Cruzando la frontera helada
El viento del norte no soplaba: arrastraba . Como si no fuera aire, sino un recordatorio. Una advertencia hecha de cristales de hielo.
Habíamos dejado atrás la Academia como quien deja atrás una tumba abierta. No hablamos durante horas. No porque no hubiera palabras, sino porque todas dolían.
Yo caminaba al frente, avanzando más rápido de lo necesario. Cada paso era una punzada en el estómago. Cada bocanada de aire me quemaba los pulmones. Era absurdo: nunca había tenido frío real en mi vida, pero ahora lo sentía meterse como agujas en mis huesos.
La muerte de Serenne no se me despegaba. No la imagen final —fragmentos, cenizas, insignias—, sino su voz. Su enseñanza. Su risa breve cuando yo fallaba un conjuro. La forma en que decía mi nombre.
Dekar Ignis. No el fuego. El muchacho que aún podía pensarse libre.
Lyra se acercó por primera vez desde que salimos.
— ¿Puedes… bajar un poco el ritmo? —preguntó, suavemente—. El viento está empeorando. Torik tuvo que levantar dos barreras de tierra para que no se lo llevara la ventisca.
No la había escuchado acercarse. No la había escuchado respirar.
— Estoy bien —dije, sin mirarla.
— Eso no es estar bien.
Me detuve. Ella también. La corriente de agua que llevaba en la mano —un pequeño lazo líquido que la ayudaba a orientarse— tembló un poco. Sus ojos esperaban algo. Una grieta.
— Lyra —murmuró—. Si paro… si me detengo a pensar… Creo que no voy a poder volver a moverme.
Sus labios se apretaron. No insistió. Solo caminó a mi lado, sin decir nada más.
Mira avanzaba detrás, captándolo todo con los ojos entrecerrados.
— El frío es diferente —dijo al fin—. No es natural. Tiene dirección… tiene intención.
Torik, unos pasos más atrás, pasó la mano por el suelo.
— La tierra está rígida. No es un invierno cualquiera. Hay algo… sujetándola.
Seguimos avanzando.
La frontera del norte no era una línea en un mapa. Era un cambio en el mundo. Los árboles empezaron a torcerse como si escaparan de algo. Las hojas, incluso las secas, se volvían quebradizas como vidrio helado. Pequeñas partículas blancas flotaban, no como nieve, sino como ceniza… fría, luminosa.
El cielo, que en el sur tenía matices suaves, aquí era una lámina completamente plana, como si el mundo no pudiera sostener más colores.
Las montañas se volvían agudas, casi agresivas. Los ríos, antes cálidos, ahora tenían un vapor azul pálido.
Y entonces Lyra se detuvo de golpe.
— ¿Escucharon eso?
El viento cesó. Por un segundo, el mundo quedó inmóvil.
Y lo vimos.
Allí abajo.
En el hueco entre dos montañas. Un pueblo entero… petrificado. Ni siquiera cubierto de nieve: congelado en un único instante, como si el tiempo mismo hubiera sido arrancado de raíz.
Sentí cómo algo en mi pecho se tragaba el aire.
— Kael —susurró.
No había duda. Era su obra.
Y su mensaje.
— Vamos —dije—. Antes de que lo que sea que hizo aquí… vuelva a moverse.
Caminamos hacia el pueblo muerto.
El viaje al norte había comenzado de verdad.
El pueblo congelado
Al entrar en el pueblo, sentí el peso del silencio más absoluto que había vivido. Incluso los pasos resonaban apagados, como si el aire fuera demasiado denso para permitir el eco.
Una mujer estaba en la entrada, con la mano extendida hacia una puerta. Un perro dormía junto a la chimenea de una casa. Pero no era sueño. Era cristal.
Todo era cristal de hielo vivo.
Lyra pasó la mano por una de las figuras congeladas. La retiró de inmediato, con dolor.
— Puedo sentir sus pulsos —dijo—. Como si estuvieran atrapados… en un latido que nunca termina.
Mira cerró los ojos.
— Hay algo más —murmuró—. Mucho más cerca.
Torik señaló el centro de la plaza.
— Miren.
Un círculo perfecto, grabado en el hielo. Runa antigua. Poder vivo del Blanco.
Y antes de que pudiéramos reaccionar…
El hielo tembló. Se agrietó. Y desde el subsuelo surgió el sonido más inhumano que había escuchado: el crujido de montañas partiéndose.
