La llamada de un hogar en peligro #2
— Dekar… —susurró uno de ellos.
Yo quería decirle que se fuera, que corriera. Mi boca sonrió en su lugar.
— Qué fragilidad tan… inflamable —dijo Kael con mi voz.
Mi mano se alzó.
La llama azul salió disparada hacia las estanterías más altas. No como un chorro, no como un ataque directo, sino como una onda que lamía los lomos de los libros.
El fuego normal muerde, crece, devora. El fuego azul hacía algo peor: Reescribía.
Las letras empezaron a desaparecer de las páginas antes de que el papel se ennegreciera. Palabras enteras se deshilachaban, años de conocimiento borrados de un soplo. Los libros comenzaron a arder desde adentro hacia afuera, sin humo, sin crepitar. Solo luz.
Los estudiantes gritaban. Algunos intentaban conjurar agua, otros viento, otros tierra para derribar estanterías y aislar el fuego.
No servía.
El fuego azul ignoraba el agua. La atravesaba. Convertía el vapor en más luz caliente.
— No… —susurré.
Sentí una mano intangible en mi hombro interior.
— No eres tú —dijo Kael, con una calma insoportable—. Soy yo. Pausa—. Tú solo me prestas la piel.
Giró nuestro cuerpo hacia la ventana. Desde ahí, se veía la Torre de Fuego, con sus cristales rojos brillando como carbones en la distancia.
— Demasiado simbólica para dejarla intacta —murmuró.
El fuego azul se concentró en la palma de mi mano. Podía sentir cómo el Blanco se asomaba en el centro de la llama, robándole el color, volviéndola casi translúcida.
Kael lanzó la esfera.
Atravesó el vidrio sin romperlo, como si el mundo hubiera decidido olvidar que el cristal debía resistir. En la distancia, la Torre de Fuego recibió el impacto.
Hubo un instante de silencio absoluto.
Luego, el fuego subió.
No como una explosión. Como un amanecer brutal.
Llamas azules y doradas se enroscaron alrededor de la torre, trepando por sus ventanas, abrazando las escaleras, mordiendo los anillos de práctica. Las runas protectoras ardieron, una a una, incapaces de contener algo que venía desde el mismo lugar del mundo que estaba empezando a resquebrajarse.
La Academia entera se estremeció. Escuché gritos en todas partes, órdenes confundidas, hechizos intentando levantar barreras de agua y tierra.
Y, entre todo ese caos, una voz que conocía demasiado bien.
— ¡DEKAR!
Serenne apareció en el umbral de la biblioteca. El calor de las llamas hacía que su cabello se pegara a la frente. Sus ojos, sin embargo, estaban tan fríos y claros como siempre cuando se enojaba.
— ¡Basta! —rugió.
Extendió las manos.
El fuego alrededor respondió.
No al mío. Al suyo.
Llamas rojas surgieron a su alrededor, formando un círculo que empujó al fuego azul hacia arriba, obligándolo a retroceder unos centímetros. Era como ver dos lenguas de fuego discutiendo a gritos.
Kael rió.
— Que tierno —dijo con mi voz—. El maestro que todavía cree que puede salvar al alumno.
Serenne apretó los dientes.
— Sé que estás ahí, Kael Arkhan —dijo—. No te veo. Pero el Equilibrio siente tu mano encima de la de Dekar. Sus ojos se clavaron en los míos—. Y también sé que tú sigues ahí, Dekar. Párale.
Lo intenté.
Con todas mis fuerzas.
Empujé contra la presencia de Kael como quien empuja una puerta que se cierra de golpe con el viento. Mis músculos se tensaron, mis dientes rechinaron.
Por un instante, la llama azul vaciló.
— Eso es —dijo Serenne—. Respira. Una vez. Dos. Su voz bajó—. Recuerda quién te enseñó a encenderla. Y quién te enseñó a apagarla.
Recordé.
El salón de práctica. Mi primer fuego azul encendido a propósito. La mirada orgullosa de Serenne.
Las manos se me aflojaron. La llama se retrajo apenas.
Kael chasqueó la lengua.
— Siempre subestimé lo que significaba “maestro” para ustedes —murmuró—. Qué molesto.
El Blanco apretó.
Todo el peso del invierno invisible se volcó sobre mi pecho. El dolor fue tan grande que, por un segundo, habría dado cualquier cosa por que se detuviera.
Cualquier cosa.
— Te dije —susurró Kael, solo para mí— que podía hacer que no doliera.
El fuego azul volvió a encenderse, más grande.
Serenne lo vio venir.
No retrocedió.
— Entonces doleremos juntos —dijo.
Se lanzó hacia adelante, atravesando las llamas. Por un segundo, su figura se convirtió en pura silueta negra sobre fondo azul.
Su propio fuego la envolvió, rojo intenso, creando una especie de abrazo alrededor de la llama que Kael desataba a través de mí. Dos fuegos incompatibles, luchando por el centro de la Academia.
Los estudiantes habían escapado de la biblioteca. Solo quedábamos nosotros tres: Serenne, yo… y el hombre que se escondía detrás de mis ojos.
