El legado de las llamas (Despertar de los Elementos nº 1) La decisión de partir #3
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La decisión de partir #3

Grandes fragmentos transparentes suspendidos en el aire, girando lentamente, atravesados por líneas de luz de muchos colores. De vez en cuando, un cristal se acercaba más a una pared, y las runas talladas en la piedra se encendían, como si estuvieran conversando.

Nubes de energía se movían suaves alrededor de ciertas torres, cambiando de forma según el viento. Algunas se arremolinaban como pequeños ciclones. Otras parecían llamaradas invertidas, que caían hacia arriba.

Las puertas no eran simples puertas. Eran marcos vivos: madera que respiraba, piedra que se ajustaba al tamaño de quien entraba. Vi una puerta encogerse un poco para dejar pasar a un niño pequeño, y luego ampliarse de nuevo para un hombre corpulento.

El aire olía a algo más que piedra y musgo. Olía a chispas, a lluvia próxima, a tierra removida, a noche antes de un eclipse.

Todo… vibraba.

— Wow… —susurré, sin encontrar una palabra mejor.

Lyra se quedó igual de impactada.

— Es… hermoso —dijo—. Parece que el mundo hubiera decidido… aprender.

Mira levantó la vista hacia uno de los cristales flotantes. Su reflejo en la superficie no era exacto. No solo la mostraba a ella, sino sombras extendiéndose más allá de su figura.

— O recordarse a sí mismo —murmuró.

Un grupo de alumnos mayores cruzó el patio frente a nosotros.

Algunos iban rodeados de pequeñas corrientes de aire que jugaban con sus capas.

Otros tenían piedras orbitando a su alrededor, como lunas minúsculas.

Una chica caminaba y, a cada paso, brotaba una flor diminuta y luminosa que se deshacía cuando otro pie la tocaba.

Un chico con guantes oscuros pasó cerca, y las sombras a su alrededor se espesaron un poco. Mira lo miró con interés.

Yo, en cambio, sentí cómo mi fuego interior se removía. Era como estar rodeado de mechas esperando una chispa.

— Si pierdes el control aquí… —dijo una voz en mi mente—, arderá algo más que tu casa.

Me obligué a respirar.

El guardia que nos guiaba nos llevó a un gran patio central. El suelo era una mezcla de piedra lisa y tierra. Había círculos marcados en el suelo con distintos símbolos: una llama, una gota, una hoja, una espiral, un ojo, un fragmento de noche, entre otros.

— Aspirantes —dijo una mujer de voz firme, parada en una plataforma de piedra—. Bienvenidos a la Academia Elemental de Armas y Artes Arcanas.

Tenía el cabello recogido en una trenza alta, y una capa que parecía hecha de trozos de cielo en distintos momentos del día. A su espalda, un cristal flotante la seguía como un ojo silencioso.

— Mi nombre es Maestra Serenne —continuó—. Y no, no soy la persona que más miedo les debería dar. Esa la conocerán después.

Algunos rieron nerviosos.

— Hoy solo daremos el primer paso —dijo—. La Prueba de los Elementos. No se trata de medir quién es más fuerte, sino quién es capaz de escuchar.

Levantó la mano.

Los círculos del suelo comenzaron a brillar, cada uno con su símbolo.

— Van a entrar en los círculos según se les llame —explicó—. La Academia mirará su afinidad, su control, su vínculo con lo que los llama. Y, de paso, veremos quién incendia menos cosas.

Su mirada viajó por el grupo, y por un segundo se detuvo… en mí.

No me conocía. Pero algo en sus ojos dijo que, de algún modo, sí.

— Tranquilo —murmuró Lyra a mi lado—. El agua apaga el fuego… cuando debe.

— Y la sombra lo esconde —añadió Mira, casi con diversión.

No estaba seguro de si eso me tranquilizaba.

La prueba de los elementos

Los primeros en pasar fueron los que no tenían clara su afinidad.

Entraban al círculo central, el de la espiral, y las runas bajo sus pies brillaban de distintos colores antes de quedarse en uno.

Un chico salió con el cabello ligeramente erizado: viento.

Una niña con manos manchadas de tierra fresca: tierra.

Otro con un leve halo de luz alrededor: luz.

Cuando llamaron a Lyra, el símbolo del círculo donde debía entrar ya sabía quién venía: una gota.

— Lyra Venn —anunció la Maestra Serenne.

Lyra respiró hondo, se adelantó y entró en el círculo marcado con la gota. El suelo bajo sus pies se volvió más oscuro, húmedo. Del borde del círculo comenzaron a surgir pequeñas columnas de agua, torcidos al principio, luego más firmes.

Lyra cerró los ojos. Levantó las manos lentamente, como si supiera esta danza desde antes de aprender a caminar. El agua respondió.

Las columnas se unieron encima de su cabeza, girando en un remolino perfecto. No se caían. No salpicaban. Solo giraban, obedientes, reflejando luces de los cristales flotantes.

En un momento, una de las columnas se desvió un poco, acercándose a donde estaba yo. Sentí una gota caerme en la mejilla. Estaba fría, pero… viva.

Lyra abrió los ojos, sonrió.

Las columnas se deshicieron en lluvia fina, que se evaporó antes de tocar el suelo.

— Afinidad: Agua —declaró Serenne, con un leve asentimiento—. Control inicial: notable. Bienvenida, Lyra Venn.

El círculo se apagó. Lyra volvió a mi lado, los ojos brillando.

— ¿Y? —pregunté, contagiado por su emoción.

— Es… como respirar bajo el mar —dijo—. Da miedo. Pero sabes que no te ahogas.

