El legado de las llamas (Despertar de los Elementos nº 1) La decisión de partir #4
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La decisión de partir #4

— Los resultados serán comunicados en los dormitorios —anunció—. A partir de hoy, algunos de ustedes formarán parte de esta Academia. Otros… encontrarán su camino en otro lugar.

Su mirada se detuvo en mí de nuevo.

— Y algunos —añadió— serán vigilados más de cerca que otros.

Los alumnos mayores comenzaron a dispersarse, llevándose a grupos de aspirantes hacia distintos pasillos y patios elevados.

Yo buscaba a Dorian entre la multitud cuando alguien se adelantó entre los instructores.

Era un hombre alto, de cabello negro azabache con mechones de gris en las sienes. Llevaba una capa corta, sencilla, pero a su alrededor el aire parecía más denso, como si el fuego hubiera pasado por ahí hace poco y se negara a irse del todo.

Sus ojos eran de un ámbar profundo. Por un instante, me recordó a mi padre. No porque se parecieran físicamente, sino porque había en su mirada algo… quemado por dentro.

Se detuvo frente a mí.

Los demás instructores guardaron silencio. Incluso Serenne.

— Así que por fin llegaste —dijo el hombre.

Su voz no era especialmente fuerte. Pero parecía no necesitar serlo para que todos la escucharan.

— ¿Quién… es usted? —pregunté, intentando que no se notara que tenía la boca seca.

Una chispa de algo parecido a humor pasó por sus ojos.

— Soy el Maestro Vaelor —se presentó—. Instructor de control avanzado de Fuego y Estrategia Elemental.

El nombre pesó en el aire.

— Y fui —añadió, sin apartar la vista de mí— uno de los maestros de tu padre.

El murmullo que siguió fue distinto a los anteriores. No era simple curiosidad. Era… un secreto que, al fin, tenía nombre.

Sentí el medallón de Auren, frío contra mi pecho.

— Tu padre caminó por estos patios —continuó Vaelor—. Encendió estas salas. Juró quemar el hielo que se acercaba desde el norte.

Hizo una pausa.

— Falló.

Las palabras me golpearon con más fuerza que cualquier corriente de aire.

Apreté los puños.

Vaelor dio un paso más cerca.

— La Academia sabía de ti desde antes que tú supieras de nosotros, Dekar Ignis —dijo—. No abrimos nuestras puertas por caridad. Ni por lástima. Lo hicimos porque las brasas no desaparecen solo porque uno cierre los ojos.

Su mirada se endureció.

— Te hemos estado esperando.

El mundo se redujo a esa frase.

Te hemos estado esperando.

Lyra, a mi lado, respiró hondo. Mira se quedó absolutamente quieta, como si no quisiera perturbar el momento.

Vaelor extendió una mano, no para saludar, sino como una invitación hacia el interior de la Academia.

— Bienvenido al lugar que forjará lo que seas capaz de ser —dijo—. Fuego que guía. Fuego que destruye. Fuego que equilibra. Elige bien, porque aquí, cada chispa tiene un precio.

Me giré un instante, buscando a Dorian.

Estaba apoyado contra un pilar, más atrás, con los brazos cruzados. Asintió una sola vez.

“ Nos veremos después de la prueba… si es que sigues siendo tú.”

No sabía si seguiría siendo el mismo. Pero sabía algo:

No iba a repetir la historia de mi padre. No iba a fallar donde él falló.

Pasé junto a Vaelor, cruzando el umbral.

El interior de la Academia era aún más impresionante que el patio.

Pasillos donde las paredes eran raíces entretejidas con piedra, con runas encendidas en las intersecciones.

Ventanas que no daban solo al exterior, sino a vistas de otros lugares, otros climas.

Una mostraba una tormenta eléctrica. Otra, un bosque en invierno.

Otra, fuego danzando en una sala de entrenamiento.

Los suelos cambiaban de textura según el sector: madera viva que crujía como un bosque entero, piedra lisa, arena que se amoldaba al pie. Techos altos donde pequeñas esferas de luz flotaban sin caer, y zonas donde la luz venía de abajo, desde dibujos brillantes en el suelo.

Todo estaba vivo. Todo observaba.

Vaelor caminaba delante, sin prisa.

— Este lugar no es una fortaleza —dijo, mientras avanzábamos—. Es un espejo. Te mostrará lo que eres… incluso cuando no quieras verlo.

No estaba seguro de que eso fuera algo bueno.

Nos detuvimos en un balcón interior.

Desde ahí, se veía una enorme sala de entrenamiento. Diferentes plataformas, cada una con un ambiente distinto: una rodeada de agua en caída constante, otra con pilares de piedra que se movían, otra con sombras más densas, otra con círculos de fuego controlados.

Allá abajo, alumnos entrenaban. Un chico hacía bailar un látigo de agua. Una chica caminaba por una pared vertical, sostenida por corrientes de viento. Un grupo controlaba pequeñas llamas en la palma de la mano, apagándolas y encendiéndolas al ritmo de la voz de su instructor.

Me imaginé allí.

No como un niño que prendía todo sin querer.

Como alguien que sabía exactamente dónde poner cada chispa.

Vaelor habló sin mirarme.

— Tu padre juró quemar al Señor del Hielo —dijo—. Pero su fuego titubeó en el momento más importante.

Lo vi cerrar la mano, recordando algo.

— El hielo no titubea, Dekar —continuó—. Si quieres enfrentarlo… no basta con arder. Tienes que decidir.

Lo miré.

— ¿Decidir qué? —pregunté.

Sus ojos, ámbar, parecieron encenderse desde dentro.

— A quién vas a quemar —respondió—. Y qué parte de ti dejarás que se congele para lograrlo.

No me gustó esa respuesta. Pero entendí que, aquí adentro, las respuestas fáciles no existían.

Vaelor se alejó un poco.

— Descansa hoy. Mañana conocerás a tu grupo, tus horarios, tus límites —dijo—. Y empezaremos a romperlos.

Lo vi alejarse por el pasillo, absorbido por la Academia.

Me quedé solo en el balcón, mirando hacia la sala de entrenamiento y, más allá, hacia una ventana que mostraba en el horizonte… nieve.

Kael.

No lo veía, pero lo sentía, como un eco de frío que respondía al calor que ahora ardía más fuerte que nunca en mi pecho.

Apoyé la mano en la baranda.

El medallón de mi padre pesaba contra mi corazón. Recordé su voz, sus silencios, su miedo.

Recordé la escarcha donde desapareció.

Respiré hondo.

— Te lo juro —susurré, sin importarme si la Academia escuchaba, si el hielo escuchaba, si el fuego mismo escuchaba—. Voy a aprender todo lo que tenga que aprender. Voy a controlar cada llama, cada chispa. Y cuando esté listo…

La certeza se encendió en mis palabras.

— Voy a quemar al responsable.

Las luces de la sala de entrenamiento parpadearon, apenas perceptibles.

En algún lugar muy lejos, en un lugar donde el calor casi no existía, algo de hielo debió sentirlo.

Y sonreír, frío.

El fuego había respondido al llamado. Ahora, la guerra tenía fecha.