El viaje antes del horror #2
La lanza de hielo pasó a centímetros de mi cara y se clavó en un árbol detrás de mí. El tronco, entero, se congeló desde el impacto hacia abajo. Las hojas se volvieron cristal en un suspiro y empezaron a caer en pedazos.
— ¡Dekar! —gritó Mira.
Sentí el suelo inclinarse, resbaloso, traicionero. El hielo invisible bajo mis botas me hizo perder el equilibrio. Me apoyé con una mano, clavando los dedos en la escarcha. Me ardieron, pero no se congelaron.
El fuego azul rugió, impaciente.
Me levanté.
— No pelees en su suelo —la voz de Torik me alcanzó como si hablara desde una caverna profunda—. ¡Hazlo pelear en el tuyo!
Tenía razón.
Mientras el eco caminara, el bosque se volvería su dominio. Necesitaba cambiar eso.
Respiré hondo. Dejé que el fuego subiera más, más, hasta que cada inhalación me quemaba el pecho. El aire alrededor empezó a temblar por el calor.
Di un paso.
El hielo bajo mi bota crujió. Di otro.
Con cada paso, una huella de agua quedaba detrás, luchando por mantenerse líquida.
La criatura levantó ambas manos.
Un círculo de pequeñas lanzas se formó alrededor de ella, apuntando hacia mí. Eran decenas. Una lluvia de muerte blanca.
Las lanzó todas al mismo tiempo.
No podía esquivar eso.
Así que no lo hice.
Junté las manos frente al pecho, como Límora me había enseñado en el sueño. Visualicé el fuego no como una explosión, sino como un escudo. Un círculo. Un sol.
— Vamos —murmuré—. No me falles ahora.
El fuego azul salió en todas direcciones, creando una esfera a mi alrededor. Las lanzas chocaron contra la llama y se derritieron en el impacto. Algunas alcanzaron a rasgar la barrera, dejando agujeros de frío que me cortaron la piel, pero ninguna llegó al centro.
Sentí la presión. Cada choque era como si alguien me golpeara por dentro. Hice fuerza con los dientes apretados, sosteniendo la forma de la esfera.
— ¡Respira! —la voz de Lyra, urgente—. ¡No dejes que apague tu centro, Dekar!
Hice caso. Inspiré. Dejé que el aire llenara mis pulmones, que el fuego se alimentara de él, que la esfera se reforzara.
Durante un instante, efímero y perfecto, el bosque entero fue azul.
El golpe a Límora y la llama imposible
Pero no duraría.
Lo sabía. Mi cuerpo temblaba, los brazos ardían. El fuego me obedecía, sí, pero a un costo. Si seguía así mucho más, me quemaría por dentro.
Tenía que atacar.
— ¡Sus grietas! —gritó Mira, desde algún lugar detrás de mí—. ¡Apunta a sus grietas, no al hielo liso!
Tenía razón.
Bajé la esfera, transformándola en una llamarada dirigida. La criatura avanzaba, lenta pero inexorable, dejando un rastro de escarcha a cada paso. Las grietas de su cuerpo brillaban más ahora; cada ataque que yo bloqueaba, cada vez que alzaba su poder, las hacía resplandecer.
Concentré el fuego en mi mano derecha.
El mundo se estrechó. Ya no existían los árboles, ni mis amigos, ni el cielo. Solo existían mi fuego y las grietas del enemigo.
Corrí.
El suelo era traicionero, pero ya sabía dónde pisar. Donde el hielo era más fino, el fuego lo rompía; donde era más grueso, mis pasos eran más lentos, pero firmes. Cada respiración era un latido, cada latido, una cuenta atrás.
La criatura levantó un brazo, formando otra lanza. No llegaría a tiempo si la lanzaba.
— Ahora no —susurró.
Y entonces, ella apareció.
Límora surgió entre los árboles como un parpadeo.
No caminó. No se desplazó. Simplemente estuvo ahí.
Su figura era menos nítida que otras veces. Como si estuviera hecha de humo y luz, no de carne. Sus ojos, siempre llenos de una calma que no pertenecía a este mundo, brillaban con preocupación.
Extendió la mano.
El espacio frente a la criatura se curvó. Por un instante, la lanza de hielo que estaba formándose se desvió, como si una corriente invisible la hubiera empujado.
No llegó a completarse.
La criatura volvió la cabeza hacia Límora.
Fue la primera vez que vi miedo en su rostro.
— No… —susurró ella.
El eco del hielo movió ambas manos.
Una punzada blanca, pura, nació de la nada y atravesó el espacio entre ellos a una velocidad imposible. No era una lanza, ni una flecha. Era una aguja de frío absoluto, un fragmento del vacío en forma sólida.
Golpeó a Límora en el pecho.
Su cuerpo titiló.
Por un segundo, la vi entera. Al siguiente, la mitad de ella era solo luz. Después, casi nada.
— ¡Límora! —grité.
Ella bajó la vista hacia donde debería estar la herida. No había sangre. No había tela rasgada. Solo una fractura de luz, como si alguien hubiera quebrado un vidrio hecho de amanecer.
— Equilibrio… —susurró, mirándome—. Dekar… recuerda el Equilibrio…
Su voz se deshilachó en el aire.
La imagen de mi padre, arrodillado sobre la escarcha, cruzó mi mente como un relámpago. No otra vez. No otra vez.
