El legado de las llamas (Despertar de los Elementos nº 1) La decisión de partir #2
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La decisión de partir #2

El camino hacia la capital se abrió frente a nosotros como una cicatriz en la tierra. Polvo, piedras, pastizales moviéndose con el viento. A medida que avanzábamos, el pueblo se hacía más pequeño, hasta ser solo un punto detrás de nosotros.

Durante un buen rato caminamos en silencio. El sol iba subiendo, el aire se calentaba, y sin embargo, de vez en cuando, una ráfaga de frío nos rozaba sin explicación.

— ¿Eso también es Kael? —pregunté, cuando una brisa helada nos atravesó el cuello.

— No —dijo Dorian—. Eso es el miedo. El cuerpo se acuerda antes que la mente.

No supe si lo decía en serio o no.

A medio día, nos detuvimos bajo la sombra de un árbol retorcido. Dorian encendió un pequeño fuego con una habilidad que me hizo sentir torpe.

— Puedo hacerlo yo —reclamé.

Me miró de reojo.

— Puedes —admitió—. Pero no lo controlas. Y ahora mismo no necesitamos una fogata que llegue al cielo.

Fruncí el ceño.

— ¿Y cómo se supone que aprenda a controlarlo si no me dejas intentar?

Dorian tomó un palo, señaló una pequeña piedra cerca del fuego.

— Inténtalo con eso —dijo—. Solo ella. Nada más. Si el suelo se quema, dejamos de practicar hoy.

Suspiré, pero levanté la mano.

Miré la piedra. Traté de imaginar que era lo único que existía. El aire vibró un poco alrededor de mis dedos. Una chispita roja apareció, se estiró, titubeante.

Mi corazón se aceleró.

Solo la piedra .

El fuego salió.

No fue una llamarada como la de la noche anterior, pero tampoco una chispa modesta. Fue un hilo de fuego que golpeó la piedra y la envolvió por completo. El suelo alrededor se calentó, la hierba cercana se puso amarilla.

— ¡Basta! —ordenó Dorian.

Parpadear fue suficiente. La llama se deshizo como si nunca hubiera estado ahí, dejando la piedra ennegrecida y humeante.

Me limpié el sudor de la frente. Temblaba un poco.

— Eso… estuvo cerca —murmuré.

— Eso —corrigió Dorian— fue mejor que anoche.

No supe si era un cumplido, pero me aferré a él.

— ¿Y tú? —pregunté, mirándolo—. ¿Tú no tienes… ningún elemento?

Sacó un guante, dejando ver las marcas en su brazo: cicatrices blancas, como mordidas de algo helado.

— Tengo suficiente con esto —dijo—. No necesito más.

Lo dijo de una manera que me hizo comprender: algunos poderes se llevan por dentro, aunque no se llamen fuego, agua o sombra.

Con los días, el paisaje cambió.

Los campos abiertos dieron paso a colinas, luego a caminos con más huellas de ruedas, más gente, más voces. Carros cargados de sacos, comerciantes con telas de colores, viajeros con historias que nunca terminaban de contar.

La primera vez que vi la capital desde lejos, el corazón se me apretó.

No era solo una ciudad. Era una mancha de piedra, humo y vida extendiéndose sobre el valle, con torres elevándose como dedos apuntando al cielo. A un lado, una pared de roca se levantaba como un gigante dormido.

Y en la ladera de ese gigante… algo más.

Todavía no distinguía bien qué era, pero se veía diferente al resto. No era solo piedra. Había destellos de luz, formas que parecían raíces, y algo que flotaba.

La Academia.

La palabra tomó forma dentro de mí.

Dorian siguió mi mirada.

— No te acostumbres demasiado a la ciudad —advirtió—. No es ahí donde te quedarás.

— ¿Y la Academia? —pregunté—. ¿Es tan… peligrosa como dices?

— Más —respondió, sin dudar—. Pero el peligro de allá adentro es el único que podría salvarte de lo que viene de afuera.

No estaba seguro de si eso me tranquilizaba.

Lyra y Mira — los vínculos del destino

Entrar a la capital fue como entrar en otro mundo.

El ruido fue lo primero: voces, ruedas, martillos, animales, vendedores. Los olores se mezclaban: pan recién hecho, sudor, metal caliente, frutas, humo.

Yo venía de un pueblo donde cada rostro era conocido. Aquí, cada rostro era una historia que no alcanzaba a leer.

Caminamos por calles más amplias, flanqueadas por casas altas. Algunas fachadas estaban cubiertas de enredaderas. Otras tenían runas talladas en las puertas, brillando débilmente.

— ¿Eso también es…? —señalé unas piedras en una esquina, atravesadas por finas líneas de luz azul.

— Magia de canalización —respondió Dorian—. Los que viven cerca de la Academia siempre quieren parecer más cercanos a ella de lo que realmente están.

No sabía si hablaba con burla o resignación.

Nos dirigimos hacia la parte de la ciudad que miraba a la montaña. Ahí el ambiente cambiaba. Las calles eran más limpias, los edificios más ordenados. Había banderas con símbolos que no conocía: círculos partidos, espirales, figuras que parecían olas, llamaradas, hojas, fragmentos de noche.

En una plaza pequeña llena de gente, Dorian se detuvo.

— De aquí en adelante subes con ellos —dijo, señalando con la barbilla hacia un grupo que se reunía cerca de una fuente.

Los vi: chicos y chicas más o menos de mi edad, algunos un poco mayores. Algunos llevaban mochilas grandes, otros apenas un bolso. Pero había algo que los unía: esa mezcla rara de miedo y emoción que yo también sentía.

