La decisión de partir
El fuego se apagó mucho después que yo.
No sé cuánto tiempo estuve de rodillas, con las manos ardiendo y la garganta quemada de gritar. Solo recuerdo la oscuridad, el olor a humo… y la escarcha.
Donde antes estaba mi padre, la tierra seguía fría. Tan fría que quemaba.
Me obligué a respirar. El aire me dolía en el pecho, como si algo dentro de mí siguiera ardiendo y chocara contra algo helado.
— Dekar… —la voz de mi madre se quebró—. Hijo, mírame.
Sentí sus manos en mis mejillas. Sus dedos estaban ásperos, tibios. Siempre habían sido así. Pero ahora, junto a mi piel, parecían casi fríos.
Abrí los ojos.
La choza… nuestra casa… ya no existía. Solo quedaban postes chamuscados, parte del techo caído y un círculo de tierra quemada alrededor del lugar donde había estallado la llama. Más allá, la escarcha: una marca blanca y silenciosa incrustada en el suelo.
El fuego y el hielo se habían conocido allí.
— Yo… —intenté hablar, pero la voz se me rompió—. Mamá… yo no quise…
Lía negó con la cabeza, con los ojos brillantes.
— No digas nada —susurró—. Estás vivo. Eso es lo único que me importa ahora.
No era lo único que importaba.
Podía sentirlo. Algo se había abierto dentro de mí, algo que no era solo calor. Era como si el fuego hubiera encontrado por fin una puerta, y hubiera decidido atravesarla sin preguntar.
Detrás de mi madre, el resto del pueblo observaba desde cierta distancia. Nadie se acercaba más de lo necesario. Algunos murmuraban. Alcancé a oír palabras sueltas:
—… maldición… —…el niño del fuego… —…igual que su padre…
Apreté los dientes.
Entonces lo vi: Tiran, apoyado en un poste a medio caer, con el cabello revuelto y la cara manchada de hollín. Tosía todavía, pero estaba de pie. Vivo.
Nuestros ojos se cruzaron.
Por un segundo, pensé que me agradecería. O que diría algo sobre lo que acababa de pasar, sobre el techo ardiendo, sobre cómo lo arrastré fuera de las llamas.
Pero solo me sostuvo la mirada, tensa, como si no supiera si debía odiarme o respetarme.
— No debiste… —empezó, pero se detuvo—. Bah. Olvídalo.
Se dio media vuelta y caminó hacia su padre, que reparaba en silencio parte de la forja dañada. No era odio lo que había en su mirada. Era miedo. Miedo y orgullo herido.
Fue entonces cuando sentí el frío.
No venía del suelo. Venía de detrás de mí.
— Se acabó el tiempo —dijo la voz de Dorian.
Me giré.
El visitante del norte estaba ahí, con su abrigo gastado, la barba desordenada y esas marcas de quemaduras de hielo en los brazos. El vapor de su aliento se elevaba en el aire, como si el mismo ambiente intentara escapar de su presencia.
— ¿Tiempo… para qué? —pregunté, todavía con la garganta áspera.
Dorian me miró largo rato, como si estuviera decidiendo cuánta verdad podía soportar.
— Para seguir fingiendo que puedes quedarte aquí —dijo al fin—. Kael ya te sintió.
Un murmullo recorrió a los que escuchaban cerca. Mi madre lo fulminó con la mirada.
— No uses ese nombre aquí —le espetó Lía—. No frente a mi hijo.
— Si no lo uso aquí —respondió Dorian, sin alzar la voz—, lo usará el hielo cuando venga a buscarlo. Prefiero que lo escuche de mí.
Noté cómo la gente del pueblo empezaba a alejarse aún más. El nombre de Kael era una sombra que todos conocían, pero que nadie quería mirar de frente.
— ¿Qué quieres decir con que “me sintió”? —pregunté, con un nudo en el estómago.
Dorian dio un paso hacia mí. El aire entre nosotros se volvió extraño: mi calor, su frío.
— El fuego antiguo no es silencioso —explicó—. Cuando se despierta de verdad, el hielo lo escucha. Y lo reclama.
Una frase que ya había sentido en mi propia piel. El hielo reconoce su existencia… y lo reclama.
— Tu padre intentó ocultarte —continuó—. Ocultar lo que llevas dentro. Pero esa llama que desataste… —señaló el círculo de tierra quemada—. Eso no fue un accidente pequeño. Fue un grito.
Tragué saliva.
— ¿Un grito… para quién?
Dorian sostuvo mi mirada.
— Para Kael.
El corazón se me detuvo un segundo.
Mi madre dio un paso adelante, interponiéndose entre nosotros.
— No lo llevarás a ninguna parte —dijo, con voz firme—. Ya nos arrancaron suficiente.
Dorian no se inmutó.
— Si se queda aquí, el hielo vendrá. Y no solo por él —sus ojos se endurecieron—. Vendrá por este pueblo. Por usted. Por todos.
El silencio se hizo pesado.
Yo miré alrededor. Las caras del pueblo. Los restos de mi casa. La escarcha creciendo lentamente alrededor del círculo, como si algo invisible estuviera ocupando el lugar donde mi padre había estado.
El fuego que me ardía por dentro se revolvió.
Yo ya había visto lo que Kael podía hacer, aunque fuera un destello. Un susurro. El soplo helado que no pertenecía a nuestro mundo.
Si se quedaba, el hielo vendría. Si me quedaba, los arrastraría conmigo.
— ¿Adónde…? —pregunté, con dificultad—. ¿Adónde quieres que vaya?
Dorian respiró hondo.
— A la capital. A la Academia Elemental —respondió—. Es la única que puede enseñarte a no arderte a ti mismo. O a los que amas.