El Colosal de Hielo emergió.
Primero una mano enorme, articulada como un guantelete de roca congelada. Luego el torso, cubierto de runas blancas que latían como corazones invertidos. Después la cabeza, con cuernos formados de estalactitas vivientes.
Tres metros. Cuatro. Cinco.
Kael no había dejado un guardián.
Había dejado un verdugo.
Lyra dio un paso atrás.
— Eso… eso no es un gigante natural.
— No lo es —respondí.
El Colosal abrió la boca y expulsó una ráfaga de aire que congeló al instante una línea de casas.
Torik rugió:
— ¡DEKAR!
Yo ya estaba adelantándome. El fuego azul brotó de mis manos con una fuerza que no sabía que tenía. Golpeé el pecho del Colosal.
Nada.
Ni una grieta.
El hielo no se derretía. No se rajaba. Sólo absorbía.
Lyra lanzó corrientes de agua hirviendo desde el subsuelo.
El Colosal giró el rostro.
El agua se congeló antes de tocarlo.
Torik golpeó el suelo con fuerza. Un pilar de roca salió disparado debajo del gigante, levantándolo apenas.
— ¡MIRA! —gritó—. ¡Guía a Dekar!
Mira estaba inmóvil, con la sombra estirada hacia el Colosal. Sus ojos estaban completamente blancos.
— Puedo ver su patrón —susurró—. Sus movimientos no son suyos. Son los de Kael… pero desfasados. Medio segundo de diferencia. Dekar, cuando se incline hacia la izquierda… será vulnerable del lado opuesto. ¡Prepárate!
El gigante levantó ambos brazos. El aire vibró.
Medio segundo.
The Colosal se inclinó. Yo avancé.
Mis pies quemaban el hielo. Mis manos ardían.
El fuego azul golpeó justo detrás de la rodilla del gigante. Por primera vez… escuché un crujido.
Lyra aprovechó.
— ¡TORIK, ahora! ¡ROMPE EL SUELO!
Torik se lanzó al frente. Golpeó el hielo con ambas manos. Una grieta gigantesca se abrió bajo el Colosal, que perdió equilibrio.
Mira gritó:
— ¡Dekar! ¡Al corazón!
Lo vi. Una runa blanca en el centro del pecho. El origen.
Mi fuego azul estalló.
No fue furia. No fue descontrol. Fue precisión. Serenne, en mi memoria, guiando mi mano.
Golpeé la runa con toda mi fuerza.
El Colosal gritó, un sonido como hielo fracturándose a kilómetros de distancia. La runa se quebró. Luz blanca y azul salió disparada.
El gigante cayó hacia atrás como una montaña derrumbándose.
Y el hielo del pueblo, que había estado quieto, vibró… como si hubiera esperado ese final para empezar a morir.
Los cuatro respiramos, agotados.
Pero antes de que pudiéramos descansar, algo brilló en el suelo donde el Colosal se había desintegrado: Un mensaje grabado en hielo quemado.
“ KAEL TE ESPERA. PERO NO LLEGARÁS.”
El viento helado sopló una única vez.
Y el mundo tembló.
La verdad sobre el sello
El camino hacia la Torre de Hielo no era un camino.
Era un juicio.
Cuando dejamos atrás el pueblo, un portal natural se abrió frente a nosotros, formado por paredes de hielo que parecían respirar.
El Laberinto del Norte.
Lyra tocó una pared.
— Está vivo —susurró.
Torik dio un paso atrás.
— Y no quiere que entremos.
— Por eso debemos entrar —dije.
Avanzamos.
Los pasillos parecían infinitos. A veces se angostaban hasta obligarnos a pasar de a uno. Otras veces se abrían en cámaras enormes, con techos tan altos que no se veía el final.
El frío aquí no dolía. Cansaba. Como si te drenara.
Al poco andar, el laberinto cambió.
Las paredes se suavizaron. El aire se espesó. El suelo empezó a inclinarse hacia abajo.
Un susurro recorrió los corredores.
— No se separen —advirtió Mira.
Pero el laberinto tenía otros planes.
Las paredes se movieron, silenciosas.
Me encontré solo.
Un pasillo largo. Oscuro. Y al fondo… Kael.
Un Kael niño. Sentado. Mirándome.
