El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) INTERVENCIÓN DIVINA
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INTERVENCIÓN DIVINA

Livier Monrae no solía desafiar a la archimaga.

Al menos no cara a cara.

Su vida secreta era un desafío constante a Elgaria Monrae.

A la mujer que lo arrancó de las entrañas de la muerte.

A la que le robó su infancia. A la que siempre lo castigó de forma brutal.

A la que prefería a una diosa que los había abandonado antes que a su propia familia.

A la que estaba dispuesta a ver el mundo arder si eso significaba mantener el control. Mantener el imperio Monrae.

Livier no era como ella, por eso espiaba para la resistencia.

La Brigada de los Sueños representaba esperanza, esa que la archimaga se había asegurado de extriparle a golpes.

Él no era como ella, por eso entrenaba para hacerse más fuerte cada día.

Tenía que llegar a ser el rompealmas más poderoso sobre la faz de Liyia si quería enfrentar a Elgaria Monrae.

Siempre pensó que ese momento llegaría cuando la resistencia diera el primer golpe, pero cuando vio a Dara Rennai a punto de morir, supo que el momento se había adelantado.

Livier se puso de pie.

—No te atrevas, Livier —dijo la archimaga y atravesó su bastón para impedirle avanzar.

—La aprendiz ya superó la prueba, archimaga —intercedió Agatha, tenía las cejas arrugadas—. Las reliquias la tienen atrapada. Esto jamás había pasado.

—Aidara Rennai está en verdadero peligro. Algo está absorbiendo su adnae allí dentro. Creo que es momento de parar esto —dijo la profesora Maevra.

Todos en la Cámara del Juramento podían sentirlo. El adnae dejaba el cuerpo de Dara a una rapidez antinatural. Estaba entrando en estado negativo y ya tenía demasiadas heridas. Demasiada sangre. Si no paraban lo que estaba sucediendo en el plano mágico, iba a morir.

—No puedo intervenir. Esta ya no es la Prueba de los Emisarios, es el designio de los dioses —dijo la archimaga.

Eso no iba a detenerlo. Elgaria Monrae no iba a detenerlo. Ni siquiera los dioses podrían frenar a Livier.

Le arrebató a la archimaga el bastón con el que le impedía el paso. No la miró, solo lanzó el objeto contra la pared y se dirigió al círculo donde la vida de Dara se escapaba de su cuerpo con cada segundo que pasaba.

—¡Livier! —gritó Elgaria con incredulidad y se puso de pie—. ¿Vas a desafiar a los dioses por una aprendiz?

—No.

Livier puso un pie dentro del círculo.

—Voy a declararles la guerra por ella.

Rodeó a Dara con sus brazos, y con su magia de alma, entró al plano mágico.

El Libro de Nielen intentó oponer resistencia. La barrera resplandecía como un cielo congelado, con una luz absoluta. Livier empujó con toda la fuerza de su adnae y fue como si el fuego consumiera sus huesos. A pesar de la agonía, siguió empujando. Y si avanzar significaba su condena, que así fuera.

La barrera divina se resistía a él. Pero Livier iba a acabar con todo si eso significaba llegar a Dara.

Proyectó su adnae como una explosión para destruir la barrera, y por unos instantes, pudo sentir la esencia del alma de Dara en el plano mágico. Extendió el brazo para llegar a ella. Cuando logró rozarla, fue transportado a un lugar que se estaba derrumbando.

Dos antinae rugían mientras eran aplastados por el techo de una construcción de madera. Al final de un pasillo que se caía a pedazos, la vio.

—¡Dara! —gritó.

Ella se encontraba en el suelo, inconsciente. Una viga de madera le había caído en la espalda. Livier corrió hacia ella y con su magia lanzó la estructura lejos. Dara no se movía, estaba llena de sangre, su piel era del color de la ceniza.

No.

Se arrodilló a su lado y la tomó entre sus brazos.

El alivio lo golpeó con fuerza cuando sintió el adnae en el cuerpo de Dara.

Lo sintió incluso antes de escuchar los débiles latidos de su corazón.

