El viaje antes del horror
El día empezó casi alegre. Eso fue lo peor.
El bosque se abría frente a nosotros como si no supiera todavía que el mundo estaba cambiando. Había luz entre las ramas, manchas de sol en el suelo, pájaros que aún se atrevían a cantar. El aire olía a resina, a hojas húmedas, a vida normal.
Era casi fácil olvidar que estábamos huyendo. Casi.
— Si sobrevivo a todo esto —murmuró Mira, pateando una piedra—, exijo oficialmente unas vacaciones en un lugar donde el peligro más grande sea dormirse al sol.
Torik se ajustó la mochila en silencio. Lyra, unos pasos delante, caminaba con los ojos entrecerrados, como si estuviera escuchando algo que el resto no oía.
Yo iba al centro del grupo, con los músculos pesados todavía por el descontrol del fuego azul la noche anterior. Cada tanto sentía un latido raro en el pecho, una punzada de calor que no parecía obedecerme del todo.
— ¿Estás bien? —preguntó Lyra sin girarse, como si hubiera leído el pensamiento.
— Estoy… cansado —respondí—. Pero vivo.
— Por ahora —añadió Mira.
Me volví a mirarla, fingiendo indignación.
— Gracias por el ánimo.
— Es mi especialidad —respondió, con media sonrisa.
Torik, que casi siempre callaba, soltó algo que me tomó por sorpresa:
— Cansado significa que sigues peleando.
No supe qué responder a eso, así que seguí caminando.
El bosque se hacía más denso a medida que avanzábamos.
Las ramas entrelazadas formaban un techo verde que filtraba la luz en haces dorados.
Podría haber sido un día cualquiera de viaje para aprendices enviados a alguna misión aburrida por la Academia, si no fuera porque ya no pertenecíamos a ella, y porque cada paso nos alejaba más del lugar donde habíamos creído estar a salvo.
— ¿Cuánto falta para el refugio? —preguntó.
Lyra levantó la vista, orientándose como si el bosque fuera un mapa escrito en un idioma que solo ella conociera.
— Si las corrientes no han cambiado demasiado… —cerró los ojos un momento, respiró— quizá medio día.
— Genial —suspiró Mira—. Medio día más para que algo intente matarnos.
— Optimista como siempre —dije.
Ella me sacó la lengua.
Por un rato, el mundo fue solo eso: el crujido de nuestras botas sobre la tierra, el murmullo lejano de un arroyo, alguna risa corta. Hubo incluso un momento mínimo, casi invisible, en que olvidé a Kael, al fragmento, a la escarcha donde había desaparecido mi padre.
Un momento en que pensé que todavía éramos solo cuatro chicos de quince años caminando por un bosque demasiado grande.
Ese momento se terminó cuando el aire cambió.
El bosque del silencio
No fue algo dramático al inicio. No una tormenta, ni un trueno, ni un rugido. Fue… un silencio.
Los pájaros dejaron de cantar. Las hojas dejaron de susurrar. El viento contuvo la respiración.
Sentí un cosquilleo en las manos, el mismo que me anunciaba cuando el fuego quería salir. Al mismo tiempo, una ráfaga de aire más frío me golpeó el rostro.
No debería haber frío en ese bosque. No en esa estación. No a esa hora.
Lyra se detuvo de golpe.
— ¿Lo sienten? —preguntó, en voz baja.
— No siento nada —dijo Mira.
— Exacto —respondió Lyra—. Eso es lo que me preocupa.
Torik miró hacia las copas de los árboles. Algo en su postura se tensó, como si la tierra misma le hubiera susurrado un aviso que ninguno de nosotros escuchaba.
Di un paso adelante.
Fue entonces cuando pasó.
Un grupo de hojas cayó de una rama, movidas por una brisa suave. Eran hojas normales, verdes, sin nada especial. Flotaban en el aire, girando sobre sí mismas… hasta que, a medio camino, se cubrieron de escarcha.
Allí, suspendidas, las hojas se congelaron. Se volvieron frágiles, transparentes, como pequeñas dagas verdes atrapadas en cristal. Luego chocaron contra el suelo y se quebraron, no como hojas, sino como vidrio.
Nadie dijo nada durante unos segundos.
— Eso… —Mira tragó saliva— no fue normal, ¿cierto?
— No —dijo Lyra, muy quedo.
Yo apreté los puños. El fuego azul se agitó bajo mi piel, inquieto, como si hubiera reconocido algo. Algo familiar y odiado.
Algo del norte.
El campamento congelado
Encontramos las primeras señales poco después.
El campamento estaba a un costado del sendero, en un claro pequeño donde la luz entraba a pedazos. Había restos de una fogata apagada, unas cuerdas rotas, una olla volcada. Todo cubierto por una fina capa de escarcha que no se derretía, aunque el sol diera directo.
Me agaché junto a la fogata. El carbón no estaba negro. No estaba gris. Era blanco.
— ¿Qué es esto? —susurré.
Torik se arrodilló a mi lado, pasó la mano por encima sin tocar.
— Esto no lo hizo el frío normal —murmuró—. Es como si… el fuego se hubiera congelado.
Lyra se acercó a una roca cercana. Había algo tallado en su superficie: una espiral irregular, formada por líneas que se abrían hacia afuera, como un remolino visto desde arriba. Su color no era pintura ni hollín. Era… ausencia. Un blanco tan intenso que parecía devorar el resto.