Entre ellos, dos figuras llamaron mi atención de inmediato.

Una estaba sentada en el borde de la fuente, con las manos dentro del agua.

Su cabello castaño claro caía en ondas sobre sus hombros, y el agua alrededor de sus dedos…

no se comportaba como debía. No solo salpicaba: subía, se arremolinaba, formaba pequeños círculos que se mantenían un segundo más de lo normal antes de caer.

Ella sonreía, concentrada.

La otra estaba apoyada contra una columna, medio escondida en la sombra. No sabía si las sombras la cubrían… o si ella las estaba llamando. Su cabello negro parecía absorber la luz, y sus ojos eran tan grandes y oscuros que costaba saber dónde terminaban.

Mientras los demás hablaban en grupos, ellas dos parecían estar cada una en su propio mundo. Y sin embargo, algo en el aire entre las tres direcciones —ellas, la montaña, yo— se sintió… conectado.

— ¿Quiénes son? —pregunté.

Dorian me miró de lado.

— Vas a tener tiempo de sobra para averiguarlo —dijo—. Escucha bien ahora, Dekar Ignis.

Se puso delante de mí, serio.

— Cuando subas esa colina, dejarás de ser solo el hijo de Lía y Auren. Para algunos, serás mucho más. Para otros, serás un problema que llevan años esperando.

Tragué saliva.

— ¿Qué… saben de mí allá arriba?

Dorian dudó.

— Lo suficiente como para haber abierto sus puertas antes de tiempo —dijo—. Y lo suficiente como para tener miedo.

No tuve tiempo de preguntar más. Una voz fuerte se alzó en la plaza:

— ¡Aspirantes a la Academia Elemental, acérquense!

Un hombre con una tabla en la mano y cara de estar cansado de repetir lo mismo, comenzó a llamar nombres.

— Tiran no está en la lista —pensé, con un pequeño hueco en el pecho.

— Dekar Ignis —llamó el hombre.

Di un paso adelante. Sentí el peso de varias miradas sobre mí. No sabía si era mi imaginación, pero la chica del agua y la chica de la sombra levantaron la vista al mismo tiempo.

— Presente —dije, la voz más firme de lo que esperaba.

— Bien —murmuró el hombre, marcando algo—. Grupo de ascenso tres.

Señaló un grupo pequeño: cinco chicos, dos chicas.

Entre ellas, estaban las de la fuente y la columna.

Me acerqué al grupo, sintiendo el corazón retumbarme en los oídos.

La chica del agua fue la primera en hablar.

— ¿Dekar, cierto? —preguntó, con una sonrisa suave.

Asentí.

— Yo soy Lyra —se presentó—. Lyra Venn, de la costa de Arvian.

Su voz era tranquila, como la superficie de un lago. Pero sus ojos gris-azules… eran mar en tormenta.

La otra no dijo nada al principio. Simplemente me miró. Sus ojos eran tan oscuros que parecían tener profundidad propia.

— Y ella es Mira —dijo Lyra, sin molestarse por el silencio—. Mira Nocth.

— Lo sé —susurró la de las sombras.

Su voz era baja. Más que oírla, se la sentía como un eco.

Me desconcertó.

— ¿Nos… conocíamos? —pregunté.

Mira ladeó la cabeza.

— Todavía no —dijo—. Pero tus llamas gritaron anoche. Es difícil ignorarlas cuando uno escucha donde otros no miran.

Un escalofrío me recorrió. ¿Había sentido… lo que pasó con mi padre?

Lyra puso una mano en el hombro de Mira.

— No lo asustes el primer día —le dijo, aunque sonreía.

Luego volvió a mirarme a mí.

— ¿También vas a la prueba de los elementos? —preguntó.

— Eso creo —respondí—. No he entendido bien cómo funciona.

— Nadie lo entiende del todo —admitió ella—. Pero las historias dicen que la Academia mira más que lo que hacemos. Mira lo que podríamos hacer.

Mira sonrió un poco, casi imperceptiblemente.

— Y lo que podríamos destruir —añadió.

No supe qué responder.

Al rato, nos hicieron formar en fila. Un guardia con armadura marcada con símbolos elementales nos guió hacia una calle que terminaba en una gran escalinata tallada en la roca de la montaña.

Dorian se quedó atrás.

Cuando me giré para verlo, levantó la mano a modo de despedida.

— Nos veremos después de la prueba —prometió—. Si es que sigues siendo tú.

No supe si era broma.

Lyra caminaba a mi lado, con la mirada fija en la escalinata.

— ¿Estás nervioso? —preguntó.

— Un poco —admití.

— Es bueno —dijo—. El agua también tiembla antes de una tormenta.

Mira venía unos pasos detrás, pero su voz llegó igual:

— Y las sombras se estiran cuando algo grande se acerca.

No pude evitarlo: sonreí.

Por primera vez desde la noche de la escarcha, no me sentí completamente solo.

Primera visión de la Academia

Cuando llegamos al final de la escalinata, dejé de respirar.

La Academia Elemental no era solo un edificio.

Era un lugar donde el mundo parecía haber decidido mostrar todo lo que podía ser.

La base estaba anclada en la montaña, como si hubiera crecido desde la roca misma. Grandes arcos de piedra tosca daban paso a patios abiertos donde árboles enormes extendían sus raíces por encima y por debajo del suelo, abrazando paredes, enlazándose con columnas.

Entre esas raíces, corrían canales de agua clara, que subían por lugares donde el agua no debería poder subir. Las corrientes se enroscaban alrededor de pilares, formaban pequeñas cascadas en medio del aire y luego se deshacían en niebla.

Sobre todo eso, flotaban.

Cristales.