— Siempre fue igual —dijo, sin mover los labios—. Yo no elegí ser puerta. Tú tampoco. Somos herramientas de algo más grande.
Me acerqué.
— No eres real.
— No, Dekar —sonrió—. Soy peor que real. Soy la parte de él que te recuerda lo que vas a necesitar para matarlo.
Las paredes temblaron.
Y otra voz habló, no desde fuera, sino desde la estructura misma del laberinto:
“ EL SELLO SE ROMPE DESDE ADENTRO.”
Yo retrocedí.
El Kael niño se levantó.
— Por eso te necesita —dijo, acercándose—. No puede abrir la Torre sin ti.
La imagen se deshizo como humo congelado.
Y las paredes se separaron.
Lyra, Mira y Torik estaban conmigo de nuevo. Pero sus rostros lo decían todo.
Ellos también habían visto cosas que no querían contar.
— El sello… —susurré—. No protege la Torre del mundo.
Mira terminó la frase:
— Protege al mundo de la Torre.
Torik respiró hondo.
— Entonces Kael quiere que llegues hasta allá. Quiere que seas tú quien abra la última puerta.
Lyra me miró, con miedo y decisión al mismo tiempo.
— No vamos a dejar que lo use. Ni a ti. Ni al mundo.
Entonces el laberinto vibró… y se abrió.
El cielo apareció ante nosotros.
Y con él… la Torre.
El encuentro con el Límoro Blanco
La Torre de Hielo se alzaba como un colmillo que hubiera perforado el cielo. Altísima. Transparente. Formada de capas de nubes congeladas que giraban lentamente alrededor del eje central.
Había algo divino y antinatural en ella. Como si no perteneciera al mundo.
Pero antes de que pudiéramos dar un solo paso…
El aire se detuvo. El frío se volvió sólido. La luz se apagó.
Y apareció.
Una figura hecha de hielo vivo. Alta. Silenciosa. Sin rostro. Pero con ojos… vacíos y brillantes como agujeros en el mundo.
El Límoro Blanco.
La contracara exacta de Límora.
Cuando habló, no movió la boca.
— El fuego azul no debe llegar al trono. No debes existir aquí.
Y atacó.
Un solo gesto.
El aire se convirtió en cuchillas de hielo. Torik levantó una muralla de piedra.
La muralla se congeló. Y se desintegró.
Torik cayó de rodillas, jadeando.
Lyra lanzó un muro de agua.
El agua se volvió sólida antes de tocar al Límoro. Se quebró en miles de fragmentos.
Mira intentó lanzar sombras. Pero las sombras… se volvieron blancas.
El Límoro avanzó hacia mí.
Y yo descubrí algo terrible:
Mi fuego azul no respondía.
No salía. No respiraba.
Era como si el Límoro hubiese apagado una parte de mí.
— No eres del mundo —susurró la figura—. Tu llama y tu nombre pertenecen al Blanco. Te devolveré a él.
Su mano se alzó.
Un dedo tocó mi pecho.
Sentí cómo mi corazón se detenía.
Cómo mi visión se volvía blanca.
Cómo mi vida se drenaba hacia ese vacío…
Y entonces…
Luz azul.
Luz cálida. Dolorosa. Conocida.
Límora.
Apareció brillante, temblorosa, casi disuelta. Cada movimiento parecía costarle fracturas en su propio cuerpo de luz.
— No… —susurró el Límoro Blanco—. No puedes intervenir otra vez.
Límora levantó una mano. Su luz chocó contra el hielo.
Un estallido iluminó el mundo entero. Hielo blanco contra luz azul. Dos mitades de un mismo equilibrio.
El Límoro retrocedió, debilitado, su pecho fracturado.
Límora me miró. Sus ojos eran casi humanos. Casi tristes.
— Dekar —dijo, con voz que parecía romperse—. El camino sigue abierto… pero no por mucho. Corre. Kael… no debe usar tu nombre para abrir la última puerta.
— ¡Límora! —grité—. ¡No! ¡No pagues más por mí!
Ella sonrió. Desapareció en un estallido de hielo azul.
El Límoro Blanco se derrumbó, fracturado hasta la médula.
El mundo quedó en silencio.
Los cuatro avanzamos, heridos, exhaustos, pero decididos.
La Torre de Hielo se alzaba frente a nosotros.
El final estaba allí.
Kael nos esperaba.
Y no había vuelta atrás.