El legado de las llamas (Despertar de los Elementos nº 1) El viaje antes del horror #3
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El viaje antes del horror #3

Dormí mal. Soñé con escarcha que respiraba, con ojos negros en los que se reflejaba mi fuego, con Límora sostenida por hilos invisibles que se deshacían uno a uno. Soñé con Kael, aunque su rostro seguía siendo un vacío que mi mente no podía —o no quería— llenar.

Cuando desperté, el bosque era otro.

El frío seguía allí, pero menos intenso. Las hojas ya no se quebraban al tocarlas, el suelo se había ablandado bajo la fina capa de hielo que lo recubría. El mundo había… exhalado.

Lyra estaba sentada cerca, con una cantimplora en las manos. Movía el agua dentro sin tocarla, creando pequeños remolinos en la superficie.

— ¿No podías dormir? —preguntó, incorporándome.

— Dormí lo suficiente —respondió—. El agua… está inquieta.

— ¿Por lo de ayer?

— Por lo de siempre —sus ojos se encontraron con los míos—. Tu fuego la llama. Y lo que caminó por aquí antes de nosotros también.

No supe qué decir. Había algo entre nosotros que ninguno estaba listo para nombrar.

Torik revisaba las mochilas, asegurándose de que no hubiéramos perdido nada. Mira contaba mentalmente los frascos y vendas como si fueran monedas.

— Si Kael manda cosas como esa a probar el terreno… —dijo ella— no quiero pensar qué se guarda para el final.

— Entonces no lo pienses —respondí, poniéndome de pie—. Caminemos antes de que cambie de opinión y decida estar aquí cuando lleguemos.

El puente de los suspiros helados

Retomamos la marcha.

El bosque, aunque cansado, nos dejó pasar. Las marcas de la batalla estaban todavía visibles: árboles quemados por dentro de tanto congelarse, trozos de escarcha derretidos a medias, charcos que parecían espejos rotos.

En algún momento, sin que pudiera precisar cuándo, el sonido del agua llegó hasta nosotros. Un murmullo constante, más grave que el de un arroyo.

— Debemos estar cerca —dijo Lyra.

Yo había oído hablar del lugar, alguna vez, en la Academia, en medio de un mapa antiguo: el Puente de los Suspiros.

Un viejo paso de madera sobre un río de aguas templadas que atravesaba el bosque.

Lo usaban caravaneros, viajeros y, según decían las historias, aquellos que querían hacer promesas que el agua recordara.

Nunca había estado ahí. Hasta ese día.

El río apareció primero: ancho, de un azul verdoso, con vapores suaves elevándose en algunos puntos donde el fondo era más cálido. Las rocas, cubiertas de musgo, parecían cómodas. El sonido era… agradable.

El puente cruzaba de una orilla a otra en una curva ligera, hecho de tablones de madera vieja pero firme, sostenido por postes clavados en la roca. Una baranda simple lo acompañaba en uno de los lados.

No había nadie.

— Parece estable —dijo Torik, probando el primer tablón con el pie.

— Eso dijeron de la paz hace años —murmuró Mira— y ya vimos cómo terminó.

Lyra avanzó un paso.

Yo lo sentí antes de que ella lo tocara.

Fue un escalofrío que no comenzó en la piel, sino más profundo. Una vibración en el pecho, un eco del mismo tirón que había sentido en el campamento. El fuego azul, que hasta entonces dormía tranquilo, abrió un ojo.

— Esperen —dije.

Demasiado tarde.

Lyra había puesto un pie sobre el primer tablón. Torik la siguió, y yo di un paso al frente por reflejo, como si el puente fuera a explotar.

No explotó. Se congeló.

La mitad del puente, desde el centro hacia la otra orilla, se cubrió de hielo en un solo latido. No fue un proceso gradual. No vimos cómo el agua se cristalizaba poco a poco.

Simplemente pasó.

Un destello blanco, un sonido seco, y donde antes había madera envejecida y gotas de río salpicando, ahora había una superficie lisa, transparente, mortal.

La baranda se volvió una barra de cristal perfecto.

El vapor sobre el agua, en esa zona, se detuvo en el aire como si lo hubieran atrapado a mitad de ascenso.

La escarcha empezó a avanzar hacia nuestro lado, lamiendo los tablones, corriendo como una serpiente silenciosa.

Lyra dio un salto hacia atrás, recuperando la orilla con un suspiro entrecortado.

— Eso… —dijo Mira— es una señal, ¿cierto?

El río, bajo la zona congelada, emitía un sonido distinto. Un zumbido grave, como si protestara por la prisión repentina.

Torik miró la orilla opuesta. El bosque del otro lado estaba más oscuro. La luz entraba menos. La línea de hielo marcaba una frontera nítida.

Sentí su presencia entonces.

No lo vi. No lo oí.

Pero había algo, al otro lado del río, al otro lado del hielo, que estaba mirando hacia acá. Una conciencia antigua y despierta. Un sueño blanco.

Tragué saliva. El fuego subió un poco, apenas lo suficiente para tener calor en las manos. No era para atacar. Era para no temblar.

— Está cerca —dije.

Nadie me pidió explicaciones. Nadie me pidió pruebas.

Sabíamos de quién hablaba.

Kael.

El que sueña en blanco.

Nos quedamos allí, frente al puente congelado, con el río murmurando bajo la cárcava de hielo, el bosque conteniendo la respiración, y el futuro avanzando hacia nosotros como esa escarcha: lento, inevitable.

Y, aunque no pude verlo, supe que, en algún lugar del norte o de dondequiera que se escondiera, Kael sonrió.

Porque, al fin, estábamos entrando a su invierno.