Las vigas del techo se resquebrajaron. Un trozo de techo se desplomó. La biblioteca entera gemía.
Serenne gritó algo que no alcancé a entender. No era una palabra que hubiera oído antes. Tal vez no era un hechizo. Tal vez era solo el nombre que le había dado a esa mezcla imposible de coraje y miedo.
El fuego azul estalló hacia arriba, como un pilar. El rojo lo siguió, mezclándose, partiéndose, peleando.
Por un momento, la llama fue morada.
Luego, blanca.
Luego… nada.
El suelo se abrió bajo nosotros.
El mundo se volvió luz.
El exilio
Desperté con el gusto a ceniza en la boca.
No era la primera vez que me desmayaba por usar demasiado fuego. Lo que lo hacía distinto era el silencio.
La Academia nunca estaba completamente callada. Siempre había pasos, risas lejanas, el viento colándose por las torres, las voces de los instructores.
Ahora, nada.
Me incorporé a medias.
Estaba en el patio central. O en lo que quedaba de él. Las estatuas de los fundadores estaban cubiertas de hollín. Algunas habían perdido la cabeza, otras un brazo. El símbolo del Equilibrio en el suelo tenía una de sus líneas principales partida por una fractura negra.
El aire olía a humo, piedra quemada… y pérdida.
Lyra, Mira y Torik estaban cerca, rodeados de sanadores. Cuando me vieron despertar, trataban de acercarse, pero alguien se los impedía.
El Director Arenos.
Se plantó frente a mí, su capa cubierta de ceniza, el rostro más viejo de lo que recordaba.
— Dekar Ignis —dijo, sin ceremonias—. ¿Sabes lo que hiciste?
Abrí la boca.
La cerré.
No tenía una respuesta que sirviera.
— Sé lo que vi —susurré—. Y sé lo que sentí. Sé que no era yo quien estaba… empujando.
Algo en mi voz se quebró en esa palabra.
Arenos lo escuchó. Pero no retrocedió.
— Lo que vimos todos —dijo, y su voz se alzó un poco para que los presentes oyeran— fue el fuego azul de Dekar atacar la Biblioteca, la Torre de Fuego y media estructura central. Vimos a Serenne enfrentarse a él para proteger estudiantes y archivos. Pausa—. Y no la vimos salir del edificio.
Un golpe seco me atravesó el pecho.
— ¿Dónde está? —preguntó, aunque ya sabía.
El Director respiró hondo.
— La encontramos entre los escombros —respondió—. Su cuerpo protegía a tres aprendices. Ninguno de ellos sufrió quemaduras mortales. Hizo una pausa más larga—. Ella, en cambio…
No terminó.
No necesitaba hacerlo.
Mi maestro de fuego. La que no me había tenido miedo ni el primer día. La que había visto el azul donde otros solo veían peligro.
Sentí que algo en mi interior se desgarraba. No el fuego. Algo más profundo.
Un murmullo recorrió el patio.
— Traidor… —Siempre fue raro… —El niño del fuego que se salió de control…
Lyra dio un paso adelante, furiosa.
— ¡No fue él! —gritó—. Kael lo está usando. Lo vimos, lo sentimos, lo…
Arenos levantó la mano.
No en un gesto de poder. En uno de dolor.
— Sé lo que dices, Lyra Narel —respondió—. Y hay cosas que solo los que tocamos el Equilibrio directamente podemos ver. Sus ojos se clavaron en los míos—. Sé que Kael Arkhan puso su mano sobre la tuya, Dekar. Sé que no estabas solo en ese fuego.
Por un instante, sentí un alivio tonto.
Al menos alguien lo veía.
Se deshizo tan rápido como llegó.
— Pero el hecho —continuó Arenos— es que Kael no está aquí.
Tú sí. Marcó el patio con un gesto—. Esta Academia es un refugio, pero también es una responsabilidad.
No puedo pedirles a los estudiantes que caminen por estos pasillos al lado del mismo fuego que destruyó sus libros, sus torres…
y a uno de sus maestros… Tragó saliva—. Aunque ese fuego haya sido manipulado.
Lo entendí antes de que lo dijera.
— ¿Quieres encerrarme? —preguntó, sin fuerza—. ¿En el calabozo, en una celda de runas, en…?
— Quiero que te vayas —dijo.
La palabra me cortó más que cualquier prisión.
— Exiliado —añadió, para que no hubiera dudas—. Hasta que encontremos una manera de romper el puente entre tú y Kael. Su voz se endureció—. O hasta que tú mismo lo hagas.
Torik soltó un gruñido ahogado.
— Eso es injusto —dijo—. Él no pidió esto.
— Serenne tampoco —respondió Arenos, sin levantar la voz.
El nombre cayó como piedra en el agua.
Lyra estaba temblando. No de frío. De rabia.
— Entonces vamos con él —dijo—. Los cuatro.
Mira la miró, sorprendida, y luego asintió despacio.
— No voy a dejar que se vaya solo y lleno de culpa —añadió—. Si Kael quiere romper algo, tendrá que aguantarse a los cuatro.