La llamada de un hogar en peligro
No volví a dormir después del sueño de Kael. Me quedé mirando el cielo oscuro entre las ramas, escuchando el murmullo del río y el crujido suave de la escarcha que todavía quedaba sobre el puente.
El invierno seguía avanzando, lo sentía como un peso en el pecho. Y, encima de todo eso, otra cosa: La certeza de que Kael sabía exactamente quién era yo. Y dónde estaba.
— No estás respirando —susurró Lyra, a mi lado.
No me había dado cuenta de que estaba conteniendo el aire. La miré: tenía los ojos entreabiertos, esa forma suya de estar medio dormida y medio despierta, como si escuchara también los sueños de los demás.
— Soñaste con él otra vez —dijo. No preguntó. Afirmó.
Asentí.
— No fue solo un sueño —respondí—. Fueron recuerdos… suyos. Y algo más. Está… moviéndose. No solo hacia el norte. Está usando el invierno para… probar el mundo. Como si estuviera viendo hasta dónde puede apretar antes de que se rompa.
Lyra se incorporó, frotándose los brazos.
— Entonces tenemos que seguir —murmuró—. Llegar antes de que…
No terminó la frase. No hizo falta.
Torik se removió en su rincón de roca, Mira se dio vuelta en su capa. Eran solo cuatro adolescentes bajo un cielo cualquiera… y, al mismo tiempo, las piezas de algo mucho más grande de lo que habíamos pedido.
Me levanté.
— Voy a vigilar un rato —dije—. No puedo quedarme quieto.
Caminé hacia el borde del claro, hasta donde el río se veía mejor. El agua corría, temperada por corrientes subterráneas. Sobre su superficie, el vapor subía en espirales lentas que se deshacían en el aire frío.
Respiré hondo. Intenté encender el fuego azul, solo un poco, para sentir algo que todavía fuera mío.
Pero antes de que pudiera llamarlo, lo escuché.
Una campana. Lejana. Profunda.
No venía del bosque. No venía del río. Venía de otro lugar, uno que conocía demasiado bien.
La Academia.
No fue un sonido normal. No atravesó el aire: atravesó algo más. Me atravesó a mí. Cada nota llevaba una orden, una súplica, un llamado.
La Campana del Umbral.
Recordé la última vez que la había escuchado. El último día de inocencia. El Director Arenos mirándonos como algo más que estudiantes.
La nota se repitió. Una, dos, tres veces.
— ¿La escuchaste? —preguntó Torik, de pronto a mi lado.
No me había dado cuenta de que se había levantado. Su rostro estaba pálido, los ojos muy abiertos.
— Sí —dije.
Mira se acercó, abrochándose la capa con manos torpes.
— Eso no es una campana normal —dijo—. No es “vuelvan a clases”, no es “se pierde el recreo”. Es… otra cosa.
Lyra cerró los ojos un momento. Cuando habló, su voz era casi un eco.
— Es la llamada de emergencia del Consejo —susurró—. Mi instructor de agua lo mencionó una vez. Dijo que solo la usarían si algo amenazaba a toda la Academia. No solo a los estudiantes. —O al Equilibrio en sí —añadió Torik.
Nos miramos los cuatro.
El plan era seguir hacia el norte. Buscar la Torre de Hielo. Enfrentar a Kael. Pero la Campana del Umbral no admitía planes. Era el tipo de sonido que te decía que, si no regresabas, lo que llamabas hogar podría no estar ahí cuando volvieras.
El fuego azul en mi pecho se revolvió.
Vi, por un instante, el rostro de Kael sobre el trono, sus ojos blancos, su voz susurrando: Ven, Dekar…
Sacudí la cabeza.
— Volvemos —dije—. Solo un momento. Avisamos lo que vimos, lo que está pasando en el norte. Tal vez el Consejo pueda ayudarnos. Tal vez… —tragué saliva— tal vez sepan qué hacer conmigo y con esto.
Abrí la mano. La llama azul apareció, temblando.
Mira apretó los labios, pero no discutió.
— Si la Academia cae —murmuró—, no habrá a quién traerle buenas noticias cuando derrotemos a Kael.
Lyra asintió.
— Volvemos —repitió—. Pero no para escondernos. Para avisar. Para decidir mejor el siguiente paso.
Torik miró al norte, luego al sur, como si las montañas y la torre invisible estuvieran midiendo su corazón.
— La tierra sabe los caminos —dijo—. Y a veces… hay que dar un rodeo para no perderlo todo.
Así, con la campana todavía vibrando en algún lugar detrás de los huesos, dimos la vuelta. El río quedó atrás. El Puente de los Suspiros se perdió entre los árboles.
Sin saberlo, caminábamos hacia el incendio que iba a rompernos.
La traición que nadie quiso ver
La Academia apareció en el horizonte varios días después, más rápido de lo que parecía posible. Los caminos se abrían bajo los pasos de Torik; Lyra encontraba corrientes de agua que acortaban rutas subterráneas; hasta el viento, con la ayuda de Mira, empujaba nuestras espaldas.
Era como si el mundo quisiera que llegáramos antes de que algo terminara de romperse.
Desde lejos, se veía igual. Las torres blancas, las banderolas con el símbolo del Equilibrio, el cielo artificial cambiando suavemente de tonos sobre la cúpula.
Pero a medida que nos acercábamos, noté las diferencias.
Las puertas estaban abiertas… de par en par.
No en señal de bienvenida, sino como si hubieran sido forzadas a permanecer así.
Guardias en la entrada, instructores murmurando entre sí.
En algunas paredes, pequeñas líneas pálidas recorrían la piedra, como cicatrices recientes: el toque del frío extraño que ya había visto en el bosque.
