El legado de las llamas (Despertar de los Elementos nº 1) La caída del sol
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La caída del sol

El sol no se puso. Lo apagaron.

Lo vi desde los escalones helados que llevaban a la entrada de la Torre de Hielo. El horizonte, que aún guardaba un resto de luz naranja, se volvió blanco de golpe, como si alguien hubiese pasado una mano gigantesca y borrado el color del cielo.

El viento del norte dejó de soplar. Todo quedó... suspendido.

— Éste es su territorio —murmuró Mira, a mi lado—. Aquí, hasta la luz tiene miedo.

La Torre se alzaba encima de nosotros, atravesando las nubes como una lanza clavada en el vientre del mundo. Las capas de hielo giraban lentamente alrededor de su eje, como anillos de un planeta muerto. En cada giro, algo crujía, profundo, como huesos viejos.

Yo sentía el fuego azul dentro de mí, inquieto. Quería salir. Quería arder. Pero desde el encuentro con el Límoro Blanco, cada chispa dolía como una herida.

Lyra avanzó primero. El agua que llevaba junto a la mano era apenas un hilo tenue, casi transparente, pero se movía con decisión, como si buscara el camino antes que sus ojos.

— No mires todo —me susurró—. El truco con lugares así es mirar sólo lo que tienes justo delante. Lo demás… te quiere devorar.

Torik tocó la pared helada que custodiaba la entrada: dos grandes bloques de hielo vivo, llenos de venas blanquecinas que se abrían y cerraban muy lentamente, como si respiraran.

— No le gusta que estemos aquí —dijo—. Pero el suelo no se rompe… todavía. Aguanta nuestro peso.

— Eso significa que Kael quiere que pasemos —añadió Mira, con la sombra pegada a sus pies como un perro leal—. Un anfitrión diligente.

Tragué saliva. No respondí.

Cruzamos el umbral.

Dentro de la Torre, el tiempo no tenía dirección.

El pasillo era largo, recto, pero cada pocos pasos sentía como si estuviéramos doblando esquinas que no existían.

Las paredes eran transparentes, pero detrás de ellas no se veía el exterior, sino otros pasillos, otras escaleras, otros reflejos de nosotros mismos caminando en direcciones imposibles.

— Si nos separamos, nos perdemos —dijo Lyra—. Para siempre.

Torik murmuró algo en voz baja. La piedra de su collar —una astilla del derrumbe que casi lo mató de niño— vibró. El suelo respondió con un leve temblor.

— Mientras haya piedra bajo el hielo, puedo encontrarlos —aseguró—. No es mucho, pero es algo.

Avanzamos. Uno, dos, diez, cien pasos. No había puertas. No había habitaciones. No había nada salvo ese túnel recto hacia el corazón de un invierno que no pertenecía a ninguna estación.

Hasta que el mundo se estrechó.

El pasillo se cerró sobre nosotros, las paredes acercándose como si la Torre hubiese decidido aplastarnos como insectos. El hielo crujió, y una capa nueva surgió del techo, bajando, obligándonos a agacharnos.

— ¡Atrás! —grité.

Pero ya era tarde. El pasillo se quebró en cuatro.

Una pared helada cayó entre Torik y Mira, otra entre Mira y Lyra, otra entre Lyra y yo. En un latido, estábamos solos.

— ¡DEKAR! —¡LYRA! —¡MIRA! —¡TORIK!

Las voces rebotaron en el hielo, distorsionadas, hasta volverse susurros incomprensibles.

Respiré hondo. El frío se metió en mis pulmones como polvo.

— Muy bien —murmuró—. Si Kael quiere jugar… jugaremos.

Seguí avanzando. El techo volvió a subir, como si se burlara de mí. El pasillo, ahora más ancho, me llevó hacia una luz al fondo. Una luz azulada, palpitante. Une luz que conocía. Que temía.

La sala se abrió de golpe. Y allí entendí por qué el sol se había apagado.

No porque el día terminara. Sino porque algo, dentro de la Torre, había decidido que no necesitábamos más estrellas.

La encarnación del fuego

La sala era un abismo helado.

El techo se perdía en una oscuridad azul, tan alta que parecía un cielo invertido. Bajo mis pies, el suelo era una plancha pulida de hielo vivo, tan perfecto que mi reflejo parecía una versión muerta de mí mismo, mirándome desde otra realidad.

En el centro, todo el frío del mundo se concentraba en una sola forma.

Al principio pensé que era una montaña. Luego, vi cómo se movía.

Una garra gigantesca se flexionó. Un ala, hecha de miles de fragmentos de hielo afilado, se extendió poco a poco, ocupando media sala. Cada pluma era una estalactita. El cuerpo era una cordillera congelada. El cuello, una columna de cristal blanco.

Y la cabeza… La cabeza era un cráneo perfecto de dragón, tallado en hielo puro, con ojos vacíos en los que bailaba una luz blanca muy, muy antigua.

El Dragón del Norte. El guardián final. La voluntad del Blanco encarnada.

No rugió. Inspiró.

Al tomar aire, la temperatura bajó de golpe. Sentí cómo mis pestañas se congelaban, cómo el fuego en mi pecho se acurrucaba como un animal herido, negándose a salir.

— No —susurró—. No otra vez.

La primera chispa de fuego azul que intenté elevar se extinguió antes de existir. El dragón la absorbió sin moverse siquiera, como si el mero intento hubiera sido un tributo.

— Está conectado a ti —dijo una voz a mi espalda.

Lyra apareció por una de las paredes, que se abrió como un párpado helado.

