El legado de las llamas (Despertar de los Elementos nº 1) El campamento roto
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El campamento roto

El bosque se movía como si respirara. Susurros. Chasquidos. Hojas torcidas por un viento que no pertenecía a esa estación.

Los cuatro —Dekar, Lyra, Mira y Torik— habían improvisado un campamento en el borde de una quebrada donde la Corriente se enredaba en espirales invisibles.

El suelo estaba marcado con runas antiguas que Límora había dejado tras su aparición…

pero ya casi borradas, como si ella misma no quisiera que las vieran.

Esa mañana, el aire olía a algo nuevo:

peligro… y oportunidad.

Dekar despertó con los dedos brillando en azul.

— Otra vez —susurró Lyra, acercándose—. No estás dormido, pero tampoco estás despierto.

— Es Límora —respondió él, frotándose los ojos—. Está cerca. No sé si nos protege o nos vigila.

Mira frunció el ceño.

— Nadie se acerca a nosotros por cariño, Dekar. Ni siquiera una semidiosa.

Torik se levantó, recogió una roca enorme y la puso sobre un tronco caído.

— Entrenemos. Si Kael nos encuentra así… morimos.

Control

El entrenamiento empezó sin palabras.

Dekar se paró frente a la roca que Torik había dejado. Lyra se ubicó detrás, formando un círculo de agua flotante. Mira, en la sombra del tronco, era la vigilancia silenciosa.

Torik cruzó los brazos:

— Controla la respiración primero.

Dekar inhaló.

El fuego azul respondió… demasiado rápido.

Un latigazo de energía subió por su brazo. Las venas se encendieron. Sus ojos se iluminaron.

— Dekar —dijo Lyra con voz calmada—. No luches contra él. Guíalo.

Él extendió la mano… la roca vibró… y una llama azul fina, hermosa y mortal, surgió de sus dedos sin quemarlo.

— Eso es —dijo Torik—. Hazlo de nuevo.

La segunda vez no fue tan suave.

La llama explotó. Un tronco se partió. Lyra tuvo que levantar un muro de agua para contener el estallido.

— ¡DESPIERTA! —gritó ella.

Dekar cayó de rodillas. Su corazón latía como un tambor descontrolado.

Control: Aún no.

Ira

Era inevitable. Para despertar el fuego azul, tenía que tocar la emoción que lo había despertado la primera vez.

La muerte de su padre.

Lyra se acercó y tomó su mano.

— No lo revivas. Solo… tócalo. Déjalo pasar.

Dekar cerró los ojos.

El recuerdo llegó como un martillo: La escarcha. El silencio. El grito sin voz.

La ira subió desde un lugar que no quería volver a mirar.

— Dekar —intervino Mira desde la sombra—. Basta. No necesitas—

Pero ya era tarde.

El fuego se inflamó desde el pecho. Azul. Blanco. Denso como un sol condensado.

Torik dio un paso atrás.

Lyra retrocedió. Mira desapareció en la sombra por puro instinto.

La ira se había vuelto un arma.

Y él estaba perdiendo.

Voluntad

— ¡DEKAR! —gritó Lyra—. ¡ mírame!

Él abrió los ojos.

Ella estaba frente a él. Demasiado cerca. Demasiado vulnerable.

— Respira —dijo ella—. No estás solo.

La llama osciló.

— Hazlo por él —susurró—. Por tu padre. No para destruir… para recordar.

La ira dejó de ser tormenta. Se volvió intención.

La llama azul se replegó. Entró en su pecho. Se estabilizó… y salió por su boca como un hilo perfecto de fuego puro.

Dekar había respirado fuego azul. Sin quemarse. Sin destruir.

La Voluntad había nacido.

El primer descontrol

No duró.

Porque algo en la Corriente cambió.

Un crujido. Un pulso. Como si un ser antiguo los observara desde los árboles.

La llama de Dekar tembló. Luego rugió. Se volvió horizontal. Impredecible.

— ¡Dekar, CORTA! —gritó Torik.

Pero no pudo.

Una explosión de fuego azul cruzó el campamento.

Lyra levantó agua, pero no lo suficientemente rápido. El fuego la golpeó en el hombro y la lanzó contra el suelo.

— ¡LYRA! —gritó Mira.

Torik corrió hacia ella, quemándose en los bordes del fuego.

El humo subió en espirales.

Dekar cayó al suelo, horrorizado.

— No… no… no… ¡Lyra! ¡LYRA!

Ella estaba viva. Pero el brazo tenía una quemadura profunda, negra en los bordes, azul brillante en el centro.

— Te dije… que lo haría estallar —susurró Mira, con una mezcla de rabia y miedo.

Dekar temblaba. No por el esfuerzo. Por el terror.

Había herido a quien menos podía herir.

La intervención de Límora

El viento se detuvo.

La luz cambió.

Y ella apareció.

Límora surgió entre los árboles, envuelta en luz blanca temblorosa, como si su propia existencia le doliera.

— No debiste llamarme —susurró, mirando al cielo como si discutiera con algo invisible—. Yo no… no tengo permitido intervenir tanto.

Pero se acercó igual.

Su mano se posó sobre el hombro quemado de Lyra. Un brillo azulado, idéntico al de Dekar, bajó desde su palma.

La herida dejó de humear. El dolor disminuyó. Lyra respiró hondo.

Dekar no pudo contenerse.

— ¡Podrías habernos advertido!

Límora cerró los ojos. Su expresión no era divina.

Era humana. Fatigada. Incómoda.

— Yo no soy tu guardiana, hijo del fuego —respondió—. Soy la guardiana del equilibrio. Y tu llama… ya está rompiendo demasiado.

— ¿Entonces por qué ayudaste? —escupió Mira.

Límora dudó.

Literalmente dudó, como si la Corriente la retorciera por dentro.

— Porque… él podría matar a su propia familia sin querer.

Todos se quedaron paralizados. Dekar sintió un golpe en el pecho.

— ¿Qué quieres decir…? —susurró él.

Pero Límora retrocedió, su forma vibrando como si fuese a romperse.

— Entrena más. Controla tu fuego. O cuando Kael te encuentre… miró a Lyra miró a Torik miró a Mira …no quedará nadie para defenderte de ti mismo.

Y desapareció. Sin luz. Sin sonido. Como si nunca hubiera estado allí.

Dekar quedó mirando sus manos. Azules. Temblorosas. Mortales.

Torik puso una mano en su hombro.

— No importa cuántas veces caigas. Mientras no nos quemes a todos… seguimos contigo.

Lyra sonrió débilmente.

— No lo quemes… pero sí funde todo lo que venga hacia nosotros.

Mira rodó los ojos.

— La próxima vez que explotes, dame diez segundos de ventaja.

Y entonces…

Un aullido glacial cruzó el bosque.

Kael los había encontrado. O algo peor, enviado por él.

El entrenamiento había terminado.

La guerra acababa de empezar.