Un aprendiz que conocía de vista nos reconoció.
— ¡Volvieron! —gritó—. El Director los quiere ver. A ti, sobre todo, Dekar.
Algo en la forma en que lo dijo hizo que el estómago se me encogiera.
— Eso suena bien —intenté bromear—. Siempre he querido que el Director me “quiera ver”.
Mira me dio un codazo.
— Si haces chistes, que sean buenos —murmuró.
Nos guiaron por los pasillos hacia la cámara del Consejo. Conocía ese camino, pero se sentía distinto: los susurros se apagaban cuando pasábamos, algunos estudiantes se apartaban demasiado rápido, como si el fuego azul pudiera salir y quemarlos solo por existir.
El Director Arenos nos esperaba. Con él estaban Serenne, Lucen, Varyn, y otros maestros que no conocía tan bien. El aire olía a vela gastada y a papel quemado.
— Dekar Ignis —dijo Arenos—. Lyra Narel. Mira Vaylen. Torik Varden. Los cuatro. El grupo que el Equilibrio insiste en juntar incluso cuando tratamos de separarlos.
Su voz no era fría ni cálida. Era… tensa.
— Respondimos a la Campana —dije—. ¿Qué pasó?
Arenos nos observó uno por uno, como si pesara nuestras almas.
— El invierno avanza donde no debería —respondió—. Aldeas aisladas, puertos congelados, reportes de ecos de hielo en lugares donde nunca se ha visto magia del norte. Hizo una pausa—. Y, además de todo eso… el Equilibrio mismo llamó.
Lyra se estremeció.
— ¿Llamó… cómo?
— Un temblor en las runas —respondió Serenne, dando un paso adelante—.
Una marca que aparece cuando fuerzas antiguas empiezan a empujar demasiado en un solo lado de la balanza.
No es la primera vez que ocurre… pero nunca había sido tan fuerte.
Su mirada se posó en mí—. Y nunca había coincidido tanto con tus sueños.
Tragué saliva.
Les conté. Todo.
Desde el primer eco del Blanco en mis pesadillas hasta el sueño reciente: el niño que apagaba el verano, mi padre enfrentando a Kael en el borde del vacío, el trono en la montaña, el copo que no obedecía a ninguna estación.
Nadie me interrumpió. Cuando terminé, el silencio en la sala era denso.
Arenos se frotó el puente de la nariz.
— Así que el Blanco volvió a hablar —murmuró—. Y escogió a Kael como puerta… Alzó la vista hacia mí—. Y ahora te mira a ti como puente.
La palabra me dolió, aunque ya la había oído en boca de Kael.
— No quiero ser su puente —dije, más brusco de lo que pretendía—. Sólo quiero detenerlo.
Serenne me sostuvo la mirada. En sus ojos no había miedo. Había tristeza.
— El problema, Dekar —dijo—, es que las fuerzas que usan puertas no preguntan si tú quieres serlo.
Algo dentro de mí se tensó.
El fuego azul, que había permanecido relativamente quieto, dio un latigazo. Sentí un susurro en el oído. No era voz. Era ausencia de ruido. Era blanco.
“ Estás cerca de casa”, dijo algo. No mi hogar. El de él.
Parpadeé.
La sala se distorsionó un segundo.
La piel se me erizó. Mi mano derecha se entumeció.
— Dekar —dijo Lyra, alarmada—. Tus ojos…
La vi a través de una especie de velo. Escuché su voz como si viniera desde debajo del agua.
Otra voz se superpuso a la suya.
— Por fin estás donde necesito que estés —susurró Kael, desde algún lugar que no era la sala y, al mismo tiempo, estaba en cada piedra de ella—. En la jaula que intentó encerrarme. Su risa fue un hilo—. Veamos qué tan bien soporta el fuego.
Quise gritarle que se fuera, que me dejara, que no era suyo.
Pero mi cuerpo ya no me escuchaba.
Mis dedos se abrieron. El fuego azul brotó, no con la familiar llamarada que yo llamaba desde niño… sino como si alguien hubiera arrancado una venda de golpe. Demasiado rápido. Demasiado fuerte.
Los maestros retrocedieron instintivamente. Serenne fue la única que avanzó.
— ¡Dekar! —gritó—. Respira conmigo. Como en el salón de práctica. Uno… dos…
Lo intenté. De verdad lo intenté. Pero cada vez que trataba de tomar aire, otra presencia respiraba en mi lugar.
— No respires —susurró Kael dentro de mi cabeza—. Déjame mostrarles cómo se ve cuando el mundo se asusta de verdad.
La traición vino en silencio. Y empezó por mi propio pecho.
El incendio de un hogar
No recuerdo haber salido corriendo de la cámara del Consejo.
Un momento estaba ahí, con Lyra gritando mi nombre y Torik intentando sujetarme. Al siguiente, mis pies golpeaban los pasillos de la Academia, dejando un rastro de luz azul en las sombras.
Yo no los movía. No era yo quien giraba en las esquinas ni quien empujaba puertas.
Era Kael, usando mi cuerpo como una mano prolongada.
Veía todo desde atrás. Como si me hubieran atado al fondo de mi propia cabeza.
— Deja a mis amigos —dije, o pensé, no estaba seguro—. Si quieres destruir algo, destrúyeme solo a mí.
Kael no respondió.
Su atención estaba en otra cosa.
En la Biblioteca.
La puerta se abrió con un golpe de calor. El aire adentro olía a tinta, pergamino viejo y polvo… el olor de mi infancia reciente.
Estudiantes levantaron la vista, sobresaltados.