El legado de las llamas (Despertar de los Elementos nº 1) La caída del sol #3
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La caída del sol #3

— Te estás agotando —dijo, mientras desviaba un ataque combinado de Lyra y Torik como quien aparta una cortina—. Eso es lo hermoso del fuego, Dekar. Es intenso, pero breve. El invierno, en cambio… no se cansa.

Extendió la mano. No hacia mí. Hacia el fuego azul.

Lo sentí. Un tirón brutal, como si alguien hubiera agarrado mi corazón por dentro. Mi llama se inclinó hacia él, atraída por una gravedad nueva, extraña.

— Te pertenece a ti porque yo lo permití —susurró Kael—. Porque el Blanco quiso probar algo. Pero nunca dejó de ser mío.

Mis rodillas golpearon el hielo. El fuego se me escapaba.

Lyra gritó mi nombre. Corrió hacia mí, pero Kael, con un solo gesto, convirtió el agua bajo sus pies en una trampa de cristal que la inmovilizó.

Torik lanzó una estaca de piedra hacia él. Kael la dejó llegar, la tocó con dos dedos… y la piedra se volvió polvo blanco, desapareciendo en el aire.

Mira avanzó, con la sombra hecha lanza.

— ¡NO! —gritó Kael.

Fue la única vez que lo escuché gritar de verdad.

La sombra de Mira tocó la suya.

Todo se detuvo.

Por un instante, vi a través de los ojos de ella. Y a través de los ojos de él. Y algo más.

Vi un cuarto. Pequeño. Sin ventanas. Con paredes de hielo.

Una cuna hecha de cristal, vacía. Y, flotando sobre ella, el fragmento.

No como Kael lo tenía en la mano ahora. Otro. Más oscuro.

— Mi padre quiso orden —susurró una voz que no era la de Kael, no del todo—. Yo quiero… algo diferente.

Una figura infantil, borrosa, se movió en el borde de esa visión. No se veía su rostro. Sólo una silueta, apenas un boceto de persona.

Mira retrocedió como si la hubieran golpeado. La conexión se rompió.

Kael temblaba. Su sombra también.

— No debiste ver eso —le dijo a Mira, con una furia helada—. No era para ti.

Se volvió hacia mí.

— Ni para ti.

Y tiró.

El fuego azul salió de mi pecho como un río arrancado de su cauce. Me doblé hacia adelante, tratando de retenerlo, pero era inútil. La llama, mi llama, voló hacia Kael, envolviendo su brazo, subiendo por su cuerpo.

Él cerró los ojos. Inspiró.

Durante un segundo, el mundo entero se volvió blanco y azul. Mi fuego, mezclado con su invierno, creó una luz que dolía mirarla.

— Lo ves, Dekar —susurró—. Siempre debiste estar de este lado. Siempre fuiste más Blanco que mundo.

Caí al suelo. Sin fuego. Sin fuerza.

Kael levantó una mano ahora envuelta en fuego azul congelado. La llama no ardía, pero se movía, rígida, como cristal en suspensión. La apuntó hacia mí.

— Terminaré con esto. Abriré la puerta. Y luego…

Se detuvo. Su mirada se alzó, como si escuchara algo que nosotros no podíamos oír.

Una luz azul —otra— apareció entre él y yo.

Límora.

No como antes. No sólo temblorosa, no sólo a punto de quebrarse.

Era más pequeña. Más tenue. Pero más… nítida.

Su forma estaba recortada con claridad contra el blanco absoluto. Sus ojos brillaban con una tristeza inmensa, pero también con una determinación que no le había visto nunca.

— Kael —dijo—. Te lo advertimos. Una y otra vez.

Él la miró, con una mezcla de rencor y cansancio.

— Tú eres la que rompió las reglas primero —escupió—. Al darle a él una llama que no era suya. Al acercarte demasiado al mundo.

— Lo hice porque el mundo… pidió ayuda —respondió Límora—. Porque tú dejaste de escuchar sus voces. Sólo oías las tuyas.

