El legado de las llamas (Despertar de los Elementos nº 1) El horario de los elegidos #2
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El horario de los elegidos #2

Sentí un nudo en la garganta.

— ¿Mi padre? —pregunté, apenas audible.

Ilhan suspiró, como si esa pregunta hubiera estado esperando años para ser pronunciada.

— Auren Ignis fue muchas cosas —dijo—. Maestro, guerrero, desertor, salvador, traidor, padre. Depende de a quién preguntes. —Alzó la vista—. Pero aquí, en estos pasillos, fue un alumno antes que todo eso.

— ¿Estuvo en esta sala?

— En otra que ya no existe —respondió—. La Academia también se forja y se rehace. Igual que ustedes.

Quise saber más. Quise saber qué había hecho exactamente Auren, qué juramentos rompió, qué batallas perdió.

Ilhan, sin embargo, enrolló el mapa y lo guardó.

— No estás listo para la historia de tu padre —dijo—. Pero sí para entender esto: Se inclinó hacia mí.

— Los Ignis son recordados no por el fuego que crean… sino por lo que dejan arder cuando se van.

Me levanté con la sensación de haber salido de una sala de juicio más que de una clase. Mientras cerraba la puerta, escuché que murmuraba:

— Hubo otro Ignis que caminó por estos pasillos… y juró que la historia no se repetiría.

No supe si hablaba de Auren o de mí.

Entre amigos y sospechas

Los días en la Academia empezaron a tomar una forma extraña: rutina por fuera, tormenta por dentro.

Lyra se había vuelto un punto fijo en ese caos. Siempre encontraba tiempo para arrastrarme a los patios laterales, donde pequeños canales de agua recorrían el suelo como venas brillantes.

— No tienes que pelear con tu fuego todo el tiempo —me dijo una tarde, mientras hacía que el agua formara un aro en el aire—. A veces solo hay que escucharlo.

— ¿Y cómo se escucha algo que quema? —pregunté.

— Primero dejas de gritar tú —respondió, con una sonrisa leve.

Mira, en cambio, aparecía y desaparecía como si perteneciera más a los pasillos que al grupo de alumnos. Se movía con una naturalidad inquietante en las zonas más oscuras de la Academia, como si las sombras la reconocieran.

— Te miran como si fueras a explotar —comentó una vez, apoyada contra una columna, observando cómo algunos alumnos evitaban acercarse a mí—. Pero lo que les asusta de verdad no es tu fuego.

— ¿Entonces qué?

— Que aún no sabes qué vas a hacer con él.

Había algo en su voz, una seguridad triste, que me hizo sentir desnudo. Como si viera no solo quién era, sino quién podría llegar a ser.

Los rumores crecían. “El Ignis del fuego azul.” “El hijo del desertor.” “El posible error de la Academia.”

A veces me preguntaba cuánto tardarían en echarme. O en encerrarme.

El Crisol

El llamado llegó una mañana en que el cielo sobre la Academia estaba especialmente claro. Los cristales flotantes brillaban con una intensidad que casi dolía a la vista.

Las paredes vibraron con un tono nuevo. Más profundo. Más antiguo.

Todos los aprendices fuimos convocados al nivel inferior, a una sala circular que yo no había visto nunca. Las puertas se abrieron una tras otra, guiándonos como un río hacia el mismo punto.

El lugar era vasto. El techo se perdía en la oscuridad. En el centro, una losa de piedra negra ocupaba casi todo el suelo, cubierta de runas que parecían dormidas.

Vaelor, Serenne e Ilhan estaban en una plataforma elevada, junto a otros maestros cuyo poder se sentía incluso sin saber sus nombres.

— Este es el Crisol —anunció Serenne—. No es una prueba de fuerza. Es una prueba de verdad.

La losa empezó a brillar, una luz tenue que se extendía como una respiración.

— Las Forjas se abren muchas veces a lo largo de la vida —continuó—. Pero el Crisol es el primer paso. Aquí la Academia los mira… y ustedes se miran a sí mismos.

Nos llamaron de a grupos. No por elemento, no por edad, no por torre. Por algo que yo no entendía.

Cuando dijeron mi nombre, sentí que el estómago me caía al suelo.

— Dekar Ignis. Lyra Narel. Mira Vaylen. Otros dos —nombres que apenas escuché, porque la sangre ya me retumbaba en los oídos.

Subimos a la losa.

El mundo cambió.

No desaparecí del todo, pero el salón se desdibujó a mi alrededor. Las paredes se volvieron sombras lejanas. La losa se transformó en un suelo de escarcha que crujía bajo mis botas.

El aire quemaba de frío.

Kael estaba delante de mí.

No era exactamente él, pero tampoco era solo un recuerdo. Sus ojos eran los mismos: un hielo que no necesitaba invierno. Cada paso que daba avanzaba una línea de congelación bajo sus pies.

Detrás de él, mi padre. Congelado. Quebrándose. Volviendo a formarse. Congelado otra vez.

Un ciclo interminable. Un error repetido.