Algo se partió dentro de mí.
El fuego azul respondió.
No fue una simple subida de intensidad.
Fue… una mutación.
El calor se volvió tan fuerte que dolió existir. Las llamas que envolvían mis brazos cambiaron de tono. El azul profundo se aclaró, se mezcló con destellos más pálidos, casi blancos. Y, entre ellos, por primera vez, vi algo que no era solo fuego.
Frío.
No en contra. No aparte. Junto.
Una escarcha azulada recorrió mis dedos, no para apagarlos, sino para sostener la forma del fuego, para encauzarlo.
Era como si el sueño con Límora, aquel fuego mezclado con escarcha que había visto en su reino, se hubiera colado a la realidad.
La criatura dio un paso atrás. Sus huecos negros dudaron.
— No tienes idea… —murmuré, sintiendo la voz más grave, más honda— de lo que despertaste.
Levanté las manos.
Esta vez, el fuego no salió como un río. Salió como una línea.
Un rayo de fuego-escarcha, una estocada de luz azul y blanca que cruzó el espacio entre nosotros en un golpe seco. No apunté al cuerpo entero.
Apunté a las grietas.
El rayo las encontró.
Donde el fuego tocaba, el hielo se derretía. Donde la escarcha azul tocaba, el hielo se quebraba.
La criatura se arqueó, silenciosa. Las grietas se expandieron, multiplicándose sobre su pecho, sus brazos, su rostro sin facciones. Un entramado de líneas luminosas la cubrió por completo.
Por un instante, fue hermosa. Una estatua de cristal a punto de cantar.
Luego, estalló.
No con ruido. No con violencia.
Se deshizo en miles de astillas diminutas que suspendieron en el aire, flotando, cada una brillando con una luz fría. Parecían estrellas congeladas atrapadas en el bosque.
Yo caí de rodillas.
Las astillas comenzaron a derretirse. Una lluvia tibia, imposible, cayó sobre nosotros.
El héroe exhausto y el retiro de Límora
— Dekar…
La voz de Lyra me llegó nublada, como si yo estuviera bajo el agua. Sentí sus manos en mis hombros, temblando.
Torik se arrodilló a mi lado, sujetándome para que no cayera de cara al suelo. Mira se asomó por encima, con los ojos muy abiertos, sin bromas, sin comentarios.
Respiraba como si hubiera corrido horas. Cada inhalación era un cuchillo. El fuego se retiraba a regañadientes, dejando detrás un cansancio pesado, pegajoso.
— ¿Estás… vivo? —preguntó Mira.
— Creo… —tosí— que sí.
Lyra me abrazó sin pensarlo. Su cuerpo estaba frío por fuera, pero había un núcleo de calor en su pecho que sentí incluso a través de la ropa. Cerré los ojos un momento, dejándome sostener por ese abrazo, por ese silencio, por el simple hecho de seguir existiendo.
Torik apretó mi hombro.
— Lo hiciste —dijo, con admiración sincera.
— Y no morimos, lo que se agradece —añadió Mira, en un intento tímido de humor que, de algún modo, funcionó. Solté una risa breve que me dolió en las costillas.
— Límora… —murmuré, de pronto, recordando.
Nos volvimos todos al mismo tiempo.
Ella estaba allí.
Tendida sobre el suelo, apoyada contra un tronco, con las piernas estiradas. Su cuerpo aún brillaba, pero de manera tenue, como una lámpara al borde de apagarse. Las puntas de sus dedos se desdibujaban de vez en cuando, como si el mundo intentara olvidarlas.
Nos acercamos.
— No… se preocupen —dijo, antes de que abriéramos la boca.
Su voz sonaba lejana, como si hablara desde el fondo de un pozo muy profundo.
— Eso que te hizo… —Lyra se arrodilló a su lado—. No parece menor.
Límora sonrió con la dulzura cansada de quien ya ha visto demasiadas cosas.
— Las cosas que vienen del Blanco… nunca son menores —susurró—. Pero no es aquí donde… termino.
Sus ojos se clavaron en los míos.
— Te lo dije, Dekar. No es solo fuego. No es solo hielo. Es el punto entre ambos lo que puede salvar… o destruirlo todo.
Tragué saliva.
— Casi desapareces.
— Casi —asintió—. Pero el Equilibrio, incluso herido, aún… me quiere de este lado un poco más.
Cerró los ojos por un instante. Cuando los abrió, su mirada estaba menos enfocada.
— Debo… retirarme por un tiempo. Estar aquí, tan cerca de donde Kael ha tocado… me cuesta más de lo que debería admitir.
— ¿Vas a estar bien? —preguntó Mira.
— Eso dependerá de ustedes —respondió Límora, con una chispa de humor en la voz—. No arruinen lo que el Equilibrio está intentando hacer, y quizá nos veamos en condiciones… menos dramáticas.
Se desvaneció.
No de golpe. Fueron pequeños fragmentos de luz separándose, subiendo como luciérnagas que se pierden entre las hojas. En segundos, el lugar que ocupaba estaba vacío.
Solo quedó un ligero aroma a algo que nunca supe describir: ni fuego, ni hielo. Algo más antiguo.
Nos quedamos un rato en silencio.
— Bueno —dijo Mira al fin—. Propongo que descansemos antes de que el universo decida lanzarnos otro monstruo experimental.
Nadie discutió.