Cuando la punta de los dedos de Lyra rozó el símbolo, el agua en su cantimplora vibró. Escuchamos claramente el sonido: un pequeño golpe, como si el líquido hubiera chocado contra las paredes del recipiente por voluntad propia.
Lyra retiró la mano, como quemada.
— ¿Qué pasó? —preguntó.
— Se… enfrió —dijo ella—. No el símbolo. El agua. Es como si algo hubiera tirado de ella.
— Kael —dijo Torik.
La palabra cayó en el claro como una piedra en un lago helado.
Mira cruzó los brazos, inquieta.
— ¿Creen que fue él?
Torik se levantó despacio, mirando alrededor.
— No sé si fue él mismo. Pero fue su rastro. Y es reciente.
Yo sentí, en el centro del pecho, un tirón. Un latido desacompasado. Como si algo dentro de mí respondiera a algo que ya no estaba allí, pero había pasado demasiado cerca.
No necesitaba que nadie me lo confirmara. Sabía, con una certeza que me heló más que la escarcha, que dondequiera que Kael estuviera, me había estado buscando. Y que, muy probablemente, iba a encontrarme.
El bosque hostil
El bosque comenzó a cambiar de verdad después del campamento.
Los colores parecían más apagados. El verde se volvía pálido. El marrón del suelo, grisáceo.
Aunque el sol seguía arriba, la luz se sentía lejana, como si viniera de otro mundo.
Cada exhalación se volvió visible. El vapor salía de nuestras bocas en pequeñas nubes blancas.
— Esto no tiene sentido —dijo Mira, frotándose los brazos—. No deberíamos tener este frío ni aunque fuera invierno.
Torik se agachó, tocó el suelo. Sus dedos se apoyaron en la tierra… y sonó un crujido.
— Está duro —murmuró—. Como si se hubiera congelado por dentro.
Di un par de pasos. Noté que mis botas no se hundían en la tierra blanda, sino que resbalaban un poco, como si pisara sobre una capa de cristal invisible.
El fuego dentro de mí reaccionó. Se encendió sin que yo lo llamara, subiendo por mis brazos, iluminando mis venas con un resplandor azul apenas visible bajo la piel.
Lyra me miró de reojo.
— Tu fuego está… nervioso.
— No soy solo yo —respondí—. Él también lo está.
Nadie preguntó a quién me refería.
Todos sabíamos el nombre.
La vimos antes de escucharla.
Entre los árboles, a unos metros por delante, algo distorsionaba el aire. Como un espejismo de calor… pero frío. Una zona donde el mundo parecía ondular, donde la luz tartamudeaba.
— ¿Ven eso? —susurró Mira.
— Sí —dije—. No se acerquen.
La cosa se fue condensando. El aire dejó de temblar y empezó a… cuajar, como agua que se vuelve hielo. Primero fue una silueta vaga, luego un contorno más claro, una forma humanoide sin detalles, hecha de una sola pieza de escarcha.
Después, las grietas aparecieron.
Pequeñas líneas corretearon por su superficie, brillando con un blanco intenso, como si dentro de esa masa de hielo hubiera una luz que quería salir. Donde las grietas se cruzaban, el resplandor era más fuerte.
Los ojos fueron lo último. Dos huecos negros que no eran ausencia de luz, sino ausencia de todo. Pozos profundos que devolvían un frío que no era físico. Era un frío de silencio, de cosas que nunca deberían haber existido.
La criatura dio un paso adelante. El suelo, bajo su pie, se cubrió de escarcha al instante.
— ¿Qué… es eso? —Mira retrocedió un par de pasos, la voz le tembló por primera vez desde que la conocía.
Torik no respondió. Lyra apretó los labios.
Yo lo supe, sin saber cómo. Lo sentí en los huesos.
— Es un eco —murmuré—. Un eco del hielo.
Quizá Kael lo había creado. Quizá solo lo había despertado. Pero era suyo.
Y venía por nosotros.
La primera batalla de Dekar
Podríamos haber huido. Deberíamos haberlo hecho.
Pero algo en mí se plantó. Algo que tenía la voz de mi padre susurrándome que había cosas de las que uno no podía escaparse, porque si giraba la espalda, lo perseguirían hasta el fin del mundo.
Di un paso adelante.
— Dekar —dijo Lyra, en un hilo de voz.
— Quédate atrás —respondí, sin mirarla.
La criatura inclinó la cabeza, estudiándome. A cada movimiento suyo, un suave murmullo llenaba el aire, como el sonido distante de un glaciar partiéndose.
Sentí el miedo, claro. Frío, directo, conocido. Pero junto al miedo, había otra cosa: rabia. Rabia por mi padre, por la escarcha donde había desaparecido, por la Academia que no había podido detener esto, por Kael, siempre Kael, lanzando sombras heladas sobre todo lo que tocaba.
— Si vienes por mí… —susurré—. Me vas a encontrar de frente.
Abrí las manos.
El fuego azul salió.
No como una explosión, no esta vez. Sino como un suspiro profundo que por fin se deja escapar. Las llamas me envolvieron los brazos, bailando en torno a mis dedos, iluminando el aire frío con un resplandor que el bosque nunca había visto.
La criatura dio otro paso. Extendió una mano.
Del aire frente a ella surgió una lanza.
No se formó desde el suelo, ni desde el agua. Simplemente apareció.
Una estaca larga, delgada, mucho más blanca que el resto de su cuerpo. La punta era un cono perfecto que parecía querer atravesarlo todo.
La lanzó.
Salí de la línea del impacto por instinto.