Mis manos ardieron sin que lo ordenara. El fuego azul se encendió, más alto que nunca. La ira subió como una marea.

Quémalo. Destrúyelo. Bórralo.

La escarcha avanzaba. El fuego crecía.

Y entre ambos, mi respiración se descontrolaba.

El fuego no destruye. Revela. La voz de Vaelor regresó, como si estuviera de pie a mi lado.

Inspiré. Exhalé. La llama se redujo. No en poder, sino en desorden. Dejó de ser un grito. Se convirtió en una palabra.

Avancé.

Cada paso derretía la escarcha, no con violencia, sino con firmeza. Kael se desdibujó. La imagen de mi padre se multiplicó, se quebró, se volvió humo.

— No eres real —dije, con la voz temblando—. Pero el miedo que usas sí.

El hielo se partió. El paisaje se agrietó como un espejo roto.

Y el Crisol se deshizo.

Cuando volví a sentir el suelo original bajo mis pies, estaba jadeando. Tenía las manos enrojecidas, la ropa pegada al cuerpo por el sudor. Me arrodillé sin fuerzas.

A mi alrededor, los otros del grupo también despertaban de sus propias pruebas.

Lyra tenía el rostro pálido, pero los ojos claros. Sus manos aún temblaban, como si acabara de sostener un océano entero. Mira estaba sentada, respirando despacio, las pupilas dilatadas, como si hubiera visto demasiadas cosas a la vez.

No supe qué habían enfrentado. Ellos tampoco me preguntaron qué había visto yo.

Desde la plataforma, los maestros nos observaban. Sentí la mirada de Serenne como un peso suave sobre los hombros. La de Ilhan, como una evaluación cuidadosa. Pero fue la de Vaelor la que encontré al alzar la vista.

No estaba orgulloso. No estaba decepcionado.

Estaba… midiendo.

Bajó por unas escaleras laterales hasta llegar a la losa. Caminó hacia mí, el eco de sus pasos rebotando en el silencio de la sala.

— Tu padre habría fracasado hoy —dijo sin rodeos.

El aire pareció detenerse.

— Tú no.

No supe si eso era un consuelo o una condena.

Vaelor se agachó un poco, lo justo para quedar a mi altura.

— Eso significa que harás cosas peores… o mejores.

Se incorporó y se giró hacia los otros maestros.

Mira se acercó cojeando un poco, como si sus piernas no terminaran de recordar que el suelo era firme. Se detuvo a mi lado.

— No solo la Academia te mira —susurró—. El frío también. Tragó saliva. —Está inquieto.

Quise preguntar qué había visto. No lo hice. Había algo en su mirada que me decía que sus visiones no eran solo suyas.

Escena 7: Una gota de escarcha

Esa noche no pude dormir.

Volví a la ventana del dormitorio, buscando el cielo falso de la Academia como si allí hubiera respuestas: los cristales flotantes giraban lentamente, trazando patrones que no comprendía.

Apoyé la mano en el vidrio.

Por un instante, el cristal se entibió bajo mi piel. El reflejo de mi fuego azul vibró en la superficie.

Y entonces la vi.

Una hebra de frío. Una leve condensación que no correspondía a la temperatura del cuarto. Se extendió como una telaraña delicada y, en el centro, se formó una gota de escarcha, perfecta, brillante.

Me quedé inmóvil.

La escarcha no debería estar ahí. No después del día que había tenido. No después del fuego. No en esa torre.

La gota tembló, como si estuviera… dudando.

Al tocarla con la punta de los dedos, se derritió al instante, desapareciendo sin dejar rastro.

Me quedé solo con mi reflejo en el vidrio: ojos cansados, manos temblorosas, fuego que todavía no sabía usar.

La Academia me había visto. Las Forjas me esperaban en algún lugar.

Y, en algún punto del mundo —o más cerca de lo que imaginaba—, el frío había abierto los ojos.

Una gota de escarcha

Esa noche no pude dormir.

Volví a la ventana del dormitorio, buscando el cielo falso de la Academia como si allí hubiera respuestas: los cristales flotantes giraban lentamente, trazando patrones que no

comprendía.

Apoyé la mano en el vidrio.

Por un instante, el cristal se entibió bajo mi piel. El reflejo de mi fuego azul vibró en la superficie.

Y entonces la vi.

Una hebra de frío.

Una leve condensación que no correspondía a la temperatura del cuarto. Se extendió como una telaraña delicada y, en el centro, se formó una gota de escarcha, perfecta, brillante.

Me quedé inmóvil.

La escarcha no debería estar ahí. No después del día que había tenido. No después del fuego. No en esa torre.

La gota tembló, como si estuviera… dudando.

Al tocarla con la punta de los dedos, se derritió al instante, desapareciendo sin dejar rastro.

Me quedé solo con mi reflejo en el vidrio: ojos cansados, manos temblorosas, fuego que todavía no sabía usar.

La Academia me había visto.

Las Forjas me esperaban en algún lugar.

Y, en algún punto del mundo —o más cerca de lo que imaginaba—, el frío había abierto los ojos