Estaba viva. Estaba viva y la iba a sacar de ahí.

Tan pronto la pusiera a salvo —fuera de ese lugar y lejos de la archimaga—, él mismo se encargaría de sanar sus heridas superficiales.

La levantó con una suavidad impropia de la ira que lo consumía por dentro. Con un brazo tomó sus piernas y con el otro, su espalda. La madera que caía encima de ellos se volvió arena y todo se desvaneció: el ruido, la casa, los antinae.

Livier los pulverizó.

Envolvió a Dara con su magia de alma. Esperaba que Enia los estuviera observando.

Esperaba que aquello sirviera como testimonio de que Livier Monrae solo adoraba a Dara Rennai.

La Cámara del Juramento los esperaba cuando salieron del plano mágico.

Livier sostenía a Dara contra su pecho ante la mirada atónita de todos los presentes.

El Libro de Nielen yacía en el suelo del círculo como si fuera un objeto ordinario.

La archimaga tenía su bastón entre las manos y en sus ojos había furia contenida, la amenaza de que algo se avecinaba.

Livier le sostuvo la mirada.

—¡Hay que llevarla a un hospital! —exclamó la profesora Nabila. Caminaba hacia ellos con evidente preocupación en la mirada.

—Atrás —dijo Livier con un tono que hasta él desconoció.

La profesora se detuvo en seco.

—Livier —habló Agatha.

Pero Livier no iba a escucharla. No pensaba escuchar a nadie hasta asegurarse de que su vida estaba a salvo. Él mismo la llevaría al hospital. Él mismo le cedería su adnae. Les dio la espalda a todos y comenzó a caminar hacia la salida de la cámara.

Bajó las escaleras rojas con Dara en los brazos.

Podía sentir las miradas de los reguladores sobre ellos, pero ninguno se atrevió a moverse. No era su lugar. La única persona con más poder que él en todo Liyia era la archimaga. Y ya la había dejado atrás.

Con su magia abrió las puertas de madera que daban al vestíbulo donde el resto de los aprendices esperaba su turno para la prueba. Al ver a Livier con Dara contra su pecho, la multitud dejó escapar suspiros de sorpresa y murmullos incrédulos.

Livier dio un paso y todos se hicieron a un lado para abrirles camino. Con andar firme y una mirada que era capaz de matar, Livier avanzó entre los aprendices de la Academia Valrose. Los ojos de cada una de esas personas estaban clavados en ellos.

Que los vieran.

Que fueran testigos de que el heredero de la archimaga cargaba como el tesoro más sagrado a esa aprendiz a la que todos se atrevieron a menospreciar.

Verian y Catriona corrieron hacia ellos.

—¡Livier! ¿Qué pasó? —exclamó Verian.

—¿Dara está bien? —preguntó Catriona con la voz temblorosa.

—Lo estará —respondió Livier como una promesa.

La primera vez que Livier Monrae vio a Dara Rennai, tuvo un sueño.

Aquella noche, las pesadillas no llegaron por él. Aquella noche, hacía siete años.

Esa chica ensangrentada había chocado con él y había huído, pero ese instante fue suficiente para ahuyentar las pesadillas que lo atormentaban sin descanso. Solo esa noche, las pesadillas no lo reclamaron.

Un encuentro bastó para que el recuerdo de ella lo acechara.

Desde aquella noche, ella lo habitaba.

Livier ni siquiera sabía quién era ella, pero se volvió un pensamiento que siempre regresaba.

Especialmente en las noches, cuando no se permitía dormir.

Se volvió también una pregunta que era como un eco que no callaba.

Quería aprender a regresar el tiempo solo para poder preguntarle: «¿quién eres?» .

Pensó que jamás volvería a verla.

Por eso, cuando la vio en la Academia Valrose el día que llegó, para él fue un milagro. No la identificó de vista. Fue su alma quien la reconoció. Su alma, que parecía haber esperado a la de ella todos estos años.

Todo el campus hablaba de ella, de Aidara Rennai.

Dara.

Esa noche, cuando se fue a dormir, tuvo un sueño.