Levantó la mano.

— Y porque él —señaló mi cuerpo, tirado en el suelo— se negó a ser sólo un fragmento.

La luz de Límora se extendió hacia mí. No fue un rayo ni una bengala. Fue un hilo delicado que me tocó el pecho, justo en el lugar donde el Límoro Blanco había intentado apagarme.

El fuego regresó.

Pero no igual.

Sentí algo frío mezclarse con el calor. Una hebra de escarcha, como la que había visto danzando en mis llamas después del sueño del Equilibrio. No era un invasor. Era… un acuerdo.

Fuego azul. Escarcha blanca. En equilibrio.

Límora sonrió apenas.

— Sólo esta vez más —susurró—. Sólo esta vez romperé las reglas del todo.

Giró hacia Kael.

— Y después… no habrá vuelta atrás para ninguno de nosotros.

El tiempo, entonces, se fragmentó.

Lyra rompió la prisión de cristal con un estallido de agua hirviendo. Torik levantó una muralla de piedra entre Kael y la nada blanca, obligándolo a pelear en “nuestro” mundo. Mira, temblando, volvió a tejer su sombra, esta vez no hacia la de Kael, sino hacia la mía, uniendo nuestros movimientos.

Límora me miró.

— Levántate, Dekar.

Lo hice.

El fuego azul volvió a envolverme. Esta vez, sin dolor. Las hebras de escarcha corrían entre las llamas como venas de luz blanca. No ardían. No congelaban. Equilibraban.

Kael frunció el ceño.

— No puedes sostener eso —dijo—. Te matará.

— Puede ser —respondí—. Pero antes… te alcanzará a ti.

El combate final empezó.

No recuerdo cada detalle como una lista. Lo recuerdo como una sucesión de imágenes grabadas a fuego —y hielo— en mis huesos:

Lyra elevando columnas de agua que se convertían en espirales de vapor azul, empujando a Kael fuera de su centro.

Torik cerrando grietas que él mismo abría, atrapando los pies de Kael por segundos cruciales, obligándolo a usar parte de su poder en defenderse, no en atacar.

Mira dividiendo la sombra de Kael en pedazos, obligándolo a recomponerse una y otra vez, como si lo obligara a mirarse en mil espejos deformes.

Y yo, frente a él, fuego y escarcha danzando juntos.

Chocamos.

Su mano envuelta en invierno absoluto, la mía envuelta en fuego equilibrado. Cuando se encontraron, no hubo explosión. Hubo… silencio. Un silencio tan profundo que sentí que el mundo dejaba de moverse.

— Podríamos haber estado del mismo lado —dijo Kael, casi en un susurro—. Tú y yo, cerrando las heridas del mundo.

— El mundo no está herido —respodí—. Está vivo. Que sea ruidoso no significa que esté roto.

Empujé.

Límora, detrás de mí, sostuvo el equilibrio un instante más. El fuego azul no se desbordó, no me quemó, no me vació. La escarcha blanca no me congeló, no me inmovilizó.

La luz entre nuestras manos cambió de color. De blanco azulado a un tono extraño, intenso, que no se parecía a nada que hubiera visto antes.

Kael entendió algo que yo aún no.

En sus ojos, por primera vez, vi miedo.

— No sabes lo que haces —susurró.

Tal vez tenía razón. Pero igual seguí.

La luz lo atravesó.

No su cuerpo. Su sombra.

Mira gritó. Torik se cubrió los ojos. Lyra dio un paso hacia atrás.

Kael se quedó quieto. Luego, poco a poco, miró su propia mano.

La llama azul que había robado se apagaba. No hacia la nada. Hacia mí.

El fuego regresaba a su dueño. La escarcha que lo rodeaba se desprendió en fragmentos finísimos, como polvo.

— Así que… —murmuró Kael— así será.

Alzó la vista hacia Límora.

— Ganaste esta ronda.

