La llamada de un hogar en peligro #3
Torik no dijo nada. Su silencio, como siempre, fue más firme que mil discursos.
Arenos los miró.
Por un momento, creí ver en sus ojos el deseo de decir que no, de obligarlos a quedarse, de protegerlos con paredes y reglas.
Luego, algo se rindió en su mirada.
— El Equilibrio los juntó —susurró—. Nunca he conseguido separarlos del todo.
Suspiró—. Vayan, entonces. Pero sepan esto: desde este momento, la Academia no puede responder por lo que sean.
Su voz subió, de nuevo, para que todos escucharan—.
Dekar Ignis deja de ser aprendiz de esta institución.
Sale de aquí como portador de un fuego que no podemos controlar.
Se volvió hacia mí—. Lo que hagas con él…
definirá si alguna vez puedes volver a cruzar estas puertas.
Quise responder.
No encontré palabras.
Solo pude asentir, con el rostro en sombras.
El exilio no fue una gran ceremonia. No hubo escolta ni cadenas ni discursos largos.
Solo pasos.
Mis pasos. Los de mis amigos. El eco de lo que ya no íbamos a ser ahí dentro.
Y el peso invisible de miradas que me marcaban como traidor, aunque una parte de ellos supiera que no era tan simple.
La pérdida y la promesa
Antes de cruzar definitivamente las puertas, hubo una última parada.
No tenía nombre oficial. Para mí siempre sería “el patio de las primeras chispas”. El lugar donde había encendido fuego por primera vez sin quemarlo todo… o eso había creído.
Allí, sobre una plataforma de piedra, habían levantado un círculo de velas. No muchas. Las suficientes.
En el centro, una túnica de Serenne doblada con cuidado. Su insignia de maestra de fuego descansaba encima, brillando tenue.
No había cuerpo. El fuego no deja cuerpos completos. Pero habían guardado lo que habían podido: sus insignias, algunas trenzas de hilo que usaba en el cabello, un par de anillos que llevaba siempre a clase.
Los estudiantes pasaban de a uno, dejando una pequeña llama flotando sobre la piedra. Llamas de todos los colores: rojas, anaranjadas, amarillas, incluso una o dos llamas verdosas de los experimentos de alquimia de Varyn.
Yo me acerqué al final, con Lyra, Mira y Torik detrás.
Arenos estaba allí también, pero no dijo nada. Este no era un momento del Director. Era nuestro.
Me arrodillé frente a la túnica.
Las palabras se atascaban.
¿Qué se le dice a alguien a quien mataste sin querer… usando precisamente aquello que esa persona te enseñó a amar?
Abrí la mano.
El fuego azul apareció.
Tembló.
Por primera vez desde que Kael se había metido tan hondo, sentí que la llama no era solo mía ni solo suya. Era un lugar intermedio. Un terreno disputado.
— Serenne —susurró—. No sé si puedes escuchar esto. No sé cómo funcionan las cosas después de que uno… Tragué saliva—. Pero si algo de ti todavía ronda este lugar… quería decirte que lo siento.
La llama titiló. Podía haber sido el viento. Podía haber sido otra cosa.
— Me enseñaste a que el fuego no es solo destrucción —continué—. Que también es hogar, historia, comida caliente en invierno. Miré la túnica—. Hoy fue lo contrario. Mi voz bajó—. No voy a dejar que ese sea el último recuerdo que el mundo tenga de lo que tu fuego hizo.
Lyra puso una mano en mi hombro.
— No fue tu fuego —dijo, despacio—. No solo.
Mira se inclinó hacia la piedra.
— La vengaremos —murmuró—. Y no con odio ciego. Con precisión. Como tú nos enseñaste a lanzar una chispa justo donde debía ir.
Torik, que casi nunca hablaba más de dos frases seguidas, dijo algo que se me quedó clavado:
— La tierra recuerda a los que se van. Y recuerda quién los hizo irse.
Dejé caer la llama azul sobre el círculo de velas.
Por un segundo, temí que las apagara. Que las devorara.
No lo hizo.
Se acomodó entre ellas, más pequeña que nunca, mezclándose con las otras luces. Por primera vez, el azul no se impuso al rojo ni al amarillo. Solo… convivió.
Respiré hondo.
— Kael —pensé, sin necesidad de decirlo en voz alta—. Me usaste. Mataste a mi maestra con mis manos. Borraste las historias que ella quería que leyéramos.
Sentí un eco blanco, lejos, como si hubiera escuchado mi pensamiento.
— No lo hice por crueldad —dijo su voz en el hueco de mi mente—. Lo hice para que el mundo entendiera lo que tu fuego puede hacer. Lo que nuestro fuego puede hacer.
Mis manos se cerraron en puños.
— Entonces el mundo también va a entender lo que ese fuego puede hacerte a ti —respondí mentalmente—. Te lo juro.
La presencia del Blanco se agitó, como una página a la que alguien le traza, por fin, una línea.
Nos levantamos.
La Academia se quedó atrás. No como un lugar al que vas a volver después de las vacaciones, sino como una casa que se incendió y que decides no reconstruir hasta haber encontrado al que lanzó la primera chispa.
Al ponernos en marcha hacia el norte, hacia la Torre de Hielo que ya no era solo un rumor en un mapa, me di cuenta de algo:
Antes, temía lo que Kael podía hacer conmigo. Ahora, él también debía temer lo que yo quería hacer con él.
La fractura estaba hecha. En la Academia. En el mundo. En mí.
El invierno nos esperaba.
Y, por primera vez, yo también lo esperaba a él.