La primera vez que la vio, hacía siete años, no tenía idea de quién era, pero ella ya lo poseía sin saberlo.

Cuando volvió a verla el día que llegó al campus, tampoco sabía quién era, no en realidad.

Solo tenía su nombre. Ese nombre que se volvería la única plegaria que saldría de los labios de Livier.

Su alma lo supo antes de que él lo supiera. Desde la primera vez, Dara Rennai se había vuelto inevitable para él.

Dara no despertaba.

Habían pasado cinco días desde la Prueba de los Emisarios y Dara todavía no despertaba.

Livier había volcado sobre ella su propio adnae para contrarrestar los efectos del estado negativo.

La transferencia de adnae era algo que solo los rompealmas tenían la capacidad de hacer y no era recomendable, ya que se vaciaba el adnae de uno mismo y su regeneración tomaba días.

No le importaba.

La doctora le había dicho que ya no era necesario que le transfiriera más adnae. El cuerpo de Dara tenía más que el suficiente para recuperarse por su propia cuenta y, debido a que no tuvo que regenerarlo ella misma, era muy probable que no tuviera secuelas de su estado negativo.

El problema nunca fue solo su adnae. Dara tenía una contusión cerebral leve, múltiples heridas en todo el cuerpo, una clavícula rota, y había perdido muchísima sangre.

Llevaba días en la cama del hospital y lucía diminuta y pálida.

Su fuego estaba apagado y eso era lo que mataba a Livier poco a poco.

Ya la había visto arder y por eso sabía que no había fuego más impetuoso que el de Dara Rennai.

Necesitaba escuchar su voz. Necesitaba que abriera los ojos. La necesitaba a ella.

No había fuerza humana que lo sacara del hospital. Por horas compartía el espacio con Catriona, Leone, Ashe y Verian, pero la mayor parte del tiempo estaba solo con Dara. Ahí pensaba quedarse hasta que despertara.

Pero el destino, cruel como solo él sabía serlo, tenía otros planes.

Faltaban cinco minutos para la medianoche del quinto día cuando la archimaga llegó. Elgaria Monrae entró a la habitación del hospital sin llamar a la puerta y Livier sintió como si se tratara de una profanación. Una transgresión al que debía ser un espacio seguro para la recuperación de Dara.

Se puso de pie frente a la cama para impedir que la archimaga diera un solo paso hacia ella.

—No te le acerques —ordenó Livier.

La archimaga se quedó en donde estaba. No miraba a Dara, solo tenía ojos para su nieto.

—Sé que Aidara Rennai es una rompealmas —dijo Elgaria Monrae, imperturbable.

Livier ya lo sospechaba. Durante la Prueba de los Emisarios, Dara usó magia de memoria y eso hizo que la Guadaña de Enia reaccionara. Los únicos que eran capaces de sentir la magia de esa reliquia eran son los rompealmas, así que suponía que su madre también lo sabía.

Se plantó con más fuerza entre Dara y la archimaga.

—Vas a tener que pasar sobre mi cadáver para llegar a ella —dijo Livier.

—Cuida tu tono. No toleraré otra impertinencia —respondió Elgaria.

—No voy a permitir que la toques.

Elgaria Monrae soltó una risotada cargada de incredulidad.

—¿Y crees que puedes detenerme? Ni siquiera tú conoces el verdadero alcance de mi magia, Livier. Si decido matarla, nadie podrá impedírmelo.

Livier sabía que no era capaz de vencer a la archimaga, pero que lo maldijeran si no lo intentaba. Estaba dispuesto a volver a morir.

—Entonces te quedarás sin heredero.

Elgaria suspiró con pesadez. Como si la situación le pareciera de lo más aburrida.

—Esta conversación no está llegando a ningún lado, y yo tengo asuntos más importantes qué atender —dijo la archimaga—. Vine a hacerte una propuesta.

—No me interesa.

La archimaga sonrió con crueldad. Elgaria Monrae era una mujer que no solía sonreír, así que la expresión lucía aterradora en su rostro. Como la de un monstruo.

—No, Livier, te interesará más de lo que crees.