Límora no respondió. Sus bordes ya estaban desdibujándose, como si el solo hecho de mantenerse allí le costara existir.

Kael dio un paso atrás. El trono, detrás, pareció aceptarlo, como si lo reclamara.

— Escucha, Dekar Ignis —dijo, sin rabia, sin burla—. El mundo te celebrará por esto. Harán canciones. Contarán historias. Dirán que mataste al que soñaba en blanco.

Sonrió. Esa sonrisa se me clavó más hondo que cualquier lanza.

— Pero yo no soy el final de nada.

Su sombra, a sus pies, se alargó hacia la nada blanca detrás del trono. Allí, por un instante, vi algo moverse. Una silueta pequeña. Infantil.

— Mi padre quiso congelar el mundo —continuó Kael—. Yo quise callarlo.

La sombra detrás de él susurró algo. Una voz más joven. Más aguda. Más… hambrienta.

— Mi hijo —dijo Kael— no querrá ninguna de las dos cosas.

Sus ojos se encontraron con los míos.

— Él no soñará con orden. Soñará con… nada.

La luz que nos rodeaba empezó a deshacerse.

— Y desde la nada… creará algo nuevo.

El fuego azul, agotado, se apagó a mi alrededor. Límora dio un paso hacia mí, como para sostenerme. Pero antes de que pudiera tocarme, Kael se sentó en el trono.

El trono lo aceptó.

Durante un instante, vi a un niño, un joven y un hombre a la vez, todos superpuestos en su rostro. Luego, fue sólo luz.

El trono se fracturó en silencio.

No explotó. No se derrumbó.

Se disolvió.

La Torre tembló. El vacío blanco detrás del trono se cerró como un ojo que decide volver a dormir.

Cuando todo terminó, la sala estaba vacía. Sin Kael. Sin trono. Sin puerta.

Sólo quedaba una grieta en el suelo, del tamaño de mi mano, que brillaba débilmente con una mezcla de azul y blanco.

Torik se acercó.

— ¿Está… muerto?

No supe qué responder.

Lyra tomó aire, mirando dónde antes había estado el trono.

— Se fue —dijo—. Pero no como Serenne. No como los demás. No hay… restos.

Mira no dejó de mirar su propia sombra.

— Parte de él se quedó —murmuró—. Parte de él se fue. Y parte de él… se escondió.

Límora, casi transparente, se acercó a mí.

— Lo detuviste —susurró—. Por ahora, eso es suficiente.

— ¿Y lo que viene después? —preguntó.

Ella bajó la vista. No respondió.

Una fisura recorrió su cuerpo de luz.

— El Equilibrio me reclamará por lo que hice hoy —dijo—. No sé cuándo podré volver a ayudarte.

Mi garganta se apretó.

— Límora…

Ella alzó una mano, tocando apenas mi frente. Sentí un calor leve, casi familiar.

— No estás solo —dijo—. Ésa es la única ventaja que tienes sobre Kael. No la desperdicies.

Y se deshizo.

Como una llama apagada por decisión propia.

La Torre empezó a derrumbarse.

Esta vez, de verdad.

— Es hora de irnos —dijo Torik.

— Sí —respondí—. A casa.

La palabra “casa” dolió. Porque no estaba seguro de que la Academia lo siguiera siendo.

Pero no teníamos otro lugar a dónde ir.

El renacimiento de Dekar

El regreso fue un borrón.

Recuerdo la nieve derritiéndose a nuestro alrededor mientras nos alejábamos de lo que quedaba de la Torre.

Recuerdo al pueblo congelado, que ya no estaba congelado del todo: algunos cuerpos se habían convertido en agua, otros en vapor, otros en nada, como si el invierno extremo hubiera robado algo que no se podía devolver.

Recuerdo al viento del norte soplando otra vez por cuenta propia, ya sin una voluntad ajena dirigiéndolo.

Pero, sobre todo, recuerdo… el silencio de mis amigos.