Venía jadeando, con la mano temblorosa sobre el hilo de agua que la guiaba.

A su lado, segundos después, surgieron Mira y Torik, cada uno expulsado desde un pasillo distinto, como si la Torre se hubiera aburrido de dividirnos.

Torik se quedó inmóvil. Su rostro, normalmente sereno, se endureció.

— No es sólo hielo —murmuró—. Hay montaña debajo. Lo hicieron con… todo.

Mira cerró los ojos. Su sombra se estiró hacia el dragón, rozando apenas la punta de una garra.

— No piensa —susurró—. No como nosotros. No tiene recuerdos, ni deseos propios. Sólo un mandato: impedir que el fuego azul llegue al trono.

El Dragón nos miró. No con odio. Con certeza.

Abrió la boca. El aire frente a sus fauces se cristalizó en una espiral de escarcha antes incluso de que exhalara. Cuando el aliento salió, no fue una llamarada: fue una onda de congelación pura, un muro de blanco que avanzó hacia nosotros como una avalancha silenciosa.

— ¡Al suelo! —grité.

Torik reaccionó primero. Golpeó el hielo con ambas manos. No había piedra visible, pero la sintió, muy abajo. El suelo se levantó en un bloque irregular, interponiéndose entre nosotros y el aliento.

El frío fue tan intenso que escuché cómo la roca lloraba.

El bloque se congeló, se agrietó… pero resistió lo justo.

La avalancha pasó por encima, creando una cúpula de hielo nuevo sobre nuestras cabezas. Durante un segundo, quedamos en una especie de caverna improvisada dentro de la misma sala.

— No vamos a aguantar otro de esos —dijo Torik, con los brazos temblando.

Lyra levantó su mano. El hilo de agua se extendió, serpenteando por el suelo congelado, probando fisuras, explorando.

— Toda la sala está conectada al dragón —dijo, arrugando el ceño—. Como si fuera su nido… y su cuerpo a la vez. Si rompemos el suelo, él se reconstruirá.

— Entonces no es el suelo lo que hay que romper —dije.

Mira abrió los ojos. En sus pupilas, vi reflejado al dragón, a la sala, a nosotros… y algo más.

— No tiene corazón —murmuró—. No uno físico. Su “centro” está en el hielo del techo. Una especie de punto de convergencia. Pero está blindado. No se puede alcanzar con algo normal.

La palabra “normal” me golpeó.

No éramos normales. Nunca lo habíamos sido.

— Tenemos una ventaja —dije, respirando hondo—. Él es el invierno del mundo. Pero nosotros no somos sólo fuego, agua, tierra y sombra. Somos lo que el Equilibrio decidió juntar.

Miré a cada uno. Lyra, con el agua brillando en su palma. Torik, con la piedra latiendo en su pecho. Mira, con la oscuridad cosida a sus talones.

Y yo, con fuego azul que no terminaba de pertenecer ni al mundo ni al Blanco.

— Hacemos esto juntos —dije—. Una sola vez. Una sola jugada.

Lyra tomó aire. Asintió.

— Yo puedo subir el agua hasta el techo, pero no sola. Si la caliento, el hielo la devora. Si la mantengo fría, el dragón la controla. Necesito… un tercer estado.

— Vapor —dije.

Ella sonrió, cansada.

— Exacto.

Torik golpeó el suelo otra vez, esta vez con más cuidado. Pequeñas columnas de roca emergieron, formando escalones, plataformas, pilares. No eran grandes, pero suficientes para que nosotros pudiéramos subir, saltar, impulsarnos.

— Les voy a construir un camino —dijo—. Uno que sólo existirá unos segundos antes de que el hielo lo trague. No se caigan.

Mira se acercó a mí. Su sombra se unió a la mía. Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.

— Puedo retrasar sus movimientos —susurró, sin levantar la vista del dragón—. No detenerlos, pero sí… tirarlos medio segundo hacia atrás, como con el Colosal. Eso te dará una ventana. Pero necesito…

— ¿Qué?

— Necesito que me dejes entrar un poco más.

Lo entendí. No era mi fuego lo que pedía. Era algo detrás.

Kael. El Blanco. El fragmento.

Dudé. Por primera vez, dudé de verdad.

Y entonces, en el lugar más profundo de mi mente, una luz azul tembló. Límora. No en forma, no en voz. Sólo en sensación. Una caricia cálida sobre un frío insoportable.

“ Confía en ellos.”

El mensaje no era una frase. Era un latido.

Asentí.

— Hazlo.

Mira cerró los ojos. Su sombra se expandió de golpe, abrazando mis pies, subiendo por mis piernas, mezclándose con la luz azul que empezaba a rodearme. Por un segundo, vi el mundo en negativo: el dragón era una mancha de luz cegadora, nosotros éramos trazos oscuros.

Torik gritó:

— ¡YA!

El plan, si podía llamarse así, se desató.

Lyra corrió primero, subiendo por los pilares de roca que Torik había levantado. Cada paso que daba, dejaba un charco minúsculo de agua detrás, que se evaporaba al entrar en contacto con mi fuego. Yo la seguía muy cerca, sintiendo el calor subir, el aire tornarse denso.

El dragón nos vio venir. Levantó la cabeza, abrió las fauces, preparándose para otro aliento de muerte.

Mira susurró. No entendí las palabras. No eran para mí. Eran para la sombra del dragón.

El mundo se estiró. Por un instante, todos los movimientos del dragón se volvieron lentos, arrastrados, como si alguien hubiera estirado el tiempo alrededor de su cuerpo.

Medio segundo. Eso era todo lo que teníamos.