La palabra Academia me sonó lejana, como algo de las historias que mi padre contaba de joven, pero nunca terminaba. Se quedaba callado justo cuando venía la parte interesante.
Lo miré a él. O mejor dicho, el lugar donde había estado.
— ¿Papá sabía de esto? —pregunté, con la voz más baja—. ¿Sabía… que yo…?
Dorian dudó un segundo.
Eso fue suficiente para entender.
— Lo sabía —dijo al fin—. Y te estaba escondiendo. Te estaba protegiendo. Pero también estaba retrasando lo inevitable.
Sentí un calor distinto en el pecho. No solo fuego. Era rabia. Rabia y miedo mezclados.
— Entonces… —me escuché decir, sin pensar—. ¿Ya no puedo quedarme?
Mi madre me tomó la mano con fuerza.
— Si quieres quedarte, te quedas —aseguró—. No dejaré que nadie te arranque de mí.
Pero su voz tembló un poco en la última palabra.
Dorian la miró con respeto, casi con dolor.
— No se trata de arrancarlo —respondió—. Se trata de darle una oportunidad. Aquí será un blanco. Allá… quizás un arma.
Un arma.
No me gustó esa palabra. Pero dentro de mí, algo oscuro y rojo dijo: sirve, mientras apunte en la dirección correcta .
Miré el suelo helado donde mi padre había desaparecido.
Había dos opciones: Quedarme y esperar a que el hielo volviera a llevarse algo más. O irme para encontrar la manera de devolver el golpe.
— Mamá… —susurré.
Lía me miró. Sus ojos eran tierra después de la lluvia: llenos, pesados, vivos.
— No quiero que te vayas —dijo, sin rodeos.
— Yo tampoco —respondí.
Nos quedamos así, mirándonos, con el pueblo alrededor convertido en un murmullo lejano.
Al final, no fue una palabra lo que decidió. Fue una imagen.
Vi el cuerpo de Tiran atrapado bajo los tablones. Vi el fuego saliendo de mis manos. Vi la escarcha donde antes estaba mi padre. Vi el frío mordiéndolo todo.
Ese no era un mundo donde yo pudiera seguir siendo solo un niño.
Respiré hondo.
— Pero tengo que irme —terminé.
Mi madre cerró los ojos. Solo por un instante. Cuando los abrió, había algo distinto en ellos. Dolor, sí. Pero también decisión.
Asintió.
— Entonces nos preparamos —dijo—. No te vas como un fugitivo. Te vas como mi hijo.
Más tarde, cuando el sol ya estaba bajando, volví al lugar donde nuestra casa se había levantado durante toda mi vida.
No quedaba casi nada. Solo restos negros, astillas, clavos retorcidos… y, clavado en un trozo de madera ennegrecida, el medallón de mi padre.
Lo reconocí al instante. Lo había visto mil veces escondido bajo su camisa, pero casi nunca había tenido permiso de tocarlo.
Esta vez, nadie me lo impidió.
Lo desclavé con cuidado y lo tomé entre las manos. Estaba tibio. No como algo que acaba de salir del fuego, sino como algo que se niega a enfriarse.
Lo abrí.
Adentro, no había retratos ni dibujos. Había un símbolo: un círculo de líneas entrelazadas, como llamas cruzadas por una grieta de hielo.
No lo entendí. Pero lo sentí.
— Te lo habría dado de todas formas —dijo una voz a mi espalda.
Me giré. Era Dorian.
— ¿Lo conociste? —pregunté—. ¿A mi padre… de antes?
Dorian miró el medallón, y por un momento su rostro se suavizó.
— No como maestro del pueblo —dijo—. Lo conocí como otra cosa. Como aprendiz. Como alguien que una vez quiso quemar el cielo para detener al hielo.
Las palabras me atravesaron.
— ¿En la Academia? —pregunté, con un hilo de voz.
Dorian no respondió. Pero su silencio fue peor que cualquier respuesta.
Guardé el medallón.
Ahí entendí algo:
No iba solo a aprender a controlar mi fuego. Iba a perseguir las brasas del pasado de mi padre.
Y, por primera vez, mi decisión se sintió… irreversible.
El camino a la capital
Partimos al amanecer.
El pueblo nos despidió desde lejos. Nadie se acercó demasiado, pero algunos levantaron la mano en silencio. Otros hicieron la señal de protección que los ancianos usaban cuando hablaban de maldiciones.
Mi madre caminó conmigo hasta el final del camino de tierra.
— Cada vez que pises fuerte —me dijo—, acuérdate de que también eres tierra. No solo fuego.
Le sonreí como pude.
— Trataré de no quemar demasiado el camino.
— Y si lo quemas —respondió—, hazlo por algo que valga la pena.
Me abrazó con fuerza. Su olor a tierra y humo se quedó pegado a mi ropa, a mi piel, a mi memoria.
Cuando me separé de ella, vi a alguien más a un lado del sendero.
Tiran.
Tenía los brazos cruzados, la cara seria y la ceja derecha cubierta por una pequeña gasa. El recuerdo del fuego aún estaba en sus ojos.
Me acerqué, inseguro.
— Tiran… yo…
— No la arruinemos —me interrumpió, incómodo—. No soy bueno con las despedidas.
Se rascó la nuca, miró a cualquier lado menos a mí.
— Solo… —tragó saliva—. Solo no te mueras, ¿ya? Sería una lata tener que explicar que me salvaste y que igual terminaste hecho cenizas.
Sonreí, pese a todo.
— Haré lo posible.
Se dio la vuelta como si nada, pero antes de irse del todo, murmuró:
— Y cuando vuelvas… —apretó los puños—. Quiero que me cuentes cómo se siente poder partirle la cara al hielo.
No dije nada. No hacía falta. Era una promesa.
Dorian me hizo una seña.
— Es hora.