El legado de las llamas (Despertar de los Elementos nº 1) El niño que apagaba el verano #3
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El niño que apagaba el verano #3

Mi pecho ardió. Quise gritar. Quise decirle que estaba equivocado, que Auren no me había arrebatado nada, que me había dado todo lo que pudo. Pero el sueño no escuchaba mis palabras.

El invierno sí.

El segundo avance del invierno

Kael volvió al trono. No caminó más rápido ni más lento. Cada paso era una decisión, un golpe suave en la realidad.

Se sentó.

Por un instante, nada pasó. La sala quedó en silencio, las figuras de hielo inmóviles, las estalactitas sin goteo, el Blanco esperando.

Entonces, él habló.

— Basta de susurros —dijo—. Ya jugamos callados demasiado tiempo.

Alzó una mano, con la palma hacia arriba. En ella, un copo de nieve apareció.

Un solo copo.

No tenía ningún rasgo especial. Si lo ponías junto a miles de otros, nadie podría distinguirlo. Pero ese copo no obedecía al cielo ni al clima ni a las estaciones. Obedecía a Kael.

— Ve —susurró.

El copo no cayó. No flotó hacia arriba. Simplemente dejó de estar ahí… y empezó a estar en todas partes.

Lo vi —o lo sentí— multiplicarse. No en número, sino en alcance. Cada copo real de nieve, en cada nube del norte, de pronto recordaba que podía estar más frío de lo que estaba.

La escena se alejó de la caverna.

Vi una aldea al pie de una montaña, lejos de todo lo que yo conocía. Pastores recogiendo a las ovejas, acostumbrados a inviernos largos, a nevazones bruscas. Estaban preparados para eso. Pero no para lo que vino.

El cielo no se oscureció. No hubo tormenta. Solo… se hizo blanco.

Los copos empezaron a caer en silencio absoluto. El sonido del viento se apagó, las campanas dejaron de tintinear. La nieve se acumuló en segundos, no en horas. Las huellas que los aldeanos dejaban al correr a resguardarse se borraban al instante, como si nunca hubieran estado ahí.

Una niña alargó la mano por reflejo, riendo, intentando atrapar un copo en la lengua. El copo no se derritió. Se quedó ahí, perfecto, frío, incrustado, sin hacer daño ni calor. Solo… diferente.

La escena cambió a un puerto más al sur. Marineros curtidos miraban el agua con el ceño fruncido. El océano no debería congelarse a esa altura, no de esa manera.

Pero una película de blanco empezó a extenderse desde ningún punto en particular. No era hielo normal: no crujía, no se quebraba en placas. Era una superficie que se formaba como si el mar hubiera decidido dejar de ser líquido.

Los barcos se detuvieron, atrapados en medio de una nada sólida. Los hombres gritaban órdenes, pero sus voces sonaban ahogadas.

Nadie sabía de Kael. Nadie sabía de Dekar. Nadie sabía de Límora, ni del Equilibrio, ni del Blanco.

Solo sabían que el invierno había decidido avanzar.

La visión se movió una vez más.

Vi la Academia. Mi Academia. Las torres que conocía, los patios donde había entrenado, la biblioteca donde casi viví. El cielo artificial sobre ella seguía imperturbable, pero el aire alrededor de las murallas… estaba distinto.

Pequeñas trizaduras de frío, casi invisibles, recorrían las piedras. No eran grietas físicas. Eran como líneas donde el color se adelgazaba. Lucen, el instructor de aire, se detenía frente a una de ellas, frunciendo el ceño, sin saber muy bien qué estaba mal.

En la cámara del Consejo, el Director Arenos miraba un mapa con velas alrededor.

Las velas se apagaron al mismo tiempo. No por una ráfaga de viento. Sino porque algo, muy lejos, había decidido que la luz empezaba a ser opcional.

La visión regresó a Kael.

Seguía sentado, el copo aún en su mano. No se había movido. No había hecho otro gesto.

— No mandaré aún el corazón del invierno —dijo, pensativo—. Solo los bordes. Que el mundo entienda que algo cambió. Que se preparen. O que se rindan.

El Blanco pareció aprobar. No con palabras. Con una ausencia de resistencia.

Kael cerró el puño.

El copo desapareció.

Respiró hondo, apoyando la cabeza en el respaldo del trono.

— Ven, Dekar —murmuró, tan bajo que ni el eco se atrevió a repetirlo—. Ven a reclamar las respuestas que tu padre te negó. Ven a ver lo que me obligaron a ser.

Sus ojos se cerraron.

El invierno, afuera, siguió caminando.

Desperté con el corazón desbocado.

El bosque aún estaba oscuro a nuestro alrededor, apenas insinuado por el brillo lejano del río. Mis amigos dormían: Torik encogido contra una roca, Mira medio envuelta en su capa, Lyra de lado, una mano estirada en mi dirección, como si hubiera intentado alcanzarme en sueños.

Mis manos estaban heladas. No por el frío del ambiente. Ese ya lo conocía.

Era otro tipo de helado.

Uno que venía de haber estado demasiado cerca del hombre que quería congelar el mundo… no por crueldad, sino por dolor.

Tragué saliva.

Por primera vez desde que todo esto había comenzado, entendí que Kael no era solo “el enemigo”.

Era un niño que apagaba el verano. Un adolescente que encontró consuelo en una voz equivocada. Un hombre que miraba mi fuego como la última oportunidad de arreglar el error que creía haber cometido.

Y yo… yo era el puente que no sabía si quería ser.

El río murmuró cerca.

Muy, muy lejos, en algún lugar del norte, el invierno avanzaba un paso más.