El legado de las llamas (Despertar de los Elementos nº 1) El horario de los elegidos
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El horario de los elegidos

Los pasillos de la Academia no eran simples corredores: respiraban.

La primera semana que pasé allí descubrí que cada muro tenía un pulso propio.

Las baldosas se iluminaban al contacto con los aprendices; las escaleras se reconfiguraban según la hora del día; y en las torres elementales, el aire cambiaba de textura como si cada piedra recordara a quién servía.

La Torre del Fuego latía con un calor profundo, casi animal.

La del Agua olía a océano abierto, incluso en lo más alto.

La de Tierra resonaba como un tambor enterrado.

La de Aire susurraba sin viento. Y la de Sombra… esa evitaba mirarse demasiado tiempo.

Mi dormitorio estaba en la Torre del Alba, el edificio neutral donde dormían los recién llegados sin elemento definido.

Desde allí veía las otras torres repartidas alrededor del patio central como guardianes antiguos.

De noche, cada una brillaba con una luz distinta, creando un cielo falso sobre la Academia.

El primer día, mientras recorríamos los pasillos con otros novatos, noté que algunos ya formaban grupos.

Había risas nerviosas, rivalidades improvisadas y miradas de desconfianza.

Algunos me apuntaban como “el chico del fuego azul”, aunque yo no lo había mostrado desde la prueba de afinidad.

No importaba. En ese momento, todo lo que quería era entender este lugar. Y sobrevivirlo.

El horario de los elegidos

La rutina empezó sin aviso.

En la Academia no sonaban campanas ni relojes. Las paredes emitían un eco grave que vibraba hasta los huesos, y entendí que significaba “levántense”.

El primer bloque era Control Primario de Elemento.

Aunque muchos aún no manifestaban su afinidad, la clase servía para sentir la energía del cuerpo: —El elemento no entra en ustedes —nos dijo el instructor de ese día, una mujer de cabello trenzado que cambiaba de tono con la luz—.

Ya está aquí. Solo deben aprender a no estorbarle.

Luego venía Historia Elemental. No lo negaré: era mi clase favorita, aunque me pesara admitirlo. El maestro Ilhan, un hombre delgado con barba blanca partida en dos, hablaba de batallas antiguas como si hubiera estado ahí.

— Los Ignis de antaño eran temidos no por su fuego —explicó en una ocasión, mientras una runa se encendía sobre su cabeza—, sino porque quemaban sus dudas antes de entrar al combate.

No dijo el nombre de mi padre, pero lo sentí flotando entre sus palabras. Y lo peor: Ilhan también lo sabía.

Después venía Combate y Armas Arcanas, donde descubrí que el fuego no servía de nada si no podías defenderte con una postura correcta.

Y finalmente, Mediación y Resonancia, una clase que parecía diseñada para humillarme.

Mientras Lyra podía hacer que su respiración calmara incluso el agua de su frasco, y Mira podía fundirse con su sombra hasta parecer un eco, yo…

yo generaba chispas. Y no siempre del tipo que se agradece.

Una mañana, durante un ejercicio de respiración, tosí, me concentré demasiado y prendí fuego a un cojín ceremonial. Treinta pares de ojos se giraron hacia mí. —Lo tenía desde hace dos años —dijo una chica de aire, mirando el cojín carbonizado—. Dos años.

Yo solo pude levantar los hombros. —Era inflamable.

No volvió a hablarme esa semana.

Vaelor, el maestro que no grita

Conocí de verdad a Vaelor en el patio de entrenamiento de la Torre del Fuego.

El lugar era un círculo abierto, rodeado por columnas de piedra negra.

El aire allí siempre era más caliente, pero no de forma insoportable, sino como un recordatorio constante: el fuego está cerca .

En el centro, marcas quemadas dibujaban formas de antiguas batallas, cicatrices que la Academia no se molestaba en borrar.

Vaelor nos esperaba con los brazos cruzados. No llevaba armadura. No necesitaba. Su presencia llenaba el patio más que cualquier casco o coraza.

— Ignis —dijo, y solo entonces me di cuenta de que me hablaba directamente a mí—. Quédate después de la clase.

Eso nunca era buena señal.

El entrenamiento fue brutal, pero silencioso. Nada de discursos épicos, nada de gritos para motivarnos. Solo órdenes cortas.

— Postura. —Respira. —El brazo no es una antorcha. Es un canal.

Cuando intenté invocar el fuego, me salió demasiado rápido. Una llamarada irregular que casi golpeó a otro alumno. Vaelor levantó la mano y la llama se apagó antes de tocarlo, como si el aire mismo obedeciera su mirada.

— ¿Qué fue eso? —preguntó.

— Fuego —respondí, todavía con el pulso acelerado.

— No. —Su voz fue tan baja que tuve que acercarme para escucharlo—. Eso fue miedo disfrazado de fuego.

Al terminar la clase, los demás se fueron. Yo me quedé.

Vaelor caminó alrededor mío en círculo, como si evaluara una espada defectuosa.

— ¿Sabes por qué la mayoría de los Ignis mueren jóvenes? —preguntó.

— Porque los matan.

— Porque se apuran. —Se detuvo frente a mí—. El fuego es el elemento de los impacientes. Y los impacientes no ven las trampas hasta que ya están dentro.

Tragué saliva. Pensé en Kael. En mi padre congelándose una y otra vez en mi memoria.

— Yo no tengo tiempo para ir lento —dije.

Vaelor se inclinó apenas, como si esa respuesta ya la hubiera escuchado mil veces.

