacomodar sus propias reglas del espacio una y otra vez.
Mira, en el centro, tejía y destejía sombras, tratando de atrapar la de Kael, de encontrar dónde empezaba y dónde terminaba.
Pero él siempre iba un paso adelante. Medio segundo. Un suspiro.
Cada vez que creíamos encontrar una abertura, él estaba ahí. No esquivando. Redefiniendo.
Sentí el cansancio antes que el dolor. Un peso en los brazos, en las piernas, en el pecho. La certeza de que cada llama que lanzaba me acercaba un poco más al límite.
Kael lo notó. Por supuesto que lo notó.