La siguiente llamada me heló un poco.

— Mira Nocth.

Mira caminó hacia el círculo marcado con el fragmento de noche.

Cuando entró, la luz del patio pareció apagarse apenas un grado. No fue una oscuridad total, pero los bordes de las cosas se volvieron más difusos. Las sombras de los árboles se alargaron hacia ella, como si la reconocieran.

Mira se quedó quieta en el centro. No levantó las manos. No hizo ningún gesto dramático. Simplemente… exhaló.

Las sombras se reunieron desde los bordes del círculo, deslizándose como tinta por el suelo, hasta rodearla. No la tocaban. No la cubrían. Giraban a su alrededor, como planetas en órbita.

Por un momento, vi algo dentro de esa oscuridad. No formas claras, pero sí… ecos. Como si la sombra estuviera hecha de recuerdos rotos.

Mira abrió los ojos.

Me miró.

Y por un segundo, sentí mi propia llama reflejada en sus pupilas, como si también estuviera allá adentro, en su noche.

— Afinidad: Sombra —anunció Serenne—. Control inicial: reservado. Potencial: peligroso.

Sonreír después de que alguien te llama “peligro” no es fácil. Mira lo hizo igual, pero de esa forma pequeña que solo ella parecía saber usar.

Volvió a nuestro lado sin decir nada.

— ¿Cómo fue? —pregunté.

— Como escuchar susurros detrás de una puerta —respondió—. Ahora sé dónde está. Pero aún no quiero abrirla del todo.

Tragué saliva.

Sabía que, tarde o temprano, me tocaría a mí.

No tuve que esperar mucho.

— Dekar Ignis.

Mi nombre pareció pesar más que el de los demás. No porque lo dijeran distinto, sino porque el aire alrededor reaccionó.

Algunos alumnos mayores levantaron la vista. Otros murmuraron algo que no alcancé a entender. La Maestra Serenne me miró con especial atención.

— Círculo de Fuego —indicó.

El círculo de la llama ardió… sin fuego. El símbolo empezó a brillar de un rojo intenso, y el suelo se calentó. Sentí el calor llegar a mis pies antes incluso de entrar.

“ Si el suelo se quema, dejamos de practicar hoy”.

La voz de Dorian resonó en mi cabeza.

Respiré hondo y di un paso dentro.

El aire cambió. Era como estar de pie en el centro de un día de verano, rodeado de hogueras que aún no se veían.

— Dekar Ignis —dijo Serenne, sin leer de la tabla—. Hijo de Auren Ignis, ex aprendiz de esta Academia.

Un murmullo más fuerte se levantó esta vez.

Ex aprendiz.

Así que era cierto.

— La Academia te escucha —continuó ella—. Ahora… veamos cómo la escuchas tú.

Cerré los ojos.

Dentro de mí, el fuego no estaba dormido. Nunca más lo estaría. Era un animal despierto, golpeando las paredes de su jaula cada vez que recordaba la escarcha donde antes estaba mi padre.

No quería controlarlo para apagarlo. Quería controlarlo para dirigirlo.

Pero si pensaba demasiado en eso, se me escaparía.

Recordé lo que Dorian había dicho del miedo. De cómo el cuerpo se acordaba antes que la mente.

— Está bien tener miedo —me dije—. Lo que no está bien es quedarte quieto.

Levantó las manos.

No hubo chispa pequeña. El fuego salió como una exhalación que había estado esperando desde siempre. Una columna de llamas se levantó frente a mí, alta, pura, viva. Más alta de lo que la prueba probablemente pensaba soportar.

Escuché gritos.

Abrí los ojos un instante. El fuego estaba ahí, rugiendo, tratando de expandirse fuera del círculo. Las líneas rojas del suelo ardían, ofreciendo resistencia pero cediendo un poco.

Si lo dejaba, el fuego saltaría.

Vi, en mi mente, el techo de mi casa ardiendo. Vi a Tiran atrapado. Vi a mi padre deshaciéndose en escarcha.

— No —susurré.

No esta vez.

Bajé una mano, como si estuviera agarrando algo invisible. Imaginé que cada flama era una cuerda, un hilo rojo que podía tomar.

El fuego… respondió.

La columna dejó de expandirse hacia afuera. Se contrajo. Se dobló. Era como intentar apretar un río con las manos, pero poco a poco, el rugido se volvió más controlado.

La columna se curvó sobre sí misma, arremolinándose en un círculo alrededor mío, sin tocarme, sin salir del límite del símbolo. Podía sentir el calor en la piel, el sudor en la frente, la camisa pegándose a la espalda.

Pero el suelo fuera del círculo no ardía.

El fuego bailó unos segundos más, luego, con un último destello, se deshizo en chispas que subieron hacia el cielo… y se apagaron.

Silencio.

Solo mi respiración, agitada.

La Maestra Serenne tardó un momento antes de hablar.

— Afinidad: Fuego antiguo —dijo, despacio—. Control inicial: inestable, pero… —sus ojos se entrecerraron—. Receptivo.

No sabía si eso era bueno o malo.

Me temblaban las manos.

Cuando salí del círculo, el calor me siguió un par de pasos antes de desaparecer. Lyra y Mira me miraban de formas diferentes.

Lyra, con una mezcla de preocupación y admiración.

— ¿Estás bien? —preguntó.

— Creo que sí —respondí.

Mira, con curiosidad y algo más.

— Tu fuego… grita distinto ahora —dijo—. No solo pide salir. Pregunta hacia dónde.

No tuve respuesta.

Cuando todos terminaron sus pruebas, la Maestra Serenne nos reunió.