— Tienes menos tiempo si corres sin mirar. —Alzó una mano. Una llama pequeña, del tamaño de una uña, apareció sobre su dedo—. Mantén esto.

La llama saltó hacia mí. Se posó en mi mano, cálida, viva. —Un minuto —ordenó—. Sin aumentar. Sin disminuir. Sin parpadear.

Parecía sencillo. No lo fue.

La llama se agitaba con cada emoción, con cada recuerdo que se filtraba sin permiso. Cuando pensaba en Kael, crecía. Cuando dudaba, casi se apagaba. Cuando pensaba en mi padre, se dividía, temblando.

Fracasé una vez. Dos. Cinco. Ocho.

En la novena, terminé de rodillas, sudando, con la mano temblando.

Vaelor no aplaudió. No sonrió.

— Bien —dijo simplemente—. Por fin dejaste de pensar en Kael durante unos segundos.

Lo miré, sorprendido.

— ¿Cómo…?

— Se nota en el fuego —respondió—. El odio deja bordes irregulares.

Se giró para irse, pero se detuvo y añadió, sin mirarme:

— No estás aquí para matar a nadie, Dekar Ignis. Estás aquí para no matarte a ti mismo.

Sus palabras me persiguieron todo el camino de vuelta a la Torre del Alba.

Serenne y las líneas invisibles

Si Vaelor era la llama controlada, Serenne era la bruma que lo envolvía todo.

Sus clases se daban en un aula circular, cuyas paredes estaban cubiertas de mapas que no parecían de ningún lugar que yo conociera: corrientes de luz, ríos de energía, puntos donde los elementos se cruzaban y se repelían.

En una ocasión, se detuvo frente a uno de esos mapas. No tenía nombres de ciudades, ni fronteras. Solo líneas.

— Este es el mundo como lo ve la Academia —dijo—. No por reinos, no por ejércitos, no por templos. Por flujos.

Alzó una vara de cristal y señaló cuatro puntos que brillaban más fuerte.

— Nodos principales de forja: fuego, agua, tierra y sombra. Las Forjas del Elemento.

El murmullo en la sala fue inmediato.

— ¿Están aquí? —preguntó un alumno de aire.

Serenne sonrió con un gesto que no era exactamente amable ni cruel.

— Las Forjas no “están” en un lugar. Son lugares que se despiertan cuando alguien está listo para entrar. Algunos las encuentran en un salón, otros en un sueño, otros frente a una puerta que siempre había estado cerrada y que, de pronto, decide abrirse.

Levanté la mano, casi sin pensarlo.

— ¿Y qué hay dentro?

Serenne me miró como si buscara algo en mi rostro. No sé si encontró lo que quería.

— Lo que traes contigo —respondió—. Pero sin tus excusas.

La clase terminó, pero yo me quedé.

— Maestra —dije cuando ya casi no quedaban alumnos—. ¿Siempre han existido las Forjas?

Ella depositó la vara de cristal sobre la mesa. El cristal emitió un leve zumbido.

— Desde antes que la Academia tuviera nombre. Antes de las torres. Antes de los escudos y los juramentos. —Me sostuvo la mirada—. Hubo una época en que los elementos se desbordaban sin guía. Las Forjas fueron la respuesta.

— ¿Una respuesta de quién?

Serenne no contestó de inmediato. Caminó hasta una estantería y sacó un libro grueso, de tapas desgastadas. Lo abrió en una página del centro. No me dejó ver el texto completo, solo un símbolo: un círculo partido en dos, fuego y escarcha entrelazados.

— Hay cosas que incluso aquí no se enseñan en voz alta —dijo—. No en los primeros años.

— ¿Tiene que ver con Kael? —La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

Serenne cerró el libro. El símbolo desapareció.

— Tiene que ver con lo que Kael rompe —dijo al fin—. Y con lo que tu padre intentó proteger.

Sentí que se me helaba algo muy profundo por dentro.

— ¿Conoció a mi padre?

Serenne dejó el libro en su lugar.

— Conozco las huellas que dejó —respondió—. Y las que no pudo borrar.

No supe qué hacer con eso. Ni si quería saber más.

Ilhan y los juramentos rotos

La sala de Ilhan no era un aula. Era un archivo.

Estanterías recubiertas de polvo, mapas colgando del techo, armas antiguas incrustadas en las paredes como si fueran parte del mobiliario. Había pergaminos sellados con cera que olían a humo y sal, como si hubieran cruzado océanos.

Me llamó una tarde, después de Historia Elemental.

— Ignis —dijo simplemente, señalando una silla junto a su mesa—. Siéntate.

Obedecí.

Ilhan desenrolló un mapa sobre la mesa. No era el valle donde había crecido, ni las montañas del norte. Era una región que no reconocí, marcada por símbolos que parecían cicatrices.

— ¿Sabes qué es esto? —preguntó.

Negué con la cabeza.

— Un lugar que ya no existe así —respondió—. Lo arrasó un conflicto elemental mal contenido. Fuego y hielo, sin equilibrio. —Lo dijo con una calma que dolía más que los gritos—. La Historia no es una lista de fechas, Dekar. Es un registro de advertencias.

El mapa tenía marcas rojas y azules, entrelazadas.

— Hubo un Ignis aquí —continuó—. Uno que prometió controlar su fuego. Prometió proteger. Prometió… muchas cosas.

Su dedo se detuvo sobre una runa quemada en el borde del mapa.

— Falló.